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martes, 26 de noviembre de 2013

Un llamado a la Doctrina Verdadera

Una reflexión de Gálatas y su aplicación en nuestras iglesias pentecostales

"Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo" 
(Gálatas 1:6-10) 

        
     Gálatas es la única epístola que el apóstol Pablo dirigió a un grupo de iglesias, en la provincia de Galacia. Cualquiera que leyera esta carta, que es bastante breve en relación a otras epístolas, sacaría la misma conclusión: Pablo no permaneció inerte frente a las falsas enseñanzas y tradiciones que se enseñaban en esta iglesia en particular. Él defendió la fe, con firmeza, no únicamente con oración, sino con acción, con palabra. En esta iglesia, los judaizantes, legalistas cercanos al judaísmo o judíos como tal, enseñaban que la justificación, el perdón de los pecados, la redención poderosa de Cristo no provenía únicamente de la fe en Cristo Jesús y la gracia de Dios, sino que consideraban necesario el cumplimiento de ciertos puntos de la Ley. El apóstol Pablo ante esta contradicción con la doctrina fiel y verdadera, y al ver que cada vez influía más en los cristianos se sintió en la responsabilidad, y en el deber, como todo cristiano genuino, de defender la fe. No permaneció inmóvil, sino que actuó en pos de la limpieza y depuración de la doctrina enseñada, pues el tradicionalismo había ensuciado en gran manera la enseñanza pura del evangelio. El apóstol Pablo nos menciona que el evangelio es uno. Que la enseñanza fiel es una. Que la doctrina verdadera es una. Por esta doctrina santa, por este evangelio bendito, no sólo Pablo, sino que todos los apóstoles, ofrecieron su vida antes de negar lo que habían presenciado.

      Por predicar el evangelio y la doctrina verdadera, Esteban fue sacado de la ciudad y apedreado hasta matarle, Santiago fue decapitado, Felipe fue azotado, echado en la cárcel y crucificado, Mateo fue muerto con una alabarda, Jacobo el menor fue golpeado y apedreado, Matías fue apedreado y decapitado, Andrés fue crucificado, Marcos fue arrastrado por la ciudad hasta despedazarle, Bartolomé fue azotado y crucificado, Tomás fue atravesado por una lanza, Lucas fue colgado de un olivo, Juan fue echado a una caldera de aceite hirviendo de la cual escapo milagrosamente siendo después exiliado a la isla de Patmos, Pedro fue crucificado, y Pablo, a quien hoy citamos en esta reunión ofreció su cabeza a la espada antes de negar la doctrina verdadera. Ellos dieron su vida en pos del evangelio. Ellos dieron su vida en pos de la doctrina verdadera. Por ejemplo, Judas, el hermano de Jacobo, expresó en su epístola: “…me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3). Los apóstoles dejaron en claro que ante cualquier doctrina que se oponga a la Verdad, o intente agregar más cosas, debemos, como hijos de Dios, como cristianos genuinos, realizar responsablemente una defensa de la fe, incluso hasta dar la vida por ella.

     En esta epístola, el apóstol Pablo nos menciona que para seguir a Cristo debemos despojarnos de las tradiciones humanas. Concentrémonos en el versículo 10: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). Concentremos nuestra atención en lo siguiente: el servir a Cristo involucra de inmediato que nos despojemos de las tradiciones humanas. Una tradición humana es toda enseñanza que se alza como verdadera o parte de la verdad pero no haya cavidad en ella. El apóstol Pablo fue fiel a la doctrina verdadera, pues asumió desde el principio de la epístola que su interés no era cumplir con los requisitos o lo que querían oír los hombres de acuerdo a sus tradiciones, a él le interesaba la verdad, servir a Cristo. Pablo dice en el versículo 9, que antes de distorsionar el evangelio prefiere que el juicio de Dios caiga sobre él. Si la verdad es tergiversada, si la doctrina real llega a ser suciamente alterada por tradiciones humanas, nosotros, al igual que él, debemos preferir morir antes que aceptar esto de una manera irreflexiva. Porque seguir tradiciones humanas no es seguir a Cristo. Colosenses 2:8 revela: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo”. Las tradiciones humanas son contrarias a la Verdad. Impiden que podamos conocer la doctrina verdadera. El apóstol Pablo en su epístola a Tito, declara: “Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad” (Tito 1:13-14). Los mandamientos de los hombres nos apartan de la Verdad.

    Las tradiciones humanas nos hacen creer que el cumplir fielmente con ellas es cumplir con la verdad. Así lo menciona el profeta Isaías: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado” (Isaías 29:13). El Señor Jesús dijo: “Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:7). Las tradiciones humanas nos persuaden de tal forma que no sólo rechazamos la Verdad, sino que pensamos que el obedecer a Dios es cumplir con los requisitos impuestos por los hombres. Lo más peligroso de las tradiciones humanas es que nos hacen creer que estamos bien cuando realmente no podemos estar peor. El gran engaño de las tradiciones humanas es su excelente estrategia de hacernos creer que estamos siguiendo o sirviendo a Dios cuando lo único que hacemos es servir a nuestros propios inventos. Las tradiciones humanas no pueden ser más que una maquinación diabólica.

     Si las tradiciones humanas son contrarias a la Verdad, entonces a ellas no les favorece que tú conozcas la Verdad. El apóstol Pablo fue enfático, Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Obedecer a la Verdad es obedecer a Cristo, obedecer a las tradiciones humanas es obedecer a los hombres. Ahora, ¿Cuál es la verdad? Esa fue la pregunta que le hizo Poncio Pilato a Jesucristo, ¿Cuál es la verdad? En el evangelio según San Juan, el apóstol Tomas le consulta al Señor: “… Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?” (Juan 14:5). La respuesta usted ya la conoce: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Jesús es la verdad. Lo que los profetas hablaron, lo que las promesas dadas a los patriarcas y al pueblo de Israel exponían, los propósitos de Dios, la justicia, el amor, la redención, la justificación por la fe, todo se revela en Jesucristo. Jesús dijo que la vida eterna es el conocimiento de Él: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Ahora la consulta es, si Jesús es la Verdad, ¿Cómo podemos conocer a Jesucristo? La respuesta la dio Él mismo. Juan 5:39 es la respuesta a la consulta ¿Cómo podemos conocer a Dios?: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Lo que da testimonio de Cristo, lo que enseña su redención, el motivo central de nuestra salvación, los propósitos de Dios revelados en su Unigénito, no se encuentran en otro lugar que en las Escrituras, la Palabra de Dios. Cuando Jesús lee el libro del profeta Isaías, en la sinagoga como era su costumbre, y todos los ojos estaban atentos y fijos en Él, Él mencionó: “…Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21). El testimonio de Cristo, y por lo tanto, de la verdad, está en la Palabra de Dios. En las Escrituras nosotros podemos encontrar la Verdad, como Dios revela sus propósitos en Cristo.

No podemos conocer a Cristo si no es a través
de su vivo testimonio: la Escritura.
      La doctrina verdadera no tiene otro lugar que en la Palabra de Dios. Por lo tanto, si desconocemos la Palabra de Dios, desconocemos también la Verdad. Si ignoramos las Escrituras entonces ignoramos a Cristo, y por tanto, a Dios. Jesús dijo: “…si a mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais” (Juan 8:19). El fundamento de nuestra fe no puede basarse en lo que yo escucho, pienso o siento, no se basa en años de venir a la escuela dominical, no se basa en las frases que aparecen en las poleras que venden en las librerías cristianas, no se basa en las letras de canciones de artistas cristianos de renombre, ni siquiera en nuestros himnos, la base de nuestra fe está en la Palabra de Dios. Nuestra salvación, nuestra seguridad, nuestro poder para testificar, todo se sujeta de la Palabra de Dios. Por lo tanto, si no conocemos las Escrituras, ¿Cómo podemos decir que somos salvos? Es bastante curioso que nosotros los pentecostales digamos que conocemos a Dios, que amamos a Jesús, que lo alabamos, que lo exaltamos, que lo seguimos, si al mismo tiempo ignoramos la única fuente que tenemos para conocerle, la Palabra de Dios. ¿Cómo podemos decir que conocemos a Dios si no tenemos idea donde están los libros de la Biblia? Repetimos hasta el cansancio que Dios es amor y fuego consumidor, que después de la prueba viene la bendición, que Dios en la dificultad te puede dar paz, pero el 99,99% de la Biblia es un terreno baldío. Si no escudriñamos la Palabra de Dios, no conocemos a Dios. Dios no nos ha dejado su Palabra para que esté en tu velador toda la semana abierta en el Salmo 23 o el 91, y luego la lleves a visitar la iglesia los domingos o en la semana, Dios la dispone a sus hijos para que lo conozcan… Comienza a hacerte preguntas. El apóstol Pablo le dijo a Timoteo que: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16). Comienza a hacerte preguntas; si realmente eres hijo de Dios, deberías sentir la inquietud, el deseo, de abandonar un tanto el televisor o el facebook, y comenzar a Escudriñar, a conocer a Dios. Debemos sentir sed y hambre de la Palabra de Dios: “…Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Lucas 4:4).

