“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”
(2 Corintios 3:17)
¿Ha escuchado alguna vez “Déle al Señor la parte que le corresponde”? ¿Ha sido participe de la audiencia de un sermón que afirma que es hora que nos pongamos al día con el Señor, aludiendo al diezmo? ¿Ha escuchado que negarle el diez por ciento de sus ingresos a la iglesia constituye un acto de desobediencia? Comúnmente se nos ha enseñado que el diezmo es un compromiso vigente con Dios. Su pago causa en el hermano una aprobación y bendición por la obediencia de haber cumplido aquella responsabilidad. En caso contrario, su evasión puede significar que el “diablo nos arrebate nuestra bendición”, asumiendo que el diez por ciento de nuestros ingresos tiene un poder místico y sagrado que poderosamente nos hace receptores de una bendición inigualable. ¿Qué tan valida es esta enseñanza? ¿Está vigente el diezmo aun? ¿Podemos considerar que es una obligación para los cristianos de hoy, incluso para los que somos gentiles? ¿Qué tan valida es aquella enseñanza de transformar el diezmo en un monto adeudado con el Señor? ¿Realmente el Señor nos pide que demos el diezmo? Pretendo realizar un estudio completamente imparcial, tomando en cuenta cada una de las menciones que la Palabra de Dios realiza del diezmo, su utilidad y su vigencia, a fin de evaluar su validez en nuestras iglesias.
Sobre la naturaleza y finalidad del diezmo
Significado. La palabra diezmo significa la décima parte o el diez por ciento de un determinado monto. La primera vez que encontramos la palabra diezmo en la Biblia es en el Génesis, exactamente cuando Abraham bendijo a Melquisedec, un sacerdote, entregando la décima parte del botín de guerra (Génesis 14:20). Para muchos teóricos la entrega del diezmo era una forma de bendecir al sacerdote antes de la ley mosaica, lo cual fue formalizado con la misma ley. Sin embargo, no debemos olvidar que el diezmo es una unidad de medida, la cual pudo haber sido modificada por la generosidad de Abraham. Otra mención guarda relación con Jacob, quien hizo un voto de diezmo. Su voto consistía en apartar el diezmo de todo, con tal de tener un buen viaje (Génesis 28:20-22). Estas dos menciones son anteriores a la ley, y por ende pierden su carácter de obligatorio y pasan a ser dadas de gracia y generosidad. Esta conclusión podemos claramente evidenciarla en los mismos relatos. ¿Acaso Melquisedec exigió los diezmos del botín de guerra de Abraham? ¿Fue acaso un mandato de Dios que Jacob hiciese aquel voto? Jacob asume: “…si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy… el diezmo de todo guardaré para ti” (Génesis 28:20-22), y esto demuestra claramente que el diezmo estaba determinado por la voluntad del patriarca y no por un mandato de Dios.
Condición. La formalidad del diezmo se inicia en la ley de Moisés. Dios instauro que aparte de las ofrendas espontáneas y libres, se guardara la décima parte de todo. El diezmo tenía un carácter de obligatorio, no porque se exigiera sin causa alguna, sino por ser una manifestación y designación soberana de Dios. Este carácter obligatorio tenía una causa justa. El diezmo era una compensación (Números 18:26; Deuteronomio 18:1; Números 1:47) por algo que no era voluntario: Dios escogió a una de las doce tribus, la de Leví, para ocuparse de los temas espirituales de la nación. La ley mosaica expresa: “Solamente no contarás la tribu de Leví, no tomaras la cuenta de ellos entre los hijos de Israel, sino que pondrás a los levitas en el tabernáculo del testimonio, y sobre todos sus utensilios, y sobre todas las cosas que le pertenecen; ellos llevarán el tabernáculo y todos sus enseres, y ellos servirán en él, y acamparán alrededor del tabernáculo” (Números 1:49-50). Por esta misión otorgada a aquella tribu se les compensaba con el diezmo: “Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión” (Números 18:21). Como los levitas se ocupaban únicamente de los asuntos espirituales y expiatorios, pues eran los sacerdotes del pueblo de Israel, las demás tribus debían sostenerlos con la décima parte de lo percibido.
