jueves, 28 de noviembre de 2013

Acerca de las revelaciones personales: visiones, sueños, profecías y anécdotas

Un estudio sobre cómo Dios se ha revelado en la Escritura y de la real validez de nuestras revelaciones pentecostales



“Hermanos, hace un tiempo tuve un sueño en el que el Señor me decía…”
Predicador en un culto normal

“He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas, y yo no los envíe ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo, dice Jehová"
(Jeremías 23:32)

"En tiempos de peligro y amenazadores desastres siempre hay esos que afirman de tener revelaciones extraordinarias.  El diablo los estimula para llenar a los hombres con esperanzas falsas para poder mantenerlos en pecado y falsa seguridad. Entonces, cuando el juicio de Dios viene, son tomados por sorpresa. Así que quienquiera que afirme tener revelaciones extraordinarias, alentando a los hombres a sentirse seguros mientras viven una vida de pecado, hace la obra del diablo, porque cualquier cosa que aliente al hombre sentirse seguro en su pecados es del diablo"
John Owen
"El Espíritu Santo"



Introducción


        En nuestras iglesias pentecostales abundan los comentarios, anécdotas y testimonios personales acerca de sueños, visiones y revelaciones espirituales. Al parecer, Dios mantiene una revelación vigente, externa a la Escritura, para manifestarnos su voluntad, qué decisiones tomar y cómo debemos conducirnos respecto a diversos temas. Llueven las anécdotas sobre sueños y sus interpretaciones correspondientes, revelaciones desde el púlpito acerca de cómo proceder respecto a un problema, visiones particulares dentro o fuera del culto que revelan algo acerca de Dios y la iglesia, en fin, testimonios que no salen de lo personal, y que en determinadas ocasiones suelen abarcar un número mayor de adherentes. Como acérrimos defensores de la “libertad en el espíritu” y la casi nula crítica a los fenómenos “espirituales” (o emocionales) que ocurren en nuestras iglesias, creemos con gran facilidad la enorme cantidad de profecías, visiones, revelaciones o testimonios que relata la hermandad. Basta ver la enorme credibilidad que le damos a las visiones de nuestros pastores, ministros o líderes de las iglesias, quienes recurren a estas anécdotas para ilustrar, mandar o sensibilizar a sus congregaciones, a fin que actúen de un determinado modo o no presten atención a determinadas temáticas. El problema yace en que no todas las profecías o visiones son ciertas, de otro modo, este mundo francamente no existiría a base de todas las catástrofes anunciadas por visionarios, no sufriríamos crisis económica alguna en base a las múltiples expresiones de prosperidad por parte de los pastores y, lo peor, la Escritura pasaría a ser un libro secundario que va en auxilio de las visiones. Gran parte de las revelaciones no tiene absoluto fundamento bíblico y por tanto, no son parte de la manifestación de Dios hacia los hombres. No obstante, como pentecostales, no solemos hacer una autorreflexión acerca de cuán alejados o no estamos de la Escritura. Antes realizamos críticas a otras iglesias o sectas, dejando inmune a nuestra congregación de todo examen. La Escritura jamás manda a quedarnos en el conformismo, sino más bien llama a renovar nuestro entendimiento de Dios, examinándolo todo y reteniendo lo bueno (Romanos 12:2; 1 Tesalonicenses 5:21). No llegaremos a un correcto entendimiento de Dios sin escudriñar su Palabra. Caemos en un grave error si afirmamos que conocemos a Dios mientras sufrimos de un verdadero analfabetismo bíblico. ¿Qué dice la Palabra de Dios respecto a las visiones y sueños? ¿A todos ellos debemos atribuirle un significado divino? ¿Cómo podemos reconocer cuando algo es o no una manifestación de Dios? ¿Examinar si algo procede o no del Espíritu Santo es un acto de incredulidad? ¿Existen las revelaciones personales acerca de los atributos de Dios? ¿Cómo reconocer si una anécdota es cierta? ¿Cómo discernir entre una exposición bíblica de la voluntad de Dios y una profecía o visión falsas? Todo esto y más revisaremos en este estudio.