     Nuestras tradiciones humanas nos obligan a pensar que el Espíritu Santo de Dios se opone al estudio de la Palabra de Dios. Así podemos escuchar a muchos pastores, predicadores, profesores, o quizás nosotros mismos, decir: “Hermanos, yo no vine preparado, esto sólo es del Espíritu”. Déjeme decirle que me parece absurdo, por no decir ridículo, que si el mismísimo Espíritu Santo inspiró a los santos hombres de Dios para escribir la Escritura, el mismo te diga: ¡No, no la leas, no te prepares! El Espíritu Santo no reemplaza nuestra obligación de Escudriñar la Palabra de Dios. Él nos guiará hacia la Verdad, pero si desconocemos las Escrituras, ¿Qué nos va inspirar? Todo el que defienda que no hay que prepararse en las Escrituras, tendría que contender con el mismo apóstol Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). Nuestra preparación en la doctrina verdadera debe ser constante. Y cuando me refiero a “Prepararse en las Escrituras” me refiero a la actitud verdadera de búsqueda de Dios por medio de la Palabra, esto involucra de inmediato la comunión con el autor de la Escritura, Dios a través de su Espíritu Santo, y Él nos guía a toda verdad y justicia. Pero en ningún lugar de las Escrituras dice que no debemos prepararnos. De hecho Oseas 4:6: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4:6). Asume la Palabra de Dios que si confesamos ser hijos de Dios, debemos conocer a Dios, y tardaremos todo nustro peregrinar en esta tierra y toda la eternidad de las eternidades tratando de conocer aún sea un mínimo destello de su gloria. Otra tradición asume que como la Palabra de Dios dice: la letra mata, no debemos estudiar tanto. Como si la Biblia fuera una droga, ¡consúmela pero no en exceso! Cuando el apóstol Pablo dice en 2 de Corintios 3:6 que la letra mata, más el espíritu vivifica, no se refiere al estudio o la preparación. Cualquiera que leyera tan sólo unos versículos antes se daría cuenta que el apóstol Pablo se refiere a la ley, al legalismo, al literalismo. No se refiere al estudio. Pero como pentecostales contamos anécdotas como: “Yo conocí a un hermano que se sabía la Biblia casi de memoria, y ahora anda en adulterio, y en fraudes”. Bueno, ¿Por qué yo tengo que ser igual a él? Si la Biblia enseña que no debemos ser altivos, que no debemos cometer adulterio, ni robar, entonces ese hermano no conoció la verdad, sólo la leyó, pero jamás esta obró en su vida, y para que genere una obra en él es necesaria la intervención del Espíritu Santo. Sabiamente la Escritura nos dice en 1 Corintios 2:14: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14). Estas tradiciones no son más que simples pretextos que disfrazamos de ordenanzas bíblicas, para justificar nuestra pereza, nuestra flojera. Somos analfabetos de la Palabra de Dios. No conocemos nada. Las tradiciones humanas no sólo nos obligan a ser ignorantes de la Palabra de Dios, sino que a utilizar esta misma para justificar nuestra flojera. Empujamos la Verdad de nuestras mentes.



Pablo enseñando en Berea, en donde se encontraba una
sinagoga. Los judíos de esta localidad estaban tan
comprometidos con la Escritura que examinaban las palabras
del apóstol para reconocer si eran válidas o no.
La Escritura considera esta actitud como diligente
(Hechos 17:10-11)
      Mientras más ignoramos la Verdad, la Palabra de Dios, más probable es que aprobemos doctrinas que no son parte de la Verdad o que se oponen a ella. Como consecuencia de nuestro analfabetismo bíblico y nuestra actitud perezosa por la búsqueda de Dios por medio de las Escrituras, aceptamos todas las cosas de una forma completamente irreflexiva. Terminamos admitiendo como correcto todo lo que se nos enseña, mientras no se salga de nuestros propios criterios de aceptable. Aceptamos todo lo que se nos dice con un Amén, descansando en la idea que todo lo anunciado desde el altar proviene de Dios. Asumimos que el no confirmar la enseñanza con un Amén representa una pérdida de la bendición que Dios desea darnos. Lo digo porque lo he escuchado: Hermano si usted no confirma al Señor va a perder la bendición. Es por ello, que en nuestras iglesias pentecostales la confirmación o aceptación de todo lo que se expone llega a ser algo automático. Todo lo que el pastor enseñe, todo lo que el predicador diga, todo lo que se diga desde el altar debe ser aceptado en mi vida con un Amén, de otra forma perderé mi bendición. Como si las bendiciones de Dios fueran unos globos que yo suelto al cielo, y el que dice Amén rápidamente se apodera de él, pues de otra forma se escapa. Hermanos, en ningún lugar de la Escritura usted podrá encontrar algo semejante. Jamás la Palabra de Dios aconseja admitir o consentir todo lo que se pronuncia desde el altar, descansando siempre en el supuesto que todas las doctrinas o enseñanzas que emita el pastor, predicador, profesor, o hermano cualquiera que nos esté hablando fueron dadas directamente por el Espíritu Santo. Antes la Palabra de Dios es sabia en decirnos: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). El apóstol Juan fue enfático en decir: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Las Escrituras nos mandan a examinar todo lo que se nos exponga, no bajo el lente de nuestras tradiciones o costumbres, sino a la luz de la Santa Palabra de Dios. Jesús nos dice en Marcos 4:22: “Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a la luz” (Marcos 4:22). Aquella luz, que el apóstol Pedro reconocía como una antorcha que nos ilumina en el sendero es la Palabra de Dios. Debemos evaluar todas las cosas, con espíritu crítico. Recordemos lo que el apóstol Pablo nos aconseja al principio, antes de ser contrarios a la Verdad, cómplices de las tradiciones de los hombres, mi deber está con la Palabra de Dios. Antes de confirmar algo que puede ser incorrecto, yo necesito corroborar en las Escrituras si lo que se está enseñando es la Verdad. Un ejemplo claro de esto lo encontramos en Hechos capítulo 17. Pablo y Silas, en su segundo viaje misionero, antes de ir a Atenas son enviados a Berea, una localidad judía. Dice que cuando llegaron entraron en la sinagoga de los judíos, y se admiraron de lo siguiente: el versículo 11 relata: “Y estos (los judíos) eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Estos judíos no eran negligentes, su deber estaba con la Palabra de Dios, y antes de aceptar algo ciegamente se esforzaban, no sólo en el momento de la predicación, sino que dice la Escritura cada día en examinar las palabras de Pablo a la luz de la Palabra de Dios. ¡El decir Amén a todo lo que se enseña como un loro no es una muestra de ser un hombre espiritual o seguidor de una supuesta “Sana doctrina”! Un hombre comprometido con la Palabra de Dios examina la Escritura para no ser falto delante de ella.

     Una de las consecuencias más terribles de nuestra ignorancia bíblica es la aceptación de muchas doctrinas como verdaderas, cuando quizás ninguna de ellas es parte de la Verdad. Y aquí viene lo delicado: Admitimos que Dios nos comunica algo en especial, cuando Él no nos ha dicho tal cosa. Hermanos, Dios ya lo ha dicho todo. Lo que antes aconteció, hoy acontece y próximamente ocurrirá es la consumación que lo que Dios ya ha dicho. La Escritura es suficiente, Dios hoy habla por su Palabra. Nosotros lo pentecostales muchas veces valoramos en gran medida nuestras propias anécdotas, experiencias, testimonios, visiones, sueños, “es que Dios me dijo esto”, en fin, valoramos eso antes que la Palabra de Dios.

     Uno de los mandamientos dice: “No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano” (Éxodo 20:7). El señor Jesús cuando enseña a orar dice: “Santificado sea tu nombre”. La ley de Moisés contemplaba la pena capital, la lapidación, para el que dijere una profecía falsa en el nombre de Dios. La Escritura nos enseña en Levítico 19:12: “Y no juréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová” (Levítico 19:12). El apóstol Pablo, a quién citamos en esta reunión, era sumamente cuidadoso y temeroso del nombre de Dios. Expresaba con claridad cuando algo lo mandaba él, por ejemplo en 1 Corintios 7:12: “Y a los demás yo digo, no el Señor…” (1 Corintios 7:12), y cuando el Señor encomendaba algo en las Escrituras, el versículo 10 dice: “…mando, no yo, sino el Señor…” (v. 10). ¿Este temor a Dios enseñamos en nuestras iglesias pentecostales? ¿Con ese nivel de cuidado nosotros trabajamos para no ser faltos delante de Dios? No. No y No. Antes somos capaces de decir: “Hermano, el Señor lo manda a limpiar los baños”, “El Señor le dice que este año va a tener su propia casa”, “El Señor me dijo a través de mi pastor que esta semana me va a ir bien”, “El Señor le está pidiendo una ofrenda para su obra y Él le bendecirá”, “No lo mando yo, el Señor lo está mandando”, “El Señor le dice esto, y esto otro”, y el nombre del Santísimo nombre de Dios es blasfemado día y noche por nuestras fábulas, nuestros cuentos sin sentido, y nuestras necias prácticas. ¿Con qué moral decimos que alabamos a Dios, lo amamos y lo exaltamos con todo nuestro corazón, si al mismo tiempo tomamos su sagrado y bendito nombre para avalar enseñanzas impuras, mandatos humanos y doctrinas desviadas de su Santa Palabra? El apóstol Pablo nos dice: “Palabra fiel es esta… Él (Dios) no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:11 y 13). Sin embargo, en mi congregación somos capaces de enseñar cosas que se contradicen en gran medida con la Palabra de Dios, asumiendo que Él las dice. Hermano, Dios no puede mentir. No puede decir algo que vaya en contra de su Palabra. Pero durante mucho tiempo yo aceptaba todo como correcto, no escudriñaba para conocer la Verdad. Se me olvidaba completamente lo que dice Cristo en Marcos 5:34: “Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios” (Marcos 5:34).

     A veces pensamos que con sólo citar un pasaje bíblico que se relacione con la enseñanza, la doctrina es correcta delante de Dios. ¿Qué pensaría si yo le dijese que la Biblia enseña que usted no debe ser de partidos de izquierda ni de derecha, sino que debe ser de un partido de centro, porque la Escritura dice: “No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (Proverbios 4:27)? Hermanos, no toda enseñanza que aparente tener apoyo bíblico es válida, sólo es correcta aquella que no presenta contradicciones con la Palabra de Dios, o que no intente agregar más cosas a la doctrina, pues Dios ya nos ha comunicado todo a través de la Palabra. La Escritura no es un accesorio donde nosotros podamos validar nuestras creencias.

    He escuchado a algunos hermanos decir: “El Señor me dijo esto y si lo duda pongo al Espíritu Santo de testigo”. ¿Qué es eso? ¿Es una nueva forma de juramento? ¿Es una nueva superstición? Jesús dijo: “…Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada” (Mateo 12:31). ¡Que Dios tenga misericordia! He estado presente en cultos en los que el predicador lee unos cuantos versículos y comienza a hablar cosas que no tienen absoluta relación ni consecuencia con lo que leyó. No hay un análisis bíblico. Comienza a relatar un sinfín de testimonios, experiencias, sueños, comienza a cantar, y no hay nada de Dios. Y después el coordinador dice: Hermanos, demos gracias a Dios por su hermosa Palabra. ¿Qué es eso? Muchos llegan al altar y dicen: Hermano yo no traje nada mío preparado, dejaremos que nos hable el Espíritu Santo. Dice cosas que llegan a ser abominables delante de Dios, y todo en el nombre de Dios. Y como somos igualmente de ignorantes, todo lo aceptamos como procedente de Dios. Llegamos a nuestras casas diciendo: “El Señor hoy día nos hablaba…”, y si alguien no asistió a la iglesia consulta: “¿Qué les entregó el Señor hoy?”. Desde el altar el predicador nos dice: “Hermanos, esto no se lo estoy diciendo yo, se lo está diciendo el Señor”. Y si alguien no confirma de inmediato lo que se está enseñando se le acusa que no tiene fe, no tiene doctrina y está enfermo en el espíritu. Antes de ser impactado por la luz de la Palabra no tenía idea que tenía impregnado en mi propio vocabulario la blasfemia contra Dios.