Sobre la formalidad del diezmo
Frecuencia del diezmo. Hasta este punto hemos reconocido qué es el diezmo y cuál era su función en la ley mosaica, pero ¿Conocemos su formalidad? La formalidad del diezmo también es un aspecto obligatorio. La frecuencia con que debían diezmar los israelitas era por ciclos de tres años. Según Deuteronomio 14:22, el diezmo era pagado cada año. En el mismo capitulo la ley menciona: “Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren” (Deuteronomio 14:28-29; véase también 26:12). En vista de lo que revela la ley, los primeros dos años los israelitas comían “…delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite…” (Deuteronomio 14:23), y al tercer año, el año del diezmo, entregaban lo acordado a los levitas.
Elementos diezmados. Este punto es igualmente obligatorio. Los diezmos debían de sostener con alimento a los levitas. Podemos ver en Deuteronomio 14 que se entregaba “… el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite…” (v. 23). Otros elementos guardan aún más relación con el campo agrícola y ganadero. En el aspecto agrícola, la ley de Moisés establece: “Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es…” (Levítico 27:30), y en el aspecto ganadero: “Y todo diezmo de vacas o de ovejas, de todo lo que pasa bajo la vara, el diezmo será consagrado a Jehová” (v. 32). Cada uno de estos elementos se guardaba en el alfolí, o almacén. Cabe mencionar que los levitas también recibían otras fuentes de sostenimiento tales como la ofrenda de las cosas santas, los presentes, las ofrendas mecidas, las primicias, lo consagrado por voto, entre otros (véase ofrendas para sostener a los sacerdotes en Números 18:8-19).
Sobre la vigencia del diezmo
Para reconocer la vigencia o la validez del diezmo debemos reconocer cada uno de los elementos que componen el contexto y la estructura central de este sistema. Debemos entender, con la evidencia bíblica revisada hasta el momento, que la exigencia del diezmo, como ofrenda obligatoria, fue instaurada con un motivo determinado: el sostén de la tribu de Leví, la cual tuvo la obligación de velar por los temas espirituales de la nación. Esta es la columna vertebral del asunto. Para que exista el sistema del diezmo se debiesen contar con distintos elementos que rodean su existencia, y cumplen con su finalidad. A continuación cada uno de los elementos que deben existir para que la exigencia del diezmo sea vigente:
Se debe contar con un sistema sacerdotal. Si el diezmo fue instaurado para el sostén de un sistema sacerdotal encargado del sistema ritualista expiatorio, la exigencia actual también debiese tener el mismo objetivo. Sin embargo, nos encontramos con un grave problema pues el sistema sacerdotal del Antiguo Testamento fue abolido por Jesucristo. ¿Acaso no dice el Nuevo Testamento que Cristo es el gran sacerdote y único mediador entre Dios y los hombres?: “…con el juramento del que dijo: Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto… mas este, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:21-25). El mismo capitulo de Hebreos declara: “Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley” (v. 12). ¿Cuál es aquella nueva ley? Es la ley de la libertad y la gracia: “Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25). ¿Qué sucede entonces con la antigua ley, la que expone la exigencia de los diezmos? El Nuevo Pacto deroga la ley mosaica: “Al decir: Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer” (Hebreos 8:13). Para agregar aun mas evidencias bíblicas, el apóstol Pedro declaró: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1 Pedro 2:9). Los creyentes fieles a Cristo somos constituidos real sacerdocio. Si aún estuviese vigente el sistema del diezmo, ¿No debiésemos todos percibir aquel ingreso? ¿Por qué entonces un solo pastor recibe los diezmos de su congregación? ¿Acaso es él una especie de sacerdote? Absolutamente no. Aquel pedestal en que ponemos a nuestros pastores es parte de nuestras exaltaciones idólatras, las cuales entregan facultades inmerecidas sobre ellos, como por ejemplo, la exigencia de los diezmos. En un contexto bíblico general, el sistema de los diezmos, y todo lo referente a ellos, no está vigente, menos aún para los gentiles.
