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viernes, 15 de noviembre de 2013

Sobre la necesidad de reforma



“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”
(Romanos 12:2)


Ninguna reforma nace de la nada. Toda reforma es diseñada como un planteamiento necesario cuyo fin es proyectar un cambio ante una realidad cargada de problemas. De esta misma forma nace la reforma protestante en el Siglo XVI. Si el cristianismo no hubiera estado en crisis en aquel periodo, ¿Hubieran considerado los reformadores que era necesario aquel cambio? Si el cristianismo hubiese funcionado al modo que la Biblia nos propone, ¿habría alguna necesidad de transformación? Aunque resulte lógico, toda reforma proviene de un desmoronamiento, cuyo sentido base es la reconstrucción de un camino que se ha desviado. Considerando cada uno de los puntos tratados en los capítulos anteriores podemos inferir que nuestras iglesias han caído en una crisis. Quizás desde un determinado punto de vista podemos afirmar que las iglesias pentecostales han avanzado mucho en temas de país, situación académica, estatus, porcentaje en la población, etc., pero de igual forma podemos sostener que han caído en una crisis bíblica, caracterizada por la ignorancia de los preceptos que contiene la Palabra de Dios. ¿No le parece que si tuviésemos un entendimiento y conocimiento mayor sobre la Palabra de Dios nos percataríamos de todas estas practicas sin criterio bíblico? El gran tema es que nadie se percata de estos problemas, pues prevalecemos nuestras tradiciones humanas antes que el estudio de la Palabra de nuestro Dios.


Sobre la crisis que viven nuestras iglesias

No podemos sostener en ninguna manera la necesidad de reforma sin que hubiese causa para reformar. Como hemos citado no existe reforma sin que una crisis explique su real fundamento. Si no hubiera aquella crisis, ¿Habría necesidad de reformar? Partiendo de este principio podemos consultarnos, ¿Existe aquella crisis? Cada uno de los capítulos revisados anteriormente evidencia claramente la crisis en que nuestras iglesias pentecostales han participado. Sin embargo, muchos hermanos podrán consultarse: “¿Cuál crisis? Nuestros jóvenes alaban al Señor como nunca, tenemos grandes templos en las cárceles, centros de rehabilitación, mayor numero de profesionales, es decir, ¿De qué crisis me está hablando?” La crisis de la que estoy hablando no es material, ni afecta a ninguno de los elementos que menciona el cuestionamiento del hermano. Esta crisis está caracterizada por un gobierno de tradiciones humanas que sumergen poco a poco a nuestras iglesias en la ignorancia bíblica, la sumisión ciega a doctrinas sin sentido bíblico y la práctica de pensamientos que consideramos correctos, pero a la luz de la Palabra de Dios son desechables. Esta es una crisis silenciosa, de armas doctrinales, las cuales nos inducen a practicar dogmas humanos, que con seguridad reducen toda percepción de un desvío en el camino del evangelio. Pareciera que todo está bien, que Dios es con nosotros y apoya todas nuestras prácticas, pero ¿Alguno se ha detenido de todo el entusiasmo y la adrenalina de nuestros cultos, se ha sentado un momento y ha dicho: corroboraré mediante las Escrituras si todo esto es en realidad una enseñanza bíblica? En vista de cada una de las practicas que nuestras iglesias pentecostales realizan es que podemos inferir nuestra caída de la doctrina real de Cristo, y la franca entrada que hemos dispuesto a todas aquellas tradiciones de hombres, que deforman el evangelio de Jesús acomodándolo a su antojo: “Examina la senda de tus pies, y todos tus caminos sean rectos. No te desvíes a la derecha ni a la izquierda; aparta tu pie del mal” (Proverbios 4:26-27).


