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jueves, 28 de noviembre de 2013

Un diálogo sobre evangelismo bíblico y el actual

      Esta es una ilustración de cómo las congregaciones evangélicas hemos dejado de lado la Palabra de Dios, perdido el rumbo de la doctrina verdadera y del evangelio de Cristo. Siempre me he preguntado qué pasaría si una persona fuera enseñada solamente por Dios acerca de su Palabra, de Cristo y del evangelio. ¿Cuál sería la diferencia con un cristiano que ha sido enseñado en una iglesia como las de hoy? Veámoslo.

“En un país en que una ideología política ha prohibido la lectura de la Biblia a todos sus habitantes, un niño juega en el amplio campo fuera de su hogar, un sector rural no tan poblado. Logra avistar unos escombros producto de una batalla que dejó la revolución hace dos años. Imagine cuál inmejorable tesoro era para él hurguetear entre balas, medallas, ropa, fierros y ruedas. Sin embargo, algo llamó su atención de forma única. Una especie de libro se asomaba de entre todas las ruinas. Logró desenterrarlo del todo y alcanzó a leer lo que en la portada unas letritas doradas pronunciaban: “Santa Biblia”. Como la nación prohibía todo resabio religioso nadie enseñaba acerca de las Escrituras, poco a poco la fueron olvidando. Este niño no sabía que significaba ni de donde venía tan misterioso libro. Una curiosidad tremenda le vino al saber que hablaba, lo ocultó de sus padres y lo leía todas las noches mientras duraba la vela. Al contemplar tal maravilloso lenguaje todo empezó a cobrar sentido. Era Cristo la verdad que ocultaba su nación. No deseaba nada más que hablar de Él. Convirtió su vida a Dios y hablaba todo el tiempo de Jesús, aunque todos le tildaban de loco fundamentalista.

      Cuando tuvo 20 años, la dictadura comenzó a retirarse y perder poder. Los países podían ingresar libremente a exponer sus credos, y este joven no hallaba la hora de compartir lo que la Palabra de Dios había hecho en su vida. Un día nublado se encontraba trabajando en la cosecha cuando dos jóvenes se le acercan. Venían de una iglesia que se estaba abriendo como a tres kilómetros. Se acercaron al joven y le dijeron:


Cristianos de hoy: Hola, muy buen día. Que Dios te bendiga.

Joven: ¡Que maravilla escuchar a alguien que mencione a Dios aparte de mí!

Cristianos de hoy: ¡Aleluya! Queremos compartir algo contigo, ¿tienes un tiempo?

Joven: Creo que me merezco un pequeño descanso. Decidme qué los trae por el campo de mi padre.

Cristianos de hoy: Hemos venido a compartirte la mejor de todas las noticias.

Joven: Sólo conozco una buena noticia, pero soy tolerante para escucharles. Decidme cuál es esa buena noticia.

Cristianos de hoy: De seguro no has oído hablar de Jesús…

Joven: ¿Jesús de Nazareth? ¿El salvador del mundo? Claro que sí, todas las noches leo sobre él y todo el día pienso en él. ¿Qué grandes cosas deben decirme de Él?

Cristianos de hoy:¡Aleluya! Queremos decirte que Dios tiene un plan maravilloso para tu vida.

Joven: Bueno, eso no recuerdo haberlo leído. ¿Qué significa?

Cristianos de hoy: Que Dios desea bendecirte, ser tu mejor amigo. ¿Tienes algún problema o enfermedad? Mi Dios puede solucionarlo. No digas a Dios cuán grande es tu problema sino dile a tu problema cuán grande es el Señor. ¡Gloria a Dios!

Joven: Me parece hermoso pero, ¿Estamos hablando del mismo Dios?

Cristianos de hoy: Amigo, sólo hay un Dios.

Joven: ¿Se refieren al Dios de la Santa Biblia?

Cristianos de hoy: Aquel mismo.

Joven: Pero, ¿En que lugar está descrito lo que vosotros me decís? ¿De qué extraña fuente proviene tal cosa?

Cristianos de hoy: Amigo, esto es el evangelio de salvación, la buena noticia.

Joven: No recuerdo haber leído que eso fuera el evangelio. Decidme, ¿Diríais lo mismo a aquella anciana que después de perderlo todo muere abandonada a las orillas de un río? ¿O aquellos niños que mueren víctimas de la guerra? ¿Acaso Dios tuvo un plan maravilloso para sus vidas?

Cristianos de hoy: Bueno, Dios tiene un propósito para nuestras vidas si le aceptamos.

Joven: Si consultaseis a toda mi casa qué es lo que piensan cuando les decís “Dios tiene un plan maravilloso para sus vidas” no avanzaréis mucho por el pueblo sin que os deis cuenta que todos creen que Dios cumplirá todos sus anhelos y proyectos personales.

Cristianos de hoy: Amigo, pero el evangelio también consiste en eso. Dios quiere que seamos felices, que soñemos y triunfemos en nuestros proyectos. Él nos ama, y sabe que tenemos problemas, pero Él también los hace más llevaderos, recuerda las palabras de Jesús: echa sobre mí tu carga y yo la llevaré (Mateo 11:28).

Joven: ¿Creéis que Cristo se refería a las necesidades terrenales cuando habló sobre las cargas?

Cristianos de hoy: Por supuesto. Él se refería a todas las aflicciones que el hombre debe pasar: enfermedades, depresión, crisis económica, adicciones, suicidio, etc. Jesucristo se humanó para comprender todas nuestras tristezas y darnos la esperanza que con él venceremos las flaquezas, porque “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). No hay barreras para lo que me proponga, Dios me ayudará a realizar todas mis peticiones.

Joven: Yo leí en la Santa Biblia algo distinto. Jesús se humanó para vencer a la muerte y el pecado. Como dice Hebreos 2:14-15 Él participó de carne y sangre para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por temor de la muerte estaban sujetos toda la vida a servidumbre. Como dice la Escritura: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18).

Cristianos de hoy: Tienes razón, Jesús vino a destruir al que tenía el imperio de la muerte. ¡Gloria a Dios!

Joven: ¿No debió haber sido lo primero que me dijeran?

Cristianos de hoy: Sí, es que el tema del pecado no lo tocamos mucho a quienes les evangelizamos. Obviamente les decimos que todos somos pecadores, pero no insistimos mucho en eso para que la persona no se sienta insultada ni presionada. Venimos a traerles un mensaje de amor.

Joven: Vuelvo a consultarles, ¿Estamos hablando del mismo evangelio? ¿Del Dios de la Santa Biblia?

Cristianos de hoy: Sí, del mismo.

Joven: ¿Pueden explicarme cómo podéis hablar de Dios, de Jesucristo y del evangelio sin mencionar el pecado? Sólo los dos primeros y últimos capítulos de la Santa Biblia no tratan sobre el pecado, todo lo demás relata cómo Dios en su gracia trata con hombres pecadores cuyo único sentido de vivir es pecar (Génesis 6:5). Dios habla en toda su Palabra sobre el pecado. Todos los problemas que vosotros mencionáis son una escoria al lado de la tragedia de nuestro pecado.

Cristianos de hoy: Sí, entendemos. Pero es un mensaje muy fuerte. A las personas que predicamos les puede ofender y a nosotros nos interesa que vengan a Cristo, no que huyan de él.

Joven: ¿Pretendéis que alguien venga a Cristo sin antes conocer y estar plenamente convencido de la realidad de su pecado?

Cristianos de hoy: Bueno, obviamente no le decimos a las personas que son perfectas, sino que todos hemos pecado y que necesitamos que Dios nos perdone.

Joven: ¿Pero cómo les convencéis que son pecadores?

Cristianos de hoy: No, eso sería juzgarlos. Nosotros no condenamos a nadie ni le enrostramos su pecado. Dios manda a predicar su amor.

Joven: ¿Vosotros creéis que Cristo salva?

Cristianos de hoy: Por supuesto, es el lema del evangelio.

Joven: Exacto, pero ¿De qué creéis que nos salva?

Cristianos de hoy: De la muerte, del pecado y del infierno.

Joven: Correcto. Ahora, ¿Cómo creéis que una persona correrá desesperadamente al perdón de Dios si no siente la necesidad de ser salvo? ¿O puede alguien anhelar ser salvo sin antes ver la ruina de su pecado y la tormentosa consecuencia que produce? ¿Podría alguien considerar la salvación si no existiese un juicio de antemano?