La revelación de Dios en la Escritura

    Las Sagradas Escrituras nos relatan un sinfín de testimonios en donde Dios se ha revelado directamente con determinados individuos. No fueron las capacidades, la retórica o la fuerza de estos lo que empujó a Dios a elegirlos para transmitir su Santa Palabra. Sólo por la gracia de Dios estos hombres y mujeres fueron iluminados respecto a su voluntad y llevados a pregonar su Palabra. Reinan en el Antiguo Testamento, testimonios de hombres y mujeres de los cuales no se esperaba nada, pero fue la voluntad de Dios utilizarlos. No podemos olvidar la embriaguez de Noé (Génesis 9:21-21), el espíritu exigente y ansioso de Abraham (Génesis 15:2-3), la tartamudez de Moisés (Éxodo 4:10), la murmuración de Aarón (Éxodo 12:1-2), la profesión de prostituta de Rahab (Hebreos 11:31), la incredulidad de Gedeón (Jueces 6:36-40), la condición de extranjera de Rut (Rut 1:4), la infidelidad de David (2 Samuel 11:3-4), el paganismo de Salomón (1 Reyes 11:1) y todas las complejidades que sufrían los profetas. En el Nuevo Testamento, la historia no es distinta. Pedro era un hombre de carácter fuerte, Mateo era un publicano mirado por su pueblo como un ladrón, Saulo de Tarso (posteriormente Pablo) era un perseguidor de cristianos, etc. La Escritura no nos habla de hombres y mujeres perfectos, sino, al igual que el profeta Elías: “…sujeto a pasiones semejantes a las nuestras…” (Santiago 5:17). La Biblia nos muestra personas tal como son en la realidad, pero que Dios, en su infinita misericordia, escogió para mostrar su voluntad a través de sus vidas.
   A lo largo de la Escritura, tanto en el Antiguo como Nuevo Testamento, podemos ver cómo Dios se ha manifestado de diversas formas, a fin de comunicar su voluntad a los hombres y de transmitirla en la Escritura:

     Comunicación directa. Cuando hablamos de una comunicación directa nos referimos a la experiencia de oír la voz de Dios, literalmente hablando. En la Escritura encontramos a Dios comunicándose audiblemente con Adán y Eva, Caín, Noé, Abraham, Moisés, Josué, Gedeón, Samuel, David, Elías, Job, Isaías, Jeremías, Felipe, Ananías y muchos más. Para la gran mayoría de las menciones, la Escritura utiliza la frase “Y Jehová dijo” o “El Señor dijo”, apuntando a una comunicación directa de Dios a su receptor. Por ejemplo, tenemos a Felipe recibiendo una orden de Dios, de la cual no se relata una respuesta audible de Felipe: “Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur…” (Hechos 8:26). En ocasiones se utiliza en el contexto de una conversación o consultas entre Dios y el receptor del mensaje. Por ejemplo, tenemos el caso de David consultando libremente a Dios: “Después de esto aconteció que David consultó a Jehová, diciendo: ¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y Jehová le respondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le dijo: A Hebrón” (2 Samuel 2:1). En cualquiera de los dos puntos, tanto en el mandato como en el diálogo, Dios ha dejado en claro que puede hablar directamente con el hombre de forma audible. Sin embargo, salvo ciertas excepciones, no tenemos mención que cuando Dios habla de manera audible con sus receptores siempre hallan testigos que confirmen que la conversación es válida. La gran mayoría de los pasajes que sostienen una conversación o recepción de un mandato de Dios no involucran testigos, sólo una comunicación personal e intima entre Dios y la persona que Él ha escogido como receptor del mensaje. Esto nos da a entender que al tratar de “audible” la voz de Dios debemos hacer la salvedad que, en la gran mayoría de los pasajes, es perceptible sólo para su receptor.

       Apariciones personales. Dios mismo, desde tiempos remotos, ha decidido relacionarse físicamente con determinados individuos. Tenemos el caso de Abraham quien recibió a tres varones en su casa e intercedió con ellos por Sodoma y Gomorra: “Después le apareció Jehová en el encinar de Mamre, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día. Y alzó sus ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él; y cuando los vio, salió corriendo de la puerta de su tienda para recibirlos, y se postró en tierra” (Génesis 18:1-2). Existen discusiones teológicas con respecto a la identidad de estos varones. No obstante, ninguno de los puntos de vista puede negar que de estos proviniera un grado de autoridad divina, ya que ratificaron la promesa de la descendencia para Abraham y recurrieron a su sobrino para avisar sobre la inminente destrucción de Sodoma. Es curioso de igual forma que tres vinieron a Abraham y sólo dos hayan ido a Sodoma, los cuales la Escritura los reconoce como ángeles (Génesis 19:1). También cabe notar que a pesar que dos de ellos van por Lot, uno de ellos se queda: “Y se apartaron de allí los varones, y fueron hacia Sodoma; pero Abraham estaba aún delante de Jehová” (Génesis 18:22). Al parecer, una posible explicación es que Dios era uno de estos tres varones, sin embargo, pecaría si lo asegurase, ya que no está escrito y el texto no nos da suficiente luz para esta conclusión.