Sobre la naturaleza de las tradiciones humanas

"Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas,
mandamientos de hombres"
(Mateo 15:9)
Meditar sobre la validez de nuestras prácticas debe ser una tarea continua que al parecer nuestras iglesias han silenciado. Si aquel examen bíblico es obstruido por doctrinas humanas, las cuales, por naturaleza, mantienen estático todo tipo de análisis, entonces debemos comprender que la supuesta “Sana Doctrina” no es más que un código extenso conformado por necias tradiciones humanas, las cuales congelan el entendimiento de Dios (sabiendo de antemano que la sana doctrina verdadera se encuentra en las Escrituras, y no en las enseñanzas humanas). Las tradiciones humanas son como la droga: nos hace extremadamente dependientes de ellas. La reforma constituye una especie de rehabilitación de todos aquellos dogmas humanos que durante tanto tiempo han alterado a nuestras iglesias en necias costumbres que no llevan a fin alguno. No es una tarea fácil, pues como los drogadictos sienten un síndrome de privación, así también las iglesias invadidas por tradiciones siempre recaen en las mismas practicas. Esta no es una realidad nueva. Por ejemplo, el apóstol Pablo lidió con muchos judaizantes, que deseaban volver a los pobres rudimentos de la ley, pues sus costumbres los obligaban a desear las tradiciones. ¿Cómo podemos reconocer una tradición o doctrina humana? Por tradición o doctrina humana entendemos toda enseñanza o práctica cuyo único fundamento es el consenso mayoritario antes que una real revelación de la Palabra de Dios. Toda practica que presuma ser un mandato divino por estar apoyada en algunos versículos, pero que la interpretación de aquellos mismos pasajes se contrapone a la totalidad del mensaje de la Palabra de Dios, también constituye una costumbre humana que no tiene criterio bíblico. ¿Cuál es el peligro que contienen las tradiciones humanas? Muchas son las consecuencias nefastas de las costumbres de hombres insertas en la iglesia, de las cuales podemos mencionar el legalismo, el fundamentalismo, el fanatismo, la absorción de ideas seculares dentro del culto, la corrupción del mensaje de las Escrituras, el nulo examen bíblico, el aturdimiento de la hermandad con mensajes extrabíblicos, entre otros. En fin, las tradiciones humanas solo contribuyen a la destrucción de la iglesia, más que a una revitalización en el entendimiento que Dios nos revela a través de su Palabra.


Sobre la naturaleza de la reforma

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti,
el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”
(Juan 17:3)
Uno de los principios fundamentales de la reforma cristiana protestante, el cual muchos cristianos parecen haber olvidado, es el de “Ecclesia reformata semper reformanda” (Iglesia reformada, siempre reformándose). Los fundadores de la reforma del Siglo XVI no fueron participes de un pensamiento acabado y estático, sino más bien de un conocimiento progresivo y manifiesto en toda la Palabra de Dios. El entendimiento de las Escrituras es un proceso continuo, jamás acabado, el cual no debiese estancarse con iglesia alguna. Nada esta saldado ni perfectamente diseñado. Descansando en este principio es que he realizado este trabajo. Evaluar nuestras prácticas (las cuales aceptamos de manera mayoritaria) conforme a la Palabra de nuestro Dios debiese ser una tarea inacabable. Sin embargo, la realidad nos entrega evidencias absolutas del letargo en el que han caído nuestras iglesias al pensar, por muchos años, que nuestras tradiciones descansaban en verdades bíblicas. Es necesario entonces promover la transformación de nuestro entendimiento tal como lo aconseja el apóstol Pablo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2). Aquella búsqueda del entendimiento ha sido claramente estancada por nuestras doctrinas, las cuales no se apegan en ninguna forma a las Escrituras. Así dice el Señor: “Buscad a Jehová mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55:6-7). La principal tarea de todo creyente y de todo cristiano es el conocimiento de Dios, por medio de su gracia. Así lo establece Dios a través de su Palabra: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3) y “Mas alábese en esto el que hubiese de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová” (Jeremías 9:24). La reforma tiene como fin la renovación del entendimiento y el conocimiento acerca de nuestro maravilloso Dios. Cabe mencionar y recordar cuál es la definición de la nueva reforma:

<< Llamamos Reforma al proceso de análisis y transformación, basado en la Palabra de Dios, sobre la validez de nuestras prácticas como cristianos, no solo en el templo, sino también en el cómo llevamos el evangelio a todo el mundo. >>

Para ahorrar malentendidos aclararé aun más el asunto:

¿Qué es la reforma?

a) Un proceso de autoanálisis que permite conocer cuál es la real validez de nuestras practicas comúnmente aceptadas.

b) Un proceso de transformación que, en primer lugar, desecha toda construcción doctrinal humana, y en segundo lugar, se apega a la Palabra de Dios interpretada de la forma más evangelizadoramente posible: “Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:17).

c) Una constante evaluación que permite limpiar el evangelio de Cristo de todas aquellas cosas que corrompen su significado y restringen su anunciación.

d) Un proceso inacabable. La nueva reforma en ninguna medida es una verdad absoluta sin discusión alguna. Si es que existe alguna idea en este trabajo que contuviera un error, bíblicamente comprobado, debe desecharse inmediatamente. Aún así, aquel examen que distingue el error debiese ser revisado con el mismo ímpetu con el cuál se refutó la idea original, pues nada garantiza que aquella apreciación no estuviese sesgada.

e) Una crítica constructiva a las prácticas que comúnmente realizamos o aceptamos. No alcanza eventos específicos, tales como disensiones, conflictos o acusaciones personales, las cuales no incumben a este trabajo.


¿Qué NO es la reforma?

a) Un llamado a la revolución y exaltación. La nueva reforma se sujeta al amor por la hermandad más que el odio o el recelo. Debe ser entendida como un beneficio para la iglesia más que un perjuicio.

b) Un estimulo para pensamientos personales que intentan derrocar a determinados lideres, pastores o evangelistas.

c) Una reforma de naturaleza legal. El cambio que pretende realizar no apunta a los estatutos, sino a las prácticas comunes en nuestras iglesias. La nueva reforma salta más allá de la teoría de los artículos de fe, y se introduce en el crudo mundo de las tradiciones humanas.


Si alguien osa en enfrentarse a pastores, predicadores, o hermano alguno con motivos de violencia o actos que no van acorde a la paz de una reforma, no han comprendido mis escritos, pues lo que mueve al cambio de la iglesia es el amor por construir, y no la exaltación por desunir. Cualquiera que ocupe esta serie de análisis para ofender o anunciar doctrinas falsas sepa que construye su propia desdicha, pues disfraza sus ideas de un trabajo serio que tiene por objetivo quitar aquellas mismas acusaciones carentes de sentido bíblico. Nadie puede apelar a una reforma si en su corazón solo existe la intención de destruir, pues es el amor el motor principal de la reforma. No olvidemos que el Señor encomendó algo esencial en su enseñanza: “Esto os mando: Que os améis los unos a otros” (Juan 15:17).

Dios le bendiga.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La ofrenda de la viuda

        Un evento particular protagonizó nuestro Señor Jesucristo en sus tres años de ministerio. Luego de reprender con autoridad cada uno de los pobres e ignorantes argumentos de los fariseos, saduceos y escribas, su mirada, llena de verdad y justicia, se dirige hacia el arca de las ofrendas del templo, donde una viuda echaba todo su sustento. Jesús dice a todos que esta contribuyó más que los demás, pues todos los ricos, que se jactaban de sus grandes aportes, daban de lo que les sobraba, pero aquella pobre mujer entregaba todos sus ingresos. ¿Cuál es la enseñanza de este pasaje? ¿Qué es lo que Dios desea comunicarnos a través de este relato? La interrogante surge por las innumerables citas que se hacen a este pasaje en el momento de pedir ofrenda en la mayoría de nuestras iglesias. Se nos ha enseñado que debemos ofrendar como esta viuda: dar todo nuestro sustento. Si hacemos de tal forma, según enseñamos, recibiremos bendición de parte de Dios, Él compensará nuestro donativo al “ciento por uno”, colmará nuestro hogar de bendiciones, independientemente si aquel dinero es indispensable para la familia, los padres, o el cuidado de un pariente enfermo. Sin embargo, si interpretamos este pasaje a la luz de las Escrituras el sentido al que nos lleva es otro. Si tan sólo leemos el contexto literario e histórico nos daremos cuenta que las Escrituras nos presentan algo tremendamente contradictorio con nuestras enseñanzas. Antes que aceptar algo de un modo irreflexivo, o confirmar con un ¡Amén! algo que pudiese estar en el error, nuestro deber está con la Palabra de Dios. Antes de faltar a la verdad, es necesario corroborar, a la luz de la única fuente fidedigna, suficiente y verdadera, las Escrituras, si tal interpretación es correcta. Antes de comenzar el estudio mis palabras no pueden ser distintas a las del apóstol Pablo: “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2 Timoteo 2:7).