Cristianos de hoy: Pero el evangelio nos habla del amor de Dios, no del juicio.

Joven: ¿Por qué creéis que el evangelio es la buena noticia?

Cristianos de hoy: Porque Jesús murió en nuestro lugar.

Joven: Exacto, pero ¿Por qué tuvo que morir?

Cristianos de hoy: Para salvarnos.

Joven: Salvar es rescatar del peligro, resguardar en un lugar seguro. La Escritura enseña que Dios está airado contra el pecado. Un Dios justo debe odiar el pecado, el hombre es por naturaleza pecador y la ira de Dios está sobre Él (Efesios 2:3). Jesucristo murió para salvarnos de la ira de Dios. Cubriéndonos con su sangre somos considerados justos delante de Dios. Aunque debe destruir el pecado, por gracia entregó a su Hijo como propiciación, es decir, para apaciguar su ira, tal como los sacrificios expiatorios del Antiguo Testamento.

Cristianos de hoy: Ese no es nuestro Dios. Nuestro Dios no odia, sino ama.

Joven: ¿Pensáis que un Dios que ama la justicia dejará impune la injusticia y convivirá con ella? Si no somos justificados mediante la fe en Cristo Jesús, estamos a la deriva de la ira de Dios, y ¡Horrenda cosa es caer en las manos de un Dios vivo!

Cristianos de hoy: Mira amigo, no tuerzas la Palabra de Dios, es pecado.

Joven: Al fin me hablan sobre pecado.

Cristianos de hoy: ¿A qué quieres llegar con todo esto?

Joven: A decirles que el pecado es el único problema digno de ser atendido, y si vosotros no prestáis el suficiente tiempo para convencer con la Palabra que los hombres son pecadores estos no vendrán a Cristo, y no comprenderán la maravillosa gracia que nos comunica el evangelio.

Cristianos de hoy: Pero en nuestra iglesia asisten miles de personas que han venido a Cristo con el mensaje que les predicamos. Siempre hemos predicado de la misma forma.

Joven: La misma Palabra enseña que habrá tiempo en que los hombres tendrán comezón de oír y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:3-4), creo que, por su lenguaje extrabíblico, ese tiempo haya perfecto cumplimiento en estos días. Un evangelio que carece del verdadero mensaje que Jesús y los apóstoles hablaron no es un verdadero evangelio. Si no hay un llamado al arrepentimiento saturado en la Palabra, aquello que se alza como el evangelio no es más que un mensaje atractivo para hombres carnales que buscan aplazar su placer terrenal.

Cristianos de hoy: ¿Insinúas que no predicamos el evangelio verdadero? Para que sepas, siempre hacemos un llamado al arrepentimiento.

Joven: ¿Cómo es posible que llaméis al arrepentimiento sin convencer a las personas que han pecado? ¿Creéis que es posible que alguien aborrezca su pecado sin que el Espíritu Santo le convenza de pecado, justicia y de juicio a través de la Palabra (Juan 16:8)?

Cristianos de hoy: Pues hacemos siempre un llamado al arrepentimiento, eso va incluido en la oración del pecador. Cuando tenemos grandes eventos evangelísticos o cruzadas se hace el llamado al frente y se hace la oración.

Joven: ¿Qué es eso de la oración del pecador? 

Cristianos de hoy: ¿Tanto sabes de la Biblia y no sabes lo que es?

Joven: Por lo mismo lo pregunto. No he leído nada semejante en la Santa Biblia. ¿Es una especie de confesión?

Cristianos de hoy: Sí. Mira, te explicamos. Una vez que evangelizamos a la persona le invitamos a hacer una oración. Como ella no sabe la guiamos haciendo que la repita. Si no siente el hacerlo, tomamos su mano y le decimos que la apriete si está de acuerdo con lo que decimos mientras oramos. Es lo necesario para que la persona venga a Cristo y confirme su invitación al reino de los cielos.

Joven: Que extraño. Nunca había leído algo así. ¿Lo habré pasado por alto?

Cristianos de hoy: Por supuesto, debes pedir más revelación, y no quedarte con lo leído no más. Tienes mucha letra y poca gracia. Tan sólo considera Romanos 10:8-9: “…Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Las personas a las que evangelizamos deben responder ciertas preguntas para luego realizar la oración que confiesa a Jesús como su Señor y lo acepta como personal Salvador.

Joven: De todo lo que dijeron sólo rescato que me recitéis las Escrituras. ¿Consideráis que por realizar tal oración las personas serán salvas? ¿Cómo reconocéis que alguien ha sido salvado?

Cristianos de hoy: Porque ha hecho la oración del pecador.

Joven: Nadie es salvo por una oración, es necesario arrepentirse de todo corazón y creer en el evangelio (Marcos 1:14-15). El apóstol Pablo jamás insinuó que confesar con la boca que Jesús es el Señor y creer en el corazón en su poderosa resurrección es algo semejante a lo que me han dicho. Les consulto, ¿Qué simboliza el corazón en el lenguaje de la Santa Biblia?

Cristianos de hoy: El centro del ser.

Joven: No sólo eso. La Escritura enseña que el corazón es engañoso, más que todas las cosas, y perverso (Jeremías 17:9), guarida y fuente de todos los males del hombre (Marcos 7:21-23). Es también el centro de nuestras intenciones, voluntad y emociones. Del mal tesoro del corazón provienen las malas cosas (Lucas 6:45), las malas palabras delatan su pésimo e irremediable estado (Mateo 12:34). ¿Creéis que un hombre puede creer de todo corazón que Jesús es el Señor con un corazón caído, depravado y perdido? Es necesario por tanto nacer de nuevo.

Cristianos de hoy: Pero la oración del pecador es indispensable para nacer de nuevo.

Joven: Si estamos muertos en delitos y pecados (Efesios 2:1), incapaces de hacer el bien (Romanos 3:12), enemigos de Dios (Romanos 5:10), ajenos de la vida que agrada su nombre (Efesios 4:18), ¿Cómo es posible que decidamos nacer de nuevo? ¿Podemos nacer de nuevo sólo por hacer una mera oración, más aún cuando la misma Santa Biblia nos dice que es imposible que seamos salvos por nuestras obras o palabras (Efesios 2:8)? ¿No es necesario modificar nuestra voluntad primero? Lo que nuestro corazón ama nuestra voluntad justifica. Si Dios no nos resucita por medio de su Espíritu Santo jamás tendremos confesión ni fe para creer en Él. Sólo es por gracia, no por mérito alguno nuestro.

Cristianos de hoy: Pero en el ministerio donde estamos siempre hay nuevos congregantes que hicieron la oración del pecador. Viven hoy una nueva vida en Cristo, han abandonado las drogas, el alcohol, la violencia, el desánimo y se entregan de lleno al servicio de Dios, ¿Acaso Dios no los salvó al orar?

Joven: Si realmente fueron salvos, no fue por eso, sino más bien a pesar de eso. Dios salva por medio de su Palabra (La fe es por el oír y el oír por la Palabra de Dios). El Espíritu Santo nos convence de pecado por la Palabra de Dios, ¿O no está escrito que “por la ley es el conocimiento del pecado”? Si Dios tiene misericordia de alguien le salvará por medio de su Palabra a pesar de la oración del pecador, no por la misma oración. ¿O acaso pensáis que alguien será salvo sin escuchar la Palabra y enfrentar su vida frente a la ley de Dios?

Cristianos de hoy: Nosotros debemos predicar el evangelio, el amor de Dios, no la ley.

Joven: ¿Cómo vosotros os convencisteis de que erais pecadores?

Cristianos de hoy: Porque todos somos pecadores.

Joven: ¿Pensáis que esa conclusión está al alcance de todas las personas? ¿Todas infieren lo mismo? ¿O todas las personas creen que no son lo suficientemente malas para ir al infierno?

Cristianos de hoy: Nosotros les traemos un mensaje de esperanza. No queremos enrostrar su pecado.

Joven: Lamentablemente Dios sí. Cualquier lector de la Santa Biblia se dará cuenta de lo mucho que Dios exige que los pecadores se arrepientan de su pecado, vuelvan sus rostros hacia Él y reconozcan que sólo Él es Santo. Al apreciar genuinamente la enorme Santidad de Dios, el pecador se desnuda de su ropaje harapiento de justicia propia y orgullo (Isaías 64:6) y ve la realidad de su pecado. Si vuestro “evangelio” no es consecuente con este punto entonces no es el evangelio de salvación que las Escrituras enseñan.

