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viernes, 29 de noviembre de 2013

Si no os arrepentis

"En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente"
(Lucas 13:1-5)
"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo"
(Lucas 15:21)
     Nuestro Señor como Dios del Universo sabía todas las cosas de antemano, aún las que pensaba su pueblo sobre sí mismos. Todo hombre debe cuestionarse en alguna medida quién es y cómo vive de verdad. Los judíos por su parte estimaban que las muertes trágicas o las enfermedades sin cura eran el producto de una vida de pecado más intensa o de antepasados que habían vivido más indecorosamente que los demás. Ante este pensamiento, el Señor les dice que "No, si ustedes no se arrepienten, perecerán de la misma manera que todos". En otras palabras, es necesario un arrepentimiento como punto de inflexión entre la vida y el perecer de una forma general. Estas palabras del Señor muchas veces son subestimadas y dispuestas como simple filosofía o bellas palabras. Pero a la verdad su peso es en extremo grandioso. El pueblo judío se conformaba a la idea que serían considerados por Dios para salvación por sus obras y que el peso de estas determinarían su destino eterno. Para ellos la evidencia de que alguien sería condenado era su tragica vida o muerte. No obstante, Jesús como Dios hecho hombre sabía sus pensamientos y les dice que a todos les espera un destino igual, perecer, y la única forma de estar exento o libre de tal condenación es el arrepentimiento verdadero. Arrepentirse de los pecados es mayor que cualquier percepción propia. Pensamos que porque no pecamos igual que el resto o de mayor forma estaremos exentos de la condenación de Dios. Jesús dice "No, si ustedes no se arrepienten de verdad, pagarán sus pecados". Reuniendo toda la enseñanza del Maestro, podemos inferir que Él dijo: "Un día estaremos frente al Tribunal de Dios. El aire respirará la Santidad que de Él emana, en cambio nosotros vendremos con pecados de negro tinte. Si no hubo ese arrepentimiento para vida, Dios nos agrupará con aquellos que dispuso a su izquierda (Mateo 25:41). Allí estarán todos aquellos que consideraste más inmorales que tú, estafadores, ladrones, pedófilos, violadores, borrachos, y tú estarás en medio de ellos, y a todos, sin excepción, el Señor dirá: "...Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles" (Mateo 25:41). Creo que esto es el resumen del llamado al arrepentimiento descrito por el Señor en los evangelios.

       El arrepentimiento es el llamado que une todos los libros de la Biblia. Los profetas en el Antiguo Testamento, Jesús y los apóstoles, en conjunto con todo discípulo que predica verdaderamente la Palabra de Vida, llamaron y llaman al arrepentimiento siempre con un sentido de urgencia. Tenemos al apóstol Pablo defendiendo el evangelio en Atenas exclamando: "Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quién designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos" (Hechos 17:30-31). El sentido de urgencia es evidente: "Arrepientanse, pronto viene el Juicio de Dios". Las primeras palabras de nuestro Señor fueron: "...El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio" (Marcos 1:15). Como vemos siempre existe el elemento del tiempo en todos los llamados al arrepentimiento, siempre se considera que el Juicio de Dios está cercano. La relación entre el corazón arrepentido y el Juicio de Dios es estrecha. Vemos como el apóstol Pablo nos dice: "Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios" (Romanos 2:5), pues como bien expone la Escritura: "Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad" (Romanos 1:18). ¿Cuáles son aquellas injusticias e impiedades que detienen la verdad del Señor? Son nuestros propios pecados, nuestra inmundicia, nuestra maldad. ¿Has pecado una sola vez? Un pecado te destruirá. ¿Has mirado alguna vez a una mujer con ojos precisamente no de Santidad? Jesús dijo que el sólo mirar a una mujer para codiciarla ya constituye adulterio (Mateo 5:27-28) y que el sólo insultar a tu projimo ya constituye un pecado que te puede enviar al infierno (Mateo 5:22). ¿No son los pensamientos y los estándares de Justicia de Dios más altos que los nuestros? "Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:9). ¿Te sientes tan justo como antes al estar atento y en conocimiento de la Altísima e Insuperable Santidad de Dios? Una transgresión a la Eterna Santidad de Dios se paga con una eterna condenación. Es lo lógico y justo. ¿Te has arrepentido de verdad frente al Dios Justo? Mira que si no te arrepientes perecerás de la misma forma que los demás, aún si hayas pensado que tu justicia es mayor o tus pecados no son tan malos como el resto. 

