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miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Qué significa "dejarle todo al Señor"?

"Un perro ladra cuando su amo es atacado. Yo sería un cobarde si es atacada la verdad de Dios y permanezco en silencio"
Juan Calvino.
Teólogo francés y uno de los padres de la Reforma Protestante



"El complice del ladrón aborrece su propia alma; Pues oye la imprecación y NO HACE NADA"
(Proverbios 29:24)
      Es bastante frecuente escuchar la frase “Déjele todo al Señor” en nuestras iglesias pentecostales. Al momento en que haya problemas o cualquier diferencia con respecto a las doctrinas, enseñanzas o prácticas ejercidas dentro de la iglesia, la respuesta automática, que llega como un analgésico al cuestionamiento, es siempre la misma. Al ser un llamado a la confianza en Dios y la oración, este enfoque es correcto. No obstante, en la práctica, esto nos lleva a uno de los vicios más mortíferos dentro de nuestras iglesias pentecostales: el desconocimiento de la Palabra de Dios y el conformismo. Confundimos estar firmes en la fe con no cuestionar los principios doctrinales de la congregación. La pereza, la ignorancia bíblica y la ausencia de toda defensa de la fe son excelentes aliados a la hora de exponer doctrinas humanas. A continuación veremos cuál es validez bíblica de la frase “Déjele todo al Señor”, cuál es su real propósito y cómo influye en la actitud de las congregaciones pentecostales.



Los apóstoles defendían la fe cristiana hasta la muerte.
En nuestras iglesias pentecostales "le dejamos todo al Señor"

¿Cuál es el significado real de la frase “Déjele todo al Señor”?

      En la teoría, este pensamiento suele ser correcto. Dejar todo a Dios es un principio completamente válido a la luz de la Escritura. La confianza en que todas las cosas están en las manos de Dios, bajo su control y sujetas a su soberanía es una doctrina absoluta de la Biblia. Implícitamente, el principio de “dejarle todo al Señor” es un llamado a la oración continua. Sabemos que todo esto es bíblico, y por ende, es correcto a la luz de la Palabra Santa. Sin embargo, no olvidemos que esto sucede en teoría. En el mundo cotidiano de las bancas y los ofrenderos no suele ocurrir lo mismo.

    En la práctica, dejarle todo al Señor no es una actitud relegada a la oración solamente. Conlleva determinados parámetros de conducta, los cuales no proceden de una completa y correcta interpretación bíblica. Para esto, ilustrémoslo con un ejemplo. Imaginemos que el pastor de una iglesia ha estado enseñando de manera incorrecta un pasaje de la Palabra de Dios, y por ello, a incurrido en prácticas antibíblicas. Esta falsa interpretación de la Escritura ha llevado a muchos hermanos al error. Su doctrina y actitud es completamente contraria a la fe cristiana histórica y verdadera. Sin embargo, al hablar con un hermano cualquiera, exponiéndole el asunto, la respuesta más frecuente es esta: “Hermano, no se enferme. Siga al Señor no más. No mire al hombre, mire al Señor. Es el blanco perfecto. Además, ¿Quién lo puso a usted como juez? Entréguele esa carga al Señor, déjele todo a él.”

Como vemos, dejarle todo al Señor lleva otros pensamientos adjuntos. Dejarle todo al Señor es:

- No mirar a los hombres. Mirar a Cristo, el blanco perfecto.
- No murmurar.
- Esperar en el Señor
- Descansar en el Señor.
- Entregar la carga.
- No enfermarse en el espíritu.
- No juzgar.

     "Dejarle todo al Señor" no es sólo una frase, es un patrón de comportamiento enseñado y practicado. Al parecer, este conjunto de reglas que emergen de "Dejarle todo al Señor", no apuntan a la acción, sino a la omisión.

En la práctica, "Déjele todo al Señor" es sinónimo de "No haga nada. No reflexione, no discuta, no dude". "Dejarle todo al Señor" es más bien un llamado a la inercia.

¿Qué argumentos bíblicos aparenta tener este pensamiento? ¿Son realmente válidos a la luz de las Escrituras?

     La ignorancia de la Palabra de Dios es el principal problema de nuestras iglesias pentecostales. Gran parte de las enseñanzas más arraigadas no provienen de una interpretación pura de la Palabra Santa de Dios, sino de una tergiversación humana. Comprendemos la Biblia a la luz de nuestras tradiciones, y no a la luz de la misma Escritura. Cuando un pasaje bíblico presenta conflictos con nuestras doctrinas, acomodamos la interpretación a fin que presente una armonía con nuestras enseñanzas, en lugar de desechar estas y apegarnos a la Santa Palabra de Dios. El pensamiento de "Dejarle todo al Señor" no está inmune de las malinterpretaciones y la ignorancia de la Palabra de Dios. De hecho, y como veremos a continuación, la conducta carente de un cuestionamiento bíblico y defensa de la fe no es más que un producto de sucesivas visiones sesgadas de las Escrituras. Analicemos uno a uno los pasajes expuestos y veamos cuál es la real validez bíblica de esta inerte conducta.


La Palabra de Dios es el tribunal supremos al que deben someterse
todas las creencias, doctrinas, enseñanzas y prácticas.

1) No debemos juzgar.