      Observe la diferencia. La actitud que nosotros enseñamos es esta: leemos unos cuantos versículos, cerramos nuestra Biblia, y nos ponemos a confirmar y aceptar como procedente de Dios mismo todo lo que se dice desde el altar con un rotundo Amén. Antes debiésemos decir: ¡Discúlpeme Pastor si no confirmo o acepto lo que usted me está diciendo, pero yo quiero agradar a Dios, y antes de ser blasfemo y falto al nombre del Santísimo, confirmando algo que puede estar incorrecto, yo me debo tomar todo el tiempo necesario para corroborar en las Escrituras si lo que usted me está diciendo realmente es la Verdad! ¡Esa es la diferencia! ¡Y esto jamás se me enseñó en mi congregación! No puedo ser tan irresponsable de tomar todo a la ligera. Si deseamos agradar a Dios debemos evaluar nuestras prácticas, doctrinas y enseñanzas a la luz de la Escritura. Es ilógico que evaluemos la veracidad de nuestras doctrinas a la luz de nuestras propias doctrinas. Lo que distingue la verdad o la falsedad de todo pensamiento es la luz de la Palabra. Como dijo el profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).

La predicación de Esteban no contó con ningún
elemento fuera de la Escritura. Todo lo que decía
estaba contemplado en la Palabra (Hechos 7).
Por defender la fe de esta forma Esteban fue
lapidado hasta la muerte, la pena que la Ley de
Moisés contemplaba para la blasfemia.
     Si no conocemos la Escritura, no conocemos a Dios, no conocemos a Jesucristo, no conocemos el evangelio. Por la ignorancia de la Escritura es que concebimos el evangelio como un modo de vida, lleno de abstinencias, testimonios y experiencias de ensayos de coro, cocinar en el casino o limpiar los baños. Eso no es el evangelio. Si el evangelio fuera un modo de vida usted y yo lo desprestigiaríamos. Pero el evangelio de Cristo es santo, pues viene del Santísimo. El evangelio es un mensaje, que nosotros reducimos al mínimo. Nosotros los pentecostales predicamos muy poco del evangelio real. Contamos nuestro testimonio, nuestras abstinencias, nuestros sentimientos y emociones, y si es que nos alcanza un poco el tiempo mencionamos algo de Cristo. ¿Ese es acaso el evangelio de la Biblia, el evangelio de Cristo, el evangelio por el cual los primeros cristianos morían degollados y quemados? ¿Ha leído en la Escritura la defensa y predicación del evangelio que hizo Esteban? En el libro de los Hechos se destina todo un capítulo a la predicación de Esteban. Él hace todo un panorama bíblico, cita las Escrituras de forma textual, cuenta la historia bíblica desde Abraham hasta los profetas, lleva las promesas del Antiguo Testamento a la época, hasta que todo desemboca en Jesucristo: “¿A cual de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores” (Hechos 7:53). ¡Por decir estas palabras Esteban murió apedreado diciendo: “…Señor, no les tomes en cuenta este pecado…” (Hechos 7:60)! ¡Esto es el evangelio! El evangelio se sostiene de la Palabra de Dios. Al predicar el evangelio debemos enseñar las Escrituras. No debemos contar nuestro testimonio, recordemos que el testimonio de Cristo son las Escrituras: “Escudriñad las Escrituras… ellas son las que dan testimonio de mi”. La primera predicación del apóstol Pedro lleno del Espíritu Santo no fue un simple: “bueno yo era un pescador y Cristo me salvó”. ¡No! Él citaba la Palabra de Dios. Cuando Felipe le predica el evangelio al etíope, juntos estudiaron el libro de Isaías. ¡Hermanos, la Escritura es indispensable en la predicación del evangelio! ¿Por qué? Porque no hay nada más que eso. Sólo la Escritura es necesaria para la predicación del evangelio. La Escritura es suficiente. ¿Para qué añadir más cosas? ¿Para que lucir nuestras abstinencias? ¿Para qué contar nuestras enredadas anécdotas? Tenemos la Escritura, el vivo testimonio de Cristo. ¿Para qué más? Sabiamente el apóstol Pedro dijo: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como una antorcha que alumbra en lugar oscuro…” (2 Pedro 1:19). ¿Y realmente estamos atentos a la Escritura como una antorcha que nos alumbra en las tinieblas de doctrinas erradas?

     Antes de predicar la Palabra de Dios, la Verdad, el evangelio bendito, preferimos abundar en la ignorancia. ¿Cuántos hermanos salen a predicar a las calles sin tener idea quien es Cristo? Muchas veces lo que llamam0os evangelio no es más que una repetición de lo que se ha dicho por generaciones en plazas y lugares públicos, jamás examinando si realmente lo que predicamos es el verdadero evangelio de Cristo. A mí jamás se me enseñó que debía prepararme en el evangelio. Jamás se me enseñó que si no tenía el conocimiento de Cristo a través de la Escritura mejor es que no hablara nada de él. Lamentablemente se me enseñó todo lo contrario. Se nos dice que si quiera llegas a pensar en lo que vas a decir, estás por poco en pecado. Se nos enseña a ir con la mente en blanco, asegurando que la preparación es contraria al Espíritu, pues como dijo Cristo: “porque el Espíritu Santo os enseñará a la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12). Sin embargo, ignoramos que en el versículo anterior Jesús dice: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir” (v.11). Jesús no establece una regla general, más bien presenta una situación específica, cargada de persecución, terror y miedo por la muerte, elementos que no permiten elaborar una defensa formal. Si pensáramos que al predicar el evangelio no debemos disponer de una preparación correcta delante de Dios, tendríamos que negar lo que asumió el apóstol Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). ¿Acaso no demanda razones de nuestra fe la persona que pone su atención en una predicación colectiva? Hermanos, finalmente comprendí lo siguiente: ¡Improvisar no es predicar! Salvo ciertas disciplinas artísticas, en el mundo si alguien improvisa algo quiere decir que no le interesa, porque si le interesara lo estudiaría, lo aprendería. Improvisar la predicación del evangelio es un acto de sumo desmedro al mensaje más sublime que el hombre alguna vez pudo recibir. Predicar el evangelio en un punto de predicación no es una declaración pública que somos evangélicos. Predicar el evangelio no es hablar de nosotros mismos, donde nosotros somos los protagonistas. No se trata de mí, se trata de Él. Predicar el evangelio es glorificar a Cristo, es anunciar la Verdad y el testimonio de Cristo, de la Verdad, proviene de la Palabra de Dios. La Escritura es indispensable y suficiente en la predicación del evangelio. Y eso es algo que a mí jamás se me enseñó como pentecostal y doy gracias a Dios por libertarme de aquello.

      Nosotros, los pentecostales, pensamos que una participación activa en la organización del templo es un servicio a Dios. Así he escuchado durante toda mi vida que la forma de servir a Dios es asistir a los cultos y a los ensayos, es trabajar en el templo. Pensamos que rendir un servicio a Dios es asistir a la actividad que la organización de la iglesia considere apropiada. De esta forma, si alguien no asiste por un tiempo se le considera que ha perdido la fe, que ya no le interesan las cosas de Dios, que ya no tiene una relación personal con Cristo. Consideramos que cumplir la voluntad de Dios es estar en línea con los requisitos que los hombres del templo pronuncian. Hemos transformado el servicio a Dios en un acto presencial. Nuestras tradiciones humanas nos han obligado a pensar y aceptar que el servicio a Dios está estrecha y suficientemente relacionado con el templo. Los cultos, las reuniones, conferencias, ensayos y escuelas dominicales, parecieran conusmir todo nuestro ideal de servicio. Muchos hermanos han perdido a sus familias, sus trabajos, sus estudios por pensar que en vez de estar haciendo aquellas “prácticas mundanas que no salvan” deben estar en el templo “sirviendo a Dios”. Al parecer sólo en el templo se sirve a Dios, sólo en el templo están las cosas de Dios, sólo en la organización de la Iglesia, o en la autorización de los pastores se está cumpliendo con la voluntad de Dios.

     Sin embargo, ¿Es esto bíblico? ¿Dicen las Escrituras algo similar? El apóstol Pablo nos dice en Romanos: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1). Servir a Dios, estar en comunión con Dios, no es un cuadernillo de asistencia a la iglesia del 100%, servir a Dios no es entrar por la puerta de la iglesia, cantar y escuchar a un predicador, servir a Dios no es ser irresponsable con los deberes familiares, laborales, estudiantiles, servir a Dios no es estar en cada uno de los cultos. Servir a Dios es presentar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma, todo nuestro ser a la voluntad de Dios. Cualquier tonto puede venir a la iglesia. Cualquier persona puede fingir un compromiso con Dios teniendo una asistencia frecuente. Pero la Verdad es esta: la Iglesia de Cristo, la congregación de los que han sido salvados y redimidos por la sangre derramada en esa cruz, tienen lo que Ezequiel y Jeremías decían. Dios hablaba por medio de Jeremías en medio del exilio: “…Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:33). Ezequiel mencionaba: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27). La evidencia más genuina que una persona ha sido justificada por medio de la fe en Cristo Jesús no es la frecuencia con la que visita el templo. La evidencia de la salvación es una vida sometida a la Palabra de Dios, es un milagro tal que el hombre, que nace depravado delante de Dios, que sigue la voluntad de su carne, con su entendimiento entenebrecido, que se deleita de su maldad, inexplicablemente comienza a aborrecer el pecado que antes amaba y a caminar en los preceptos de Dios. Muchos pueden ir al templo, pero muy pocos pueden cumplir la voluntad de Dios, porque pocos son los salvados. Antes que Dios salga a su encuentro, el hombre vive conforme a las corrientes de este mundo, en pecado lo concibe su madre, está destituido de la gloria de Dios, y está inhabilitado para hacer lo bueno. Una naturaleza corrupta sólo puede generar obras corruptas, de otro modo sería ilógico, tal como lo plantea Jesús: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (v. 18). Jesús también dice: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35). Así la Biblia nos dice que solamente la obra de Dios en el hombre puede generar frutos buenos. Así como Ezequiel vio a esos huesos secos que eran restituidos por el poder de Dios, así Dios mismo entrega al hombre un corazón nuevo, el Espíritu de Dios hace que el hombre ande conforme a la voluntad divina: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).