     No tenemos una definición bíblica sobre arrepentimiento como la que tenemos de la fe en Hebreos 11. Sin embargo, tenemos desde Génesis a Apocalipsis a un Dios Celoso de Santidad llamando a los hombres a que vuelvan sus rostros hacia Él, huyan de la Ira que vendrá y vivan una vida de Santidad. El arrepentimiento no puede desligarse de este gran mensaje. No obstante, existe un muy abultado grupo de hombres y mujeres que viven, comen y visten para el mundo, pero asisten a una iglesia evangélica. Tales piensan que el arrepentimiento es sólo pedir perdón a Dios como quien va a un confesionario y recita sus males. Para sorpresa de ellos, o quizás no tanta sorpresa, el arrepentimiento no es únicamente la confesión de los pecados, pues puedes relatar a Dios todos tus pecados y no sentir ningún pesar por ellos. Para ilustrar esta situación imaginemos que un hombre le es infiel a su mujer con 50 mujeres distintas. Cada día vuelve delante de ella y le pide perdón. A veces se nota en él cierto semblante de tristeza o pesar, pero al siguiente día se siente lo suficientemente curado de tal depresión como para seguir pecando contra ella. Ese hombre, ¿Está arrepentido? Pues así mismo, el arrepentimiento no constituye una especie de limpieza temporal, "por si acaso Dios viene", es más que eso. El arrepentimiento puede definirse como el cambio de parecer producto de un convencimiento previo que realiza el Espíritu Santo de Dios en el hombre, el cual resulta en un abandono creciente de la vida a la cual tal hombre se siente arrepentido de haber llevado o de los pecados que trajo delante de Dios. Como vemos, para que un arrepentimiento sea verdaderamente arrepentimiento es necesario que exista un previo convencimiento del pecado que hay en nuestra vida. Este pesar es descrito por el apóstol Pablo como tristeza: "Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación..." (2 Corintios 7:10). ¿Te sientes angustiado y desesperado por el pecado que hay en tu corazón? ¿Sientes que es demasiado grande o en extremo adictivo y nauseabundo como para que Dios te perdone? ¿O simplemente te sientes cómodo en tales pecados y disfrutas sin pesar alguno? El arrepentimiento requiere de un corazón contrito y humillado (Salmo 51:17), quebrantado por todas las injusticias de las cuales es parte y comete. Sólo es posible tal desesperación y noción de sí mismo cuando el Espíritu Santo de Dios nos convence por medio de la Palabra: "Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio" (Juan 16:8). Sólo a través de este convencimiento es posible llegar a una percepción objetiva de nuestro pecado. Por lo tanto, el arrepentimiento no provendría de nosotros en ninguna medida, sino que es únicamente la obra de Dios en el corazón del hombre que ha caído. La Palabra de Dios nos dice que fuera de Jehová no hay quien salve (Isaías 43:11). Si alguien afirma que fue su arrepentimiento lo que motivo que Dios le salvara hace la gracia de Dios nula. Sólo Dios es quien salva, no tenemos crédito alguno ni participación activa en el acto de la redención. Nuestra labor es obedecer porque Él nos permite y nos da obediencia, nuestra labor es creer porque Él nos da la fe, nuestra labor es arrepentirnos porque Él nos constriñe de pecado y nos permite doblar nuestras rodillas delante de su Santa presencia: "¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?" (Romanos 2:4).
  Otro punto importante sobre la definición de arrepentimiento es que un arrepentimiento verdadero provocará una vida de Santidad. Sería ilógico suponer que si Dios hace una obra de arrepentimiento en el hombre este mismo le abandone apenas comience a dar sus primeros pasos en el camino. Dios no hace una obra temporal, sino progresiva y eficaz. Él ha llamado a todo el que se ha arrepentido a vivir una vida de Santidad "porque escrito está: Sed Santos, porque yo soy santo" (1 Pedro 1:16). Un arrepentimiento verdadero se reconoce por los frutos que tal arrepentimiento está generando. Si alguien dice que se ha arrepentido, pero tal arrepentimiento sólo fue el alivio temporal para dar paso al siguiente pecado, entonces tal arrepentimiento no fue verdadero. Un arrepentimiento de verdad tiene la intención de abandonar el pecado que antes se cometía y vivir para Dios. Está estrechamente ligado a la conversión, dónde el hombre que odiaba la Justicia de Dios y amaba su pecado es convertido para amar la Justicia de Dios y odiar su propio pecado.

      Toda la Escritura nos da clara cuenta de cómo Dios ha dado Gracia Salvadora únicamente por amor propio, y no por nada que nosotros hayamos traído a su Presencia, pues básicamente traemos sólo pecado. No podemos admirar con otros ojos el arrepentimiento, sino con una mirada agradecida por la misericordia de Dios de habernos percatado de nuestro pecado y habernos entregado a nuestro Dios por entero. No son nuestras obras o sentimientos las que nos atraen a Dios, ni aún es nuestro ser el que nos impulsa a confesar nuestros pecados y arrepentirnos. Sólo es el Amor de Dios y sus lazos los que nos atraen a un estado de humillación abundante y contrición de corazón. Si Dios es quien pone en nuestros corazones un estado quebrantado que nos permite ver la necesidad de perdón y salvación, sería ilógico pensar que eso nos conduciría a una vida de autojusticia. Dios ha prometido que los suyos perseverarán en el Camino de Santidad (Isaías 35:8). Es imposible que un hombre débil pueda dar frutos por sí mismo, ni aún mostrarse fuerte frente al pecado: "...porque separados de mí nada podéis hacer" (Juan 15:5). Es nuestro Dios no solamente quien inicia la obra, sino quien nos lleva a un constante crecimiento. Lo que Él ha iniciado no lo dejará a medio terminar: "estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo" (Filipenses 1:6). Dios ha prometido acabar lo que ha comenzado. Él es quien perfeccionará su obra en nosotros. ¿Cómo se refleja esto en el arrepentimiento? El arrepentimiento jamás debe asociarse a una motivación inicial o a un primer paso. Un arrepentimiento fue verdadero en el pasado si hoy existe un arrepentimiento perfeccionándose. El arrepentimiento no se apaga en el tiempo, como si nuestra percepción del pecado fuera mutilándose. Un corazón que se ha arrepentido anteriormente es porque hoy se arrepiente con muchas fuerzas. Si hoy lloraste por tu pecado, mañana derramarás el alma por causa del pecado que combate contra el alma. No ocurre esto porque el pecado crezca, sino porque el corazón nuevo, prometido por Dios mediante el profeta Ezequiel (Ezequiel 36:26-27), es un corazón de carne, ya no de piedra, sensible al pecado y a la voz de Dios. El nuevo corazón de la nueva criatura detestará con todas sus fuerzas la maldad que trae a los ojos de su Buen Pastor, puesto que aquel mismo corazón oye la voz de Dios y la obedece. No es posible que el arrepentimiento se apague en tu vida, si es así, no te arrepentiste de verdad. Un arrepentimiento continuará a través del tiempo, será la tónica de tu vida en la tierra, pues donde hay Santidad también hay una creciente noción sobre el pecado.