    Regularmente en la Escritura se emplea como emisor “el ángel de Jehová”. Tenemos el caso de Agar, sierva de Sara, quien al huir de su ama fue encontrada en una fuente de agua por el ángel del Señor: “Y le dijo el ángel de Jehová: Vuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo su mano” (Génesis 16:9). Vemos también el caso de Jacob, quien contendió por largo tiempo con lo que la Escritura llama un varón. A pesar que la Palabra no reconoce explícitamente que era un ángel, los teólogos rescatan ciertos versículos que permiten llegar a esa conclusión. Primero, Jacob reconoce en él autoridad y potestad divina: “…No te dejaré si no me bendices” (Génesis 32:26). Segundo, el varón cambia el nombre de Jacob a Israel (v.28). Tercero, tiene la facultad de bendecir (v.29) y, en cuarto y último lugar, Jacob reconoce haber visto el rostro de Dios: “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma” (v.30).

   Tenemos el caso de Josué, quien vio a un varón delante de él: “…el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? El respondió: No, mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo?” (Josué 5:13-14). Al igual como estos pasajes, existen diversas menciones en la Escritura de apariciones, ya sea de ángeles o del mismo Señor a los patriarcas, reyes y profetas. En el Nuevo Testamento, también tenemos apariciones personales, como por ejemplo, a María la madre de Jesús, María Magdalena, Cornelio, en fin, Dios ha decidido relacionarse con sus escogidos. Con seguridad las apariciones cobran su mayor sentido cuando hablamos de Jesucristo, quien es Dios hecho hombre. Muchos pueden discutir con respecto a la identidad de los emisores. Sin embargo, en la Palabra Santa, quién sea el mensajero no tiene mucha relevancia, siempre y cuando se encuentre entre los locutores válidos (Dios mismo o ángeles). La real importancia es si el mensaje proviene o no de Dios, independientemente si Él ha decidido participar directamente o enviar un mensajero a hacerlo. En cualquier caso, el Ángel de Jehová es reconocido en la Escritura como Dios mismo siendo mensajero y guiador: “He aquí yo envío mi Angel delante de ti para que te guarde en el camino…Guárdate de él, y oye su voz; no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión, porque mi nombre está en él” (Éxodo 23:20-21).

   Teofanías. En algunas ocasiones Dios ha decidido representarse por medio de elementos naturales como las nubes o el fuego. A estas figuraciones los teólogos han llamado Teofanías, que es otra de las formas por las que Dios se ha revelado en la historia. Tenemos el caso de Moisés, quién al ver una zarza que ardía pero no se consumía (Éxodo 3:3), quedó anonadado por la situación. Dios, viendo que se acercaba se comunicó audiblemente con él: “Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí” (v.4). La teofanía se repite constantemente en la vida de Moisés. Por ejemplo, Dios muestra su fidelidad y protección con su pueblo redimido a través de una nube y columna de fuego: “Y Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles, a fin de que anduviesen de día y de noche” (Éxodo 13:21). Vemos también como Dios se expresa a través de truenos y relámpagos en el Sinaí: “Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo…” (Éxodo 19:16).

   Dios también ha utilizado estos elementos para revelar a Cristo. Tenemos en el mismo Éxodo eventos que guardan relación con Jesús. Por mencionar un ejemplo, antes de llegar al monte Sinaí, Dios decide enviar pan desde el cielo para que los israelitas comieran hasta saciarse: “Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os daré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día…” (Éxodo 16:4). Más de 1.500 años después Jesús se reconoce como el pan de vida: “…No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi padre os da el verdadero pan del cielo…Yo soy el pan de vida…Yo soy el pan que descendió del cielo” (Juan 6:32, 35, 41). En resumen, las representaciones naturales que Dios ha decidido tomar han servido, tanto para comunicar la voluntad y presencia de Dios como para revelar a Jesucristo mucho antes de su venida.