Se debe contar con la formalidad del diezmo. Para que el sistema del diezmo aún esté vigente se debe contar con todos aquellos elementos que formalizan el diezmo, tal como la frecuencia en que era otorgado y las especies que eran diezmadas. En primer lugar, se debiese respetar el ciclo de tres años. Los primeros dos años la iglesia debiese comer todo lo traído al altar del Señor, y el tercer año debiese ser dado al sacerdote. Sin embargo, y como lo estudiamos en el punto anterior, el real sacerdocio somos todos los creyentes fieles a Cristo. Esto acarrea un real problema a la aplicación del sistema de diezmos en nuestros tiempos: si somos real sacerdocio, y siguiendo lo expresado en la ley de Moisés, ¿no debiesen otros diezmar para sostenernos? Y en el caso que existiese una iglesia cristiana que diezmara para sostenernos, ¿No se constituirían ellos también real sacerdocio por creer en nuestro Señor Jesús? A pesar de todas estas problemáticas, el sistema del diezmo no es vigente, no solo por lo inviable de esta practica en el Nuevo Pacto, sino por la negación que se hace respecto a su frecuencia. ¿Acaso la hermandad diezma a sus pastores cada tres años? ¿O lo hace cada mes?
Otro aspecto relevante en gran manera es la naturaleza de los bienes diezmados. La ley exigía que el diezmo fuera dado en determinadas especies, tales como frutos de la agricultura y el cuidado ganadero. ¿Por qué? Porque el fin del sistema del diezmo era la contraprestación por las labores de los levitas, los cuales eran sostenidos por las demás tribus, mediante la décima parte de determinadas especies de alimentos que la ley exigía. De hecho, era tal la exigencia que los diezmos fueran en alimento que la ley mosaica expresa claramente: “Y si el camino fuera tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tu deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia” (Deuteronomio 14:24-26). Estas disposiciones son claramente violadas por aquellos que inconsecuentemente osan defender el sistema de los diezmos como algo sumamente vigente. ¿Acaso entregan el diezmo en alimento? ¿Traen sacos de grano, vacas, ovejas? ¿O traen únicamente dinero? Recordemos que el dinero se puede utilizar de millones formas, y no únicamente como sostén alimenticio. En resumen, la ausencia de cada uno de los elementos que componen el contexto en el cual debiese operar el sistema del diezmo hace de aquella práctica una realidad insostenible.
Sobre los argumentos que exponen nuestras tradiciones
Es común escuchar en nuestras iglesias la interpretación de distintos versículos que supuestamente apoyan la exigencia de los diezmos en la actualidad. Sin embargo, debemos recordar que no podemos interpretar los pasajes individuales si desconocemos el mensaje total de las Escrituras, y de igual forma, no podemos comprender el mensaje integral de la Palabra de Dios sin comprender los pasajes individuales. Un estudiante imparcial de las Escrituras no pasa por alto cada uno de los puntos en que un tema es mencionado en la Palabra de Dios, porque de este modo puede realizar un panorama exhaustivo y completo sobre aquel tema. Contrariamente, un lector cargado de tradiciones y doctrinas humanas considera solo aquellos puntos que le interesan o que aprueban aquellas mismas costumbres, y no evalúa los pasajes específicos de aquel tema respecto a la totalidad del mensaje de las Escrituras, sino bajo la cautela de las doctrinas humanas. Estos dogmas dificultan en gran manera la comprensión de estos temas, ya que a la hora de corroborar su validez bíblica tendemos a citar los mismos versículos antes mencionados, inculcando en la hermandad un sentido bíblico incompleto, pues tomamos en cuenta determinados pasajes que comúnmente son interpretados sin considerar su contexto y participación dentro de la Palabra de Dios.
Las razones por las que exponemos nuestros argumentos a favor del diezmo pueden ir desde un nulo conocimiento sobre el diezmo, la ley mosaica y la diferencia entre el antiguo y el nuevo pacto, hasta, en el peor de los casos, la utilización y manipulación de la hermandad: “…toman la verdad como fuente de ganancia…” (1 Timoteo 6:5) y “…por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas…” (2 Pedro 2:3). Sin embargo, e independiente de la causa por la que aún nuestras tradiciones nos obligan a defender un sistema obsoleto y esclavizador, los argumentos que intentan proveer defensa alguna a nuestras ciegas tradiciones presentan tremendos problemas en sí mismos.