Cristianos de hoy: Sí es el evangelio de salvación, porque habla del amor de Dios, no del juicio.

Joven: Lamentablemente no podemos predicar el amor de Dios sin predicar la ira que Él siente contra la injusticia y el pecado. ¿Quién realmente contemplará de forma excelente y pura la gracia de Dios sin entender antes que es culpable y que merece todo el juicio de Dios, y Dios por gracia envió a Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29), a morir en sustitución por sus pecados a fin que pueda acceder al lugar Santísimo de Dios (Hebreos 10:19-20)?

Cristianos de hoy: Nosotros no queremos que la gente se sienta culpable, uno debe ser inteligente y permitir que el mensaje sea lo más amigable posible, para que no huyan de Dios, sino que se acerquen, porque todo el que viene a Cristo Él no le echa fuera (Juan 6:37).

Joven: Todo el que verdaderamente viene a Cristo vendrá porque el Espíritu Santo le atraerá por la Palabra Inspirada de Dios (Hechos 16:14). El que viene a Cristo debe hacerlo con un corazón contrito y humillado (Salmos 51:17), rasgado de la culpa que tiene por descubrir cuán pecador ha sido (Joel 2:13). Si negáis que el hombre deba descubrir su culpabilidad al comparar su degradante vida con la perfecta ley de Dios, entonces vuestro evangelio no tiene poder alguno.

Cristianos de hoy: Eso no me parece una muy buena noticia, ¿O sí?

Joven: La buena noticia es que Jesús llevó nuestro pecado como si los hubiera cometido. Dios le entregó para ser sacrificado por los delitos de los que creerán en Él (2 Corintios 5:21) y Él mismo se hizo pecado por nosotros, siendo su sangre santa puesta en el propiciatorio de un Santuario no hecho con manos de hombres (Hebreos 9:24) a fin de romper el velo que nos separaba de Dios (Mateo 27:51) para que, por su gracia, podamos acceder a la vida eterna. Dios pagó nuestras injusticias, a fin que Él sea el justo y el que justifica al que es de la fe (Romanos 3:26). No sobrepasa su justicia, pues el sacrificio de Jesús le es suficiente como pago eficaz para rescatar eternamente del pecado y del infierno. ¿Qué más buena noticia podrá escuchar el triste y desolado pecador, que al saber que es culpable se entera que un Justo murió por él sólo por misericordia?

Cristianos de hoy: Igual nos parece un poco duro, porque las personas se pueden ofender.

Joven: ¿No fue Jesús quien consultó: “Esta palabra os ofende” (Juan 6:61) y sus discípulos comentaban “dura es esta palabra, ¿quién la podrá oír?” (Juan 6:60). Con justa obviedad la Palabra de Dios ofenderá al pecador reincidente, pues ama su pecado y las Escrituras enseñan que Dios censura, enjuicia y odia el pecado y al pecador (Salmo 7:11). Si intentáis cambiar la Palabra de Dios a fin que resulte más cómoda para los oyentes y no se sientan ofendidos, cometéis pecado, está escrito “no disminuiréis de ella” (Deuteronomio 4:2).

Cristianos de hoy: Pero es sólo un método de evangelizar, con el nuestro nosotros llegamos a mejores resultados, más personas aceptan a Jesús como su personal Salvador y asisten multitudes a la iglesia. Poco a poco se están abriendo más obras y más hombres y mujeres sirven a Dios.

Joven: Sólo existe una forma de evangelizar y se encuentra en las Escrituras. Si es que existe alguna otra manera esta ha venido de la mente del hombre y no de las palabras de Dios plasmadas en la Escritura.

Cristianos de hoy: Pero, ¿Estás diciendo que las obras de teatro, conciertos, encuentros, cruzadas evangelísticas, campamentos y representaciones públicas son formas equivocadas de evangelizar?

Joven: ¡Qué curioso! No mencione nada de eso pues lo desconozco y vosotros de inmediato conocisteis que tales cosas están erradas. Sólo la Palabra de Dios puede hacer eso.

Cristianos de hoy: Las obras de teatro y conciertos son estrategias de evangelismo. Dios le mostró a nuestro pastor en visión que hiciéramos una gran cruzada evangelística en la que incluyamos mucha música, para que las familias, especialmente los jóvenes, vengan a Cristo. No estamos de acuerdo en que haya una sola forma de evangelizar. Dios nos dio inteligencia para idear variadas maneras de llegar a las personas.

Joven: Decidme una cosa, ¿Vosotros creéis que la Palabra de Dios es poderosa para salvar un alma?

Cristianos de hoy: Por supuesto que es poderosa. La misma Palabra enseña que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios.

Joven: ¿Es posible ser salvo sin la Palabra de Dios? ¿Sin conocer el evangelio de Cristo?

Cristianos de hoy: No.

Joven: Entonces, ¿No les resulta suficiente la Palabra de Dios, y sólo la Palabra de Dios, para que las personas sean salvas?

Cristianos de hoy: Es que a las personas les parece aburrido leer la Biblia o escuchar la Palabra de Dios. Es preferible que primero le atraigamos con cantos, juegos, música y entretención. De esa forma estarán más receptivos a la Palabra.

Joven: Pero, ¿Por qué Jesús ni los apóstoles hicieron tales cosas?

Cristianos de hoy: Porque no tenían las herramientas que tenemos ahora.

Joven: ¿Creéis que en aquel tiempo no existía la entretención, la filosofía, la música o el teatro?

Cristianos de hoy: Sí, pero ahora no existe una muy buena imagen de los cristianos, y la gente no congenia mucho con ellos.

Joven: En los tiempos apostólicos los cristianos eran asesinados. ¿Creéis que eran bien vistos? Aún así, por lo visto no sois verdaderos cristianos si predicáis un evangelio tan carente de la Palabra de Dios. Con justa razón tenéis multitudes siguiendo vuestros pensamientos porque les decís lo que quieren escuchar, no la Palabra de Dios. No os parece la Palabra suficiente para atraer y cambiar las vidas de las personas. La suplantáis con medios carnales.

Cristianos de hoy: Nosotros tratamos de crear un ambiente cómodo para que las personas escuchen la verdad.

Joven: Les hago una consulta, ¿Tenéis miedo de que os persigan por causa de Cristo?

Cristianos de hoy: Para nada, de hecho, hemos soportado muy bien vuestra persecución.

Joven: ¿Mi persecución?

Cristianos de hoy: Sí, hasta ahora no has hecho nada más que criticarnos.

Joven: Mientras la Palabra de Dios es tomada a la ligera por personas que dicen predicarla, pero al mismo tiempo enseñan fábulas que están fuera de la Escritura, yo la defenderé, pues me ha cambiado y no dudo de su poder.

Cristianos de hoy: Jesús dijo “No juzguéis y no seréis juzgados” (Mateo 7:1)

Joven: Y también dijo: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Juan 7:24). La Palabra de Dios es el justo tribunal al que acuden todas las enseñanzas de los hombres que, ya sea por ignorancia o engaño, tuercen las Escrituras para amoldarla a la cultura, aterrorizados de ser rechazados y perder popularidad.

Cristianos de hoy: Pero dinos, ¿Qué tantos convertidos ves acá? No hay nadie. ¿Qué evangelismo es más exitoso?

Joven: Si pensara carnalmente, considerando a la iglesia de Cristo como si fuera una empresa o producto novedoso, o pensando que un convertido es sólo un hombre vestido de piedad pero ignorante en los preceptos de Dios, diría el vuestro, pero el evangelio de la Palabra de Dios es el más poderoso. Sólo hay un amigo mío que se ha convertido a Cristo, ha visto su pecado, se ha negado a sí mismo y ha decidido seguir a Cristo por siempre, a pesar que nos encontremos con la muerte.

Cristianos de hoy: ¿Y a eso llamas exitoso? Es una estrategia de evangelismo muy poco fructífera.

Joven: No sé que es una estrategia de evangelismo, jamás leí algo así en la Escritura, y me parece muy inconsecuente que una vez que hayáis confesado que la Palabra es poderosa para atraer y salvar las almas penséis que por vuestras acciones y maquinaciones humanas estas llegan a Cristo.

Cristianos de hoy: En verdad tú sí que estás enfermo en el espíritu. Parece que leer tanto te hizo mal.