   Visiones. Otra manera que Dios ha tomado para revelarse al hombre es a través de visiones. Las visiones muchas veces son confundidas con los sueños, pero se distinguen por el carácter de conciencia. Desde tiempos de Abraham, la Escritura nos revela que Dios ha decidido mostrar su eterno designio a través de visiones: “Después de estas cosas vino la palabra de Jehová a Abram en visión, diciendo: No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande” (Génesis 15:1). Podemos recalcar de igual forma la visión que tuvo Ezequiel acerca del valle de huesos secos: “La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos” (Ezequiel 37:1). Notemos que ahora no menciona la expresión “visión”, sino más bien un transporte espiritual de Dios “y me llevó en el Espíritu…”. Una de las visiones más significativas fue la de Esteban, lapidado por predicar la verdad de Cristo. Esta visión es un tanto más particular, no sólo por lo revelado, sino también por la consecuencia de esta revelación. Luego de predicar el evangelio conforme a las Escrituras a un celoso Sanedrín, Esteban, lleno del Espíritu Santo: “…puesto los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (Hechos 7:55-56). En el relato, nada gatilló más la ira de los judíos que esto. Habían escuchado todo el mensaje, pero para ellos, esta visión había sido el colmo: “Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él” (v.57). Vemos también la visión que tuvo Cornelio: “Este vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio” (Hechos 10:3). Notemos que la visión puede ser tanto metafórica como directa. Pedro también sostuvo una visión al poco tiempo que ocurriera la de Cornelio. En esta oportunidad la visión se presenta como un éxtasis: “…pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis… Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu…” (Hechos 10:10, 19). Así también el apóstol Pablo fue partícipe de diversas visiones (Hechos 16:9; 18:9; 22:17-18; 23:11; 2 Corintios 12:1). No obstante la revelación en visión más larga que se ha registrado en la Escritura es el Apocalipsis, en donde Juan, apóstol del Señor, tiene una visión en la isla de Patmos, lugar de su exilio (Apocalipsis 1:9-10).

   Sueños. Una de las formas con las que Dios se reveló en la Escritura es a través de sueños. Con seguridad a todos se nos viene a la mente el mismo nombre: José. Este varón no solamente soñaba sino que interpretaba sueños. A través de ellos Dios comunicaba cosas que ocurrirían en el futuro tal como la sumisión de sus hermanos a él (Génesis 37:6-7), la ejecución del jefe de los panaderos (Génesis 40:22), la escasez en Egipto por siete años (Génesis 41:27) y la prosperidad por el mismo tiempo (Génesis 41:29). En ocasiones Dios entrega sueños a personas que circundan a sus propósitos, no solamente a los participantes directos. Tenemos los sueños de la esposa de Poncio Pilato, procurador romano: “Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él” (Mateo 27:19). Tenemos también el sueño de uno de los madianitas, enemigos del pueblo de Israel, que relataba la inminente derrota que tendrían: “…He aquí yo soñé un sueño: Veía un pan de cebada que rodaba hasta el campamento de Madián, y llegó a la tienda, y la golpeó de tal manera que cayó, y la trastornó de arriba abajo, y la tienda cayó. Y su compañero respondió y dijo: Esto no es otra cosa sino la espada de Gedeón hijo de Joás, varón de Israel. Dios ha entregado en sus manos a los madianitas con todo el campamento” (Jueces 7:13-14). Como podemos ver, en la Escritura los sueños pueden ser difusos y de difícil entendimiento. Para llegar a su significado real, la Escritura nos menciona que siempre hubo un intérprete o alguien que lograra dar con su real sentido. Así como el relato de Jueces reconoce la labor del intérprete: “Cuando Gedeón oyó el relato del sueño y su interpretación…” (v.15), asimismo en toda la Escritura los sueños que tienen procedencia divina requieren de una interpretación.

   Profecías. Dios se ha revelado a la humanidad a través de profecías, las cuales pueden definirse como una interpretación de la voluntad de Dios y/o una proyección de eventos futuros. En las Escrituras, más de 360 profecías apuntan a Jesucristo. Tenemos gran cantidad de profecías cumplidas respecto a la desaparición de ciudades, destrucciones de templos y guerras entre grandes imperios. Recordemos que Jesucristo profetizó la destrucción del templo de Jerusalén (Marcos 13:1-2), lo cual se cumplió precisamente en el año 70 d.c. En este tipo de revelación, el profeta es tanto receptor como instrumento. Transmite la voz de Dios pero a la vez se siente participe de los que oyen. No se les confiere ningún atributo o superioridad divina, sólo cumplen con dar el mensaje. La estructura que tenía la predicación profética en el Antiguo Testamento es regularmente la misma. En primer lugar, el profeta reconoce la autoridad y la fuerza de la Palabra de Dios, y asume desde un principio que su mensaje proviene irrefutablemente de Dios. Así lo nota el teólogo José Martínez: La frase “así dice Jehová” o alguna otra equivalente es mucho más que una estereotipada fórmula introductoria al mensaje del profeta. No es pronunciada mecánicamente, a la ligera. Es indicación de que la declaración que va a seguir tiene su origen no en la mente del propio profeta, sino en Dios”. Cabe notar también cuán frecuente es la frase “Vino a mí palabra de Jehová”. El lector de Isaías, Jeremías o Ezequiel no puede pasar por alto la íntima relación que sentían los profetas con Dios. Ellos reconocen en cada punto que Dios habla por medio de ellos y se revela a ellos.