Una interpretación fiel a las Escrituras.



“… ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?”
(Marcos 12:24).



        El apóstol Pedro mencionó en su segunda epístola: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:19-21). Las Escrituras son proféticas, pues nos anuncian a Cristo el Señor, y son suficientes, es decir, que fuera de ellas no existe fuente alguna para el entendimiento de Dios. Por tanto, si interpretamos las Escrituras no debemos hacerlo a la luz de nuestras concepciones particulares y privadas, pues la Palabra de Dios no vino de voluntad humana. El Espíritu Santo ha inspirado toda la Escritura: “Toda la Escritura es inspirada por Dios…” (2 Timoteo 3:16), y por ende, no podemos interpretar esta en virtud de determinados pasajes, sino en toda su plenitud. No podemos entender el mensaje de la Biblia si no leemos cada uno de sus pasajes. De igual forma, no podemos comprender los pasajes de la Biblia si no entendemos esta en su totalidad. Una interpretación fiel a las Escrituras es aquella que no se contradice con la Palabra de Dios, ni intenta agregar más cosas a la doctrina, sino que es obediente a lo que Dios dispone en ella. Toda interpretación, revelación, visión, sueño, anécdota, testimonio, o cualquier otra manifestación que presente conflictos con la Palabra Santa de Dios, debe ser considerada como contraria a la verdad, y por tanto, no puede provenir de Dios. El Espíritu Santo jamás revelará algo que riña con lo que ya ha inspirado en la Palabra: “…El no puede negarse a sí mismo…” (2 Timoteo 2:13). Por tanto, si deseamos indagar en la Palabra de Dios, crecer en nuestro entendimiento de Dios, y comprender su voluntad, es indispensable que nos despojemos de todo aquello que nos tiende al error: nuestros pensamientos humanos. Debemos negarnos a nosotros mismos, aboliendo toda concepción humana, tradición particular o costumbre privada. Nuestro servicio a Dios, como dice el apóstol Pablo en Romanos 12:1, debe ser un culto racional: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:5). Debemos despojarnos de todo aquello que nos condiciona y esclaviza, con el fin de procurar someternos a los propósitos de Dios. No podremos jamás comprender la Escritura en base a nuestros sentimientos, costumbres o tradiciones. Al buscar a Dios, a través de su Palabra Santa, debemos abandonar todo yugo que nos ata al tradicionalismo, y comenzar a indagar en la verdad: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).


Interpretando el pasaje de la ofrenda de la viuda

     Podemos encontrar este evento en sólo dos de los cuatro evangelios: Marcos y Lucas. Los otros evangelistas no hacen mención de este. Nos encontramos en la semana final de Jesús en Jerusalén. Jesucristo ya había cumplido con la gran mayoría de su ministerio, y pronto se aproximaba su crucifixión. Pasando las puertas del templo de Jerusalén, construido por Herodes, nos encontramos con el atrio de las mujeres, sector que antecedía al patio principal que llevaba al Santuario. En este atrio, el arca de las ofrendas no era del todo imperceptible. Las características del depósito de las ofrendas eran de apariencia tal como tubos huecos. Cualquier donativo, aunque fuese una sola moneda, generaría un estruendo nada imperceptible. Por tanto, si el tubo generaba un bullicio como de truenos, y por un tiempo prolongado, de inmediato inferíamos que se trataba de una ofrenda cuantiosa.