    Y nosotros hemos reducido todo esto a una simple y mera participación en el templo. Si usted entra a un taller de mecánica, eso no lo convierte en un mecánico. Si usted entra a un templo esto no lo convierte en un cristiano. Reducir el acto de salvación, y la evidencia del milagro de Dios en el hombre, a la simple asistencia al templo es minimizar la gracia y la misericordia de Dios. Leer Mateo 7:21-23. Piense esto: ¿En qué lugar en toda la tierra se exclama más el nombre de Dios, diciendo “Señor, Señor te alabamos te exaltamos”? ¿En qué lugar en este planeta hay más personas que profetizan, o echan fuera demonios y hacen milagros? ¿Es en el centro comercial? Jesús nos dice que la mera confesión de labios sobre el servicio a Dios y la visita a los templos, no es garantía del cumplimiento de su voluntad.


     Así mismo, a causa de la ignorancia de la Palabra de Dios, no sólo en las iglesias pentecostales, sino en la gran mayoría de las iglesias evangélicas se engañan a los fieles por dinero y poder. Se les promete que ofrendando abultadamente pueden acceder a las bendiciones de Dios. Se nos dice: “Venga a la mesita a buscar su bendición”, “Si el Señor le pide es para bendecirlo”, “Reclame su bendición”, “No pierda su bendición”, etc. Comúnmente se insiste que el aporte es voluntario, pero el peso que tengo por no darlo es mucho más grande. Por no darlo se nos dice: “Que pensamos en materialismo”, “Que Satanás va a robar nuestra bendición”, “Que Dios no nos va a bendecir”, etc. ¿Pero esto es válido a la luz de la Palabra de Dios? Si nosotros vamos al discurso más objetivo sobre la ofrenda, que se encuentra en 2 Corintios, nosotros nos encontramos con que Pablo recolectaba una ofrenda para hermanos de la iglesia de Macedonia, cuando escuchamos lo siguiente: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Hermanos, garantizar bendiciones por medio de la ofrenda SI es incentivar el interés económico en la hermandad, contrario a la ofrenda voluntaria que enseñaba el apóstol Pablo. En nuestras iglesias enseñamos que la ofrenda puede comprar el favor de Dios. Esa es una herejía. Hermanos, las bendiciones de Dios son dadas de gracia y misericordia. El dinero no puede ejercer una especie de ventaja delante de Dios. Si Jesús dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33), ¿Por qué debemos pagar una suma de dinero para que Él nos bendiga? Parece que se nos ha olvidado lo que ocurrió en Samaria, donde el apóstol Pedro le dice a un hombre llamado Simón: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20). He escuchado en mi propia congregación: “El Señor hoy día le está pidiendo”. Recaemos en la blasfemia. ¿Cómo entonces podemos explicar aquel salmo que dice: “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; porque mío es el mundo y su plenitud” (Salmo 50:12)? Con seguridad la regla más satisfactoria para la ofrenda es esta: Jesús dijo: “…de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8). No sólo por la ofrenda se roba sino también por el diezmo, que fue abolido por Cristo mismo.

     Mientras la Biblia nos dice en Hebreos: “…huid de la idolatría” (Hebreos 13:9), somos capaces de exaltar a nuestros predicadores y pastores como verdaderos semidioses, infalibles e incuestionables. En nuestras iglesias pentecostales, los pastores son idolatrados a tal punto que se les considera “ungidos de Jehová”, “Ángeles de la iglesia”, “profetas del punto”, sin dejar pasar el punto que si alguien se atrevería a cuestionar su enseñanza se está oponiendo a Dios mismo. La Escritura resume esto en la palabra Idolatría. Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos reveladores de la voluntad de Dios más estamos propensos a ser manipulados por mensajes extrabíblicos y más nos descuidamos del estudio de la Palabra de Dios. Para defender tal cosa las iglesias citan mucho el pasaje de Hebreos el cual dice: “Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (Hebreos 13:17). Sin embargo, ¿Por qué no citan el versículo 7 en el que dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7)? No es una sumisión ciega. La Biblia manda un examen. Porque si el pastor llega a desviarse de la Palabra de Dios, ¿Cómo llegaremos al conocimiento de su error si nos sometemos a él de forma irreflexiva? Hermanos, la unción del pastor no existe en el Nuevo Pacto. El título de “ungido de Jehová” estaba únicamente reservado a los sacerdotes levitas, a los reyes de Israel, y a los descendientes de David. En el Nuevo Pacto, toda la iglesia de Cristo es ungida. ¿O no dice Juan en su primera epístola: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). No existe ninguna unción exclusiva para ningún personaje en especial en la iglesia. De esta forma, la exigencia de sumisión al pastor que muchas iglesias pentecostales enseñan no es bíblica.

       Por decir esto muchos hermanos han sido considerados como rebeldes, se creen pastor, tiene demonio, letrado, porfiado, descarriado, enfermo en el espíritu, está probado en su fe, no sigue la sana doctrina, etc. Por no seguir la ideología de la mayoría son amedrentados con apelativos no dignos de quien intenta seguir la doctrina verdadera. Hermanos, el hecho que la mayoría acepte determinadas prácticas no garantiza que aquellas sean correctas, pues lo correcto o incorrecto no se regula por votación, sino por una revisión de su apego a las Escrituras. ¿Quién está en error? ¿Quién es el descarriado? ¿Aquel que busca la voluntad de Dios por medio de la Escritura para no ser falto ante Él? ¿O Aquellos que siguen con una actitud sometida el designio de un determinado líder, aquellos que siguen un camino de una forma tan cómoda que jamás se alertan de su error?

     Hermanos, las tradiciones humanas han envuelto mi congregación y muchas más en un aturdimiento y letargo espiritual terrible. Mientras muchos saltan alabando a Dios y confirman diciendo Amén, estamos a años luz de la verdadera doctrina. Es hora de una reforma. Las tradiciones humanas son una droga mortífera que nos separa de Cristo. Rescatemos la doctrina verdadera, seamos libres de ellas. Por decir estas palabras con seguridad muchos hombres de iglesia se molestarán, pues su sistema se verá mermado por la misma Palabra de Dios. Pero antes de ser aturdido por mensajes que no son parte de la Biblia, mi deber, al igual como el del apóstol Pablo en la iglesia de Galacia, es realizar una defensa de la fe. Debemos buscar la voluntad de Dios:

"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta"
(Romanos 12:2).

sábado, 23 de noviembre de 2013

De cómo descuidamos el evangelio de Cristo



“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”
(Marcos16:15)


El evangelio es el mensaje más sublime que el hombre alguna vez pudo recibir. En esta maravillosa noticia podemos entender el cumplimiento de los propósitos de Dios en Jesucristo. El evangelio alza a Jesús como el camino, la verdad, la vida, el único mediador por medio del cual podemos llegar a Dios y el vivo cumplimiento de los propósitos de Dios para su pueblo y para toda la humanidad. La consulta es, ¿Realmente, como iglesias pentecostales, predicamos el evangelio de Jesucristo? ¿O solo salimos a las calles a hablar de un sinfín de temas que no conciernen al evangelio? ¿Cumplimos con la divina comisión? ¿O saturamos las oportunidades de anunciar a Cristo con una gran variedad de temas vacíos y sin dirección? Evaluaremos esto de acuerdo a la Palabra de Dios.



¿Qué es el evangelio?
En primer lugar, ¿Qué es el evangelio? La palabra evangelio viene del griego “euanguélion”, palabra compuesta de “eu” (bueno) y “ángelos” (mensajero), la cual se traduce a buen mensaje, buena nueva, buena noticia. Por lo tanto, en primer lugar, y obedeciendo a su sentido más puro, el evangelio es un mensaje. No un estilo de vida, no una moda, no una trayectoria en la iglesia, no una profesión. Es un mensaje.

En segundo lugar, el evangelio contiene en sí mismo el mensaje de salvación y vida eterna para los pecadores. Jesucristo es la solución para el mayor problema de la humanidad: el pecado. El mensaje del evangelio contiene la verdad más significativa para el ser humano, la esperanza más grande para el oprimido, la respuesta a todos los misterios: Jesucristo mismo. Por lo tanto, este mensaje contiene la verdad que puede salvar al pecador.


Sobre las fuentes bíblicas para una anunciación correcta

El crecimiento de todo cristiano proviene, por un lado, del entendimiento de Dios por medio de las Escrituras, y por el otro, de la inspiración y comunión con Dios mediante su Santo Espíritu. La ausencia de tan solo una de estas partes transforma el crecimiento del cristiano en un decrecimiento. De la misma forma un entendimiento completo del evangelio y una anunciación apropiada y correcta demanda, por un lado, una constante comprensión y preparación bíblica sobre el sentido y contenido más puro de este mensaje, y por otro lado, de la comunión, dirección e inspiración de Dios. Si se ausenta cualquiera de estas dos partes, la anunciación del evangelio carece de su fuente y pierde su sentido.