Joven: Hay dos formas de concebir la Escritura. La primera es como una aspirina, la tomas cuando te duele algo y te sientes bien por el momento. La segunda es como el oxigeno, por más que lo rehúses, no puedes vivir sin él. Yo no puedo un solo día dejar de estudiar la Palabra de Dios. Si dejo un solo momento de reflexionar en ella me empiezo a sentir débil, alejado de Dios y perdido. Si no entendéis la Palabra de Dios como la lámpara que guía vuestros pies (Salmo 119:105) entonces sois vosotros los que estáis enfermos, más aún si consideráis que alguien está mal por escudriñar las Escrituras.

Cristianos de hoy: Nuestro pastor nos lo dijo: “Hay personas que se enceguecen mucho con la Biblia, y no logran ver lo que el Espíritu Santo está haciendo en el mundo”.

Joven: Pues me parece muy contradictorio que si el Espíritu Santo fue el que inspiró las Escrituras (2 Pedro 1:21), este sea contrario a que las estudiemos.

Cristianos de hoy: Pero no hay que estudiarla mucho, sino te crees maestro como tú. El espíritu de letra no te quiere soltar al parecer.

Joven: ¿Decís eso de los espíritus cada vez que no hayáis razones para defender vuestra humana postura?

Cristianos de hoy: No, es la verdad. Nosotros con amor te hemos traído la buena noticia, y tú con tu sabiduría humana te crees pastor y rebates todo lo que el Señor nos ha dicho que digamos.

Joven: ¿Vosotros creéis que Dios es mentiroso?

Cristianos de hoy: Que Dios nos libre de tal blasfemia.

Joven: Pero lo acabáis de ser. Decís que el Señor les encomendó que predicaran un mensaje que no se halla en la Palabra, y más aún, contradice sus hermosas verdades. Si realmente el Dios de la Santa Biblia les dio tal orden Él se contradeciría asimismo y dejaría de ser Dios.

Cristianos de hoy: Tú nos confundes demasiado. Aparte que la Palabra no es para contender. Danos un momento para orar y sentir lo que Dios quiere que te respondamos. Él nos dirá y te lo decimos.

Joven: Pero Dios ya lo ha dicho todo, ¿Por qué no recurrís a su Palabra para saber si vuestros pensamientos están o no acordes a su voluntad?

Cristianos de hoy: Pero Dios habla al corazón y a través de nosotros comunica su voluntad.

Joven: La voluntad de Dios está descrita en las Escrituras. Si vosotros comunicáis la Palabra de Dios como instrumentos vivos del evangelio entonces hallaré en sus palabras sólo lo que las Escrituras enseñan, no lo que ustedes dicen sentir o creer. Pues a su vez yo mismo podría decirles que sentí que vuestro mensaje no es del Señor y que el mío si lo es. ¿Dónde está la norma fiel a la cual obedecer? ¿Confiáis más en vuestros corazones que en la Palabra fiel de nuestro Dios? ¿No creéis que vuestra mente pueda engañaros?

Cristianos de hoy: Lo mejor es que nos vayamos. Nosotros cumplimos con predicarte el evangelio de salvación. Acepta a Jesús en tu corazón, toma esta tarjeta, allí está la oración que debes hacer para ser salvo. Si no lo haces ahora mañana tarde puede ser. ¡Dios puede quitar esa incredulidad hermano!

Joven: Si llamáis incredulidad a mi fe en que la Palabra de Dios es poderosa para salvar las almas de los hombres, que no se necesita ningún medio carnal creado por hombres ni estrategias humanas que se ocupan en el mundo para atraer personas interesadas en sí mismas, y por considerar que Cristo no vino a librarnos de problemas terrenales sino del real problema del pecado, a salvarnos de nuestra autosuficiencia y no a crear en nosotros muletas psicológicas como “alcanza tu potencial” o “Con Dios puedes lograr tus sueños”, entonces no sé en que Dios o Señor creéis. Vuestra fe está basada en una extraña forma de interpretar las Escrituras, creando un mensaje cómodo para los pecadores. Vuestro evangelio es atractivo y supuestamente exitoso porque les dicen a sus esclavos lo que desean escuchar. Han convertido en libertinaje la gracia de Dios (Judas 1:4).

Cristianos de hoy: Creo que el diablo está trabajando duro en este lugar.

Joven: Podéis condenarme como un hereje, pero antes de creer en algo que compromete, contradice y niega la Palabra de Dios prefiero morir al instante. Mi fidelidad está con Dios, no con ustedes. Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Gálatas 1:10).

Cristianos de hoy: Dios tenga misericordia de ti.

Joven: ¡Amén! Es lo que más necesito, de su misericordia eterna (Salmo 136:1).

martes, 26 de noviembre de 2013

Un llamado a la Doctrina Verdadera

Una reflexión de Gálatas y su aplicación en nuestras iglesias pentecostales

"Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo" 
(Gálatas 1:6-10) 

        
     Gálatas es la única epístola que el apóstol Pablo dirigió a un grupo de iglesias, en la provincia de Galacia. Cualquiera que leyera esta carta, que es bastante breve en relación a otras epístolas, sacaría la misma conclusión: Pablo no permaneció inerte frente a las falsas enseñanzas y tradiciones que se enseñaban en esta iglesia en particular. Él defendió la fe, con firmeza, no únicamente con oración, sino con acción, con palabra. En esta iglesia, los judaizantes, legalistas cercanos al judaísmo o judíos como tal, enseñaban que la justificación, el perdón de los pecados, la redención poderosa de Cristo no provenía únicamente de la fe en Cristo Jesús y la gracia de Dios, sino que consideraban necesario el cumplimiento de ciertos puntos de la Ley. El apóstol Pablo ante esta contradicción con la doctrina fiel y verdadera, y al ver que cada vez influía más en los cristianos se sintió en la responsabilidad, y en el deber, como todo cristiano genuino, de defender la fe. No permaneció inmóvil, sino que actuó en pos de la limpieza y depuración de la doctrina enseñada, pues el tradicionalismo había ensuciado en gran manera la enseñanza pura del evangelio. El apóstol Pablo nos menciona que el evangelio es uno. Que la enseñanza fiel es una. Que la doctrina verdadera es una. Por esta doctrina santa, por este evangelio bendito, no sólo Pablo, sino que todos los apóstoles, ofrecieron su vida antes de negar lo que habían presenciado.

      Por predicar el evangelio y la doctrina verdadera, Esteban fue sacado de la ciudad y apedreado hasta matarle, Santiago fue decapitado, Felipe fue azotado, echado en la cárcel y crucificado, Mateo fue muerto con una alabarda, Jacobo el menor fue golpeado y apedreado, Matías fue apedreado y decapitado, Andrés fue crucificado, Marcos fue arrastrado por la ciudad hasta despedazarle, Bartolomé fue azotado y crucificado, Tomás fue atravesado por una lanza, Lucas fue colgado de un olivo, Juan fue echado a una caldera de aceite hirviendo de la cual escapo milagrosamente siendo después exiliado a la isla de Patmos, Pedro fue crucificado, y Pablo, a quien hoy citamos en esta reunión ofreció su cabeza a la espada antes de negar la doctrina verdadera. Ellos dieron su vida en pos del evangelio. Ellos dieron su vida en pos de la doctrina verdadera. Por ejemplo, Judas, el hermano de Jacobo, expresó en su epístola: “…me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3). Los apóstoles dejaron en claro que ante cualquier doctrina que se oponga a la Verdad, o intente agregar más cosas, debemos, como hijos de Dios, como cristianos genuinos, realizar responsablemente una defensa de la fe, incluso hasta dar la vida por ella.

     En esta epístola, el apóstol Pablo nos menciona que para seguir a Cristo debemos despojarnos de las tradiciones humanas. Concentrémonos en el versículo 10: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). Concentremos nuestra atención en lo siguiente: el servir a Cristo involucra de inmediato que nos despojemos de las tradiciones humanas. Una tradición humana es toda enseñanza que se alza como verdadera o parte de la verdad pero no haya cavidad en ella. El apóstol Pablo fue fiel a la doctrina verdadera, pues asumió desde el principio de la epístola que su interés no era cumplir con los requisitos o lo que querían oír los hombres de acuerdo a sus tradiciones, a él le interesaba la verdad, servir a Cristo. Pablo dice en el versículo 9, que antes de distorsionar el evangelio prefiere que el juicio de Dios caiga sobre él. Si la verdad es tergiversada, si la doctrina real llega a ser suciamente alterada por tradiciones humanas, nosotros, al igual que él, debemos preferir morir antes que aceptar esto de una manera irreflexiva. Porque seguir tradiciones humanas no es seguir a Cristo. Colosenses 2:8 revela: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo”. Las tradiciones humanas son contrarias a la Verdad. Impiden que podamos conocer la doctrina verdadera. El apóstol Pablo en su epístola a Tito, declara: “Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad” (Tito 1:13-14). Los mandamientos de los hombres nos apartan de la Verdad.