En segundo lugar, el propósito de la profecía es la denuncia del pecado. Nada mantuvo más ocupado a los profetas que animar al pueblo de Israel a abandonar sus pecados y volverse a Dios: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia…” (Isaías 55:7). Si la profecía no denuncia el pecado, la Escritura la trata de “no provechosa” (Jeremías 23). Es el pecado el único problema que los profetas atacaron.
    En tercer lugar, las profecías en el Antiguo Testamento proclaman el juicio divino contra el pecado. La justa retribución por el pecado es un deber moral de Dios. El juicio tiene por objetivo vindicar la justicia, enderezando lo que la injusticia había torcido, condenando la soberbia de los hombres y llevando al pueblo a un nuevo inicio . A menudo, el juicio divino se manifestaba en desastres, derrotas, esclavitud o escasez, no sólo del pueblo de Israel, sino también de sus enemigos (Asirios, persas, babilonios, egipcios).
    En último lugar, el fin de la profecía era anunciar salvación de parte de Dios. Él ha decidido restaurar a su pueblo mediante su amor y misericordia. Con benignidad no paga conforme a la multitud de los pecados, sino mucho menos, ya que el juicio que Dios realizó sobre Israel no fue nada comparado con el pecado que habían cometido. Dios decide llevarlos al arrepentimiento, perdonarlos y guiarlos hacia una restauración plena. Este es el patrón que siguen las profecías en los textos proféticos de la Biblia.

   Comunicación y recepción apostólica. Si la Escritura nos dice que Jesucristo es Dios hecho hombre, su enseñanza y relación directa con sus apóstoles también es considerada una revelación. Los discípulos de su época, que con posterioridad llamaron cristianos, fueron receptores directos de la doctrina de Dios. Fue Dios mismo quien los enseñó y los llevó a un conocimiento pleno de su identidad y voluntad. Cuando Jesús habla junto a la mujer samaritana, esta le declara: “…Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:25-26). Jesús mismo aseguró ser el cumplimiento de las profecías mesiánicas: “Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí” (Juan 6:45). Esto, con seguridad, es una forma especial de revelación. Luego del escrito del profeta Malaquías, hubo cuatrocientos años de silencio, en los cuales Dios no se había revelado al pueblo de Israel, hasta que su manifestación más sublime participa en la historia de la humanidad. Él mismo, como Hijo de Hombre (Daniel 7:13-14), se revela a la humanidad y enseña la doctrina de Dios a todo el pueblo, incluyendo a los gentiles. Esta revelación sólo toma lugar una vez. Jesús ahora está a la diestra de Dios, intercediendo al Padre por nosotros. Este tipo de revelación es imposible en estos días. Sólo habrá una vez en que Jesús se revele nuevamente a la humanidad, y lamentablemente no será para enseñar el evangelio, sino para consumarlo por completo. Su próxima venida es para juzgar a las naciones e instaurar para siempre su reino.
    Los apóstoles reconocieron de manera fidedigna haber sido enseñados por Dios mismo en Jesucristo. El representante de los apóstoles, Pedro, exhortó: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16). Él reconoce haber recibido de Jesucristo una revelación de forma directa, y por tanto, tiene el suficiente conocimiento y autoridad delegada por el Espíritu Santo para hablar, enseñar y adoctrinar sobre Dios. El apóstol Juan enfatiza en esta revelación diciendo: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” (1 Juan 1:1-3). Notemos que el mismo apóstol fue el autor del cuarto evangelio, el cual se refiere a Jesús como la vida (Juan 14:6) y el Verbo de Dios (Juan 1:1). El apóstol hace hincapié en esta revelación especial, ser testigo ocular del Hijo de Dios y ser particularmente comisionado. Asimismo todos los apóstoles en la obertura de sus escritos se reconocen como siervos de Jesucristo, testigos que pueden dar fe de sus enseñanzas, milagros, profecías, muerte y resurrección.