"... estad siempre preparados para presentar
defensa con mansedumbre y reverencia
ante todo el que os demande razón de la
esperanza que hay en vosotros"
(1 Pedro 3:15)
Nosotros, como pentecostales, hemos sido enseñados a improvisar más que predicar, pues se nos ha enseñado desde niños que en el momento en que salgamos a anunciar el evangelio públicamente no debemos preparar nada sino decir lo que se supone que el Espíritu Santo nos dice en ese momento. Para sostener esto citamos las palabras del Señor: “porque el Espíritu Santo os enseñará a la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12). Sin embargo, ignoramos que el versículo anterior nos propone una situación determinada más que un regla general: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir” (v.11). Jesús nos habla de un ambiente hostil al evangelio, plagado de muerte, persecución y amenazas al cristiano, elementos que componen una realidad que impide elaborar una defensa correcta. El Espíritu Santo actúa en armonía con nuestra preparación, pero no en reemplazo de ella. Todo el que diga que no hay que prepararse al momento de predicar el evangelio tendría que negar lo que dijo el apóstol Pedro: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). ¿Acaso no demanda razones el oyente que se detiene de su mundo rutinario a escuchar una predicación del evangelio? ¿Acaso no demanda razones de la esperanza en Cristo aquel joven que atiende las palabras de un predicador público? Pues al anunciar el evangelio exponemos las razones que tenemos para afirmar que Cristo es el Salvador. Si no exponemos aquellas razones entonces estamos en un gran problema. El improvisar el mensaje es un acto de desprecio, informalidad e irresponsabilidad, no consecuente con la belleza del evangelio.


El desprestigio que nosotros hacemos del evangelio es consecuencia de un nulo examen del concepto del evangelio, y posible causa de perdición para muchas almas

Sobre lo que nosotros predicamos

Nuestra supuesta predicación del evangelio está sobrecargada de elementos que no conciernen a este en su máxima pureza. El problema de esto es que al saturar el mensaje podemos desviar la atención del oyente a otras temáticas que no tienen que ver con el evangelio. La variedad de temas que ofrecemos al oyente no es consecuente con la pureza del evangelio, y por ende, dificulta la comprensión de este mismo para una persona no entendida.

Predicamos nuestras abstinencias, exaltándonos como cumplidores de la voluntad de Dios, asegurando que no hacemos lo que el oyente hace, como asistir a fiestas, fumar, bailar, beber alcohol, etc. Sin embargo, nuestro modo de vida es el peor ejemplo que podamos predicar. Las Escrituras enseñan: “Si yo me justificare, me condenaría mi boca; Si me dijere perfecto, esto me haría inicuo…” (Job 9:20-21). Incluso, la persona que no conoce a Cristo puede perder la esperanza en el Señor por sorprender a un hermano incurriendo en la maldad que fingió no realizar: “…no sea que tú también seas tentado” (Gálatas 6:1). Nuestra forma de vida no es consecuente con la belleza del contenido del evangelio, el cual es Jesucristo mismo.

Predicamos nuestros sentimientos, diciendo que amamos a Dios y lo alabamos. Sin embargo, el oyente no puede sentir aquellas sensaciones o aquella gratitud, y por lo tanto, no estima el mensaje con el peso que realmente debiese tener el evangelio. Los sentimientos van y vienen, la Palabra de Dios es firme como la roca. ¿Podemos predicar elementos subjetivos que fluyen tan variablemente? ¿O debemos predicar la Santa Palabra del Señor?

Muchas veces saturamos el mensaje del Señor con testimonios, experiencias y anécdotas que consumen todo el tiempo que disponemos para anunciar realmente el evangelio. Es cierto que los testimonios pueden reforzar la fe, pero jamás consumir nuestra predicación del evangelio. El evangelio expone a Jesús como el centro, eje y totalidad del mensaje. Recordemos que el Señor afirmó: “Escudriñad las Escrituras…ellas son las que dan testimonio de mi” (Juan 5:39). El testimonio que debemos predicar es el de Cristo, el cual está inscrito en las Escrituras.

Muchas veces escuchamos como adulamos de las buenas obras al predicar nuestras iglesias, con nuestros coros, con nuestras visitas a hogares, cárceles, etc. Al hacer eso, nos predicamos a nosotros mismos y no a Cristo.


Sobre el evangelio en su sentido más puro

Esta suma de temas lleva al oyente un cúmulo de asuntos que dificultan en gran manera la comprensión del evangelio. Una comprensión clara del evangelio viene de una anunciación que obedece al mensaje en su máxima integridad. El convencimiento serio de las personas por el Señor Jesús no viene de los sentimientos predicados, sino de todas aquellas evidencias que demuestran el contenido profético de las Escrituras, la inspiración de la Biblia, el cumplimiento que Cristo hace de las profecías mesiánicas, la confirmación de la igualdad con el Padre por medio de los actos del Señor, la corroboración de su sacrificio, la resurrección de los muertos y el cambio que puede ejercer en el hombre al entregar redención y vida con propósito. Al predicar otras cosas lo único que hacemos es alejar el mensaje del evangelio de los oyentes. El apóstol Pablo sostuvo: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:8).

Queda demostrado que las doctrinas y enseñanzas humanas promueven en nuestras iglesias acciones contrarias al mismo evangelio, dificultan la comprensión de este y alejan al oyente del salvador y redentor nuestro, Jesucristo.

martes, 12 de noviembre de 2013

La reforma protestante y la decadencia de la iglesia evangélica de hoy

      Hace 493 años, un 31 de Octubre, un joven monje agustino llamado Martín Lutero publicó 95 Tesis que cuestionaban una de las tradiciones más arraigadas en la iglesia católica. En pleno Siglo XVI, este joven teólogo puso en tela de juicio el poder y la eficacia de las indulgencias, documentos firmados por el papa, que, según la doctrina de la iglesia católica, abolían parcial o totalmente las penas del purgatorio. Estos títulos no provenían de la dadivosidad del papa, como muchos podríamos pensar. El “Santo padre” se convertía en un “Santo comerciante” al enviar a sus comisarios, especialistas en ventas, para que estos engañen al pueblo, pobre e ignorante, haciéndoles creer que la salvación era un efecto de la compra de un simple papel. Antes de 1520, la venta de indulgencias se disparó por el capricho del quien en ese entonces era el papa de turno: Leon X. Este, para financiar un costoso templo, hoy llamado Basílica de San Pedro, requirió de un préstamo a los banqueros ingleses, el cual pagaría a base del dinero recaudado por la engañosa práctica de las indulgencias. Esta necia tradición llego a los oídos de quien sería una mente brillante en la elocuencia y enseñanza. Martín Lutero, a cinco años de recibir su doctorado en Teología, publica 95 oraciones que cuestionan en absoluto la tradición católica de las indulgencias, una de sus fuentes de recursos más elevada. Este cuestionamiento sólo fue el primero de una gran cadena de estudios que el profesor universitario expuso. Con el tiempo sus trabajos serían reconocidos como la defensa del evangelio y la sana doctrina en medio de tinieblas de prácticas y enseñanzas completamente desvinculadas de la Palabra de Dios. Nace de esta manera, la reforma protestante, movimiento religioso que proponía una renovación en el entendimiento de Dios por medio de las Escrituras, no por medio de la tradición que la iglesia católica tanto defendía y enseñaba.

     Así como Martin Lutero, los reformadores hacían frente a las doctrinas humanas que la iglesia de la época enseñaba, defendiendo la real doctrina, la de Cristo. Entendieron de inmediato que para seguir fielmente la verdadera doctrina debían desechar las fábulas profanas: “Desecha las fábulas profanas y de viejas. Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:7).


Los principios de la reforma protestante


Lux Lucem in tenebris ("La luz en las tinieblas resplandece)

      Antes de Lutero, muchas voces se alzaron en defensa de la doctrina verdadera de Cristo. John Wyckliffe, fue perseguido y declarado hereje en 1414 por traducir las Escrituras al lenguaje común. John Huss, en el Siglo XV, fue quemado en la hoguera por predicar el real evangelio de Cristo, antes que las ideas y tradiciones profanas que la Iglesia Católica encomendaba. William Tyndale, fue estrangulado y quemado en público por criticar el fanatismo y la ignorancia bíblica de los clérigos, y por traducir el Nuevo Testamento al lenguaje común. Todos estos dieron la vida en pos de defender la doctrina verdadera. ¿Cuál era su motivación? Estos precursores de la reforma, la purificación de la iglesia y la depuración de la doctrina enseñada, les interesaba el sometimiento completo a las Escrituras. La tradición constituía casi la totalidad de la doctrina instruida en los siglos V al XV. Las Escrituras habían sido desplazadas a un segundo plano.

      Este mismo sentir tuvieron los reformadores en el Siglo XVI. Martín Lutero, Juan Calvino, Casiodoro de Reina, Ulrico Zwinglio, entre otros, predicaban que la única fuente fidedigna para conocer a Dios, su voluntad y enseñanza eran las Escrituras. La tradición debía ser removida hacia las ideas humanas, y no ser parte de la doctrina de la Iglesia. Este enfoque es completamente conforme a lo que la Palabra de Dios indica: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi” (Juan 5:39). El peso de las tradiciones o enseñanzas humanas no puede ser mayor al de las Escrituras. De esta forma, los reformadores consideraron diversos principios, los cuales provenían, de por sí, de las Sagradas Escrituras.


- Sola Scriptura: (traducido del latín como: “por la sola Escritura”) este principio señala que la única fuente fidedigna y veraz para reconocer la voluntad de Dios, conocer a Cristo y crecer en el entendimiento de nuestro Padre son las Escrituras. La tradición, el magisterio de la iglesia, las revelaciones, las visiones, y un sinfín de otras cosas, no pueden ni deben ser una fuente real, a menos que estas no presenten conflictos con la Palabra de Dios

- Sola fide: (traducido del latín como: “por la sola fe”) este principio declara que la salvación y justificación con Dios no proviene de las obras, ni siquiera de nuestras muestras de justicia, sino que mediante única y esencialmente de la fe. Esto se contraponía completamente a lo que la Iglesia Católica imponía en la época, pues los fieles aprendían desde pequeños que la única forma de ser salvos era mediante una seguidilla de obras que conducían al Reino de los cielos, entre ellas, las indulgencias, que Martín Lutero criticó verazmente.

- Sola gratia: (traducido del latín como: “por la sola gracia”) no podemos entender la justificación por la sola fide, sin entender la sola gratia. La oposición de Lutero al sistema católico o doctrina de las obras representaba una defensa a la justificación por la gracia y misericordia de Dios.