     Sin embargo, hay un grupo selecto de hombres y mujeres que en alguna medida se sienten defraudados del arrepentimiento. Son aquellos que han venido innumerables veces a las plantas de Cristo por el motivo correcto, su pecado, pero acumulan tantas frustraciones que han dejado de creer en el arrepentimiento para vida. Estos miran desde afuera el redil del Señor, sus pastos de Santidad y cómo el Buen Pastor las protege, las instruye y las ama. Observan a la vez cuán horrible es fuera del redil, pastos secos y venenosos, una vida de muerte, sin escapatoria. Con los ojos llenos de lágrimas intentan dar sus primeros pasos hacia el redil de Cristo, pero mientras se hallan en la convicción de ser perdonados el diablo les tumba y nuevamente se ven envueltos en el lodo de su pecado. Cuando miran su estado deplorable en ese pantano del desaliento se preguntan "¿Qué ha sucedido? Quizás Dios no quiso salvarme. No alcanza la misericordia para mí". Las frustraciones endurecen su corazón a tal punto que dejan de creer en Cristo y en su Poder para cambiarlos. No obstante, una bella esperanza hay para ellos. Si bien la Escritura nos dice que no depende la salvación de quien quiere ni de quien corre, sino sólo de Dios que tiene misericordia, la Biblia también nos menciona que no hay quien busque a Dios ni que invoque su nombre (Romanos 3:11; Isaías 64:7). Por tanto, si en tu corazón ha despertado la esperanza de que Cristo y sólo Él pueda rescatarte del pecado y reformar tu vida, tal esperanza la ha puesto Dios en tu corazón, pues es imposible que provenga de ti. Así como no provienen higos de los abrojos (Mateo 7:16), no proviene una esperanza en el Poder de Cristo sin que tal sea puesta por Dios en el corazón. Pero no permitas que el diablo te quite más tiempo. Corre fuerte y cierra la puerta de tu habitación (Mateo 6:6), implora misericordia y Dios salvará tu vida al extremo. Somete todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Corintios 10:5), no permitas que nada malo que traigas se interponga entre Él y tú.

      La definición más apropiada para Arrepentimiento es aquel clamor desesperado de "¡Sálvame Dios mío! ¡Sálvame! Ten misericordia de mí. Haz un milagro, no puedo yo. No puedo, no puedo. ¡Te necesito! Sin tu Poder y tus Fuerzas estoy muerto. ¡Sálvame que perezco!". Es darse por vencido. Es no luchar más contra Dios ni presentar autoestima alguna. No podemos desligar el arrepentimiento de la autonegación. Es posible que el único estorbo que no te permita ir a Cristo en arrepentimiento seas tú mismo y tu autoestima. Ponemos nuestros obras por delante, creemos que fracasaremos en el futuro, no confiamos en el milagro de la salvación, que Dios puede hacer lo imposible: cambiarnos. No podemos reformarnos a nosotros mismos, Dios debe hacerlo por nosotros. Y lo maravilloso es que el Señor Jesús lo hizo posible. Ya deja atrás esa mediocre muralla en contra del Señor y cree. Arrepiéntete de tus pecados, mira que el Juicio de Dios se aproxima, y si no te arrepientes morirás de la misma forma que todos.

       El arrepentimiento es lo que caracteriza a una iglesia verdadera. Una iglesia que predica cualquier cosa y no predica sobre el arrepentimiento es una iglesia muerta. Puede llenar estadios completos pero si su mensaje no es el arrepentimiento de pecados su evangelio no es evangelio. Hoy en día hay una moda bastante particular. Se trata de exponer un mensaje cómodo para los oídos, llamativo para las mentes incrédulas, lo suficientemente light como para no mover ningún sentimiento en contra. Hablo del evangelismo moderno, una verdadera herejía de la cual participan muchas congregaciones. Se les dice a los oyentes lo que quieren escuchar, un mensaje color de rosa que hace de Dios un Papá Noel dispuesto a dar regalos a todos aquellos que se porten bien. Un predicador que le interesa la fama y el dinero jamás predicará arrepentimiento, pues tal mensaje encara el pecado que Dios detesta, lo cual no es nada confortable para los que lo escuchan. Un predicador que le interesa la fama y el dinero buscará el mensaje más novedoso para sustituir el evangelio que predicaron Cristo y los apóstoles. Te dirán "Paz paz" y "No vendrá mal sobre ti", cuando el Juicio de Dios viene contra ti por tus crímenes. Te dirán que nada malo sucederá y jamás predicarán a favor del arrepentimiendo, sólo les interesará cuánto se recolectará de ofrenda si predican un mensaje de prosperidad y éxito terrenal. Ellos son famosos porque el mundo escucha a los suyos. Más el mundo aborrece a los de Cristo, porque el mundo aborreció primero a Cristo. Tenemos a miles de cantantes pseudocristianos y faranduleros profetas escribiendo libros como "10 pasos para ser como yo", "Los 5 pasos para ser un hombre exitoso", "¿Cómo hacerse millonario?", "¿Cómo tener un destino maravilloso y próspero?" y ningún libro sobre arrepentimiento. Es más te desafío a que vayas a una librería cristiana y encuentres un libro que exponga la enseñanza del arrepentimiento, encontrarás uno si es que tienes suerte. El arrepentimiento está en boca de muy pocos y agradece a Dios que te ha guiado a una fuente de la cual puedes reconocer, confesar y arrepentirte del pecado. El pecado es contra lo cual debemos lidiar; ningún otro problema puede ser tan grande como el pecado, pues es el principal problema para Dios.

       En resumen, Dios hoy te manda al arrepentimiento, envió a su Hijo a sufrir en la cruz la Ira de Dios y fue hecho pecado por nuestras iniquidades, a fin que la Justicia de Dios nos sea imputada por medio de la fe. Arrepiéntete y cree en el evangelio, conviértete de tu mal camino y de tus malos pensamientos. Busca al Señor mientras pueda ser hallado. No te engañes, toda esta sociedad será llevada a Juicio, toda la vanidad de Facebook, todas las porquerías de la televisión, toda la inmundicia de la inmoralidad sexual, todo amor por el dinero, toda mentira y robo, todo asesinato y violación, toda sed de poder y abuso, ¡Todo será traído a Juicio delante de un Dios Justo que castigará el pecado! Pero "Si no os arrepentis, todos pereceréis igualmente"

martes, 5 de noviembre de 2013

Regeneración por decisión: la oración del pecador

"No te maravilles que te dije: Os es necesario nacer de nuevo"
(Juan 3:7).