     Es completamente bíblico asumir que el Juicio Justo proviene de Dios. Sin embargo, el mismo Jesús que dijo: "No juzguéis, para que no seáis juzgados" (Mateo 7:1), también aclaró: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Juan 7:24). Cuando Jesús habló sobre el juicio personal en Mateo 7, se refería a un juicio irracional, basado en las emociones, la altivez y la observación legalista. Por ello Jesús dice: "¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?" (Mateo 7:3). Sin embargo, Jesús hace una observación categórica. Existe un juicio justo, basado en la Palabra de Dios. Si vamos al evangelio según San Juan capítulo 7, Jesús dice: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Juan 7:24). Debemos juzgar las cosas espirituales, según las normas dadas por el Espíritu Santo, no según las apariencias o nuestra propia determinación. Jesús se refirió al juicio humano y prejuicioso de esta forma: "Vosotros juzgáis según la carne..." (Juan 8:15). Sabemos que el Juicio eterno y justo viene de Dios, pero también reconocemos que la Escritura es la Palabra inspirada por Dios, herramienta infalible a la hora de reconocer la verdad o falsedad de las enseñanzas. El Señor Jesucristo dijo esto luego que su doctrina fue cuestionada por los judíos: "... ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?" (Juan 7:15). La respuesta del Señor apuntaba a que la subjetiva determinación de los hombres no es una herramienta de peso a la hora de juzgar las cosas como correctas o incorrectas. Lo correcto o incorrecto, lo válido o desechable, lo justo o lo impuro, es una determinación de la Palabra de Dios, no de los hombres. De otra forma, ¿Cómo podremos cumplir lo revelado por Jesús: "Guardaos de los falsos profetas..." (Mateo 7:15) sin antes examinar y juzgar sus enseñanzas a la luz de las Escrituras?

     Sin embargo, y a contraposición de lo que la Biblia enseña, nuestras iglesias siguen exponiendo este pensamiento de "Dejarle todo al Señor", que por naturaleza también involucra el pensamiento de "No juzgar nada". En nuestras iglesias pentecostales, criticar las enseñanzas, doctrinas y prácticas ejercidas por la iglesia es un acto que llega a ser casi pecaminoso. Ahora, debemos hacer una distinción respecto a las críticas. Existen críticas sumamente ofensivas y destructivas. Estas no tienen el peso real que las Escrituras dan al correcto cuestionamiento que debe existir a la hora de evaluar las prácticas ejercidas por cualquier hermano dentro de la congregación. El cuestionamiento es válido si este es fiel a las Escrituras. A diferencia del pensamiento de la mayoría, la supuesta inmunidad al examen bíblico que tienen ciertos individuos dentro de la congregación no es bíblica. Los pastores no son infalibles en su enseñanza, como tampoco lo son los maestros de escuela dominical o cualquier otro hermano dentro de la iglesia. Por tanto, es la Escritura la máxima autoridad a la cual deben comparecer todas las enseñanzas, doctrinas o prácticas, a fin de reconocer cuál es su real validez. Recordemos que el apóstol Pablo exhortó: "Examinadlo todo; retened lo bueno" (1 Tesalonicenses 5:21). ¿Puso alguna excepción? En ninguna manera. El examen bíblico es un mandato, ilustrado de forma sabia por el apóstol Juan: "Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo" (1 Juan 4:1). Probar los espíritus es sinónimo de examinarlos. De hecho, la palabra "probar" desde el griego original del texto de Juan es "dokimazo", que traducido significa poner a prueba, distinguir, someter a examen o comprobar. Como podemos ver, la Escritura ordena distinguir, de forma bíblica, la real validez de cualquier enseñanza, doctrina o práctica. Jamás aconseja el conformismo o el ciego descanso.


2) Que tire la primera piedra el que esté libre de pecado

     Esta es una de las frases más recordadas de la vida de Cristo. Una mujer había sido sorprendida en el acto mismo del adulterio, lo que, según la ley de Moisés, estaba penado con la lapidación (Levítico 20:10). Ante aquellos que la traían con el fin de confrontar a Cristo, porque la Escritura revela que esto lo hacían tentándole (Juan 8:6), Jesús responde de manera sublime: "...El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella" (Juan 8:7). El motivo de los fariseos no era la pasión por la santidad, sino el deseo de tenderle una trampa a Jesús. Jesucristo apela al mismo punto presentado en su discurso contra los fariseos en Mateo 23: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe..." (Mateo 23:23).

    Este pasaje es comúnmente citado a la hora de anunciar el pensamiento de "Dejarle todo al Señor". Tirar la primera piedra es extender la primera crítica. Nadie está capacitado para exponer un examen basado en la Escritura. Nadie está moralmente equipado para extender un cuestionamiento. Sin embargo, la Escritura no indica que el examen bíblico sea realizado en pos de la descalificación personal o la condena propia. El examen bíblico es una indagación acerca de la verdad o falsedad de las enseñanzas, doctrinas o prácticas que uno o más individuos puedan realizar dentro de la iglesia, y el justo tribunal es la Palabra Santa de Dios. Si muchos en el nombre de Dios emiten enseñanzas alejadas o contrarias a la doctrina verdadera que las Escrituras promueven, el deber del cristiano es defender la fe y no quedarse quieto, esperando que las situaciones se regulen automáticamente. El pasaje de la lapidación a la mujer adúltera no es aplicable a estas circunstancias, pues no está referido a un juicio basado en la Palabra de Dios, sino a uno personal, irracional y moralmente inmerecido.