- Solo Cristus: (Traducido del latín como: “solo por Cristo”) los reformadores propusieron que la base fundamental de la justificación se encontraba inserta en la obra redentora de Jesucristo. La iniciativa divina de Dios de enviar a su Hijo Unigénito al mundo es el fundamento central de la justificación de Dios, pues el hizo posible, algo que era imposible para el hombre: su propia redención. La fe en Cristo Jesús, en conformidad con la gracia y misericordia de Dios, es la que justifica al pecador.

- Soli Deo Gloria: (traducido del latín como: “Solo la gloria de Dios”) El fin de cada uno de los principios anteriores es la Gloria de Dios. El acto redentor de Cristo, la fe, la justificación y la doctrina cristiana son contrarias al humanismo, es decir, que la base y el sentir de todo es el bienestar del hombre. Todo alcanza su sentido cuando Dios es glorificado.

     
La consulta ahora es, ¿Hemos seguido uno a uno estos principios bíblicos? ¿Cómo es la iglesia evangélica hoy en día? ¿Apegada a las Escrituras o sumergida en la tradición? ¿Podríamos si quiera llamarnos “herederos de la reforma” o “protestantes”?

Violación de la “Sola Scriptura”

    Como ya revisábamos anteriormente, el principio protestante de la “Sola Scriptura” desvinculaba completamente a la tradición como fuente del conocimiento de Dios. Las tradiciones humanas son contrarias a la doctrina real de Cristo: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). Los reformadores en su tiempo vieron que la crisis que experimentaba la cristiandad se debía a la ignorancia de las Escrituras. En el Siglo XVI, la lectura de la Biblia estaba censurada, lo que promovía la ciega sumisión al sistema humano y papal. La iglesia protestante finalmente hizo vida este principio y asumió que la fuente fidedigna para el crecimiento cristiano era la Palabra de Dios: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Timoteo 3:16).

    Hoy en día, las iglesias evangélicas no son muy consecuentes con este principio. En primer lugar, la tradición evangélica exige la enseñanza que aquel que está predicando desde un altar está inspirado por el Espíritu Santo de Dios, y por lo tanto, todo lo que dice está correcto. En segundo lugar, la tradición evangélica enseña que el negar o cuestionar una predicación es una falta grave delante de Dios, puesto que no se cuestiona al emisor humano, sino que a Dios mismo. En tercer lugar, la Biblia ha sido desplazada como un accesorio en la predicación común. Es más bien un libro que ilustra los testimonios, las vivencias, los sueños, las visiones, las revelaciones, las unciones especiales, y un montón de ideas que no haya cavidad en las Escrituras.

    Nuestra realidad es contradictoria con el principio de la “Sola Scriptura”. No podemos aceptar todas las cosas desde un punto de vista tan irreflexivo, descansando en la idea que todo lo expuesto es una revelación directamente dada de Dios. Esto se contrapone con la actitud correcta que los apóstoles encomendaban: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Asimismo, la voz del predicador es idolatrada, y no lo digo por el gran fanatismo y vida mediática de los famosos cantantes cristianos y predicadores de hoy, sino por la idea que el oponerse a lo que se enseña podría representar desobediencia a Dios. Sin embargo, antes de faltar a Dios y a su Palabra, ¿No sería correcto examinar las Escrituras antes de confirmar algo que podría estar en el error? ¿Decir amén a todo es una postura bíblicamente correcta? El examen de las Escrituras ha sido desplazado por esta creencia que exalta el analfabetismo bíblico como uno de los medios para conocer a Dios. De esta forma, las Escrituras se trasladan al segundo lugar de las iglesias evangélicas. Suele ser un accesorio que sirve para ilustrar muchas veces ideas humanas, antibíblicas o extrabíblicas, jamás pronunciadas en la Palabra de Dios. Todo esto desencadena una crisis espiritual tremenda en las iglesias evangélicas, puesto que al ser ignorantes de la Biblia, somos ignorantes de Dios y de su voluntad.


Violación de la “sola fide”

    La justificación por la sola fe ha sido desplazada por una especie de creencia extraña. La fe hoy en día es el ejercicio de no pensar. Esta basada en la idea que Dios es un esclavo ante nuestros deleites. Si no consigues lo que quieres, es porque te falta fe. El sentido de la fe hoy en día, en la iglesia evangélica, se ha trastocado de tal forma, que su esencia bíblica se ha perdido. ¿Cómo podríamos explicar que muchos, teniendo fe, no recibieron lo prometido, porque estaba reservado para otros: “Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido” (Hebreos 11:39)? En la actualidad, la fe es confundida con la autoestima. Se ha tergiversado en sobremanera que la fe "nos hace victoriosos", aludiendola únicamente a las ideas terrenales. El apóstol Pablo jamás consideró estas palabras con el fin que nos sintamos “campeones” en esta tierra. Aquel discurso triunfalista que muchas iglesias evangélicas exponen no puede venir más que de la saludable imaginación que tienen sus líderes. Las Escrituras nos revelan que el sentido más profundo de la fe no es el éxito personal, sino la gloria de Dios. Sin embargo, hoy la iglesia ha adoptado la idea de la “sola fide” como el instrumento para llegar a sus deleites terrenales, lo que no concuerda con la sana doctrina revelada por Cristo y los apóstoles. Hoy en día el "Niegate a tí mismo" ha sido reemplazado por el "Cree que eres capaz, que serás victorioso, que Dios te dará lo que quieres". Esta triste idea de triunfalismo humano no es consecuente con la Palabra de Dios.


Violación de la “sola gratia”

     Al igual como la “sola fide”, la “sola gratia” ha sufrido el peso de la ignorancia bíblica. Nuestra comprensión de la gracia no es la que la Biblia desea entregarnos. Por ejemplo, el objetivo de la ley era generar conciencia de pecado. Al ponernos frente a la norma de Dios, ser perfecto, no debemos sentirnos aprobados, capaces o exitosos. La norma de perfección de Dios obliga a que el hombre se sienta miserable, incapaz o inmerecedor del perdón o amor de Dios. Sin embargo, la enseñanza actual de muchas iglesias evangélicas es que no debemos sentirnos incapaces, sino que pensar que somos algo valioso, “que no debemos estar por cola”, que debemos levantarnos y decirnos que somos unos campeones, golpear mi baja autoestima, etc. La “sola gratia”, la doctrina que somos salvos únicamente por la misericordia de Dios, pierde su sentido cuando el hombre considera alguna de sus obras: "No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas" (Hechos 13:9). De tal forma, muchas iglesias confunden que el servicio a Dios es el servicio a la iglesia. Consideran que participar activamente en la Iglesia es participar activamente de la voluntad de Dios. Sin embargo, las Escrituras jamás revelan algo similar. El servicio a Dios, según el apóstol Pablo es un sacrificio vivo delante de Dios, no dependiente o condicionado por ninguna actividad eclesial: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional" (Romanos 12:1). Si el servicio a Dios sólo está enmarcado a la iglesia, ¿No estaría Cristo encerrado en el templo? ¿No es el aborrecimiento del mal y el amor a Dios el culto racional que debemos tener a cada instante: "El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno" (Romanos 12:9).


Violación del “Soli Deo Gloria”

       El humanismo infecta a diario la iglesia evangélica. La idea que el ser humano es el centro de todo no está tan alejada de nuestras concepciones eclesiales. La iglesia evangélica de hoy exalta en sobremanera el bienestar humano. Múltiples predicaciones promueven la idea que Dios quiere resolver todos tus problemas, desea que seas exitoso, que tengas bienes en los cuales descansar, que incursiones en todo lo que quieras, y que el sentido de todas las cosas eres tú y tu felicidad. Sin embargo, las Escrituras nos demuestran todo lo contrario. El objetivo central de todas las cosas no es usted, sino que Dios. El fin de toda la existencia es la gloria de Dios. Jesús murió en la cruz para glorificar a Dios y su misericordia. El mensaje humanista, promotor de un enfoque terrenal y mundano sólo se mantiene en pie por su sentido motivador y agradable a los oídos. Sin embargo, si fuese por la Escritura, esto hubiese desaparecido de nuestra teología desde su presentación.

    El humanismo y la psicología han ensuciado a tal forma el cristianismo verdadero que no podríamos llamar evangélicas muchas iglesias en el mundo entero. El evangelio que predicó Cristo no está en absoluta relación con el "evangelismo" que hoy se predica. La persecución, el aborrecimiento, la muerte, los insultos, entre otras cosas, es lo que le espera al cristiano verdadero por seguir la doctrina de Cristo. No estas ideas de prosperidad y éxito que tantos predicadores exaltan. ¿Cuántos misioneros en el Medio Oriente mueren por causa de la fe cristiana? ¿O acaso los apóstoles promovieron este mensaje de prosperidad y bendición terrenal? Esteban, uno de los apóstoles, fue echado de la ciudad y apedreado hasta matarlo por predicar el evangelio públicamente. Hoy en día, los predicadores no suelen predicar sin que hayan grandes congregaciones, estadios repletos, excelentes músicos, luces, espectáculo, en fin, un parque de entretenciones de Jesús. La gloria de Dios hoy en día es una lejana idea, ocultada por el tradicionalismo, el exitismo, el fantatismo y el humanismo.


La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Dios

     Es curioso que muchos jovenes digan que conocen a Dios y a Jesucristo, que tienen una relación con Él, que lo aman y que son sus hijos, si al mismo tiempo no saben donde están los libros de la Biblia. Es extraño que una persona diga tener una relación con Dios si no le conoce. Como dijo el profeta Isaías: "Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado" (Isaías 29:13). El conocimiento de Dios no es más que un recitado de cosas que creemos estar bien, pero a la luz de las Escrituras son despreciables. Nuestro conocimiento de Dios muchas veces no excede las frases que aparecen en camisetas cristianas o en frases que pegan los automovilistas en sus autos. Los cristianos de hoy, en su mayoría, hablan mucho de lo que dice la Biblia, sin siquiera haberla leído. Dicen: "Por ahi dice en la Biblia que...", "La Palabra de Dios dice...", pero de versículos exactos, de citas de memoria, de evidencia bíblica ni hablar.