La Escritura como la única revelación de Dios

        Una vez revisadas las grandes formas por las cuales Dios decidió revelarse a la humanidad, es pertinente hacerse la siguiente consulta: ¿Por qué lo hizo? A diferencia de ciertas interrogantes que no podemos responder debido a su carácter trascendental y misterioso, la Escritura nos da claras menciones sobre el objetivo que tiene la revelación de Dios. Podemos notar dos razones claras: 1) la comunicación de un mensaje que Dios deseaba entregar, a fin de manifestar una mayor comprensión del pasado, su voluntad en el presente y los eventos que ocurrirían en el futuro, y 2) la comunicación de un mensaje integral para toda la humanidad, para que el evangelio sea predicado hasta lo último del mundo. Obviamente la primera razón está relacionada con la preservación del mensaje bajo el contexto que vivía el emisor, a fin que sus receptores directos acojan las palabras de Dios y sean obedientes a su voluntad. La segunda razón es más trascendente, salta el contexto histórico y enfatiza la proyección que Dios deseó dar a su Palabra, enseñando, redarguyendo y dando a conocer el mensaje de juicio y salvación por todas las edades y lugares en el mundo.

      La primera noción parte del propósito que Dios tenía para sus receptores en el contexto inmediato. Esto nos aproxima a entender cuál fue el objetivo de Dios al revelarse mediante sueños, visiones, profecías, diálogos, apariciones, testimonios y enseñanzas, y cuál fue la respuesta que esperaba de sus oidores directos. ¿Cuál fue la respuesta que Dios esperaba de Abraham al comunicarse audiblemente con él? ¿Cuál era la conducta del pueblo de Israel que Dios mandaba que tuviesen una vez rescatados de la esclavitud egipcia? ¿Qué enseñanza quiso dar Dios a David mediante la amonestación de Natán? ¿Qué mandaba Dios al remanente israelita para que volviesen del exilio babilónico? Para comprender esto es necesario sumergirse en el contexto histórico al que se enfrentaban los distintos hombres bíblicos. Ponerse en su lugar y comprender la situación que sostenían puede ser un buen comienzo. Tenemos el caso de Moisés, vetado de ingresar a la tierra prometida, despidiendo al pueblo de Israel a las puertas de Canaán. En esta ocasión, Dios habla por medio de Moisés al pueblo diciendo: “Aprende pues, hoy, y reflexiona en tu corazón que Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, y no hay otro. Y guarda sus estatutos y sus mandamientos, los cuales yo te mando hoy, para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y prolongues tus días sobre la tierra que Jehová tu Dios te da para siempre” (Deuteronomio 4:39-40). ¿Cuál es la respuesta que Dios demandaba del pueblo de Israel? Que guarden sus estatutos y los pongan por obra. Otro ejemplo que podemos mencionar es la comisión dada a Josué, a quien Dios habló diciendo: “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas” (Josué 1:9). ¿Qué era lo que Dios pedía a Josué? Que se esforzara y fuera valiente, que no tuviera temor ni desmayara.

    Como vemos, Dios tenía un propósito para su pueblo y las distintas revelaciones eran el medio por el cuál lo comunicaba. Este patrón no sólo está presente en el Antiguo Testamento. Dios en Jesucristo decidió enseñar, profetizar y dejar un legado abundante de doctrina basada en su propio sacrificio. Los apóstoles transmitieron estas enseñanzas con excelencia, a tal punto que manifestaban una férrea contraposición a todos aquellos grupos que pervertían el evangelio de Jesucristo. Así como Dios demandaba del pueblo judío una estricta obediencia a sus mandatos, asimismo Dios exige que su pueblo espiritual, la iglesia, responda en verdad y justicia, “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación…” (1 Tesalonicenses 4:3), “…renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (Tito 2:12), puesto que sin santidad nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).
    La segunda noción tiene relación con las revelaciones en su conjunto y su influencia en los creyentes de todo lugar, procedencia y tiempo. Dios ha decidido revelarse no sólo a través de manifestaciones aisladas, sino a través del conjunto de revelaciones que ha sostenido en el tiempo. La revelación de Dios aumentó progresivamente a lo largo de la historia, hasta su exposición más completa. El canon de las Escrituras, o los 66 libros de la Biblia, son la forma integral por la que Dios ha decidido revelarse en todas las edades y los tiempos. En el Nuevo Testamento, Jesús y los apóstoles reconocieron la autoridad y origen divino de lo que llamamos Antiguo Testamento o tanaj hebreo. Ya en ese tiempo, el pueblo de Israel reconocía en el Antiguo Testamento la más completa revelación de Dios. Abundan en el Nuevo Testamento expresiones como “según la Escritura”, “como está escrito”, “para que se cumpliese la Escritura”, “según lo revelado por el profeta”, etc. Con el tiempo, el testimonio de los apóstoles y testigos oculares de Cristo y de sus enseñanzas fue plasmado en escritos, a fin que todas las generaciones pudiesen conocer lo que Dios había revelado. Finalmente el conjunto de los escritos dio lugar a lo que llamamos la Palabra de Dios. Las razones por las que cada uno de los textos tiene un sentido inspirado da para un largo desarrollo y no hay tiempo de explicarlos uno por uno. Aún así podemos asegurar de manera sólida que la creciente revelación de Dios ha tomado su forma más completa a través de la Escritura. Dios no sólo se reveló a sus receptores directos (los hombres y mujeres de la Biblia) sino también a todos nosotros por medio del mensaje integral de las Escrituras.
  A modo de ejemplo, podemos señalar un pasaje del libro del profeta Isaías: “dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49:6). Dios dice al pueblo de Israel, por medio del profeta Isaías, que los ha dado como luz de las naciones y portadores de la salvación en todo lugar. No obstante, podemos interpretar esto de dos formas, de las cuales no hay contradicción entre sí. A los israelitas de aquel tiempo, Dios les estaba diciendo que son luz de las naciones y salvación en todo lugar. A los creyentes de todos los tiempos, Dios también los toma como luz de las naciones y portadores de la salvación. Jesús mismo enseñó que su iglesia sería la luz del mundo (Mateo 5:14) y llevaría la salvación hasta lo último de la tierra (Lucas 24:47). Vemos que este pasaje nos revela cómo Dios trataba al pueblo de Israel, y cómo actuaría en el futuro instituyendo una iglesia santa.