3) Los pastores son guiados por el Espíritu Santo de Dios. Cuestionarlos es dudar ante Dios.

     La idolatría pastoral es un verdadero vicio en nuestras iglesias pentecostales. Mientras la Escritura dice: "...huid de la idolatría" (1 Corintios 10:14) nuestras congregaciones exaltan a sus pastores, a tal punto que un cuestionamiento bíblico a ellos está a la altura de una murmuración o afrenta ante Dios mismo. Para nosotros la Escritura es enfática cuando dice: "Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que los hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso" (Hebreos 13:17). Sin embargo, al parecer ignoramos lo que dice sólo diez versículos antes: "Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe" (Hebreos 13:7). La Escritura no expone una sumisión ciega al pastorado, sino una disposición y obediencia a aquellos que verdaderamente han sometido sus vidas a la Palabra de Dios. De hecho, mientras más exaltamos a nuestros pastores más inhibimos el análisis bíblico respecto a sus enseñanzas, y por tanto, recaemos en la inercia. Es más, el nulo análisis bíblico nos hace recaer aún más en la ignorancia de la Palabra de Dios. Estar sometido a Dios no es sinónimo de estar sometido al pastor o a cualquier autoridad eclesial. Nuestra prioridad deben ser siempre las Escrituras, nuestra única autoridad infalible. Todo pastor que sea apegado a la Escritura es digno de nuestras disposiciones. Sin embargo, y como dice la Escritura, si su conducta es reprobable a la luz de la Palabra de Dios, o no es consecuente con ella, enseñando ideas personales o falsas interpretaciones, nuestro deber es confrontar con mansedumbre y reverencia su error, no en el sentido de ser moralmente superiores delante de él, sino basados en el juicio justo de la Escritura. Si la Palabra de Dios es la máxima autoridad reconoceremos nuestros errores al reflejarnos en ella, humildemente nos someteremos a la Escritura. Al contrario, si ella no es nuestra autoridad, exaltaremos la voz de nuestros pastores o autoridades eclesiales como equivalentes o superiores a la voluntad de Dios expresada en la Escritura. Cuando hacemos la voz del pastor o de cualquier otro líder igual o superior a la Biblia, exaltando sus anuncios humanos como la única revelación de Dios para nuestras vidas, la Escritura pierde toda autoridad, y por ende, tendemos a la ignorancia de esta misma. En resumen, "Dejarle todo al Señor" es un llamado a la inercia y la nulidad del análisis bíblico necesario a la hora de evaluar las enseñanzas que cualquier hermano, sea pastor o laico, exponga delante de la iglesia. Por lo que vemos, este pensamiento es contrario a la Escritura, y por tanto, desechable a los ojos de Dios. Más bien, propone ideas contrarias a la doctrina bíblica y a la tradición de los apóstoles de evaluar todas las cosas, examinándolo todo, y reteniendo lo bueno.


4) Déjele todo al Señor, espere en Él

    Otro llamado a la inercia total y la respuesta nula, en análisis y examen bíblico, es el expresado en la frase "Déjele todo al Señor, espere en Él". Para muchos la única forma de afrontar las falsas doctrinas enseñadas en el propio templo es la oración ante Dios. Sin embargo, la Escritura no es consecuente con este pensamiento, es más el hecho de orar o confiar en Dios no reemplaza nuestro deber de indagar en las Escrituras y afrontar de forma bíblica en defensa de la doctrina verdadera. La doctrina cristiana verdadera enseña que la regeneración y justificación de Dios al hombre, a través de su Espíritu Santo, deja huellas visibles ilustradas en la Escritura como frutos de un árbol bueno (Mateo 7: 17). Si confiamos en Dios, ¿No sería un fruto digno de tal reverencia y confianza la defensa acérrima de la fe bíblica?

Oración no significa omisión. La oración no nos exonera de nuestra responsabilidad de defender la fe bíblica.


5) Déjele todo al Señor, no murmure.

     Para muchos, exponer la verdad bíblica, defender la fe y confrontar las falsas prácticas es un acto de murmuración ante Dios. El gran problema de este pensamiento es que no se distingue la línea entre el pecado de murmuración y el debate legítimo basado en la Palabra de Dios. La murmuración se reconoce en la Biblia como el pecado del chisme y el agravio personal que se realiza en secreto. Muchos que han criticado a las autoridades de la iglesia ocupan este pecaminoso método, descalificando sus vidas personales. Esto con seguridad queda fuera de nuestro análisis bíblico sobre exponer una defensa correcta de la fe. Aquel que está dispuesto a defender la fe, de forma genuina, no caerá en el mal común de las descalificaciones y el chisme, característico de las guerras políticas y las pugnas de poder. Aquel defensor de la fe expondrá siempre la Palabra de Dios como la única autoridad y basará todas sus ideas en ella. No tendrá necesidad de contaminarse con ideas personales o prejuicios humanos, la "Sola Scriptura" será su lema. Sin embargo, muchos hermanos han intentado exponer los errores de las iglesias pentecostales de manera bíblica, y la respuesta casi unánime de la congregación ha sido siempre el rechazo, y precisamente una de las descalificaciones más frecuentes es la de "murmurador". ¿Quién murmura contra Dios? ¿Aquellos que con mansedumbre buscan renovar su entendimiento de Dios a través de la Escritura, no permitiendo que hombres perviertan la doctrina verdadera con sus ideas personales? ¿O aquellos que para ahorrarse el esfuerzo de dar vuelta tan sólo una página de la Biblia, analizando a la luz de la Escritura si tal examen es correcto, prefieren calificar a aquel hermano de rebelde, enfermo del espíritu, letrado o murmurador?