Sobre la real "validez" de los argumentos en defensa del sistema de diezmos
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| ¿Realmente Malaquías 3:10 es una cita infalible al momento de defender la vigencia del diezmo? |
Uno de los argumentos más mencionados, muchas veces expuesto de una forma mecánica, es el que toma lugar en el libro de Malaquías: “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10). Este versículo es acompañado de una amonestación o advertencia del predicador al oyente, el cual menciona que el solo hecho de no entregar el diezmo constituye un robo a Dios, y para afirmar esto se sostienen del mismo pasaje: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En que te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas” (v. 8). Tomando en cuenta solo estos dos pasajes no podemos hacernos un panorama completo respecto a este pasaje. Solo nos queda hacer una evaluación del contexto en que se desenvuelve este relato. En primer lugar, ¿Es a la iglesia cristiana esta acusación de robo o mandato de traer los diezmos al alfolí? El relato alude completamente a los hijos de Jacob (v. 6), incluso en el versículo siguiente se aclara aún más que están hablando de ellos: “Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis…” (v. 7). De hecho el versículo que está entre ambas citas que nosotros recitamos para justificar aquel sistema alude, no a nosotros, sino a las tribus de Israel, que no habían sostenido a los levitas: “Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado” (v. 9). Aún así, se mencionan aquellos versículos con el fin de aumentar el número de los hermanos que diezman, muchas veces ignorando que en aquel mismo pasaje se encuentra la clave de su caducidad: “…haya alimento en mi casa…” (v. 10). Con seguridad este versículo guarda completa relación con el sistema sacerdotal que requería el pueblo de Israel como vía de expiación de pecados. Aquel sistema que debían sostener las demás tribus fue completamente abolido por el Nuevo Pacto, establecido con el sacrificio perfecto que hizo Jesucristo en la cruz. Por lo tanto aquel versículo presentado como incentivo para diezmar no tiene validez pues, en primer lugar, hay claras evidencias que no se estaba refiriendo a los cristianos, y, en segundo lugar, el sistema sacerdotal expiatorio fue abolido por Cristo en la cruz, y por ende, también fue extinto el sistema que los sostenía: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra vosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Colosenses 2:13-14).
Otro de los argumentos claros es el de Melquisedec. En el capitulo 7 del libro de los Hebreos dice que Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios, salió a recibir a Abraham que volvía de la derrota de los reyes, y le bendijo. Luego Abraham le dio la décima parte del botín de guerra (Génesis 14:18-20). Para los defensores de la práctica del diezmo este no está vinculado únicamente con la ley mosaica, sino predata del Génesis. Para ellos el hecho que nosotros seamos hijos de Abraham (Gálatas 3:7) nos hace participes de aquella forma de bendecir. Según el libro de Hebreos Melquisedec era una prefigura de Cristo (Hebreos 7:3), incluso una profecía mesiánica asume: “…Tu eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Salmo 110:4), aludiendo al sacerdocio perfecto de nuestro Señor Jesús. Siguiendo este esquema muchos defienden el sistema de los diezmos aludiendo que como hijos de Abraham debemos dar los diezmos a los siervos de Cristo en la tierra. Sin embargo, este razonamiento presenta un problema tremendo: el relato de Hebreos no supone la obligación de diezmar en la iglesia, sino que pone énfasis en la prefigura que hace Melquisedec de Cristo mismo, incluso tomando su sacerdocio como superior al de los levitas (Hebreos 7:4-7). La conclusión a la que lleva el relato es a que como el sacerdocio de Melquisedec fue mayor al de los levitas, por tener él las promesas (v. 6), el sacerdocio de Cristo comprende toda grandeza y perfección, porque en Él se cumplen las promesas. De hecho asimismo lo vincula el mismo pasaje: “Si, pues, la perfección fuera por el sacerdocio levítico (porque bajo él recibió el pueblo la ley), ¿Qué necesidad habría aun de que se levantase otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, y que no fuese llamado según el orden de Aarón?” (v. 11). Un lector objetivo del pasaje de Hebreos reconoce de inmediato que este apunta a la superioridad de Cristo y la perfección de su sacerdocio y sacrificio, cumpliendo aquellas profecías que lo asentaban