    Las tradiciones humanas nos hacen creer que el cumplir fielmente con ellas es cumplir con la verdad. Así lo menciona el profeta Isaías: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isaías 29:13). El Señor Jesús dijo: “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:7). Las tradiciones humanas nos persuaden de tal forma que no sólo rechazamos la Verdad, sino que pensamos que el obedecer a Dios es cumplir con los requisitos impuestos por los hombres. Lo más peligroso de las tradiciones humanas es que nos hacen creer que estamos bien cuando realmente no podemos estar peor. El gran engaño de las tradiciones humanas es su excelente estrategia de hacernos creer que estamos siguiendo o sirviendo a Dios cuando lo único que hacemos es servir a nuestros propios inventos. Las tradiciones humanas no pueden ser más que una maquinación diabólica.

     Si las tradiciones humanas son contrarias a la Verdad, entonces a ellas no les favorece que tú conozcas la Verdad. El apóstol Pablo fue enfático, Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Obedecer a la Verdad es obedecer a Cristo, obedecer a las tradiciones humanas es obedecer a los hombres. Ahora, ¿Cuál es la verdad? Esa fue la pregunta que le hizo Poncio Pilato a Jesucristo, ¿Cuál es la verdad? En el evangelio según San Juan, el apóstol Tomas le consulta al Señor: “… Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (Juan 14:5). La respuesta usted ya la conoce: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Jesús es la verdad. Lo que los profetas hablaron, lo que las promesas dadas a los patriarcas y al pueblo de Israel exponían, los propósitos de Dios, la justicia, el amor, la redención, la justificación por la fe, todo se revela en Jesucristo. Jesús dijo que la vida eterna es el conocimiento de Él: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Ahora la consulta es, si Jesús es la Verdad, ¿Cómo podemos conocer a Jesucristo? La respuesta la dio Él mismo. Juan 5:39 es la respuesta a la consulta ¿Cómo podemos conocer a Dios?: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Lo que da testimonio de Cristo, lo que enseña su redención, el motivo central de nuestra salvación, los propósitos de Dios revelados en su Unigénito, no se encuentran en otro lugar que en las Escrituras, la Palabra de Dios. Cuando Jesús lee el libro del profeta Isaías, en la sinagoga como era su costumbre, y todos los ojos estaban atentos y fijos en Él, Él mencionó: “…Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21). El testimonio de Cristo, y por lo tanto, de la verdad, está en la Palabra de Dios. En las Escrituras nosotros podemos encontrar la Verdad, como Dios revela sus propósitos en Cristo.

No podemos conocer a Cristo si no es a través
de su vivo testimonio: la Escritura.
      La doctrina verdadera no tiene otro lugar que en la Palabra de Dios. Por lo tanto, si desconocemos la Palabra de Dios, desconocemos también la Verdad. Si ignoramos las Escrituras entonces ignoramos a Cristo, y por tanto, a Dios. Jesús dijo: “…si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais” (Juan 8:19). El fundamento de nuestra fe no puede basarse en lo que yo escucho, pienso o siento, no se basa en años de venir a la escuela dominical, no se basa en las frases que aparecen en las poleras que venden en las librerías cristianas, no se basa en las letras de canciones de artistas cristianos de renombre, ni siquiera en nuestros himnos, la base de nuestra fe está en la Palabra de Dios. Nuestra salvación, nuestra seguridad, nuestro poder para testificar, todo se sujeta de la Palabra de Dios. Por lo tanto, si no conocemos las Escrituras, ¿Cómo podemos decir que somos salvos? Es bastante curioso que nosotros los pentecostales digamos que conocemos a Dios, que amamos a Jesús, que lo alabamos, que lo exaltamos, que lo seguimos, si al mismo tiempo ignoramos la única fuente que tenemos para conocerle, la Palabra de Dios. ¿Cómo podemos decir que conocemos a Dios si no tenemos idea donde están los libros de la Biblia? Repetimos hasta el cansancio que Dios es amor y fuego consumidor, que después de la prueba viene la bendición, que Dios en la dificultad te puede dar paz, pero el 99,99% de la Biblia es un terreno baldío. Si no escudriñamos la Palabra de Dios, no conocemos a Dios. Dios no nos ha dejado su Palabra para que esté en tu velador toda la semana abierta en el Salmo 23 o el 91, y luego la lleves a visitar la iglesia los domingos o en la semana, Dios la dispone a sus hijos para que lo conozcan… Comienza a hacerte preguntas. El apóstol Pablo le dijo a Timoteo que: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Comienza a hacerte preguntas; si realmente eres hijo de Dios, deberías sentir la inquietud, el deseo, de abandonar un tanto el televisor o el facebook, y comenzar a Escudriñar, a conocer a Dios. Debemos sentir sed y hambre de la Palabra de Dios: “…Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4).

     Nuestras tradiciones humanas nos obligan a pensar que el Espíritu Santo de Dios se opone al estudio de la Palabra de Dios. Así podemos escuchar a muchos pastores, predicadores, profesores, o quizás nosotros mismos, decir: “Hermanos, yo no vine preparado, esto sólo es del Espíritu”. Déjeme decirle que me parece absurdo, por no decir ridículo, que si el mismísimo Espíritu Santo inspiró a los santos hombres de Dios para escribir la Escritura, el mismo te diga: ¡No, no la leas, no te prepares! El Espíritu Santo no reemplaza nuestra obligación de Escudriñar la Palabra de Dios. Él nos guiará hacia la Verdad, pero si desconocemos las Escrituras, ¿Qué nos va inspirar? Todo el que defienda que no hay que prepararse en las Escrituras, tendría que contender con el mismo apóstol Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Nuestra preparación en la doctrina verdadera debe ser constante. Y cuando me refiero a “Prepararse en las Escrituras” me refiero a la actitud verdadera de búsqueda de Dios por medio de la Palabra, esto involucra de inmediato la comunión con el autor de la Escritura, Dios a través de su Espíritu Santo, y Él nos guía a toda verdad y justicia. Pero en ningún lugar de las Escrituras dice que no debemos prepararnos. De hecho Oseas 4:6: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4:6). Asume la Palabra de Dios que si confesamos ser hijos de Dios, debemos conocer a Dios, y tardaremos todo nustro peregrinar en esta tierra y toda la eternidad de las eternidades tratando de conocer aún sea un mínimo destello de su gloria. Otra tradición asume que como la Palabra de Dios dice: la letra mata, no debemos estudiar tanto. Como si la Biblia fuera una droga, ¡consúmela pero no en exceso! Cuando el apóstol Pablo dice en 2 de Corintios 3:6 que la letra mata, más el espíritu vivifica, no se refiere al estudio o la preparación. Cualquiera que leyera tan sólo unos versículos antes se daría cuenta que el apóstol Pablo se refiere a la ley, al legalismo, al literalismo. No se refiere al estudio. Pero como pentecostales contamos anécdotas como: “Yo conocí a un hermano que se sabía la Biblia casi de memoria, y ahora anda en adulterio, y en fraudes”. Bueno, ¿Por qué yo tengo que ser igual a él? Si la Biblia enseña que no debemos ser altivos, que no debemos cometer adulterio, ni robar, entonces ese hermano no conoció la verdad, sólo la leyó, pero jamás esta obró en su vida, y para que genere una obra en él es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Sabiamente la Escritura nos dice en 1 Corintios 2:14: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14). Estas tradiciones no son más que simples pretextos que disfrazamos de ordenanzas bíblicas, para justificar nuestra pereza, nuestra flojera. Somos analfabetos de la Palabra de Dios. No conocemos nada. Las tradiciones humanas no sólo nos obligan a ser ignorantes de la Palabra de Dios, sino que a utilizar esta misma para justificar nuestra flojera. Empujamos la Verdad de nuestras mentes.



