lunes, 18 de noviembre de 2013

De la idolatria pastoral y los medios de censura



“Por tanto, amados míos, huid de la idolatría”
(1 Corintios 10:14)


Las Escrituras nos mencionan que Cristo es la cabeza de la iglesia. Así lo menciona el apóstol Pablo: “y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Dios delega su autoridad a Jesucristo, y Él la emplea a la iglesia: “porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y Él es su salvador” (Efesios 5:23). Sin embargo, las Escrituras no sólo mencionan que Jesús es la autoridad, sino que también la iglesia es un cuerpo conformado por los hijos de Dios, de los cuales nadie es más que nadie. Todos los que conformamos el cuerpo de Cristo somos iguales. Es obvio que no todos poseemos los mismos dones espirituales que Dios entrega, pero conformamos un solo cuerpo, así lo mencionó el apóstol Pablo: “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Romanos 12:4-5). Sin embargo, el gobierno de las doctrinas humanas en nuestras iglesias pentecostales ha obligado a aceptar enseñanzas o doctrinas contrarias a la autoridad de Cristo y a la igualdad de la membresía de la Iglesia. ¿Por qué razón llamamos a nuestros pastores como “ungidos de Jehová”, “Ángeles de la iglesia”, o “profetas del pueblo”? ¿Cuál es la unción especial del pastor? ¿Es siempre válida aquella frase que dice: “El Señor me dijo por medio de mi pastor que esta semana me va a ir bien”? ¿Realmente debemos presentarnos ante nuestros pastores con una actitud sometida para estar en una relación correcta con Dios? ¿Participan los hermanos que no están de acuerdo con las tradiciones impuestas de una especie de locura, enfermedad o prueba del espíritu? Responderemos estas preguntas de acuerdo a las Escrituras.


Sobre la idolatría pastoral

Uno de los principios fundamentales de la reforma cristiana protestante, de la cual nos consideramos herederos, es el sacerdocio de todos los creyentes. El Nuevo Pacto sellado con la sangre de nuestro Señor Jesucristo abolió todo aquel sistema sacerdotal judío. Su utilización es vana, pues el sacrificio perfecto lo realizó nuestro maravilloso Señor. Existen pruebas indubitables en el Nuevo Pacto que corroboran este principio, el cual guarda estrecha relación con la libertad cristiana que la gracia del Señor nos concede: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pedro 2:5), y “…Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre…” (Apocalipsis 1:5-6). Cualquiera que asuma que el pastor es “el sacerdote de la iglesia de Cristo” realiza una exaltación carente de cualquier sentido bíblico. ¿Acaso dice la Escritura: “Ustedes pastores son sacerdocio santo”? Mas bien dice “Vosotros”, al referirse a todos los cristianos fieles a Jesucristo, los cuales pueden realizar sacrificios espirituales aceptables a Dios.

Una evidencia considerable de la exaltación pastoral que la hermandad realiza es la gran cantidad de apelativos que condecoran al liderazgo de una divina superioridad. Esta gama de nombres magnifican en sobremanera el rol pastoral, muchas veces rebajando a la hermandad a simples oyentes o receptores de una revelación única e incuestionable. Les declaramos ungidos, profetas, ángeles de la iglesia, voces de Dios, y en muchos casos, sacerdotes o apóstoles. Estos títulos suelen ser naturalmente empleados para adoptar calificaciones divinas a un sistema humano. Muchas veces se menciona que los pastores son ungidos de Jehová. ¿Acaso son los únicos ungidos? El Nuevo Pacto nos unge a todos los cristianos en el amor de Dios y el Espíritu Santo: “Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas” (1 Juan 2:20). Entonces ¿Cuál es aquella unción especial revelada únicamente a los pastores? En el Antiguo Testamento la unción estaba referida al aceite, que en algún sentido fue un simbolismo de la unción del Espíritu Santo (Éxodo 29:7). También estaba referida a los sacerdotes ungidos de la ley mosaica (Levítico 4:3,5; Números 3:3), a los reyes de Israel (1 Samuel 12:3-5; 24:6-10; 2 Samuel 1:14-16; Salmo 20:6) y a los descendientes de David (Salmo 2:2; 18:50; 89:38-51). ¿Son los ungidos actuales descendientes del linaje judío o descendientes de David? Sin embargo, el gran problema no es este. La unción referida al Nuevo Testamento es espiritual, y está relacionada con el Espíritu Santo de Dios: “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret…” (Hechos 10:38) y “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…” (Lucas 4:18). De aquí vienen todas aquellas cosas que la hermandad replica de forma constante: “El Señor dijo por medio de nuestro Pastor que…”. ¿Qué sucedería si el pastor menciona algo que carece de sentido y fundamento bíblico? ¿Sabremos que sus interpretaciones no van acorde a la totalidad del mensaje de la Palabra de Dios? De aquí yacen otros principios:

a) Mientras más exaltamos a nuestros pastores más inhibimos el natural cuestionamiento y análisis bíblico respecto a sus enseñanzas.