como mediador y sumo sacerdote. El hecho que mencione los diezmos es prueba de la superioridad del sacerdocio de Melquisedec, como prefigura de la perfecta redención de Cristo y su Nuevo Pacto. Si fuese como los defensores del sistema de diezmos lo aclaran debiésemos esperar que la iglesia del siglo I diezmara de igual forma. Sin embargo, no existe registro ni evidencia alguna que presente la obligación de diezmar en la iglesia primitiva. Cristo no instauró una especie de sacerdocio especial que debiese sostenerse con diezmos. De hecho, si el sistema de los diezmos fuese un compromiso vigente en el Nuevo Pacto, ¿Por qué no encontramos evidencia ni cita alguna de su mandato en el Nuevo Testamento? ¿No considera que aquel mandato debiese tener tal importancia para ser mencionado por lo menos un par de veces? A contrariedad con el sistema del diezmo, que por naturaleza es obligatorio, el apóstol Pablo insistió que la iglesia debiese sostenerse de los aportes voluntarios, espontáneos y generosos de sus propios feligreses, y no de sistema alguno que pertenecía a la antigua ley mosaica (2 Corintios 8:1-7). Muchos teóricos afirman que el tema de Abraham alude a un concepto de diezmo voluntario. Independientemente si esta enseñanza es relacionada con el pacto abrahámico, nuestras iglesias aún se esmeran en enseñar diezmos como un compromiso, haciendo referencias a versículos que si son pertenecientes a la ley mosaica. Aún así, ¿Por qué no hacemos sacrificios de animales o rituales de pacto como lo hizo Abraham y otros patriarcas? ¿Por qué consideramos absuelta solo una parte de la ley?
Otros argumentos mencionan en los evangelios un supuesto mandato de diezmar: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23). Según los defensores del sistema Jesús puso en evidencia el cumplimiento que debía hacerse sobre el diezmo. Guardar la ley consistía en la justicia, la misericordia y la fe, sumados a todos los sistemas expiatorios y de sostén. Sin embargo, Jesucristo nació, vivió y murió bajo el Antiguo Pacto: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley” (Gálatas 4:4), y su nuevo pacto entra en vigor luego de su ascensión: “Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es valido entre tanto que el testador vive” (Hebreos 9:17). Es de esperar que Jesucristo enseñara las disposiciones de la ley pues asumió que venía a darle cumplimiento (Mateo 5:17-20). Otro ejemplo similar tomado del Nuevo Testamento conduce al libro de Hebreos: “Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales…” (Hebreos 7:8), tomándolo como una evidencia de la vigencia de los diezmos en el Nuevo Pacto. Sin embargo, la palabra reciben implica un tiempo presente, debido a la vigencia del Templo judío de Jerusalem. Un dato histórico data el libro de los Hebreos como anterior al año 70 d.c., año en el cual se supone que el templo fue destruido por los romanos. ¿Podemos entonces aludir un compromiso de este relato? Absolutamente no. Incluso el mismo pasaje de Hebreos 7 apunta al sacerdocio levítico receptor de diezmos (los que estaban en el templo). Otro ejemplo similar corresponde a la carta a los Corintios: “¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan?” (1 Corintios 9:13). Este es un caso similar al anterior, pues históricamente la carta a los Corintios data del 56 d.c. año en que el templo de Jerusalem aun estaba en funcionamiento. Incluso, este argumento no responde a la petición justificada de los diezmos, sino como una introducción al sostén que debemos hacer los cristianos de los que no tienen otra actividad que el evangelio (v. 14), pero sin obligación de sistema legal alguno.
Sobre la inconsecuencia del sistema del diezmo con la ley de la libertad
Dios instauro distintos liderazgos en la iglesia: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelistas; a otros, pastores y maestros” (Efesios 4:11). Para muchos la consulta es: ¿Cómo pueden sostenerse estos ministerios si no existen los diezmos? He escuchado a muchos pastores pentecostales en la televisión decir que el diezmo es esencial en toda forma, pues entrega a la iglesia el sustento necesario para continuar con el ministerio. La verdad es que todos hemos defendido aquel sistema, justificándolo de variadas formas, muchas veces sin un conocimiento bíblico que lo amerite. Son nuestras tradiciones las que nos obligan a proponer el sistema del diezmo como un proceso natural dentro de toda iglesia. Sin embargo, hemos estudiado que aquel sistema no tiene vigencia alguna en nuestros tiempos, menos para los que somos gentiles.