     El conjunto de los libros que constituyen la Biblia posee dos características fundamentales: inspiración y suficiencia. La primera característica guarda relación con el origen y el sentido divino de las Escrituras. El apóstol Pedro resumió este principio de la siguiente forma: “entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21). Este pasaje nos revela algo esencial para todo cristiano: reconocer en la Escritura la infalible voz de Dios. Reconocer la inspiración de las Escrituras es el peldaño base de la fe cristiana. Si la Escritura llega a nosotros producto de una inspiración progresiva de Dios a los hombres, de igual forma, nuestra interpretación de ella debe ir en concordancia con lo que Dios ha revelado en la Palabra, no basándose en el juicio propio, sino en el resplandor de la misma Escritura. Este pasaje nos revela de igual forma que el sentido de la revelación de Dios a largo plazo era dejar plasmada su voluntad de forma escrita. Bajo este principio de inspiración el apóstol Pedro se adhiere a todos aquellos que han reconocido en la Escritura el carácter de inspirada como también la confianza en su autoridad. Aunque en los tiempos del apóstol Pedro el canon de las Escrituras aún no estaba formado, es de entender de igual forma que la Palabra, al referirse a la Escritura, cuenta de igual manera con las enseñanzas apostólicas. Otro pasaje que reconoce el sentido de la inspiración se encuentra en la segunda carta de Pablo a Timoteo. En este pasaje, no solamente se corrobora el carácter de inspiración, sino también se introduce al verdadero objetivo de la Palabra Santa de Dios: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). El objetivo del canon bíblico es la enseñanza, instrucción y preparación del cristiano. El sentido de la revelación en su conjunto es el perfeccionamiento del hombre de Dios. A Dios le ha parecido bien que conozcamos su voluntad a través de su Palabra y sólo recurramos a ella para reconocer la verdad o la falsedad de nuestros pensamientos, doctrinas, enseñanzas, conductas, etc.

     La pregunta que ahora cabe hacerse es: ¿Es esta la única revelación de Dios? En este caso nos referimos a la segunda característica de los textos bíblicos: suficiencia. ¿Es suficiente la Escritura para conocer a Dios? ¿Dios se ha revelado en la Escritura y sólo en ella? ¿Pueden otras personas apelar a la inspiración progresiva y añadir más libros al canon de las Escrituras? ¿El admitir que la revelación progresiva del Espíritu Santo termina en el libro del Apocalipsis es asumir que Dios no se revela en nuestro tiempo? En este punto revisaremos por qué razón la Biblia es considerada la única revelación de Dios, es decir, la insuperable y suficiente fuente para conocer la voluntad de Dios.