    
Jesús dijo: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:3). Si las Escrituras son el testimonio de Cristo, ¿Cómo podemos decir que somos salvos si al mismo tiempo ignoramos la Palabra? Al ignorar las Escrituras rehusamos de nuestra fe, de nuestra salvación, de nuestro poder para testificar. Las Escrituras han sido desplazadas por ideas necias, canciones de artistas cristianos, camisetas con un "Dios es más grande que tu problema", y un montón de pensamientos humanos que no hayan verdad en la Palabra de Dios.
El analfabetismo bíblico que hoy embriaga a la iglesia evangélica no puede tener otro orígen o impulso que las tradiciones necias y fábulas humanas, las cuales, por naturaleza, no son consecuentes con la doctrina cristiana verdadera: "y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas" (2 Timoteo 4:4). Nuestro apego no es a las Escrituras, sino a nuestros propios pensamientos: "no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad" (Tito 1:14).


La crisis actual, la reforma protestante y el principio de "Eclessia reformata, semper reformata"

     Al parecer la historia se repite. Los reformadores en su tiempo observaron que la iglesia sufría una crisis tremenda, debido a la ignorancia de las Escrituras y la ciega aprobación y sometimiento a sistemas humanos. Hoy, no existe un escenario distinto. La iglesia evangélica ha perdido casi todo por lo cual nació: la defensa y purificación de la doctrina verdadera. Nos hemos sumergido en ideas necias que no hayan lugar en la Palabra de Dios. La mayor parte de nuestro tiempo lo dedicamos a otras cosas antes que buscar a Dios por medio de las Escrituras. Los pastores se han vuelto en verdaderos sacerdotes, puesto que las personas no escudriñan las Escrituras, menos sacan conclusiones de ellas si sus lideres no las sacan. El examen bíblico ha sido destruido por la confirmación de todo lo que se nos presenta. Al que si quiera se atreve cuestionar el actual estado de la iglesia es censurado, echado de la iglesia, considerado un "enfermo en el Espíritu", una especie de inquisición actual que discrimina completamente al que desea agradar a Dios, por la única causa de no estar en línea con la mayoría. Lo curioso es que en los tiempos de Lutero, las personas no podían leer la Biblia, lo que no es similar en los tiempos actuales. Sin embargo, a pesar de tener la libertad de compartir la Palabra de Dios hoy en día, preferímos quedarnos en la ignorancia, repitiendo las mismo siempre, descansando en la inercia y en el analfabetismo bíblico.

     Los reformadores no consideraron aquel movimiento como singular en la historia de la humanidad. La reforma no debe ser entendida como un hecho único e irrepetible, sino como una constante búsqueda y renovación en el entendimiento de Dios. Para esto, propusieron un principio muchas veces olvidado: "Eclessia reformata cuai semper reformata", que traducido del latín significa: "Iglesia Reformada siempre reformándose", dando a entender que la renovación en el entendimiento de Dios por medio de la "Sola Scriptura" , jamás debe estancarse en pensamientos humanos, sino que debe mantenerse vigente en toda la historia de la iglesia. El examen bíblico de nuestras enseñanzas es relativamente nulo es las iglesias evangélicas de hoy. El aturdimiento en fábulas y pensamientos incorrectos pareciera ser la regla hoy en día. La fe cristiana jamás expone este sistema: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).


Conclusión

     No podemos seguir a Cristo mediante ideas artificiosas, sino mediante su testimonio a través de la Palabra: "Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad" (2 Pedro 1:16). No debemos prestar oído a las tradiciones humanas que infectan la doctrina de Cristo con apariencia de piedad, pero sólo son de engaño: "Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo" (Colosenses 2:8). En el día de la reforma protestante debiésemos ser consecuentes con la Palabra de Dios. Hace 493 años comenzó una historia que neciamente hemos querido dar fin. El entendimiento de Dios por medio de las Escrituras no debe ser paralizado por el aglutinamiento de enseñanzas humanas, basadas en la ignorancia e imaginación humana, y no en la Palabra viva de Dios. La iglesia evangélica de hoy vive una crisis. Una decadencia disfrazada de "avivamiento". Las tradiciones hacen parecer que todo está bien, pero nuestra ignorancia de las Escrituras revelan lo contrario: "...Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios" (Mateo 22:29).

lunes, 11 de noviembre de 2013

La ofrenda de la viuda

        Un evento particular protagonizó nuestro Señor Jesucristo en sus tres años de ministerio. Luego de reprender con autoridad cada uno de los pobres e ignorantes argumentos de los fariseos, saduceos y escribas, su mirada, llena de verdad y justicia, se dirige hacia el arca de las ofrendas del templo, donde una viuda echaba todo su sustento. Jesús dice a todos que esta contribuyó más que los demás, pues todos los ricos, que se jactaban de sus grandes aportes, daban de lo que les sobraba, pero aquella pobre mujer entregaba todos sus ingresos. ¿Cuál es la enseñanza de este pasaje? ¿Qué es lo que Dios desea comunicarnos a través de este relato? La interrogante surge por las innumerables citas que se hacen a este pasaje en el momento de pedir ofrenda en la mayoría de nuestras iglesias. Se nos ha enseñado que debemos ofrendar como esta viuda: dar todo nuestro sustento. Si hacemos de tal forma, según enseñamos, recibiremos bendición de parte de Dios, Él compensará nuestro donativo al “ciento por uno”, colmará nuestro hogar de bendiciones, independientemente si aquel dinero es indispensable para la familia, los padres, o el cuidado de un pariente enfermo. Sin embargo, si interpretamos este pasaje a la luz de las Escrituras el sentido al que nos lleva es otro. Si tan sólo leemos el contexto literario e histórico nos daremos cuenta que las Escrituras nos presentan algo tremendamente contradictorio con nuestras enseñanzas. Antes que aceptar algo de un modo irreflexivo, o confirmar con un ¡Amén! algo que pudiese estar en el error, nuestro deber está con la Palabra de Dios. Antes de faltar a la verdad, es necesario corroborar, a la luz de la única fuente fidedigna, suficiente y verdadera, las Escrituras, si tal interpretación es correcta. Antes de comenzar el estudio mis palabras no pueden ser distintas a las del apóstol Pablo: “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2 Timoteo 2:7).


Una interpretación fiel a las Escrituras.



“… ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?”
(Marcos 12:24).



        El apóstol Pedro mencionó en su segunda epístola: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:19-21). Las Escrituras son proféticas, pues nos anuncian a Cristo el Señor, y son suficientes, es decir, que fuera de ellas no existe fuente alguna para el entendimiento de Dios. Por tanto, si interpretamos las Escrituras no debemos hacerlo a la luz de nuestras concepciones particulares y privadas, pues la Palabra de Dios no vino de voluntad humana. El Espíritu Santo ha inspirado toda la Escritura: “Toda la Escritura es inspirada por Dios…” (2 Timoteo 3:16), y por ende, no podemos interpretar esta en virtud de determinados pasajes, sino en toda su plenitud. No podemos entender el mensaje de la Biblia si no leemos cada uno de sus pasajes. De igual forma, no podemos comprender los pasajes de la Biblia si no entendemos esta en su totalidad. Una interpretación fiel a las Escrituras es aquella que no se contradice con la Palabra de Dios, ni intenta agregar más cosas a la doctrina, sino que es obediente a lo que Dios dispone en ella. Toda interpretación, revelación, visión, sueño, anécdota, testimonio, o cualquier otra manifestación que presente conflictos con la Palabra Santa de Dios, debe ser considerada como contraria a la verdad, y por tanto, no puede provenir de Dios. El Espíritu Santo jamás revelará algo que riña con lo que ya ha inspirado en la Palabra: “…El no puede negarse a sí mismo…” (2 Timoteo 2:13). Por tanto, si deseamos indagar en la Palabra de Dios, crecer en nuestro entendimiento de Dios, y comprender su voluntad, es indispensable que nos despojemos de todo aquello que nos tiende al error: nuestros pensamientos humanos. Debemos negarnos a nosotros mismos, aboliendo toda concepción humana, tradición particular o costumbre privada. Nuestro servicio a Dios, como dice el apóstol Pablo en Romanos 12:1, debe ser un culto racional: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5). Debemos despojarnos de todo aquello que nos condiciona y esclaviza, con el fin de procurar someternos a los propósitos de Dios. No podremos jamás comprender la Escritura en base a nuestros sentimientos, costumbres o tradiciones. Al buscar a Dios, a través de su Palabra Santa, debemos abandonar todo yugo que nos ata al tradicionalismo, y comenzar a indagar en la verdad: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).


Interpretando el pasaje de la ofrenda de la viuda

     Podemos encontrar este evento en sólo dos de los cuatro evangelios: Marcos y Lucas. Los otros evangelistas no hacen mención de este. Nos encontramos en la semana final de Jesús en Jerusalén. Jesucristo ya había cumplido con la gran mayoría de su ministerio, y pronto se aproximaba su crucifixión. Pasando las puertas del templo de Jerusalén, construido por Herodes, nos encontramos con el atrio de las mujeres, sector que antecedía al patio principal que llevaba al Santuario. En este atrio, el arca de las ofrendas no era del todo imperceptible. Las características del depósito de las ofrendas eran de apariencia tal como tubos huecos. Cualquier donativo, aunque fuese una sola moneda, generaría un estruendo nada imperceptible. Por tanto, si el tubo generaba un bullicio como de truenos, y por un tiempo prolongado, de inmediato inferíamos que se trataba de una ofrenda cuantiosa.

El pasaje que relata Marcos es el siguiente:

“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”.

(Marcos 12:41-44).

Este pasaje halla su paralelo en el evangelio de Lucas, que vemos que es similar, por no decir, exacto:

“Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía”

(Lucas 21:1-4).


Contexto literario

       Antes de sacar conclusiones apresuradas es de suma importancia realizar un examen completo y objetivo. No podemos entender este pasaje sin revisar la situación específica que estaba viviendo nuestro Salvador. Ignorar el contexto nos aproxima a conclusiones erradas. Primero, debemos analizar el conjunto de eventos que se habían desarrollado hasta ese momento. Si nos situamos en el capítulo 11 de Marcos, podemos ver que Jesús regresaba a Jerusalén y andaba por el templo (v. 27). Su visita no fue en vano. Predicó sobre su autoridad (Marcos 11:27-33) y una parábola sobre los labradores malvados (Marcos 12:1-12). Aprovechando que predicaba públicamente, Jesús fue sometido a consultas. Dos de ellas no tenían mayor intención que avergonzarle en público. Esto se evidencia en la misión que tenían los fariseos: “Y le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna palabra” (Marcos 12:13). Revisemos entonces lo que ocurre dentro del templo antes del pasaje de la ofrenda de la viuda.