Antes de ascender a los cielos, el Señor Jesús dijo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19). Ante este mandato, los apóstoles respondieron con fidelidad, bautizando a los nuevos creyentes apenas estos manifestaban su fe (Hechos 8:12, 38; 9:18; 10:47). Con el tiempo, esta doctrina bíblica se fue degenerando a tal punto que, desde muy tempranamente en la iglesia de los siglos II, III y IV hasta hoy, sólo ha representado un ritual. Antes de ser una vana ceremonia, el bautismo es un símbolo de la regeneración que ha ocurrido en el corazón. Luego de la introducción del paganismo en la iglesia cristiana, a causa de la unión de Estado e Iglesia en Roma, las congregaciones cristianas comenzaron a ver el bautismo como un requisito y paso esencial para ser salvo. La iglesia católica lo considera aún como uno de los siete pasos que el creyente necesita dar para obtener salvación. Por mucho tiempo, iglesias evangélicas, como bautistas del Sur de Estados Unidos, entre otros, descansaban en el bautismo para afirmar que eran salvos. Ante la controversia, el apóstol Pedro indicó: “El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración a una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1 Pedro 3:21). Muchos se sujetan de esto para asegurar que son salvos por el bautismo. Sin embargo, tendríamos entonces que reducir la obra del Espíritu Santo a un mero paso por el agua. La confusión radica en que tomamos el símbolo como evidencia suficiente para lo simbolizado. Esto es contradictorio con la Palabra, pues reemplaza la seguridad de la salvación a través de la Obra de Dios, por un simple rito. No obstante, este versículo representa un golpe duro a la práctica antibíblica del bautismo de niños. Si nos guiamos por lo que Pedro asume, ¿Cómo puede un bebé mostrar el compromiso de tener una buena conciencia hacia a Dios? Aquella doctrina de la regeneración bautismal o salvación por medio de un ritual se cae en sí misma. ¿Cuántos de los millones de bautizados viven hoy una vida de santidad delante de Dios? ¿Cuántos de ellos han sido cambiados por el Espíritu de Dios, de modo que el pecado que antes tanto amaban hoy aborrecen? De esta forma no podemos entender que una persona descanse su salvación en un ritual que no representa absoluto impacto en su relación con Dios y su percepción y juicio por el pecado.


Los evangélicos somos muy críticos con esta doctrina antibíblica del mundo católico, pero a la vez, no hemos percibido que una herejía similar se ha introducido en nuestra teología. Al igual como sucede con el bautismo en la iglesia católica, ¿Por qué hay tantos creyentes, muchas veces congregaciones completas, que aseguran que son salvos porque una vez en su vida hicieron la “oración del pecador”? ¿Cuántas personas han repetido “la oración que salva”, admitiendo ser sinceros, y hasta hoy permanecen en la carnalidad? ¿Cuántas personas han sido consideradas o llamadas “salvas”, o así creen que son, por hacer un simple ritual evangélico, cuando el Espíritu Santo no ha obrado en ellos? ¿Por qué hay tantas personas consideradas “Hijos de Dios”, “Hermanos”, “Santos”, cuando su vida no representa en ninguna forma la obediencia a los estatutos de Dios, ni el conocimiento de la Palabra? ¿No estamos también aceptando, como la regeneración bautismal, que el pecador es salvo por repetir una oración? ¿Es esta práctica una doctrina bíblica? ¿Hicieron los apóstoles, la iglesia primitiva o los reformadores esta práctica común en nuestro evangelismo actual? ¿Qué dicen las Escrituras respecto a la “invitación a Jesús a nuestro corazón”? ¿Podemos descansar nuestra salvación en este particular método?

¿Qué es la “oración del pecador” y lo que hoy llamamos la “seguridad del creyente”?

¿Ha escuchado, repetido, o incluso profesado la “oración del pecador” como el medio que tiene el hombre para arrepentirse e ingresar al Reino de los Cielos? La oración del pecador es el método o camino por el cual han pasado gran número de creyentes al momento de aceptar la fe cristiana. Consiste en la repetición, o proclamación de forma directa y sincera, de una oración que, según nuestros preceptos, principia la salvación en el fiel. A continuación, se demuestra el actual evangelismo, con este particular método:

“¡Oh pecador! Dios te ama y tiene un plan maravilloso para tu vida. Eres importante para Dios. Te invitamos a aceptar a Cristo como tu único y personal Salvador, creer de todo corazón. Si aceptas a Jesús, serás salvo.”

En cultos en donde la homilía o exhortación de la Escritura se caracteriza por el evangelismo, las palabras del pecador suelen ser estas:

“Si usted desea ir al cielo, desea ser salvo, venga a Jesucristo. Pase acá adelante. Acepte al Señor como su único y personal Salvador. Repita esta oración: Señor Jesucristo: Gracias porque me amas y entiendo que te necesito. Te abro la puerta de mi vida y te recibo como mi Señor y Salvador. Ocupa el trono de mi vida. Hazme la persona que quieres que sea, Gracias por perdonar mis pecados, Gracias por haber entrado en mi vida y por escuchar mi oración según tu promesa”

En los pequeños Nuevos Testamentos que entregan los Gedeones, en la última página encontramos la llamada “decisión para aceptar a Cristo”:

“Confesando a Dios que soy un pecador y creyendo que el Señor Jesucristo murió por mis pecados sobre la cruz y resucitó para mi justificación yo le recibo y confieso ahora como mi personal salvador. Anotar Nombre y Fecha.”

En los tantos “tratados”, “panfletos” o “semillas” que se reparten en las calles podemos encontrar una serie de pasos que llevan también a la “oración del pecador”:

“1. Reconoce que eres pecador

2. Disponte a dejar el pecado

3. Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucitó de entre los muertos.

4. En oración, pídele a Jesús que entre en tu corazón y sea tu Salvador.

Qué orar:

Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo derramó su sangre preciosa y murió por mis pecados. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida como mi Salvador”

Para justificar todo esto vamos a la Escritura en versículos que citamos de forma constante para la oración del pecador:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él, y él conmigo”
(Apocalipsis 3:20).