Pablo enseñando en Berea, en donde se encontraba una
sinagoga. Los judíos de esta localidad estaban tan
comprometidos con la Escritura que examinaban las palabras
del apóstol para reconocer si eran válidas o no.
La Escritura considera esta actitud como diligente
(Hechos 17:10-11)
      Mientras más ignoramos la Verdad, la Palabra de Dios, más probable es que aprobemos doctrinas que no son parte de la Verdad o que se oponen a ella. Como consecuencia de nuestro analfabetismo bíblico y nuestra actitud perezosa por la búsqueda de Dios por medio de las Escrituras, aceptamos todas las cosas de una forma completamente irreflexiva. Terminamos admitiendo como correcto todo lo que se nos enseña, mientras no se salga de nuestros propios criterios de aceptable. Aceptamos todo lo que se nos dice con un Amén, descansando en la idea que todo lo anunciado desde el altar proviene de Dios. Asumimos que el no confirmar la enseñanza con un Amén representa una pérdida de la bendición que Dios desea darnos. Lo digo porque lo he escuchado: Hermano si usted no confirma al Señor va a perder la bendición. Es por ello, que en nuestras iglesias pentecostales la confirmación o aceptación de todo lo que se expone llega a ser algo automático. Todo lo que el pastor enseñe, todo lo que el predicador diga, todo lo que se diga desde el altar debe ser aceptado en mi vida con un Amén, de otra forma perderé mi bendición. Como si las bendiciones de Dios fueran unos globos que yo suelto al cielo, y el que dice Amén rápidamente se apodera de él, pues de otra forma se escapa. Hermanos, en ningún lugar de la Escritura usted podrá encontrar algo semejante. Jamás la Palabra de Dios aconseja admitir o consentir todo lo que se pronuncia desde el altar, descansando siempre en el supuesto que todas las doctrinas o enseñanzas que emita el pastor, predicador, profesor, o hermano cualquiera que nos esté hablando fueron dadas directamente por el Espíritu Santo. Antes la Palabra de Dios es sabia en decirnos: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). El apóstol Juan fue enfático en decir: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Las Escrituras nos mandan a examinar todo lo que se nos exponga, no bajo el lente de nuestras tradiciones o costumbres, sino a la luz de la Santa Palabra de Dios. Jesús nos dice en Marcos 4:22: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a la luz” (Marcos 4:22). Aquella luz, que el apóstol Pedro reconocía como una antorcha que nos ilumina en el sendero es la Palabra de Dios. Debemos evaluar todas las cosas, con espíritu crítico. Recordemos lo que el apóstol Pablo nos aconseja al principio, antes de ser contrarios a la Verdad, cómplices de las tradiciones de los hombres, mi deber está con la Palabra de Dios. Antes de confirmar algo que puede ser incorrecto, yo necesito corroborar en las Escrituras si lo que se está enseñando es la Verdad. Un ejemplo claro de esto lo encontramos en Hechos capítulo 17. Pablo y Silas, en su segundo viaje misionero, antes de ir a Atenas son enviados a Berea, una localidad judía. Dice que cuando llegaron entraron en la sinagoga de los judíos, y se admiraron de lo siguiente: el versículo 11 relata: “Y estos (los judíos) eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Estos judíos no eran negligentes, su deber estaba con la Palabra de Dios, y antes de aceptar algo ciegamente se esforzaban, no sólo en el momento de la predicación, sino que dice la Escritura cada día en examinar las palabras de Pablo a la luz de la Palabra de Dios. ¡El decir Amén a todo lo que se enseña como un loro no es una muestra de ser un hombre espiritual o seguidor de una supuesta “Sana doctrina”! Un hombre comprometido con la Palabra de Dios examina la Escritura para no ser falto delante de ella.

     Una de las consecuencias más terribles de nuestra ignorancia bíblica es la aceptación de muchas doctrinas como verdaderas, cuando quizás ninguna de ellas es parte de la Verdad. Y aquí viene lo delicado: Admitimos que Dios nos comunica algo en especial, cuando Él no nos ha dicho tal cosa. Hermanos, Dios ya lo ha dicho todo. Lo que antes aconteció, hoy acontece y próximamente ocurrirá es la consumación que lo que Dios ya ha dicho. La Escritura es suficiente, Dios hoy habla por su Palabra. Nosotros lo pentecostales muchas veces valoramos en gran medida nuestras propias anécdotas, experiencias, testimonios, visiones, sueños, “es que Dios me dijo esto”, en fin, valoramos eso antes que la Palabra de Dios.

     Uno de los mandamientos dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7). El señor Jesús cuando enseña a orar dice: “Santificado sea tu nombre”. La ley de Moisés contemplaba la pena capital, la lapidación, para el que dijere una profecía falsa en el nombre de Dios. La Escritura nos enseña en Levítico 19:12: “Y no juréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová” (Levítico 19:12). El apóstol Pablo, a quién citamos en esta reunión, era sumamente cuidadoso y temeroso del nombre de Dios. Expresaba con claridad cuando algo lo mandaba él, por ejemplo en 1 Corintios 7:12: “Y a los demás yo digo, no el Señor…” (1 Corintios 7:12), y cuando el Señor encomendaba algo en las Escrituras, el versículo 10 dice: “…mando, no yo, sino el Señor…” (v. 10). ¿Este temor a Dios enseñamos en nuestras iglesias pentecostales? ¿Con ese nivel de cuidado nosotros trabajamos para no ser faltos delante de Dios? No. No y No. Antes somos capaces de decir: “Hermano, el Señor lo manda a limpiar los baños”, “El Señor le dice que este año va a tener su propia casa”, “El Señor me dijo a través de mi pastor que esta semana me va a ir bien”, “El Señor le está pidiendo una ofrenda para su obra y Él le bendecirá”, “No lo mando yo, el Señor lo está mandando”, “El Señor le dice esto, y esto otro”, y el nombre del Santísimo nombre de Dios es blasfemado día y noche por nuestras fábulas, nuestros cuentos sin sentido, y nuestras necias prácticas. ¿Con qué moral decimos que alabamos a Dios, lo amamos y lo exaltamos con todo nuestro corazón, si al mismo tiempo tomamos su sagrado y bendito nombre para avalar enseñanzas impuras, mandatos humanos y doctrinas desviadas de su Santa Palabra? El apóstol Pablo nos dice: “Palabra fiel es esta… Él (Dios) no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:11 y 13). Sin embargo, en mi congregación somos capaces de enseñar cosas que se contradicen en gran medida con la Palabra de Dios, asumiendo que Él las dice. Hermano, Dios no puede mentir. No puede decir algo que vaya en contra de su Palabra. Pero durante mucho tiempo yo aceptaba todo como correcto, no escudriñaba para conocer la Verdad. Se me olvidaba completamente lo que dice Cristo en Marcos 5:34: “Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios” (Marcos 5:34).

     A veces pensamos que con sólo citar un pasaje bíblico que se relacione con la enseñanza, la doctrina es correcta delante de Dios. ¿Qué pensaría si yo le dijese que la Biblia enseña que usted no debe ser de partidos de izquierda ni de derecha, sino que debe ser de un partido de centro, porque la Escritura dice: “No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (Proverbios 4:27)? Hermanos, no toda enseñanza que aparente tener apoyo bíblico es válida, sólo es correcta aquella que no presenta contradicciones con la Palabra de Dios, o que no intente agregar más cosas a la doctrina, pues Dios ya nos ha comunicado todo a través de la Palabra. La Escritura no es un accesorio donde nosotros podamos validar nuestras creencias.

    He escuchado a algunos hermanos decir: “El Señor me dijo esto y si lo duda pongo al Espíritu Santo de testigo”. ¿Qué es eso? ¿Es una nueva forma de juramento? ¿Es una nueva superstición? Jesús dijo: “…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada” (Mateo 12:31). ¡Que Dios tenga misericordia! He estado presente en cultos en los que el predicador lee unos cuantos versículos y comienza a hablar cosas que no tienen absoluta relación ni consecuencia con lo que leyó. No hay un análisis bíblico. Comienza a relatar un sinfín de testimonios, experiencias, sueños, comienza a cantar, y no hay nada de Dios. Y después el coordinador dice: Hermanos, demos gracias a Dios por su hermosa Palabra. ¿Qué es eso? Muchos llegan al altar y dicen: Hermano yo no traje nada mío preparado, dejaremos que nos hable el Espíritu Santo. Dice cosas que llegan a ser abominables delante de Dios, y todo en el nombre de Dios. Y como somos igualmente de ignorantes, todo lo aceptamos como procedente de Dios. Llegamos a nuestras casas diciendo: “El Señor hoy día nos hablaba…”, y si alguien no asistió a la iglesia consulta: “¿Qué les entregó el Señor hoy?”. Desde el altar el predicador nos dice: “Hermanos, esto no se lo estoy diciendo yo, se lo está diciendo el Señor”. Y si alguien no confirma de inmediato lo que se está enseñando se le acusa que no tiene fe, no tiene doctrina y está enfermo en el espíritu. Antes de ser impactado por la luz de la Palabra no tenía idea que tenía impregnado en mi propio vocabulario la blasfemia contra Dios.