¿Cómo entonces pueden sostenerse los ministerios en el Nuevo Pacto? Cualquiera que considere que no hay otra forma de sustento más que el diezmo, no ha leído el Nuevo Testamento, o desconoce gran parte de él. Uno de los principios en los cuales la iglesia protestante se ha sostenido a lo largo de la historia es el principio de la libertad cristiana. La ley de la libertad reemplaza en cada uno de los aspectos a la ley mosaica. La seguridad de un creyente no está basada en la sinceridad de las palabras de un sacerdote, o en la limpieza del cabrito que se iba a sacrificar, sino en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Podemos asumir entonces que la exigencia del diezmo no guarda relación con la gracia y la espontaneidad del amor que enseña el Nuevo Pacto. De hecho el sustento de los ministerios enseñados en el Nuevo Pacto guardaban estrecha relación con la generosidad que se desprende de la gracia del Señor. La manutención de los ministerios debe venir, única y esencialmente, de las ofrendas voluntarias. Asimismo lo asume el apóstol Pablo: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7; ver capitulo “De las ofrendas y su promesa de bendición”). ¿Puede la iglesia sostener económicamente a sus evangelistas? No solo puede sino que debe: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio” (1 Corintios 9:14). Sin embargo, ¿Dios propuso el sistema del diezmo para sostener los ministerios? ¿No le parece que el dar como propuso de corazón se contrapone con la legalidad y obligatoriedad del diezmo? No existe evidencia o registro alguno donde se enseñe a la iglesia de la era apostólica sobre la obligatoriedad o vigencia del diezmo, de hecho no existe prueba histórica alguna que compruebe que la iglesia primitiva haya cultivado aquel sistema. Prueba irrefutable de aquello es la negación que hacía Pablo a los sistemas legalistas. Por ejemplo, el propósito de la epístola a los Gálatas fue la respuesta a todos aquellos judaizantes que enseñaban que algunas leyes del Antiguo Testamento eran aun obligatorias para los cristianos. El apóstol responde vehementemente: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Nuestras iglesias pentecostales continúan enseñando la esclavitud de la antigua ley, como reales judaizantes modernos, introduciendo la obligación del diezmo como tarea de todo cristiano.
El gran problema del diezmo es que pertenece a un sistema legal que exigía su pago por obligación. Para muchos el diezmo es completamente voluntario. Lo curioso es que nos basamos en muchos versículos del Antiguo Pacto para corroborar su pago y vigencia, siendo que aquellos mismos pasajes hacen mención a una entrega obligatoria y no voluntaria. Negar la naturaleza obligatoria del diezmo es negar su validez. La ley de la libertad y la gracia del Señor no guardan absoluta consecuencia con la ley de los diezmos. Aún así, su obligatoriedad aún es enseñada, por medio de la imposición de temor a “No robar a Dios” porque supuestamente en Malaquías 3:9 dice: “Me habéis robado”. El estudio anterior corrobora la invalidez que tiene cada uno de aquellos argumentos. En resumen, el diezmo no está vigente como mandato o compromiso para la iglesia cristiana, pues la ley, de la cual se sostenía el diezmo, fue abolida por Jesucristo en la cruz (Colosenses 2:13-14), y por ende, su carácter de obligatorio, compromiso, deuda, o porcentaje correspondiente al Señor, no debe ser enseñado en las iglesias que hemos creído en el Nuevo Pacto realizado por nuestro maravilloso Señor Jesús: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4)
¿Podemos medir la generosidad de un hermano por el monto que entrega a la iglesia? Si alguien desease dar la décima parte de sus ingresos, con conciencia de libertad, sin interés alguno, ya sea material, de salud o espiritual, puede hacerlo sin problema alguno, al igual como los que desean dar el ocho por ciento, o el veinte por ciento. Con seguridad Dios recompensa aquella generosidad de diversas formas. Sin embargo, el interés económico de los hermanos es alimentado con estas promesas de bendición automática al efectuar el pago del diezmo, invadiendo la conciencia de los fieles con interpretaciones erradas, falsas visiones y doctrinas humanas que no llevan a lugar alguno. El Nuevo Testamento propone una ofrenda completamente voluntaria, sin necesidad de ser parte alguna o porcentaje determinado de nuestro ingreso, lo cual cumple derechamente con la ley de la libertad cristiana, que nuestro Señor nos otorga por medio de su gracia. “Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:17)