b) Mientras más exaltamos a nuestros pastores más los calificamos de inmunes frente a un legítimo análisis bíblico respecto a sus enseñanzas

c) Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos reveladores de la voluntad de Dios para nuestras vidas más estamos propensos a ser manipulados por mensajes extrabíblicos, muchas veces proclamados sin conciencia de manipulación.

d) Mientras más exaltamos a nuestros pastores como únicos receptores de la interpretación bíblica más descuidamos el estudio de la Palabra de Dios por considerar que la única revelación proviene de sus exhortaciones.

Todo esto lleva a una idolatría pastoral, elevando a nuestros pastores a lugares divinos, calificándolos de ser más especiales que el resto. Muchas iglesias pentecostales realizan estudios bíblicos centralizados, es decir, que solo existe una fuente única de estudio bíblico la cual no puede ser cuestionada en ninguna forma, incluso, si alguien deseara hacer un estudio bíblico personal, con algún grupo de familias en algún hogar se les califica de hacer reuniones clandestinas, sin autorización alguna. ¿Por qué habrá tales obstáculos? ¿Tendrá alguna incumbencia con el control educacional que pueda tener el líder sobre su hermandad? Toda identidad pastoral que inhiba el normal estudio de la Palabra de Dios por parte de la hermandad genera una sumisión autocrática y dictatorial cuyo único resultado es una congregación bíblicamente ignorante y sometida a los designios del pastorado.


Sobre el centralismo y la imposibilidad de debate

Nuestras iglesias se han contagiado de una extensa red de burocracia eclesiástica que imposibilita resolver los problemas comunes de la hermandad. La mayoría de las iglesias pentecostales contiene un organigrama cerrado que apunta siempre a un solo líder, o a un grupo direccional, del cual proceden todo tipo de autorizaciones y mandatos. La mayoría de las iglesias no son administradas por pastores, sino por predicadores, quienes dependen de otros grupos directivos, y a su vez estos últimos dependen de otros grupos de mayor jerarquía. Este afán de diseñar mega organizaciones puede imposibilitar el real propósito de la iglesia: servir. Muchas veces la iglesia no ejerce aquel servicio, sino que es la hermandad quien sirve a la iglesia, muchas veces explotando a los hermanos quienes humildemente aceptan aquellos trabajos. Ante organizaciones eclesiásticas tan gigantescas la visión de los problemas de la hermandad se dificulta en gran manera. El pastor encargado debe atender a un conjunto de iglesias, compuestas por cientos de hermanos, cuyos problemas o inquietudes apremian a cada momento. La oportunidad de atender los problemas de la congregación es limitada por los plazos o turnos que los hermanos deben requerir. El problema parece atormentar aún más cuando los mismos hermanos, cuyas inquietudes aún vuelan en el aire, tienen que pagar cuantiosas sumas de dinero pedidas desde los altares, para resolver problemas de último minuto, problemas administrativos que muchas veces surgen de la negligencia, entre otros asuntos. Estos modelos de centralización inhiben la resolución de problemas menores y también mayores. Muchas veces uno asiste a congregaciones en que el pastor jamás te ha visto o conocido, pues la congregación es tan grande que la visión de un nuevo asistente y la acogida de él mismo se hace inabordable. Las iglesias debiesen estar preocupadas de cada uno de sus asistentes. Sin embargo, nuestro centralismo obliga a ignorar la llegada de un asistente nuevo. Este centralismo también es causante de la imposibilidad de discutir abiertamente los temas relacionados con la iglesia. En el libro de los Hechos existe un gran ejemplo de la libre discusión de los temas de la iglesia, al realizar un decreto: “Entonces pareció bien a los apóstoles, y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenia por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos” (Hechos 15:22). Luego de elegir CON TODA LA IGLESIA el envío de aquellos varones, decretaron en vista del legalismo: “nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros…” (v. 25). No solo refirieron el tema a la iglesia, sino que llegaron a un acuerdo entre todos. ¿Realmente practicamos este sistema en nuestras iglesias? ¿Realmente las decisiones se imparten en consenso con toda la hermandad? Humberto Lagos Schuffeneger, un destacado doctor y licenciado en Sociología, realizó un análisis de la sociología de las sectas religiosas, y este asume que: “La sociedad sectaria es típicamente dictatorial; las decisiones están marcadas por el verticalismo y por la imposibilidad de discutirlas por el fiel comunitario” . Tengamos cuidado con estos comportamientos sectarios.