El pasaje que relata Marcos es el siguiente:

“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento”.

(Marcos 12:41-44).

Este pasaje halla su paralelo en el evangelio de Lucas, que vemos que es similar, por no decir, exacto:

“Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas. Y dijo: En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía”

(Lucas 21:1-4).


Contexto literario

       Antes de sacar conclusiones apresuradas es de suma importancia realizar un examen completo y objetivo. No podemos entender este pasaje sin revisar la situación específica que estaba viviendo nuestro Salvador. Ignorar el contexto nos aproxima a conclusiones erradas. Primero, debemos analizar el conjunto de eventos que se habían desarrollado hasta ese momento. Si nos situamos en el capítulo 11 de Marcos, podemos ver que Jesús regresaba a Jerusalén y andaba por el templo (v. 27). Su visita no fue en vano. Predicó sobre su autoridad (Marcos 11:27-33) y una parábola sobre los labradores malvados (Marcos 12:1-12). Aprovechando que predicaba públicamente, Jesús fue sometido a consultas. Dos de ellas no tenían mayor intención que avergonzarle en público. Esto se evidencia en la misión que tenían los fariseos: “Y le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna palabra” (Marcos 12:13). Revisemos entonces lo que ocurre dentro del templo antes del pasaje de la ofrenda de la viuda.

       La primera interrogante se basa en la “cuestión del tributo”. Los fariseos, en conjunto con los herodianos (partido político que promocionaba a Herodes), querían sorprender a Cristo con alguna de sus preguntas. Estos se acercaron y consultaron: “…Maestro, sabemos que eres hombre veraz, y que no te cuidas de nadie; porque no miras la apariencia de los hombres, sino que con verdad enseñas en camino de Dios. ¿Es lícito dar tributo a Cesar, o no? ¿Daremos, o no daremos?” (Mateo 12:14). Esta pregunta no parece maliciosa, pero su respuesta concadenaría consecuencias terribles. En primer lugar, si Jesús respondiera que SI, todo el pueblo se iría en su contra, pues estaría a favor de pagar el elevado impuesto que dictaba el pueblo opresor: Roma. En segundo lugar, si Jesús respondía que NO, los que consultaban lo acusarían con el gobierno romano, y por lo visto, aún no había llegado su hora. Sin embargo, Jesucristo, como el Hijo de Dios no titubeo, ni siquiera reflexionó su respuesta. No actuaba de la misma manera que los fariseos: “Entonces ellos discutían entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? ¿Y si decimos de los hombres…? Pero temían al pueblo…” (Marcos 11:31-32). Antes el Señor, como Señor Omnisciente, ya conocía su intención: “Más él percibiendo la hipocresía de ellos…” (Marcos 12:15). Antes de la consulta, que con seguridad tenía un doble propósito, los fariseos y herodianos adulaban en sobremanera a Jesús. Su hipocresía encausó su propia vergüenza, al escuchar la respuesta magistral de Cristo el Señor: “… ¿Por qué me tentáis? Traedme la moneda para que la vea. Ellos se la trajeron; y les dijo: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Y se maravillaron de él” (v.15-17).

      Los saduceos, quienes no creían en la resurrección, consultaron al Señor un dilema sobre el matrimonio en los cielos. Ante el inmenso error que cometían, la respuesta no fue otra: “… ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?” (Marcos 12:24). Jesús les reprende asumiendo que en el Reino de los cielos, los justos no se darán en casamiento sino que serán como los ángeles (v. 18:27).

       La tercera consulta fue genuina. Uno de los escribas se acercó al debate que tenía Jesús en el templo con los fariseos, saduceos y escribas (v. 28), y le consultó sobre cuál era el primero de todos los mandamientos. Jesús le menciona el amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, y con todas las fuerzas (v. 30). También sostuvo que el segundo más importante es el amar al prójimo como a nosotros mismos. Las Escrituras nos mencionan que la respuesta del escriba fue sabia: “…Bien Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios” (v. 32-33). Jesús le responde: “…No estás lejos del reino de Dios…” (v. 34).