6) Déjele todo al Señor, mírelo a Él no más

    Por último, uno de los argumentos igualmente citado, es el de "Mire a Dios solamente, no mire a los hombres". Según este pensamiento, al mirar sólo al Señor no tenemos porque actuar en pos de defender la fe bíblica, de todos modos, como seres humanos justificamos nuestros errores con nuestra naturaleza imperfecta. Sin embargo, este pensamiento es tan alejado de la Escritura como los anteriores. La Biblia jamás enseña que el poner los ojos en Dios nos debe aislar de nuestro alrededor, al contrario, mirar a Cristo nos pone más alerta de las falsas enseñanzas. Tan sólo veamos un pasaje de la Escritura: "Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano" (Isaías 55:6). Un hermano no instruido en la Escritura diría que este pasaje ilustra de forma perfecta el "mirar sólo al Señor". Sin embargo, tan sólo el versículo siguiente nos dice: "Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová..." (Isaías 55:7). Podemos ver en la Escritura que la búsqueda de Dios está estrechamente ligada con la acción de abandonar el pecado. No podemos mirar a Cristo si no abandonamos nuestras falsas enseñanzas. No podemos mirar sólo al Señor sin el acto de dejar nuestras ideas humanas. Volvernos a Dios, según lo expuesto por el profeta Isaías, involucra el aborrecimiento del mal, y en el caso doctrinal, el odio al torcimiento de la doctrina verdadera de las Escrituras.


De la necesidad de defender la fe

“Espérame un poco, y te enseñaré; Porque todavía tengo razones en defensa de Dios”
(Job 36:2).


      ¿No fue el apóstol Pablo quien defendió la fe hasta entregar su cabeza al filo de la espada? ¿No fue Esteban quién por defender la fe terminó siendo apedreado por los judíos que lo oían? ¿No fue John Huss, reformador del Siglo XV, quién murió quemado en una hoguera por defender la fe bíblica en contra de las tradiciones impuestas por la Iglesia Católica? ¿No fue Martín Lutero, reformador del Siglo XVI, quien fue declarado hereje y perseguido por defender la fe apostólica en medio de tinieblas de enseñanzas incorrectas? Tanto en la Escritura como en la historia de la iglesia cristiana verdadera, existe una tónica importante e invariable: defender la fe es un mandato de Dios irrenunciable para el cristiano verdadero, el cual no negará la doctrina verdadera y la defenderá a cualquier costo, incluso si este fuera la misma muerte. La defensa de la fe es una obligación consistente en la Palabra de Dios. Nos encontramos con que Cristo mismo defendió la fe frente a los hipócritas escribas, fariseos y saduceos. Esteban, el primer mártir, fue lapidado a las afueras de la ciudad por defender que Cristo era el Mesías prometido. Vemos al apóstol Pablo defendiendo la fe frente a los judíos en Jerusalén, al gobernador Félix y al César. Vemos a un apóstol Pedro predicando y defendiendo la fe bíblica después de Pentecostés. En fin, la defensa de la fe no es una opción, es una necesidad que siente el hijo de Dios de manifestar su rechazo a la tergiversación o manipulación de la doctrina verdadera.

Si el mismo apóstol Pablo hubiese seguido este pensamiento de “Dejarle todo al Señor” no contaríamos con gran parte del Nuevo Testamento.

     Primera y segunda de Corintios, Gálatas, Colosenses, las epístolas del apóstol Pedro y las de Juan, Hebreos, la epístola de Santiago, y la de Judas, son verdaderos tratados de defensa de la fe. Es más, el mismo apóstol Pablo, autor de gran parte de los libros del Nuevo Testamento reconocía en sí mismo esta maravillosa labor: “…sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio” (Filipenses 1:17). Podemos ver que el apóstol Pedro exhorta no sólo a defender la fe, sino que también a prepararse para defenderla: “… estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). La preparación debe ser constante, estando siempre listos para defender la fe bíblica, y esto implica en todo sentido, escudriñar las Escrituras y tener sed de conocer más sobre Dios revelado en su Palabra. Sabia es la Escritura al decirnos: “…me ha sido necesario escribiros que contendáis ardientemente por la fe…” (Judas 1:3). Ponga atención en ambos puntos: contender y ardientemente.