“que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”
(Romanos 10:9-10)


     Vemos así también a muchos escritores insistir en el final de sus libros sobre la elección para salvarse. Mencionan en demasía la palabra “Decídase a tiempo, mañana la puerta puede estar cerrada”. Sin embargo, este particular método encadena otras cosas. Echemos un vistazo al camino que proponemos como evangelio:

1- Pregunta: ¿Quieres ir al cielo?
Si la respuesta es SI, prosigamos con la segunda
2- Pregunta: ¿Sabes que eres un pecador?
Si la repuesta es Si continuamos
3- Pregunta: ¿Reconoces que Cristo resucitó de entre los muertos?
Si la respuesta es SI pasar a la oración del pecador
4-“Oración del pecador”. Repetir la oración.
5- Pregunta: ¿Fuiste sincero en tu oración?
Si la respuesta es SI, LO DECLARAMOS SALVO

     Según este razonamiento, cuando dudemos sobre nuestra salvación, si somos o no somos hijos de Dios, debemos ir atrás en el tiempo, recordarnos que fuimos sinceros al hacer la oración que acepta a Cristo y continuar con nuestra vida cotidiana. Así lo recalcan muchos evangelistas al decir: “Si dudas de tu salvación recuerda aquel día que abriste tu corazón al Señor. Si fuiste sincero, no tienes por qué dudar, el diablo te está molestando”. A este último punto solemos llamar la “seguridad del creyente”, que no es más que el recuerdo de la sinceridad con la cual se desarrolló la oración del pecador, con el fin de hacer frente a las dudas por la salvación, manteniendo la certeza que soy salvo por la declaración pública de mi fe ocurrida tiempo atrás.

    Muchas personas han repetido esta oración del pecador. Sostienen que creyeron en tal minuto que eran salvos por realizar tal recitación, y aún lo siguen creyendo. El problema es que muchas de estas personas, y es muy probable que nosotros también, luego de hacer la oración, con la mayor sinceridad que puede haber en nuestra naturaleza, continuamos con nuestra vida pecaminosa, no habiendo alterado absoluto punto en nuestro ser. Miles de personas han hecho esta declaración, y creen de todo corazón que fueron sinceros con Dios, pero su vida no demostró cambio alguno, como es de esperar de todo convertido. Muchos aparentan en gran forma haber cambiado. Algunos andan de acuerdo a los estatutos de Cristo por un tiempo para luego volver a sus delitos originales. Un día vivieron como si Jesús caminara con ellos, pero hoy viven como si ese evento jamás hubiese ocurrido. Otras veces el cambio es únicamente externo. El atuendo, el corte de cabello, los modismos y las palabras doctrinales suelen ser evidencias que nosotros imponemos como válidas al asegurar que una persona es conversa. Sin embargo, solemos ignorar lo que ocurre en su ser, sus pensamientos y su razón. Puede que por fuera aparente algo que no ha cambiado en su espíritu. El asistir con regularidad al templo o participar activamente de las actividades que la organización de la iglesia considere apropiadas no es en ninguna forma una garantía o evidencia externa que un hombre ha recibido la salvación. Muchas veces hay ancianos sentados por más de 50 años en las bancas de la iglesia pero jamás han experimentado el cambio que Cristo opera en la vida, pues su pecado continúa presente en igual o superior medida que antes. La relación con el pecado de muchos que han sido declarados salvos por seguir este método no ha sufrido modificación alguna. Según esta doctrina del decisionismo, luego de realizar tal elección soy constituido hijo de Dios, y es de esperar que los hijos de Dios vivan conforme a los estatutos de Dios, y no en rebeldía a ellos.

    
Por tanto, ¿Cómo una persona puede ser considerada salva, hija de Dios, o miembro del cuerpo de Cristo si no ha muerto al pecado y nacido a la vida eterna en Cristo Jesús, independientemente de la sinceridad con la que recitó frases que dictaba un predicador? ¿Es realmente bíblica esta doctrina? ¿Tiene fundamentos en la Escritura? Si es un método iluminado por la Palabra de Dios, ¿Por qué existe tanta carnalidad en los que decimos componer el cuerpo de Cristo? ¿Por qué existe tanta pornografía, adulterio, homosexualidad, drogas, inmundicia en los que dicen componer la iglesia de Cristo porque hicieron una oración? ¿No es de esperar que si somos nacidos de nuevo debamos aborrecer y odiar el pecado, antes de anhelarlo o amarlo? ¿Por qué no damos luces entonces de vivir acorde a los mandatos del Señor, haciendo lo que a Dios le desagrada?

Para contestar estas consultas, le invitó a leer el siguiente estudio. Reflexione los pasajes uno a uno con detención. Espero que sea de provecho para cada uno de nosotros.


1. ¿Qué es la Regeneración? ¿Qué significa nacer de nuevo?

    La regeneración se define como la obra sobrenatural por parte de Dios, a través de su Espíritu Santo, en el corazón del hombre, que tiene como absoluta consecuencia la trasformación total del ser, pasando de un estado de muerte bajo el pecado a uno de vida en Cristo Jesús: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). En un lenguaje más accesible, la regeneración es la expresión del “nuevo nacimiento”, aquel que se refirió el Señor cuando hablaba al fariseo Nicodemo: “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). En este mismo pasaje Jesús enseña que el nuevo nacimiento es un acto sobrenatural y espiritual: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (v.6).

     A esta regeneración se refirió Pablo en su epístola a Tito: “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:4-5). El apóstol en este pasaje nos menciona que somos salvos mediante “el lavamiento de la regeneración”. El nuevo nacimiento conlleva una muerte al pecado. Nadie puede concluir que es nacido de nuevo si vive en pecado. No puede usted decir que ha nacido de nuevo, si con su vida demuestra que vive aún en la esclavitud y muerte del pecado. Por tanto, el nuevo nacimiento representa una limpieza del pecado que hay en la vida del hombre.

    La regeneración, o nuevo nacimiento, no sólo borra los pecados pasados del convertido, sino que diferencia una vida antigua de una nueva, siendo la antigua la que vivía de acuerdo a la corriente del pecado, en oposición a Dios, y siendo la nueva, la que permanecerá por siempre, una existencia de acuerdo a los mandamientos de Dios: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22-24). Por lo tanto, la nueva vida o el “nuevo hombre” aborrece el pecado, no siendo participe de la esclavitud que genera este en la vida de la humanidad: “ni deis lugar al diablo” (Efesios 4:27).