      Observe la diferencia. La actitud que nosotros enseñamos es esta: leemos unos cuantos versículos, cerramos nuestra Biblia, y nos ponemos a confirmar y aceptar como procedente de Dios mismo todo lo que se dice desde el altar con un rotundo Amén. Antes debiésemos decir: ¡Discúlpeme Pastor si no confirmo o acepto lo que usted me está diciendo, pero yo quiero agradar a Dios, y antes de ser blasfemo y falto al nombre del Santísimo, confirmando algo que puede estar incorrecto, yo me debo tomar todo el tiempo necesario para corroborar en las Escrituras si lo que usted me está diciendo realmente es la Verdad! ¡Esa es la diferencia! ¡Y esto jamás se me enseñó en mi congregación! No puedo ser tan irresponsable de tomar todo a la ligera. Si deseamos agradar a Dios debemos evaluar nuestras prácticas, doctrinas y enseñanzas a la luz de la Escritura. Es ilógico que evaluemos la veracidad de nuestras doctrinas a la luz de nuestras propias doctrinas. Lo que distingue la verdad o la falsedad de todo pensamiento es la luz de la Palabra. Como dijo el profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).

La predicación de Esteban no contó con ningún
elemento fuera de la Escritura. Todo lo que decía
estaba contemplado en la Palabra (Hechos 7).
Por defender la fe de esta forma Esteban fue
lapidado hasta la muerte, la pena que la Ley de
Moisés contemplaba para la blasfemia.
     Si no conocemos la Escritura, no conocemos a Dios, no conocemos a Jesucristo, no conocemos el evangelio. Por la ignorancia de la Escritura es que concebimos el evangelio como un modo de vida, lleno de abstinencias, testimonios y experiencias de ensayos de coro, cocinar en el casino o limpiar los baños. Eso no es el evangelio. Si el evangelio fuera un modo de vida usted y yo lo desprestigiaríamos. Pero el evangelio de Cristo es santo, pues viene del Santísimo. El evangelio es un mensaje, que nosotros reducimos al mínimo. Nosotros los pentecostales predicamos muy poco del evangelio real. Contamos nuestro testimonio, nuestras abstinencias, nuestros sentimientos y emociones, y si es que nos alcanza un poco el tiempo mencionamos algo de Cristo. ¿Ese es acaso el evangelio de la Biblia, el evangelio de Cristo, el evangelio por el cual los primeros cristianos morían degollados y quemados? ¿Ha leído en la Escritura la defensa y predicación del evangelio que hizo Esteban? En el libro de los Hechos se destina todo un capítulo a la predicación de Esteban. Él hace todo un panorama bíblico, cita las Escrituras de forma textual, cuenta la historia bíblica desde Abraham hasta los profetas, lleva las promesas del Antiguo Testamento a la época, hasta que todo desemboca en Jesucristo: “¿A cual de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores” (Hechos 7:53). ¡Por decir estas palabras Esteban murió apedreado diciendo: “…Señor, no les tomes en cuenta este pecado…” (Hechos 7:60)! ¡Esto es el evangelio! El evangelio se sostiene de la Palabra de Dios. Al predicar el evangelio debemos enseñar las Escrituras. No debemos contar nuestro testimonio, recordemos que el testimonio de Cristo son las Escrituras: “Escudriñad las Escrituras… ellas son las que dan testimonio de mi”. La primera predicación del apóstol Pedro lleno del Espíritu Santo no fue un simple: “bueno yo era un pescador y Cristo me salvó”. ¡No! Él citaba la Palabra de Dios. Cuando Felipe le predica el evangelio al etíope, juntos estudiaron el libro de Isaías. ¡Hermanos, la Escritura es indispensable en la predicación del evangelio! ¿Por qué? Porque no hay nada más que eso. Sólo la Escritura es necesaria para la predicación del evangelio. La Escritura es suficiente. ¿Para qué añadir más cosas? ¿Para que lucir nuestras abstinencias? ¿Para qué contar nuestras enredadas anécdotas? Tenemos la Escritura, el vivo testimonio de Cristo. ¿Para qué más? Sabiamente el apóstol Pedro dijo: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro…” (2 Pedro 1:19). ¿Y realmente estamos atentos a la Escritura como una antorcha que nos alumbra en las tinieblas de doctrinas erradas?

     Antes de predicar la Palabra de Dios, la Verdad, el evangelio bendito, preferimos abundar en la ignorancia. ¿Cuántos hermanos salen a predicar a las calles sin tener idea quien es Cristo? Muchas veces lo que llamam0os evangelio no es más que una repetición de lo que se ha dicho por generaciones en plazas y lugares públicos, jamás examinando si realmente lo que predicamos es el verdadero evangelio de Cristo. A mí jamás se me enseñó que debía prepararme en el evangelio. Jamás se me enseñó que si no tenía el conocimiento de Cristo a través de la Escritura mejor es que no hablara nada de él. Lamentablemente se me enseñó todo lo contrario. Se nos dice que si quiera llegas a pensar en lo que vas a decir, estás por poco en pecado. Se nos enseña a ir con la mente en blanco, asegurando que la preparación es contraria al Espíritu, pues como dijo Cristo: “porque el Espíritu Santo os enseñará a la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12). Sin embargo, ignoramos que en el versículo anterior Jesús dice: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir” (v.11). Jesús no establece una regla general, más bien presenta una situación específica, cargada de persecución, terror y miedo por la muerte, elementos que no permiten elaborar una defensa formal. Si pensáramos que al predicar el evangelio no debemos disponer de una preparación correcta delante de Dios, tendríamos que negar lo que asumió el apóstol Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). ¿Acaso no demanda razones de nuestra fe la persona que pone su atención en una predicación colectiva? Hermanos, finalmente comprendí lo siguiente: ¡Improvisar no es predicar! Salvo ciertas disciplinas artísticas, en el mundo si alguien improvisa algo quiere decir que no le interesa, porque si le interesara lo estudiaría, lo aprendería. Improvisar la predicación del evangelio es un acto de sumo desmedro al mensaje más sublime que el hombre alguna vez pudo recibir. Predicar el evangelio en un punto de predicación no es una declaración pública que somos evangélicos. Predicar el evangelio no es hablar de nosotros mismos, donde nosotros somos los protagonistas. No se trata de mí, se trata de Él. Predicar el evangelio es glorificar a Cristo, es anunciar la Verdad y el testimonio de Cristo, de la Verdad, proviene de la Palabra de Dios. La Escritura es indispensable y suficiente en la predicación del evangelio. Y eso es algo que a mí jamás se me enseñó como pentecostal y doy gracias a Dios por libertarme de aquello.

      Nosotros, los pentecostales, pensamos que una participación activa en la organización del templo es un servicio a Dios. Así he escuchado durante toda mi vida que la forma de servir a Dios es asistir a los cultos y a los ensayos, es trabajar en el templo. Pensamos que rendir un servicio a Dios es asistir a la actividad que la organización de la iglesia considere apropiada. De esta forma, si alguien no asiste por un tiempo se le considera que ha perdido la fe, que ya no le interesan las cosas de Dios, que ya no tiene una relación personal con Cristo. Consideramos que cumplir la voluntad de Dios es estar en línea con los requisitos que los hombres del templo pronuncian. Hemos transformado el servicio a Dios en un acto presencial. Nuestras tradiciones humanas nos han obligado a pensar y aceptar que el servicio a Dios está estrecha y suficientemente relacionado con el templo. Los cultos, las reuniones, conferencias, ensayos y escuelas dominicales, parecieran conusmir todo nuestro ideal de servicio. Muchos hermanos han perdido a sus familias, sus trabajos, sus estudios por pensar que en vez de estar haciendo aquellas “prácticas mundanas que no salvan” deben estar en el templo “sirviendo a Dios”. Al parecer sólo en el templo se sirve a Dios, sólo en el templo están las cosas de Dios, sólo en la organización de la Iglesia, o en la autorización de los pastores se está cumpliendo con la voluntad de Dios.