Sobre la exigencia de sumisión

Se nos ha enseñado que el puesto de pastor o líder dentro de una iglesia es instaurado y decidido por el Espíritu Santo de Dios. Cuestiono un tanto la inspiración del Espíritu Santo en aquellos asuntos, pues los estatutos proponen la elección por votos de un determinado grupo, en el cual reside la responsabilidad de elegir a los distintos lideres. ¿Debiésemos descansar siempre en el supuesto que las ideas relacionadas con el poder permanecen nulas a la hora de elegir a un nuevo líder? Algunas iglesias pentecostales caen en distintas rivalidades por los puestos de poder, las cuales son encendidas por los pastores y avivadas por una congregación ignorante. Ante estas peleas entre iglesias, relacionadas con el poder, el apóstol Pablo insiste: “porque aun sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Corintios 3:3). El real problema de todo esto no es el cuestionamiento hacia la “elección divina” que los líderes desean inculcar, sino en el sometimiento que se enseña desde los altares ante cualquier figura que la iglesia exalta.

Comúnmente el puesto de pastor u obispo se exalta en sobremanera, a tal punto de generar una especie de idolatría. Es parte de nuestra doctrina (humana y no bíblica) la enseñanza de esta sumisión a los pastores: debemos presentarnos ante ellos con sometimiento, a fin de estar en una relación correcta con Dios.  Cualquier crítica o duda respecto a la validez de lo que se está enseñando suele representar una amenaza para el ministerio, una contraposición a nuestro Dios y desobediencia a sus principios. Para estas enseñanzas nos basamos en la carta a los hebreos: “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas…” (Hebreos 13:17). Sin embargo, ignoramos completamente que en aquel mismo capítulo el autor establece: “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la Palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Hebreos 13:7).

El hecho que la autoridad del pastor sea igual a la de Dios nos hace pensar que el obedecer al pastor es obedecer a Dios, y en caso contrario, el desobedecer al pastor es desobedecer a Dios. Una oposición a una decisión que nos parece incorrecta, y el normal debate de estas circunstancias debe ser anulada porque el cuestionamiento es una especie de rebeldía ante nuestro Señor. Cualquier crítica o duda respecto a la enseñanza y doctrina enseñada es tomada como una murmuración a nuestro Dios. Sin embargo, esta sectaria forma de pensar conlleva que no exista un cuestionamiento bíblico responsable, algo que si ordena la Escritura: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). El sociólogo Humberto Lagos Schuffeneger estudia estos fenómenos, y entre las características que dispone para reconocer a una secta menciona la “legitimación en torno a líderes carismáticos”. Al desarrollar este punto establece: “El líder de la secta es siempre del tipo carismático, y sus decisiones se caracterizan por el autoritarismo. Es él quien tiene la mejor revelación…” . Referido al punto analizado anteriormente el sociólogo afirma: “Estar en “comunión” con el líder es estarlo con la “divinidad” . ¿Qué sucedería si la autoridad del pastor se superpone a la enseñanza de las Escrituras? ¿Qué sucedería si este enseña doctrinas y tradiciones desviadas de lo que enseña Dios a través de su Palabra? Mas bien, todo es una imposición de temor para que no haya supuesta “rebeldía” y no haya cuestionamientos respecto a la doctrina. El analfabetismo bíblico característico de nuestras iglesias, y el normal conformismo respecto al estudio de la misma Palabra de Dios, facilita aún más la imposición de prácticas y doctrinas extrabíblicas y antibíblicas. Todas aquellas doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas son mantenidas por sistemas de terror que nosotros mismos hemos impuesto y aceptado. Esta sumisión al pastorado tiene distintos riesgos:

a) Mientras más ausentamos la crítica y el libre cuestionamiento basado en las Escrituras, más impedimos la alerta frente a doctrinas falsas.

b) Mientras más ausentamos la crítica y el libre cuestionamiento basado en las Escrituras, más tendemos a aceptar ciegamente doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas.

c) Mientras más aceptamos ciegamente doctrinas desviadas de las enseñanzas bíblicas, más fortalecemos estos sistemas dictatoriales que exaltan a las personas, y disminuyen el ministerio cristocéntrico.