Ser cómplice de la situación es un pecado que no queda impune. Muchos defienden el pensamiento de “dejarle todo al Señor” argumentando que cada uno debe dar su cuenta. Sin embargo, ¿No sería yo responsable de omitir la proclamación de la verdad mientras esta es torcida frente a mis ojos? ¿Qué pasa si almas se perdieron por obedecer a herejías actuales y yo no hice nada por impedirlo, sabiendo de ello? ¿No dice la Escritura: “porque todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá” (Lucas 12:48)? Si el pensamiento de “dejarle todo al Señor” obstruye la defensa bíblica de la fe, entonces no es un pensamiento del todo bíblico.
     Como cristianos somos responsables de defender la fe pero también somos culpables si no actuamos a tiempo en pos de defenderla. Déjeme ilustrar este punto con un ejemplo: “Imagine que su madre ha ido a comprar al supermercado, cuando es asaltada por un delincuente. Usted sabe que un querido amigo suyo está cerca de la situación, y puede hacer lo posible para evitar el robo y el daño físico a su madre. Sin embargo, su amigo sólo presencia la situación, no hace nada. ¿Qué pensaría sobre su amigo?”. Personalmente pensaría que es cómplice de la situación, pues su cobardía impidió que mi madre no resultara herida. Si tenía la posibilidad de defenderla, pero prefirió omitir su acción, esto lo involucra como un cómplice, pues pensando en sí mismo, privilegió su integridad física antes que ayudar a una mujer indefensa. De esta misma forma actúa la defensa de la fe, sólo con una diferencia. Aunque el ladrón tenga armas y tenga la posibilidad de acabar con su vida, usted no dará su brazo a torcer y defenderá la fe a toda costa, incluso si esto le cuesta la vida. Este fue el escenario que vivieron los apóstoles, de los cuales sólo Juan murió de muerte natural. Todos los demás fueron apedreados, decapitados, crucificados, ahorcados, quemados, triturados, en fin, ellos defendieron la fe hasta la muerte. Ellos no se quedaron inmóviles ante la herejía o las falsas enseñanzas. Ellos actuaron en defensa de la fe, excelente modelo para el cristiano genuino: “Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado” (Hebreos 12:4).



Conclusiones

     Las evidencias bíblicas no apuntan a la conducta resultante del principio de “Dejarle todo al Señor”. El real problema de este pensamiento es la línea difusa que existe entre su sustento bíblico y su concepto humano. Debido a su naturaleza parcialmente bíblica, la hermandad asimila esta idea como correcta y, en la mayoría de los casos, la defiende ciegamente. Sin embargo, el hecho que una enseñanza aparente tener apoyo bíblico no significa que sea válida. Antes, un análisis integral de la Palabra de Dios nos hace llegar a la conclusión más certera: la confianza en Dios y la oración no reemplaza, en ninguna medida, nuestro deber de defender la fe y la doctrina verdadera, es más, van de manera conjunta. La iglesia evangélica y protestante viene de una defensa de la fe bíblica, acto que ignoramos con nuestra pobre frase “dejarle todo al Señor”, incluso considerándonos “herederos de la reforma protestante”. Si los reformadores hubiesen vivido en este tiempo, con seguridad nuestras iglesias pentecostales serían las primeras en tratarlos de “murmuradores”. Hermano que lees este artículo, la Palabra de Dios no aconseja que lleves ese pensamiento inerte. Antes la Escritura dice: “No os conforméis a este siglo, sino que transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). La actitud inerte y carente de reflexión que propone la doctrina de “dejarle todo al Señor” no está basada en la Palabra de Dios, antes sirve como una manipulación intelectual para que no haya cuestionamiento ni duda respecto a lo que se hace, dice o piensa. Esto no es lo que Dios manda. El apóstol Pablo fue enfático: “… Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). ¿A quién desea usted agradar? ¿A Dios, cumpliendo su Palabra Santa? ¿O a los hombres con sus necios pensamientos y doctrinas? Dios quiera que este estudio sea provechoso para su vida espiritual y que su respuesta a la pregunta anterior sea: “…Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

 

lunes, 18 de noviembre de 2013

De la idolatria pastoral y los medios de censura



“Por tanto, amados míos, huid de la idolatría”
(1 Corintios 10:14)


Las Escrituras nos mencionan que Cristo es la cabeza de la iglesia. Así lo menciona el apóstol Pablo: “y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Dios delega su autoridad a Jesucristo, y Él la emplea a la iglesia: “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su salvador” (Efesios 5:23). Sin embargo, las Escrituras no sólo mencionan que Jesús es la autoridad, sino que también la iglesia es un cuerpo conformado por los hijos de Dios, de los cuales nadie es más que nadie. Todos los que conformamos el cuerpo de Cristo somos iguales. Es obvio que no todos poseemos los mismos dones espirituales que Dios entrega, pero conformamos un solo cuerpo, así lo mencionó el apóstol Pablo: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5). Sin embargo, el gobierno de las doctrinas humanas en nuestras iglesias pentecostales ha obligado a aceptar enseñanzas o doctrinas contrarias a la autoridad de Cristo y a la igualdad de la membresía de la Iglesia. ¿Por qué razón llamamos a nuestros pastores como “ungidos de Jehová”, “Ángeles de la iglesia”, o “profetas del pueblo”? ¿Cuál es la unción especial del pastor? ¿Es siempre válida aquella frase que dice: “El Señor me dijo por medio de mi pastor que esta semana me va a ir bien”? ¿Realmente debemos presentarnos ante nuestros pastores con una actitud sometida para estar en una relación correcta con Dios? ¿Participan los hermanos que no están de acuerdo con las tradiciones impuestas de una especie de locura, enfermedad o prueba del espíritu? Responderemos estas preguntas de acuerdo a las Escrituras.