        Luego de las respuestas sabias del Maestro, la Escritura nos menciona que: “…ya ninguno osaba preguntarle” (v.34). Podemos ver en el versículo 37 que: “…gran multitud del pueblo le oía de buena gana” (v.37). Por tanto, la hipocresía de los grupos religiosos de la época había quedado al descubierto ante toda la audiencia popular. Podemos ver una constante en estos relatos: la hipocresía de los grupos religiosos. Jesús menciona en el evangelio de Lucas: “…Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lucas 12:1). La jactancia, altivez, y falsedad de las sectas y pensamientos religiosos no hayan su excepción en este relato: “Antes, hacen sus obras para ser vistos por los hombres…” (Mateo 23:5). Por tanto, no podemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda sin entender primeramente el debate sobre la verdad que tenía el Maestro con los fariseos, saduceos y escribas, denunciando su hipocresía. Debemos entender de igual forma que estos eventos ocurrieron de forma continua, incluso, no es hasta el capítulo 13 que el evangelio menciona que Jesucristo sale del templo, prediciendo su caída. Por tanto, debemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda como parte de una secuencia de enseñanzas y acontecimientos, y no como un hecho aislado o independiente de los otros.


La viuda: víctima de un sistema religioso opresor

        En el título anterior estudiábamos cómo el Maestro respondía a cada una de las consultas. Observamos tres escenarios distintos: fariseos hipócritas con interrogantes malintencionadas, saduceos ignorantes con perdidas ideas, y un entendido escriba quien halló sabiduría delante de Cristo. Sin embargo, la historia no termina acá. A pesar que son parte del contexto literario, los versículos 38, 39 y 40 ejercen una gran ayuda para entender el relato de la viuda pobre. Los tres versículos inmediatamente anteriores al tema de estudio dicen:

“Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación”.

(Marcos 12:38-40).

     Jesucristo denuncia públicamente la hipocresía y vanidad de los escribas. Toman apariencia de piedad, pero su “santidad” no alcanza siquiera su sombra. Así los acusa en el evangelio según San Mateo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad” (Mateo 23:27.28). Aparte de la hipocresía característica de fariseos, saduceos y escribas, Jesucristo nos entrega un tema clave: LOS ESCRIBAS DEVORAN LAS CASAS DE LAS VIUDAS. No sólo los evangelios nos proveen de esta interesante información, también los registros históricos extrabíblicos, y las costumbres judaicas, revelan que los escribas servían a las viudas como asesores legales, ayudándoles en su demanda de amparo político y económico. Sin embargo, por muy noble que resulte la tarea, los escribas no lo hacían de forma gratuita. Sus cobros eran garrafales. Estos, con falsa modestia, se aprovechaban de las personas de bajos recursos. ¡Atención! Si ignoramos este punto tan relevante, terminamos ignorando todo el significado de la ofrenda de la viuda pobre. Las viudas no eran beneficiarias del sistema religioso, eran víctimas de él. Podemos ver que en Deuteronomio las ofrendas y diezmos tenían una concentración especial por los huérfanos, las viudas y los extranjeros: “Y vendrá el levita, que no tiene parte ni heredad contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados…” (Deuteronomio 14:29).




      Jesús no asiente este modelo, sino que lo condena. Está basado en el amor fingido y el servicio interesado. El mayor era alimentado por los menores, a tal punto que estos quedaban sin comer por sustentar a funcionarios aprovechados. Dios siempre ha mostrado su interés por el golpeado, desvalido y oprimido. Esta viuda estaba siendo despojada de todo su sustento, por obedecer a un sistema religioso dictatorial. Jesucristo en ninguna forma considera esta práctica como algo válido, más bien, se muestra contrario, basta leer los 36 versículos de acusación a los fariseos y escribas hipócritas en San Mateo 23.