¿Realmente una iglesia tiene un liderazgo cristocéntrico si hay hermandad que asegura que daría la vida por su pastor? Esta especie de fanatismo pastoral no es más que idolatría. El hecho de asegurar que todo lo que dice el pastor proviene de Dios es aprobar ciegamente cada una de sus palabras, que en muchos casos podrían ir en contra de la misma Palabra de Dios. ¿Qué podemos hacer? Examinarlo, conforme a las Escrituras. El libro de los Hechos nos menciona un ejemplo claro de examen cuidadoso sobre las palabras enunciadas por los líderes:


“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así
(Hechos 17:10-11)

Un comentario muy oportuno de la Biblia Plenitud asume: “Estos judíos no tenían una mente cerrada: recibían la palabra con toda solicitud. No eran negligentes; sino escudriñaban cada día las Escrituras” . Los judíos realmente practicaban lo que el profeta Isaías señalaba como tarea de todo creyente: “Inquirid en el libro de Jehová, y leed si faltó alguno de ellos…” (Isaías 34:16). ¿Quién hoy verifica si la doctrina enseñada por la iglesia está en acuerdo con las Escrituras? ¿Acaso está todo saldado y perfecto? Negaríamos entonces el principio de la reforma que suponemos ser herederos. Son solo unos pocos los que asumen la tarea de “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). La gran mayoría de las veces enseñamos en nuestras iglesias a estimar la autoridad como verdad, más que la verdad como autoridad. Recordemos la cita de F.R.Beattie: “El aceptar una verdad de modo irreflexivo, o recibirlas simplemente en base a la autoridad de que están investidas, no es suficiente para una fe inteligente y estable” . Los pocos que han hecho un examen cuidadoso de las Escrituras han encontrado que muchas de las prácticas que aprobamos como correctas son más bien imposiciones humanas sin fundamento bíblico. Estos han sido descalificados por sus propias iglesias de estar enfermos en el espíritu, probados, locos, endemoniados, descarriados, etc. ¿Realmente son participes de una locura doctrinal?


Sobre la supuesta enfermedad de los que se oponen a la doctrina desviada

El hecho que alguien revise si la doctrina enseñada por la iglesia tiene una real validez en las Escrituras es considerado un acto de “murmuración contra Dios”. Muchas veces, a aquellos hermanos que examinan la real validez de nuestras tradiciones les calificamos con apelativos como: “enfermo en el espíritu”, “letrado”, “se cree pastor”, “tiene demonio”, “rebelde”, “porfiado”, “descarriado”, “está probado en su fe”, “no sigue la sana doctrina”, etc.
Sin embargo, el hecho que la mayoría acepte determinadas prácticas no garantiza que aquellas sean correctas, pues lo correcto o incorrecto no se regula por votación, sino por una revisión de su apego a las Escrituras.
 La consulta es: ¿Quiénes están en error? ¿Aquellos que buscan la voluntad de Dios mediante las Escrituras? ¿O aquellos que persisten con una actitud sometida al designio de un determinado líder? ¿La persona que escudriña la Palabra de Dios buscando la real validez de nuestras prácticas? ¿O quienes siguen un camino desviado de forma tan cómoda que jamás se alertan de su error? Por lo tanto, es muy probable que toda una iglesia siga un conjunto de tradiciones humanas que no llevan a ningún destino, y pueda que solo uno esté en lo correcto, renovando su entendimiento de la voluntad de Dios a cada instante, por medio de la Santa Palabra de nuestro Dios y la comunión con Él.

El entendimiento de Dios, por medio de su santa Palabra y de su Santo Espíritu, es el mejor antídoto contra las tradiciones humanas, las cuales son una droga mortífera que nos separa de Cristo.

2 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo con lo que he leido, el problema en estos casos es que los pastores son los visionarios que levantan un ministerio y los hermanos que se van añadiendo tienen que seguir las reglas establecidas por el ministro que fundó ese ministerio. Una vez asistí a un seminario de lideres y el pastor que llevaba la capacitación hizo enfasis en que el lider principal era el pastor que fundó la iglesia y que todos los que se añadieran debían estar totalmente de acuerdo con sus metodos y los que no estaban de acuerdo tenian que irse, me pareció una actitud dictatorial. También se da este problema porque a la gente no le gusta leer, porque no entienden entonces prefieren que otro lea y estudie la biblia y que les expliquen, el asunto es que Dios tiene tratos para cado uno de nosotros y nos llevara a libros y pasajes en donde nos hablará de acuerdo a nuestra necesidad, pero muchas veces preferimos no hacer caso o ignorar la voz de Dios en su palabra.

    ResponderEliminar
  2. QUE DIOS TENGA MISERICORDIA DE TODOS NOSOTROS...

    ResponderEliminar