      El nuevo nacimiento involucra también un cambio total del ser, también en su vida y relación con los estatutos de Dios. Por la obra regeneradora del Espíritu Santo, la ley de Dios para a ser la prioridad en el regenerado o nacido de nuevo, de tal forma que sus intenciones siempre evocan al Padre: “…Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). La vida de delitos, carnalidad y pecado queda atrás. Lo que complace al hijo de Dios luego de la regeneración es cumplir con la voluntad de Dios, amándolo con todo el corazón, la mente y el alma (Mateo 22:37), siguiendo lo bueno y aborreciendo lo malo (Romanos 12:9). El profeta Ezequiel menciona que el Espíritu Santo de Dios, en la obra regeneradora del ser humano, no sólo limpia la inmundicia del pasado, sino que lo transforma de manera tan milagrosa, que el hombre, nacido depravado, moralmente corrupto y rebelde delante de Dios, se convierte en un “nuevo hombre”, el cual Dios mismo hace que ande de acuerdo a sus estatutos: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27);

     El nuevo nacimiento es un acto 100% divino, que no conlleva decisiones humanas: “los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13). La última instancia no está en las manos del pecador, sino en la soberanía de Dios: “…Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” (Romanos 9:15-16). Por tanto, Dios siempre es soberano en el acto de la salvación, no así el hombre. Por consiguiente, la primera contradicción que presenta la doctrina humana del decisionismo, o “invita a Jesús a tu corazón”, es que la regeneración jamás proviene de la voluntad del hombre.


2. La naturaleza humana y la muerte espiritual

“…Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”
(Apocalipsis 3:1).

    Para entender que somos nacidos de nuevo a la vida es necesario comprender que estamos muertos inicialmente. Para esto, las Escrituras son sabias y nos orientan hacia la real posición que adopta el hombre antes y luego de la regeneración. En la epístola a los Efesios, el apóstol Pablo nos entrega una de las descripciones bíblicas más reveladoras acerca de la muerte espiritual. La naturaleza del hombre es pecado en sí misma, y por tanto, es la expresión de la muerte espiritual: “Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…” (Efesios 2:1). Antes de la regeneración cada persona está muerta espiritualmente. La muerte que llegó a Adán como juicio de Dios y fruto de su pecado, llega a nosotros como resultado de nuestros delitos: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Siguiendo con Efesios 2 nos encontramos con la siguiente disposición: “en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo…” (Efesios 2:2). Antes de la regeneración, la persona anda y practica el pecado como un estilo de vida. No vive de acuerdo a la voluntad de Dios, sino según la corriente de un mundo caído, hostil hacia Dios y desobediente a su voluntad. Incluso, el mismo versículo 2 nos propone que, antes de la conversión, la persona no sólo anda según la corriente de una humanidad caída y moralmente corrupta delante de Dios, sino también conforme a la voluntad del diablo: “…conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (v.2). El versículo siguiente nos propone algo aún más desolador: “entre los cuales también nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (v.3). De aquí se desprende algo esencial que debemos entender. La naturaleza humana obedece a su propia carnalidad, a sus deseos, pensamientos, en fin, no lleva a otro destino que el pecado. Antes de la regeneración, la persona está bajo la ira de Dios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). La ira de Dios no solamente se dirige a los hombres por causa de lo que hacen sino por lo que “son”. De esta manera, entendemos el punto anterior: El hombre hace y es pecado.

       Otro punto importante es reconocer que por esencia hacemos lo que nuestra naturaleza caída demanda, siendo absolutamente responsables de nuestro pecado. La Escritura enseña que los hombres caídos: “…andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:18). El hombre no es una víctima de la ignorancia. El apóstol fue enfático en proponer que la causa es la “dureza de su corazón”, lo que nos aproxima en gran forma a la culpabilidad del hombre. Como dice Paul Washer en su estudio “La verdad sobre el hombre”: “La ignorancia del hombre es autoimpuesta y voluntaria. Él es hostil hacia Dios, y no quiere conocerlo ni aun conocer su voluntad. El hombre es ignorante de las cosas espirituales porque cierra los ojos y rehúsa mirar a Dios. Él se tapa los oídos y rehúsa escuchar” (La verdad del hombre, pág. 24). Otro punto importante que nos revela la misma epístola es la nula percepción de la humanidad caída por su pecado. El versículo 19 nos orienta en esto: “los cuales, después que perdieron toda sensibilidad se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (v.19). Antes de la regeneración, el hombre está sometido a tal muerte espiritual que pierde todo discernimiento sobre la verdad y virtud espiritual, lo que lo hace entregarse voluntariamente al pecado.

     
¿Por qué hacer énfasis en la muerte espiritual? No podemos entender que necesitamos vida, sino sabemos que estamos muertos. No podemos entender que estamos muertos, sino reconocemos que existe la vida. De esta forma, no podemos comprender la regeneración, el “nuevo nacimiento”, sin deducir que nuestra naturaleza está sumergida en la muerte espiritual. Es por ello que los regenerados deben presentarse: “…como vivos de entre los muertos…” (Romanos 6:13).


3. ¿Qué sucede con el libre albedrío?