      Luego de acusar a los escribas, los victimarios y protagonistas de este fraudulento y abusador sistema, los ojos del Maestro se dirigen hacia la pobre víctima. La viuda, sin más que hacer, ofrenda dos blancas, un cuadrante, monedas de muy poco valor en la época. La Escritura nos menciona que esta entregó todo su sustento, es decir, todo lo que tenía. Luego de esta acción sólo podría estar confinada al hambre y a la continuidad de la miseria.


El sentido bíblico del relato

      Jamás el relato enfatiza que la viuda será bendecida por tal acción. Antes Jesús alza a esta mujer como aquella que dio más que todos los demás. En vista de la jactancia de los ricos que echaban grandes sumas de dinero, la viuda dio todo lo que tenía a su alcance, no lo que le sobraba. En proporción, ella dio mayor porcentaje de sus ingresos que todos los demás. Sin embargo, nuestras enseñanzas nos inclinan a pensar que esta actitud es la correcta. Repito que ella era una víctima de un sistema opresor, estaba siendo engañada por quienes decían defenderla. El dar todo nuestro sustento no es una regla general, aplicable a todas las situaciones que se nos presenten. Muchas veces las iglesias de hoy son cómo reales templos herodianos. Desde los altares, como verdaderos escribas, se incita a la hermandad a dar todos los ingresos, independientemente que estos puedan estar considerados para la salud, cuidado o sustento del hogar. Las Escrituras indican que uno debe dar conforme a lo que tiene: “Asimismo ofrecerá una de las tórtolas o uno de los palominos, según pueda” (Levítico 14:30), “porque si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene” (2 Corintios 8:12). Muchos hermanos, estimulados por las sensibilizaciones y mensajes de prosperidad y bendición, han dado el dinero que tenían destinados para el pago de una deuda importante, o para el cuidado de un hijo en el hospital. Finalmente, lo prometido jamás lo recibieron. Esto se puede explicar porque la ofrenda jamás es una vía especial de bendición. La idea que las ofrendas compran el favor de Dios es un concepto basado en la más pulcra ignorancia: “…Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hechos 8:20). Las bendiciones de Dios jamás provienen de nuestra iniciativa, menos de nuestro dinero. El apóstol Pablo fue enfático: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, NI POR NECESIDAD, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). Todo hermano que entregue una ofrenda pensando que aquel dinero será retribuido de alguna forma lo está dando por necesidad o interés. ¿No se fomenta el interés económico si desde los altares se proclaman bendiciones por medio de la ofrenda pagada? El Señor Jesús sostiene todo lo contrario: “…de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mateo 10:8).

      Jesucristo, quien condenó el sistema de la estafa y el engaño religioso, fue el mismo que dijo: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33). Jesucristo prometió que Dios conoce nuestras necesidades y las suplirá, si mantenemos siempre nuestra concentración en el Reino de Dios. ¿Por qué entonces deberíamos pagar una ofrenda para que Dios nos bendiga? ¿No resulta contradictorio? Antes que todo, debemos entender que en el Nuevo Testamento la ofrenda es completamente voluntaria, es contraria a una deuda, debe ser desinteresada, es decir, contraria a la inversión.

        Por lo visto, la ignorancia de la Palabra de Dios nos hace sacar conclusiones prematuras, apresuradas, y que muchas veces, terminan apoyando lo que tanto el Señor vehementemente condenó.

No podemos entender el pasaje de la ofrenda de la viuda ignorando el contexto que se iba desenvolviendo hasta el momento. Jesús acusa a los escribas de ser hipócritas, no consecuentes con lo que dicen practicar, aprovechados de la miserable situación de las viudas, para terminar empobreciéndolas aún más, cuando el sentido del templo y las ofrendas no era más que el sustento y la ayuda a estas mismas.

El sentido de las ofrendas era la ayuda al desvalido. En este contexto, Jesucristo presencia todo lo contrario: el templo absorbía gran parte de los ingresos que percibía el pueblo. Muchos terminaban en la miseria por servir a un sistema humano. Contradice por tanto la enseñanza y doctrina maravillosa del Señor: “y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos” (Marcos 10:44).