Sobre la idolatría pastoral

Uno de los principios fundamentales de la reforma cristiana protestante, de la cual nos consideramos herederos, es el sacerdocio de todos los creyentes. El Nuevo Pacto sellado con la sangre de nuestro Señor Jesucristo abolió todo aquel sistema sacerdotal judío. Su utilización es vana, pues el sacrificio perfecto lo realizó nuestro maravilloso Señor. Existen pruebas indubitables en el Nuevo Pacto que corroboran este principio, el cual guarda estrecha relación con la libertad cristiana que la gracia del Señor nos concede: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5), y “…Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre…” (Apocalipsis 1:5-6). Cualquiera que asuma que el pastor es “el sacerdote de la iglesia de Cristo” realiza una exaltación carente de cualquier sentido bíblico. ¿Acaso dice la Escritura: “Ustedes pastores son sacerdocio santo”? Mas bien dice “Vosotros”, al referirse a todos los cristianos fieles a Jesucristo, los cuales pueden realizar sacrificios espirituales aceptables a Dios.

Una evidencia considerable de la exaltación pastoral que la hermandad realiza es la gran cantidad de apelativos que condecoran al liderazgo de una divina superioridad. Esta gama de nombres magnifican en sobremanera el rol pastoral, muchas veces rebajando a la hermandad a simples oyentes o receptores de una revelación única e incuestionable. Les declaramos ungidos, profetas, ángeles de la iglesia, voces de Dios, y en muchos casos, sacerdotes o apóstoles. Estos títulos suelen ser naturalmente empleados para adoptar calificaciones divinas a un sistema humano. Muchas veces se menciona que los pastores son ungidos de Jehová. ¿Acaso son los únicos ungidos? El Nuevo Pacto nos unge a todos los cristianos en el amor de Dios y el Espíritu Santo: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). Entonces ¿Cuál es aquella unción especial revelada únicamente a los pastores? En el Antiguo Testamento la unción estaba referida al aceite, que en algún sentido fue un simbolismo de la unción del Espíritu Santo (Éxodo 29:7). También estaba referida a los sacerdotes ungidos de la ley mosaica (Levítico 4:3,5; Números 3:3), a los reyes de Israel (1 Samuel 12:3-5; 24:6-10; 2 Samuel 1:14-16; Salmo 20:6) y a los descendientes de David (Salmo 2:2; 18:50; 89:38-51). ¿Son los ungidos actuales descendientes del linaje judío o descendientes de David? Sin embargo, el gran problema no es este. La unción referida al Nuevo Testamento es espiritual, y está relacionada con el Espíritu Santo de Dios: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret…” (Hechos 10:38) y “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…” (Lucas 4:18). De aquí vienen todas aquellas cosas que la hermandad replica de forma constante: “El Señor dijo por medio de nuestro Pastor que…”. ¿Qué sucedería si el pastor menciona algo que carece de sentido y fundamento bíblico? ¿Sabremos que sus interpretaciones no van acorde a la totalidad del mensaje de la Palabra de Dios? De aquí yacen otros principios:

a) Mientras más exaltamos a nuestros pastores más inhibimos el natural cuestionamiento y análisis bíblico respecto a sus enseñanzas.

b) Mientras más exaltamos a nuestros pastores más los calificamos de inmunes frente a un legítimo análisis bíblico respecto a sus enseñanzas

c) Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos reveladores de la voluntad de Dios para nuestras vidas más estamos propensos a ser manipulados por mensajes extrabíblicos, muchas veces proclamados sin conciencia de manipulación.

d) Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos receptores de la interpretación bíblica más descuidamos el estudio de la Palabra de Dios por considerar que la única revelación proviene de sus exhortaciones.

Todo esto lleva a una idolatría pastoral, elevando a nuestros pastores a lugares divinos, calificándolos de ser más especiales que el resto. Muchas iglesias pentecostales realizan estudios bíblicos centralizados, es decir, que solo existe una fuente única de estudio bíblico la cual no puede ser cuestionada en ninguna forma, incluso, si alguien deseara hacer un estudio bíblico personal, con algún grupo de familias en algún hogar se les califica de hacer reuniones clandestinas, sin autorización alguna. ¿Por qué habrá tales obstáculos? ¿Tendrá alguna incumbencia con el control educacional que pueda tener el líder sobre su hermandad? Toda identidad pastoral que inhiba el normal estudio de la Palabra de Dios por parte de la hermandad genera una sumisión autocrática y dictatorial cuyo único resultado es una congregación bíblicamente ignorante y sometida a los designios del pastorado.