    Según nuestra teología, Dios nos otorga un libre albedrío o voluntad para escogerle o no. Al parecer este es el punto en el que se sostiene en gran forma la doctrina del decisionismo. Según nuestras doctrinas: “Dios no puede hacer nada contigo mientras tú no se lo permitas”. Hemos vivido bajo este pensamiento humanista durante décadas y aún no nos hemos percibido de su error. Mientras asumimos que Dios es soberano en el acto de salvar, pensamos que nuestras decisiones, o nuestra voluntad, nos llevan hacia él. Este es el gran problema de aquella teología. La regeneración proviene de Dios. No viene por la iniciativa humana. El libre albedrío siempre nos llevará al mismo lugar: el pecado. El hombre no puede negar su propia naturaleza: “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). Nacemos delante de Dios con una mentalidad depravada, alejada de los estatutos de Dios. Nuestro comportamiento es carnal, y nuestras tendencias pecaminosas. Por tanto, el libre albedrío, por pertenecer a una naturaleza caída, obedecerá de igual forma a aquella esencia. De hecho, el gran desmoronamiento que ha generado la teología humanista en la iglesia es el pensamiento que en lo profundo del hombre hay bondad, a tal punto que su elección por Dios despierta lo “espiritual” en él. Piense un instante, si el hombre tuviese una esencia justa y pura, entonces amaría a Dios, y por tanto viviría de acuerdo a sus estatutos y mandamientos. Siguiendo este razonamiento, el hombre no tendría necesidad de un salvador y redentor, y por lo tanto, la venida de Cristo sería en vano.

De esta forma, el hecho que el hombre tenga una libre voluntad no significa que esta sea buena. El hombre siempre elegirá “libremente” estar en oposición a Dios y su voluntad. No puede negar su naturaleza.

Otro punto conflictivo de postular que la salvación viene por una decisión humana radica en la llamada “última palabra”. ¿De quién es? ¿Quién finalmente toma la última determinación? ¿Es Dios quien ofrece una salvación a quien la desee? ¿O es Dios quien predestina a sus hijos para que permanezcan en la verdad hasta el fin? La teología de hoy, y el evangelismo actual consta de proponer que la última decisión es del oyente. Es el pecador quien escoge si seguir a Dios o no. Sin embargo, la Escritura no menciona que nosotros hayamos elegido a Dios, sino al contrario, Él fue el que nos eligió a nosotros, por medio del Espíritu Santo: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha” (Efesios 1:4). Por tanto, si nuestra naturaleza es carnal no podemos esperar que nuestras decisiones acudan a otro destino que el pecado. Por muy razonable que resulte la gravedad del pecado en nuestras vidas, no podemos entender su real impacto sin el Espíritu Santo. Jesús dijo que este: “…convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Dios, a través de su Santo Espíritu, es quien trae a sus hijos, los disciplina y los mantiene hasta el fin. No podemos faltar a la idea que es Dios mismo quien abre los corazones de los hombres. Así ocurrió con Lidia, en el libro de los Hechos: “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). El libre albedrío no puede negar la realidad pecaminosa del hombre. Él es esclavo de sus propios deleites, no percibe lo que es bueno, y por lo tanto, es imposible que reconozca por su propia cuenta, y basado en su decisión, seguir a Dios.


4. Las buenas obras como evidencia de lo que ha ocurrido en el interior del “nacido de nuevo”

    En la actualidad vemos iglesias repletas de personas que dicen ser “cristianos”, “nacidos de nuevo”, “convertidos”, etc. Sin embargo, muchas veces las evidencias sobre aquel nuevo nacimiento permanecen ausentes durante toda la vida del “cristiano”. Muchos confiesan ser “hijos de Dios”, pero no dan señales, en su vida ni en su percepción sobre el pecado, que alguna vez Dios los adoptó como sus hijos. Jesucristo nos enseña en Mateo 7 que la verdadera naturaleza o carácter de un hombre no se revela por lo que confiesa, sino por lo que hace: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos” (Mateo 7:16-17). ¿Se puede esperar que el hombre niegue su naturaleza corrupta y dé un fruto puro y santo? Un rotundo NO. Una naturaleza corrupta sólo puede generar obras corruptas, de otro modo sería ilógico, tal como lo plantea Jesús: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (v. 18). Por lo visto, las palabras del Señor nos aproximan a la estrecha relación que existe entre el corazón y naturaleza del hombre con sus palabras y obras. El hombre habla y actúa de acuerdo a su naturaleza. Si no es nacido de nuevo, el hombre sólo dará frutos corruptos, pues obedecerá a una esencia depravada. Al contrario, para el regenerado, las obras son buenas porque Cristo vive en él: “…y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí…” (Gálatas 2:20). Inmejorable relación Jesús nos entrega: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35). El apóstol Pablo nos entrega otro punto interesante respecto a los frutos del regenerado, que son evidencia justa de lo que ha ocurrido en su ser: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Las obras de justicia sólo son posibles cuando Dios ha ejercido la justificación en el ser humano: “¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (Santiago 2:21-22). El apóstol Santiago enuncia una frase que no deja lugar a dudas: “la fe actúa juntamente con las obras”. Si el hombre ha sido justificado debe haber un respaldo visible y evidente sobre la obra sobrenatural que ha ocurrido en él.

    Las buenas obras, antes de ser méritos para la salvación (como muchos neciamente creen), son frutos de la obra sobrenatural y regeneradora del Espíritu Santo, las cuales demuestran lo genuino, lo verdadero, de la justicia de Dios. Por tanto, ¿Puede un hombre decir que es salvo por realizar una simple oración, ignorando que en él se debe manifestar la justicia de Dios, de tal modo que milagrosamente aborrece el pecado que antes tanto amaba y obedece inexplicablemente a los preceptos de Dios?


5. La ausencia de la “oración del pecador” en las Escrituras y en el cristianismo histórico

    El evangelio que hoy se predica está sumamente distante del evangelio que predicó Cristo, los apóstoles y la iglesia primitiva. De hecho, el rescate de la doctrina cristiana, a través de los reformadores, jamás impulsó o convivió con lo que hoy practicamos. Antes del siglo XX, la llamada “oración del pecador” o la “invitación a Jesús” jamás se había escuchado en la historia de la iglesia. No encontramos atisbo de ella en las Escrituras, ni tampoco en la teología de los reformadores que fundaron la iglesia protestante y/o evangélica. Al parecer “la oración del pecador” y sus agregados son relativamente contemporáneos en la historia de la iglesia. No tenemos evidencia bíblica ni histórica para afirmar lo contrario.