       La primera interrogante se basa en la “cuestión del tributo”. Los fariseos, en conjunto con los herodianos (partido político que promocionaba a Herodes), querían sorprender a Cristo con alguna de sus preguntas. Estos se acercaron y consultaron: “…Maestro, sabemos que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas en camino de Dios. ¿Es lícito dar tributo a Cesar, o no? ¿Daremos, o no daremos?” (Mateo 12:14). Esta pregunta no parece maliciosa, pero su respuesta concadenaría consecuencias terribles. En primer lugar, si Jesús respondiera que SI, todo el pueblo se iría en su contra, pues estaría a favor de pagar el elevado impuesto que dictaba el pueblo opresor: Roma. En segundo lugar, si Jesús respondía que NO, los que consultaban lo acusarían con el gobierno romano, y por lo visto, aún no había llegado su hora. Sin embargo, Jesucristo, como el Hijo de Dios no titubeo, ni siquiera reflexionó su respuesta. No actuaba de la misma manera que los fariseos: “Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? ¿Y si decimos de los hombres…? Pero temían al pueblo…” (Marcos 11:31-32). Antes el Señor, como Señor Omnisciente, ya conocía su intención: “Más él percibiendo la hipocresía de ellos…” (Marcos 12:15). Antes de la consulta, que con seguridad tenía un doble propósito, los fariseos y herodianos adulaban en sobremanera a Jesús. Su hipocresía encausó su propia vergüenza, al escuchar la respuesta magistral de Cristo el Señor: “… ¿Por qué me tentáis? Traedme la moneda para que la vea. Ellos se la trajeron; y les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaron de él” (v.15-17).

      Los saduceos, quienes no creían en la resurrección, consultaron al Señor un dilema sobre el matrimonio en los cielos. Ante el inmenso error que cometían, la respuesta no fue otra: “… ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?” (Marcos 12:24). Jesús les reprende asumiendo que en el Reino de los cielos, los justos no se darán en casamiento sino que serán como los ángeles (v. 18:27).

       La tercera consulta fue genuina. Uno de los escribas se acercó al debate que tenía Jesús en el templo con los fariseos, saduceos y escribas (v. 28), y le consultó sobre cuál era el primero de todos los mandamientos. Jesús le menciona el amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y con todas las fuerzas (v. 30). También sostuvo que el segundo más importante es el amar al prójimo como a nosotros mismos. Las Escrituras nos mencionan que la respuesta del escriba fue sabia: “…Bien Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios” (v. 32-33). Jesús le responde: “…No estás lejos del reino de Dios…” (v. 34).

        Luego de las respuestas sabias del Maestro, la Escritura nos menciona que: “…ya ninguno osaba preguntarle” (v.34). Podemos ver en el versículo 37 que: “…gran multitud del pueblo le oía de buena gana” (v.37). Por tanto, la hipocresía de los grupos religiosos de la época había quedado al descubierto ante toda la audiencia popular. Podemos ver una constante en estos relatos: la hipocresía de los grupos religiosos. Jesús menciona en el evangelio de Lucas: “…Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lucas 12:1). La jactancia, altivez, y falsedad de las sectas y pensamientos religiosos no hayan su excepción en este relato: “Antes, hacen sus obras para ser vistos por los hombres…” (Mateo 23:5). Por tanto, no podemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda sin entender primeramente el debate sobre la verdad que tenía el Maestro con los fariseos, saduceos y escribas, denunciando su hipocresía. Debemos entender de igual forma que estos eventos ocurrieron de forma continua, incluso, no es hasta el capítulo 13 que el evangelio menciona que Jesucristo sale del templo, prediciendo su caída. Por tanto, debemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda como parte de una secuencia de enseñanzas y acontecimientos, y no como un hecho aislado o independiente de los otros.


La viuda: víctima de un sistema religioso opresor

        En el título anterior estudiábamos cómo el Maestro respondía a cada una de las consultas. Observamos tres escenarios distintos: fariseos hipócritas con interrogantes malintencionadas, saduceos ignorantes con perdidas ideas, y un entendido escriba quien halló sabiduría delante de Cristo. Sin embargo, la historia no termina acá. A pesar que son parte del contexto literario, los versículos 38, 39 y 40 ejercen una gran ayuda para entender el relato de la viuda pobre. Los tres versículos inmediatamente anteriores al tema de estudio dicen:

“Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación”.

(Marcos 12:38-40).

     Jesucristo denuncia públicamente la hipocresía y vanidad de los escribas. Toman apariencia de piedad, pero su “santidad” no alcanza siquiera su sombra. Así los acusa en el evangelio según San Mateo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:27.28). Aparte de la hipocresía característica de fariseos, saduceos y escribas, Jesucristo nos entrega un tema clave: LOS ESCRIBAS DEVORAN LAS CASAS DE LAS VIUDAS. No sólo los evangelios nos proveen de esta interesante información, también los registros históricos extrabíblicos, y las costumbres judaicas, revelan que los escribas servían a las viudas como asesores legales, ayudándoles en su demanda de amparo político y económico. Sin embargo, por muy noble que resulte la tarea, los escribas no lo hacían de forma gratuita. Sus cobros eran garrafales. Estos, con falsa modestia, se aprovechaban de las personas de bajos recursos. ¡Atención! Si ignoramos este punto tan relevante, terminamos ignorando todo el significado de la ofrenda de la viuda pobre. Las viudas no eran beneficiarias del sistema religioso, eran víctimas de él. Podemos ver que en Deuteronomio las ofrendas y diezmos tenían una concentración especial por los huérfanos, las viudas y los extranjeros: “Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados…” (Deuteronomio 14:29).




      Jesús no asiente este modelo, sino que lo condena. Está basado en el amor fingido y el servicio interesado. El mayor era alimentado por los menores, a tal punto que estos quedaban sin comer por sustentar a funcionarios aprovechados. Dios siempre ha mostrado su interés por el golpeado, desvalido y oprimido. Esta viuda estaba siendo despojada de todo su sustento, por obedecer a un sistema religioso dictatorial. Jesucristo en ninguna forma considera esta práctica como algo válido, más bien, se muestra contrario, basta leer los 36 versículos de acusación a los fariseos y escribas hipócritas en San Mateo 23.




      Luego de acusar a los escribas, los victimarios y protagonistas de este fraudulento y abusador sistema, los ojos del Maestro se dirigen hacia la pobre víctima. La viuda, sin más que hacer, ofrenda dos blancas, un cuadrante, monedas de muy poco valor en la época. La Escritura nos menciona que esta entregó todo su sustento, es decir, todo lo que tenía. Luego de esta acción sólo podría estar confinada al hambre y a la continuidad de la miseria.


El sentido bíblico del relato

      Jamás el relato enfatiza que la viuda será bendecida por tal acción. Antes Jesús alza a esta mujer como aquella que dio más que todos los demás. En vista de la jactancia de los ricos que echaban grandes sumas de dinero, la viuda dio todo lo que tenía a su alcance, no lo que le sobraba. En proporción, ella dio mayor porcentaje de sus ingresos que todos los demás. Sin embargo, nuestras enseñanzas nos inclinan a pensar que esta actitud es la correcta. Repito que ella era una víctima de un sistema opresor, estaba siendo engañada por quienes decían defenderla. El dar todo nuestro sustento no es una regla general, aplicable a todas las situaciones que se nos presenten. Muchas veces las iglesias de hoy son cómo reales templos herodianos. Desde los altares, como verdaderos escribas, se incita a la hermandad a dar todos los ingresos, independientemente que estos puedan estar considerados para la salud, cuidado o sustento del hogar. Las Escrituras indican que uno debe dar conforme a lo que tiene: “Asimismo ofrecerá una de las tórtolas o uno de los palominos, según pueda” (Levítico 14:30), “porque si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene” (2 Corintios 8:12). Muchos hermanos, estimulados por las sensibilizaciones y mensajes de prosperidad y bendición, han dado el dinero que tenían destinados para el pago de una deuda importante, o para el cuidado de un hijo en el hospital. Finalmente, lo prometido jamás lo recibieron. Esto se puede explicar porque la ofrenda jamás es una vía especial de bendición. La idea que las ofrendas compran el favor de Dios es un concepto basado en la más pulcra ignorancia: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20). Las bendiciones de Dios jamás provienen de nuestra iniciativa, menos de nuestro dinero. El apóstol Pablo fue enfático: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Todo hermano que entregue una ofrenda pensando que aquel dinero será retribuido de alguna forma lo está dando por necesidad o interés. ¿No se fomenta el interés económico si desde los altares se proclaman bendiciones por medio de la ofrenda pagada? El Señor Jesús sostiene todo lo contrario: “…de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).

      Jesucristo, quien condenó el sistema de la estafa y el engaño religioso, fue el mismo que dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Jesucristo prometió que Dios conoce nuestras necesidades y las suplirá, si mantenemos siempre nuestra concentración en el Reino de Dios. ¿Por qué entonces deberíamos pagar una ofrenda para que Dios nos bendiga? ¿No resulta contradictorio? Antes que todo, debemos entender que en el Nuevo Testamento la ofrenda es completamente voluntaria, es contraria a una deuda, debe ser desinteresada, es decir, contraria a la inversión.

        Por lo visto, la ignorancia de la Palabra de Dios nos hace sacar conclusiones prematuras, apresuradas, y que muchas veces, terminan apoyando lo que tanto el Señor vehementemente condenó.

No podemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda ignorando el contexto que se iba desenvolviendo hasta el momento. Jesús acusa a los escribas de ser hipócritas, no consecuentes con lo que dicen practicar, aprovechados de la miserable situación de las viudas, para terminar empobreciéndolas aún más, cuando el sentido del templo y las ofrendas no era más que el sustento y la ayuda a estas mismas.

El sentido de las ofrendas era la ayuda al desvalido. En este contexto, Jesucristo presencia todo lo contrario: el templo absorbía gran parte de los ingresos que percibía el pueblo. Muchos terminaban en la miseria por servir a un sistema humano. Contradice por tanto la enseñanza y doctrina maravillosa del Señor: “y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos” (Marcos 10:44).