     Sin embargo, ¿Es esto bíblico? ¿Dicen las Escrituras algo similar? El apóstol Pablo nos dice en Romanos: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). Servir a Dios, estar en comunión con Dios, no es un cuadernillo de asistencia a la iglesia del 100%, servir a Dios no es entrar por la puerta de la iglesia, cantar y escuchar a un predicador, servir a Dios no es ser irresponsable con los deberes familiares, laborales, estudiantiles, servir a Dios no es estar en cada uno de los cultos. Servir a Dios es presentar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma, todo nuestro ser a la voluntad de Dios. Cualquier tonto puede venir a la iglesia. Cualquier persona puede fingir un compromiso con Dios teniendo una asistencia frecuente. Pero la Verdad es esta: la Iglesia de Cristo, la congregación de los que han sido salvados y redimidos por la sangre derramada en esa cruz, tienen lo que Ezequiel y Jeremías decían. Dios hablaba por medio de Jeremías en medio del exilio: “…Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Ezequiel mencionaba: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27). La evidencia más genuina que una persona ha sido justificada por medio de la fe en Cristo Jesús no es la frecuencia con la que visita el templo. La evidencia de la salvación es una vida sometida a la Palabra de Dios, es un milagro tal que el hombre, que nace depravado delante de Dios, que sigue la voluntad de su carne, con su entendimiento entenebrecido, que se deleita de su maldad, inexplicablemente comienza a aborrecer el pecado que antes amaba y a caminar en los preceptos de Dios. Muchos pueden ir al templo, pero muy pocos pueden cumplir la voluntad de Dios, porque pocos son los salvados. Antes que Dios salga a su encuentro, el hombre vive conforme a las corrientes de este mundo, en pecado lo concibe su madre, está destituido de la gloria de Dios, y está inhabilitado para hacer lo bueno. Una naturaleza corrupta sólo puede generar obras corruptas, de otro modo sería ilógico, tal como lo plantea Jesús: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (v. 18). Jesús también dice: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35). Así la Biblia nos dice que solamente la obra de Dios en el hombre puede generar frutos buenos. Así como Ezequiel vio a esos huesos secos que eran restituidos por el poder de Dios, así Dios mismo entrega al hombre un corazón nuevo, el Espíritu de Dios hace que el hombre ande conforme a la voluntad divina: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

    Y nosotros hemos reducido todo esto a una simple y mera participación en el templo. Si usted entra a un taller de mecánica, eso no lo convierte en un mecánico. Si usted entra a un templo esto no lo convierte en un cristiano. Reducir el acto de salvación, y la evidencia del milagro de Dios en el hombre, a la simple asistencia al templo es minimizar la gracia y la misericordia de Dios. Leer Mateo 7:21-23. Piense esto: ¿En qué lugar en toda la tierra se exclama más el nombre de Dios, diciendo “Señor, Señor te alabamos te exaltamos”? ¿En qué lugar en este planeta hay más personas que profetizan, o echan fuera demonios y hacen milagros? ¿Es en el centro comercial? Jesús nos dice que la mera confesión de labios sobre el servicio a Dios y la visita a los templos, no es garantía del cumplimiento de su voluntad.


     Así mismo, a causa de la ignorancia de la Palabra de Dios, no sólo en las iglesias pentecostales, sino en la gran mayoría de las iglesias evangélicas se engañan a los fieles por dinero y poder. Se les promete que ofrendando abultadamente pueden acceder a las bendiciones de Dios. Se nos dice: “Venga a la mesita a buscar su bendición”, “Si el Señor le pide es para bendecirlo”, “Reclame su bendición”, “No pierda su bendición”, etc. Comúnmente se insiste que el aporte es voluntario, pero el peso que tengo por no darlo es mucho más grande. Por no darlo se nos dice: “Que pensamos en materialismo”, “Que Satanás va a robar nuestra bendición”, “Que Dios no nos va a bendecir”, etc. ¿Pero esto es válido a la luz de la Palabra de Dios? Si nosotros vamos al discurso más objetivo sobre la ofrenda, que se encuentra en 2 Corintios, nosotros nos encontramos con que Pablo recolectaba una ofrenda para hermanos de la iglesia de Macedonia, cuando escuchamos lo siguiente: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Hermanos, garantizar bendiciones por medio de la ofrenda SI es incentivar el interés económico en la hermandad, contrario a la ofrenda voluntaria que enseñaba el apóstol Pablo. En nuestras iglesias enseñamos que la ofrenda puede comprar el favor de Dios. Esa es una herejía. Hermanos, las bendiciones de Dios son dadas de gracia y misericordia. El dinero no puede ejercer una especie de ventaja delante de Dios. Si Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33), ¿Por qué debemos pagar una suma de dinero para que Él nos bendiga? Parece que se nos ha olvidado lo que ocurrió en Samaria, donde el apóstol Pedro le dice a un hombre llamado Simón: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20). He escuchado en mi propia congregación: “El Señor hoy día le está pidiendo”. Recaemos en la blasfemia. ¿Cómo entonces podemos explicar aquel salmo que dice: “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud” (Salmo 50:12)? Con seguridad la regla más satisfactoria para la ofrenda es esta: Jesús dijo: “…de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). No sólo por la ofrenda se roba sino también por el diezmo, que fue abolido por Cristo mismo.

     Mientras la Biblia nos dice en Hebreos: “…huid de la idolatría” (Hebreos 13:9), somos capaces de exaltar a nuestros predicadores y pastores como verdaderos semidioses, infalibles e incuestionables. En nuestras iglesias pentecostales, los pastores son idolatrados a tal punto que se les considera “ungidos de Jehová”, “Ángeles de la iglesia”, “profetas del punto”, sin dejar pasar el punto que si alguien se atrevería a cuestionar su enseñanza se está oponiendo a Dios mismo. La Escritura resume esto en la palabra Idolatría. Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos reveladores de la voluntad de Dios más estamos propensos a ser manipulados por mensajes extrabíblicos y más nos descuidamos del estudio de la Palabra de Dios. Para defender tal cosa las iglesias citan mucho el pasaje de Hebreos el cual dice: “Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (Hebreos 13:17). Sin embargo, ¿Por qué no citan el versículo 7 en el que dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7)? No es una sumisión ciega. La Biblia manda un examen. Porque si el pastor llega a desviarse de la Palabra de Dios, ¿Cómo llegaremos al conocimiento de su error si nos sometemos a él de forma irreflexiva? Hermanos, la unción del pastor no existe en el Nuevo Pacto. El título de “ungido de Jehová” estaba únicamente reservado a los sacerdotes levitas, a los reyes de Israel, y a los descendientes de David. En el Nuevo Pacto, toda la iglesia de Cristo es ungida. ¿O no dice Juan en su primera epístola: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). No existe ninguna unción exclusiva para ningún personaje en especial en la iglesia. De esta forma, la exigencia de sumisión al pastor que muchas iglesias pentecostales enseñan no es bíblica.

       Por decir esto muchos hermanos han sido considerados como rebeldes, se creen pastor, tiene demonio, letrado, porfiado, descarriado, enfermo en el espíritu, está probado en su fe, no sigue la sana doctrina, etc. Por no seguir la ideología de la mayoría son amedrentados con apelativos no dignos de quien intenta seguir la doctrina verdadera. Hermanos, el hecho que la mayoría acepte determinadas prácticas no garantiza que aquellas sean correctas, pues lo correcto o incorrecto no se regula por votación, sino por una revisión de su apego a las Escrituras. ¿Quién está en error? ¿Quién es el descarriado? ¿Aquel que busca la voluntad de Dios por medio de la Escritura para no ser falto ante Él? ¿O Aquellos que siguen con una actitud sometida el designio de un determinado líder, aquellos que siguen un camino de una forma tan cómoda que jamás se alertan de su error?

     Hermanos, las tradiciones humanas han envuelto mi congregación y muchas más en un aturdimiento y letargo espiritual terrible. Mientras muchos saltan alabando a Dios y confirman diciendo Amén, estamos a años luz de la verdadera doctrina. Es hora de una reforma. Las tradiciones humanas son una droga mortífera que nos separa de Cristo. Rescatemos la doctrina verdadera, seamos libres de ellas. Por decir estas palabras con seguridad muchos hombres de iglesia se molestarán, pues su sistema se verá mermado por la misma Palabra de Dios. Pero antes de ser aturdido por mensajes que no son parte de la Biblia, mi deber, al igual como el del apóstol Pablo en la iglesia de Galacia, es realizar una defensa de la fe. Debemos buscar la voluntad de Dios:

"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta"
(Romanos 12:2).