    En primer lugar, no encontramos ningún pasaje en los evangelios en los que Jesús haya dicho: “¡Que levante la mano quien me quiere invitar a entrar en su corazón! Veo un mano levantada” o “Todo el que quiera ser salvo, repita esta oración conmigo”. Antes de escuchar tales palabras, el Señor Jesús principia su ministerio de esta forma: “…El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). La insistencia por el arrepentimiento es acentuada en cada uno de los evangelios: “…Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). El arrepentimiento debe ser constante en la vida del cristiano. No podemos asumir que hemos nacido de nuevo cuando en nuestra vida no hay arrepentimiento. Debemos negarnos a nosotros mismos, vivir postrados delante de la cruz. Dios, como un Padre Bueno, no descuida a sus hijos. Los mantiene hasta el fin, y por ello, pone su Espíritu Santo para que reconozcan el pecado que hay en su vida. El arrepentimiento del pecado no alcanza su éxtasis en la oración del pecador, como muchos piensan. El arrepentimiento es continuo y creciente en la vida del hijo de Dios. La obra que Cristo comenzó en la vida del hombre la terminará. La percepción por el pecado crece, y de la mano el arrepentimiento, hasta alcanzar la estatura de Cristo, el varón perfecto.

     En segundo lugar, no encontramos pasaje en la Escritura en que se declare que la decisión del hombre puede salvarle. La doctrina del decisionismo niega la doctrina de la justificación por medio de la fe en Cristo Jesús, reemplazándola por la fe en la sinceridad y certeza de mi oración. Antes, la Escritura no se contradice a sí misma, sino que habla un solo mensaje: Dios abre el corazón de los hombres, para que estos sean regenerados.

    A través del nuevo nacimiento, el viejo hombre, que ha nacido contrario a Dios en todas sus dimensiones, es milagrosamente transformado en una “nueva criatura”, a tal punto que, inexplicablemente, comienza a vivir de acuerdo a los estatutos de Dios. Entendemos otro significado más para aquel pasaje que dice: “…Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:26), es decir, lo que es imposible para el hombre, obedecer los mandamientos de Dios y aborrecer el pecado, Dios, a través de su obra regeneradora, lo hace posible.

     Para entender más este punto veamos Ezequiel 37: “La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová. Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo” (Ezequiel 37:1-10). Debemos reconocer lo siguiente en el pasaje. No existe absolutamente nada, humanamente posible, que permitía a Ezequiel dar vida a los huesos secos que contemplaba. No existe nada, humanamente accesible, que permita a aquellos huesos volver a la vida desde el polvo. ¡Esto es el evangelio! Los hombres viven como estos huesos secos, sin tener absoluta posibilidad de nacer a la vida. Para Ezequiel en este pasaje, no existe nada que él pueda hacer para volverlos a la vida. Es Dios, quien decide formar este ejército de los esqueletos. Asimismo Dios decide poner su Espíritu en quien Él desee para que este nazca a la vida, en Cristo Jesús. Por tanto, Dios es y sigue siendo soberano en la obra de redención. Es el quién decide, no el hombre. No existe nada que el hombre pueda hacer, si no le es dado desde arriba. Por tanto, la doctrina del decisionismo no haya cavidad en la Palabra de Dios.

    Muchos defienden la doctrina del decisionismo o “invitación evangélica”, citando versículos del Nuevo Testamento como Romanos 10:9-10: “que si confesare con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Sin embargo, estas palabras no evocan en ninguna forma la oración del pecador. Si el corazón es el centro de las intenciones, el intelecto, las emociones y la voluntad, es absurdo creer que una persona ha creído con el corazón en Cristo y esto no tenga un efecto radical sobre el resto de su vida. El apóstol Pablo habló durante toda la epístola a los Romanos que la salvación es por fe, no por una invitación evangelística. El “creer en tu corazón” ha sido desplazado por “¿Te gustaría pedirle que entre en tu corazón?”. Es de entender que si alguien ha sido convertido por Dios, este confesará a Cristo en palabra y obra. Esto no significa lo mismo que enseñamos nosotros sobre la conversión por decisión. Hemos reducido la maravilla del evangelio a un simple método de cinco pasos. Recordemos que la confesión es una evidencia de la salvación, no un mérito para ello, de otra forma, ¿Cómo podemos entender lo siguiente?: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21).

    Otros defienden esto con Apocalipsis 3:20: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Sin embargo, este pasaje está referido a la iglesia de la Laodicea, por tanto, está dirigido a los cristianos, no a los incrédulos o inconversos.

    En tercer lugar, jamás la Escritura enseña que debemos realizar las preguntas que preceden a la oración. Las consultas como, ¿Quieres ir al cielo? ¿Sabes que eres un pecador?, no suelen significar nada. Todas las personas quieren ir al cielo, la diferencia es que no quieren que esté Dios allí. Esta es la diferencia que proponen las Escrituras:

Pregunta de los hombres: ¿Quieres hacer una oración para que Cristo entre en tu corazón?

Verdadera consulta consecuente con la regeneración: Mientras me haz escuchado anunciar el evangelio, ¿Ha obrado Dios en tu vida de tal manera que el pecado que antes tanto amabas ahora odias?


¿Cómo saber si soy salvo?

    Las Escrituras jamás enseñan que uno debe descansar la seguridad de la salvación en una oración efectuada hace unos años. Antes, el apóstol Pablo dice: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5). Cada uno debe examinarse, pues si no ha habido un cambio radical en la vida del hombre, manifestada en una vida acorde a los preceptos de Dios y un constante aborrecimiento del pecado, como Dios lo aborrece, entonces lo que profesamos ser, no lo somos. Como dice el apóstol Pablo, el examen es propio y privado, cada uno reconoce cómo es su vida. También hay que especificar que la ciega fe en los sentimientos no es parte de un examen correcto. Algunos han llegado a la conclusión que son salvos porque “creen en lo más profundo de su corazón que fueron salvos en la oración de hace un tiempo”. ¿Acaso no dice la Escritura que el corazón es lo más engañoso que puede haber? ¿No debiesemos examinar antes nuestro apego a los preceptos de Dios y el aborrecimiento del pecado?

Espero que este estudio sea de bendición para las vidas de muchos, para la comprensión de Dios y para nuestra salvación.

¡Amén!