Sobre el centralismo y la imposibilidad de debate

Nuestras iglesias se han contagiado de una extensa red de burocracia eclesiástica que imposibilita resolver los problemas comunes de la hermandad. La mayoría de las iglesias pentecostales contiene un organigrama cerrado que apunta siempre a un solo líder, o a un grupo direccional, del cual proceden todo tipo de autorizaciones y mandatos. La mayoría de las iglesias no son administradas por pastores, sino por predicadores, quienes dependen de otros grupos directivos, y a su vez estos últimos dependen de otros grupos de mayor jerarquía. Este afán de diseñar mega organizaciones puede imposibilitar el real propósito de la iglesia: servir. Muchas veces la iglesia no ejerce aquel servicio, sino que es la hermandad quien sirve a la iglesia, muchas veces explotando a los hermanos quienes humildemente aceptan aquellos trabajos. Ante organizaciones eclesiásticas tan gigantescas la visión de los problemas de la hermandad se dificulta en gran manera. El pastor encargado debe atender a un conjunto de iglesias, compuestas por cientos de hermanos, cuyos problemas o inquietudes apremian a cada momento. La oportunidad de atender los problemas de la congregación es limitada por los plazos o turnos que los hermanos deben requerir. El problema parece atormentar aún más cuando los mismos hermanos, cuyas inquietudes aún vuelan en el aire, tienen que pagar cuantiosas sumas de dinero pedidas desde los altares, para resolver problemas de último minuto, problemas administrativos que muchas veces surgen de la negligencia, entre otros asuntos. Estos modelos de centralización inhiben la resolución de problemas menores y también mayores. Muchas veces uno asiste a congregaciones en que el pastor jamás te ha visto o conocido, pues la congregación es tan grande que la visión de un nuevo asistente y la acogida de él mismo se hace inabordable. Las iglesias debiesen estar preocupadas de cada uno de sus asistentes. Sin embargo, nuestro centralismo obliga a ignorar la llegada de un asistente nuevo. Este centralismo también es causante de la imposibilidad de discutir abiertamente los temas relacionados con la iglesia. En el libro de los Hechos existe un gran ejemplo de la libre discusión de los temas de la iglesia, al realizar un decreto: “Entonces pareció bien a los apóstoles, y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenia por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos” (Hechos 15:22). Luego de elegir CON TODA LA IGLESIA el envío de aquellos varones, decretaron en vista del legalismo: “nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros…” (v. 25). No solo refirieron el tema a la iglesia, sino que llegaron a un acuerdo entre todos. ¿Realmente practicamos este sistema en nuestras iglesias? ¿Realmente las decisiones se imparten en consenso con toda la hermandad? Humberto Lagos Schuffeneger, un destacado doctor y licenciado en Sociología, realizó un análisis de la sociología de las sectas religiosas, y este asume que: “La sociedad sectaria es típicamente dictatorial; las decisiones están marcadas por el verticalismo y por la imposibilidad de discutirlas por el fiel comunitario” . Tengamos cuidado con estos comportamientos sectarios.


Sobre la exigencia de sumisión

Se nos ha enseñado que el puesto de pastor o líder dentro de una iglesia es instaurado y decidido por el Espíritu Santo de Dios. Cuestiono un tanto la inspiración del Espíritu Santo en aquellos asuntos, pues los estatutos proponen la elección por votos de un determinado grupo, en el cual reside la responsabilidad de elegir a los distintos lideres. ¿Debiésemos descansar siempre en el supuesto que las ideas relacionadas con el poder permanecen nulas a la hora de elegir a un nuevo líder? Algunas iglesias pentecostales caen en distintas rivalidades por los puestos de poder, las cuales son encendidas por los pastores y avivadas por una congregación ignorante. Ante estas peleas entre iglesias, relacionadas con el poder, el apóstol Pablo insiste: “porque aun sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Corintios 3:3). El real problema de todo esto no es el cuestionamiento hacia la “elección divina” que los líderes desean inculcar, sino en el sometimiento que se enseña desde los altares ante cualquier figura que la iglesia exalta.

Comúnmente el puesto de pastor u obispo se exalta en sobremanera, a tal punto de generar una especie de idolatría. Es parte de nuestra doctrina (humana y no bíblica) la enseñanza de esta sumisión a los pastores: debemos presentarnos ante ellos con sometimiento, a fin de estar en una relación correcta con Dios.  Cualquier crítica o duda respecto a la validez de lo que se está enseñando suele representar una amenaza para el ministerio, una contraposición a nuestro Dios y desobediencia a sus principios. Para estas enseñanzas nos basamos en la carta a los hebreos: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (Hebreos 13:17). Sin embargo, ignoramos completamente que en aquel mismo capítulo el autor establece: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7).

El hecho que la autoridad del pastor sea igual a la de Dios nos hace pensar que el obedecer al pastor es obedecer a Dios, y en caso contrario, el desobedecer al pastor es desobedecer a Dios. Una oposición a una decisión que nos parece incorrecta, y el normal debate de estas circunstancias debe ser anulada porque el cuestionamiento es una especie de rebeldía ante nuestro Señor. Cualquier crítica o duda respecto a la enseñanza y doctrina enseñada es tomada como una murmuración a nuestro Dios. Sin embargo, esta sectaria forma de pensar conlleva que no exista un cuestionamiento bíblico responsable, algo que si ordena la Escritura: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). El sociólogo Humberto Lagos Schuffeneger estudia estos fenómenos, y entre las características que dispone para reconocer a una secta menciona la “legitimación en torno a líderes carismáticos”. Al desarrollar este punto establece: “El líder de la secta es siempre del tipo carismático, y sus decisiones se caracterizan por el autoritarismo. Es él quien tiene la mejor revelación…” . Referido al punto analizado anteriormente el sociólogo afirma: “Estar en “comunión” con el líder es estarlo con la “divinidad” . ¿Qué sucedería si la autoridad del pastor se superpone a la enseñanza de las Escrituras? ¿Qué sucedería si este enseña doctrinas y tradiciones desviadas de lo que enseña Dios a través de su Palabra? Mas bien, todo es una imposición de temor para que no haya supuesta “rebeldía” y no haya cuestionamientos respecto a la doctrina. El analfabetismo bíblico característico de nuestras iglesias, y el normal conformismo respecto al estudio de la misma Palabra de Dios, facilita aún más la imposición de prácticas y doctrinas extrabíblicas y antibíblicas. Todas aquellas doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas son mantenidas por sistemas de terror que nosotros mismos hemos impuesto y aceptado. Esta sumisión al pastorado tiene distintos riesgos:

a) Mientras más ausentamos la crítica y el libre cuestionamiento basado en las Escrituras, más impedimos la alerta frente a doctrinas falsas.

b) Mientras más ausentamos la crítica y el libre cuestionamiento basado en las Escrituras, más tendemos a aceptar ciegamente doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas.

c) Mientras más aceptamos ciegamente doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas, más fortalecemos estos sistemas dictatoriales que exaltan a las personas, y disminuyen el ministerio cristocéntrico.

¿Realmente una iglesia tiene un liderazgo cristocéntrico si hay hermandad que asegura que daría la vida por su pastor? Esta especie de fanatismo pastoral no es más que idolatría. El hecho de asegurar que todo lo que dice el pastor proviene de Dios es aprobar ciegamente cada una de sus palabras, que en muchos casos podrían ir en contra de la misma Palabra de Dios. ¿Qué podemos hacer? Examinarlo, conforme a las Escrituras. El libro de los Hechos nos menciona un ejemplo claro de examen cuidadoso sobre las palabras enunciadas por los líderes:


“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así
(Hechos 17:10-11)

Un comentario muy oportuno de la Biblia Plenitud asume: “Estos judíos no tenían una mente cerrada: recibían la palabra con toda solicitud. No eran negligentes; sino escudriñaban cada día las Escrituras” . Los judíos realmente practicaban lo que el profeta Isaías señalaba como tarea de todo creyente: “Inquirid en el libro de Jehová, y leed si faltó alguno de ellos…” (Isaías 34:16). ¿Quién hoy verifica si la doctrina enseñada por la iglesia está en acuerdo con las Escrituras? ¿Acaso está todo saldado y perfecto? Negaríamos entonces el principio de la reforma que suponemos ser herederos. Son solo unos pocos los que asumen la tarea de “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). La gran mayoría de las veces enseñamos en nuestras iglesias a estimar la autoridad como verdad, más que la verdad como autoridad. Recordemos la cita de F.R.Beattie: “El aceptar una verdad de modo irreflexivo, o recibirlas simplemente en base a la autoridad de que están investidas, no es suficiente para una fe inteligente y estable” . Los pocos que han hecho un examen cuidadoso de las Escrituras han encontrado que muchas de las prácticas que aprobamos como correctas son más bien imposiciones humanas sin fundamento bíblico. Estos han sido descalificados por sus propias iglesias de estar enfermos en el espíritu, probados, locos, endemoniados, descarriados, etc. ¿Realmente son participes de una locura doctrinal?


Sobre la supuesta enfermedad de los que se oponen a la doctrina desviada

El hecho que alguien revise si la doctrina enseñada por la iglesia tiene una real validez en las Escrituras es considerado un acto de “murmuración contra Dios”. Muchas veces, a aquellos hermanos que examinan la real validez de nuestras tradiciones les calificamos con apelativos como: “enfermo en el espíritu”, “letrado”, “se cree pastor”, “tiene demonio”, “rebelde”, “porfiado”, “descarriado”, “está probado en su fe”, “no sigue la sana doctrina”, etc.
Sin embargo, el hecho que la mayoría acepte determinadas prácticas no garantiza que aquellas sean correctas, pues lo correcto o incorrecto no se regula por votación, sino por una revisión de su apego a las Escrituras.
 La consulta es: ¿Quiénes están en error? ¿Aquellos que buscan la voluntad de Dios mediante las Escrituras? ¿O aquellos que persisten con una actitud sometida al designio de un determinado líder? ¿La persona que escudriña la Palabra de Dios buscando la real validez de nuestras prácticas? ¿O quienes siguen un camino desviado de forma tan cómoda que jamás se alertan de su error? Por lo tanto, es muy probable que toda una iglesia siga un conjunto de tradiciones humanas que no llevan a ningún destino, y pueda que solo uno esté en lo correcto, renovando su entendimiento de la voluntad de Dios a cada instante, por medio de la Santa Palabra de nuestro Dios y la comunión con Él.

El entendimiento de Dios, por medio de su santa Palabra y de su Santo Espíritu, es el mejor antídoto contra las tradiciones humanas, las cuales son una droga mortífera que nos separa de Cristo.