     Cuando Jesucristo habla de las Escrituras siempre lo hace con excelencia. Su sabiduría en ellas era evidente. Algo en Él había que cuando hablaba de las Escrituras parecía que hablara de sí mismo, como quien expone de su tierra natal o describe a su propia familia. Así lo declaró al leer Isaías 61 en la sinagoga. Luego de exponer sobre los atributos del Mesías prometido, el Señor concluye diciendo: “…Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21). Jesucristo se manifiesta a la humanidad como el cumplimiento de todas las profecías y promesas dadas en el Antiguo Testamento. Al manifestarse a los caminantes a Emaús, se revela como el cumplimiento de todo lo dicho por los profetas: “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27). Jamás se presentó como una novedad, un líder nuevo que ha venido a reformar al mundo. Siempre se manifestó como la viva revelación de Dios a este mundo sobre la base del cumplimiento inequívoco de todas las promesas plasmadas en el Antiguo Testamento. De hecho, Jesús mismo consideraba que los profetas habían escrito acerca Él: “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5:46). Así la Escritura también tiene el carácter de Cristocéntrica, es decir, Jesús es el centro y cumplimiento fiel de toda ella. Él mismo animaba a buscar cómo se cumplían las palabras de los profetas en Él: “Escudriñad las Escrituras… ellas dan testimonio de mí” (Juan 5:39). En resumen, Jesucristo mismo reconoció en las Escrituras su origen divino, como inspiradas, al referirse a ellas como su testimonio propio, y como suficientes, al acudir a ellas y solamente a ellas en el momento de revelar su identidad.
   
    Los apóstoles también se refirieron a la Escritura como la única revelación de Dios. Tenemos al apóstol Pablo argumentando que el testimonio y veracidad del señorío e identidad divina de Cristo se encuentra en las Escrituras: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:3-4). Las predicaciones de los apóstoles estaban saturadas de citas del Antiguo Testamento, reconocían en las Escrituras la autoridad infalible que declaraba a Jesucristo como Salvador. Sin embargo, tenemos un dilema no menor. ¿Qué hay de los escritos del primer siglo o lo que hoy conocemos como Nuevo Testamento? ¿No se referían los apóstoles cuando decían “la Escritura” sólo a los escritos del Antiguo Testamento? ¿Hasta qué punto las palabras de los apóstoles, plasmadas en evangelios y epístolas, fueron consideradas parte de la Palabra de Dios? Es incuestionable que los apóstoles y discípulos del primer siglo al referirse a la Escritura estaban hablando única y esencialmente del Antiguo Testamento, puesto que no fue hasta el siglo IV que fue conformado el Nuevo Testamento. Sin embargo, tenemos fundadas razones para asegurar que los textos apostólicos son igualmente autoritativos que los textos del Antiguo Testamento.
    En primer lugar, los apóstoles y discípulos del primer siglo tenían el deseo y el deber de proclamar el mensaje del evangelio en todo lugar. La finalidad de sus escritos no era otra que transmitir las enseñanzas de Jesús. Ellos, provistos de la gracia de Dios, cumplieron fielmente con este punto y jamás de vieron amedrentados por la amenaza física o intelectual. No obstante, muchas cosas que no están en los evangelios, es decir, en el relato de la vida y enseñanza de Jesús, se encuentran en los escritos apostólicos. No fue el mero antojo de los apóstoles lo que los motivo a escribir sobre temáticas contingentes a su tiempo, resolución de problemas relativos a las iglesias o contraposición a las falsas doctrinas, fue Jesús mismo quien les dio esa autoridad. Debemos tener en claro, en primer lugar, que ninguna de las palabras expresadas por los apóstoles vino por cuenta de ellos, sino que al igual que los santos hombres de Dios del Antiguo Testamento, fueron inspirados por el Espíritu Santo de Dios.
    En segundo lugar, el Espíritu Santo de Dios motivó a los apóstoles a seguir una única línea de enseñanza y no apartarse de ella. La iglesia del primer siglo no estuvo exenta de conflictos doctrinales y morales. No olvidemos la crisis moral de los corintios o la confusión doctrinal de los gálatas. Ante estas problemáticas, los apóstoles siempre instruían, corregían y redargüían de acuerdo a lo que habían recibido de Cristo y lo que el Espíritu Santo les revelaba en aquellos momentos. Sólo por la misericordia de Dios se apegaron completamente a lo que en ese tiempo era una tradición apostólica. Dios dispuso de igual forma que su voluntad para el Nuevo Pacto sea plasmada en escritos, no sólo a través de transmisión oral. Por mencionar un ejemplo, tenemos al apóstol Pablo exhortando en su carta a Tesalónica: “Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Tesalonicenses 2:13). Nótese la autoridad de la tradición apostólica del primer siglo.
   Tenemos en claro que los apóstoles y discípulos de la iglesia primitiva se referían sólo a los textos del Antiguo Testamento como la Escritura, pero también estaban facultados por el Señor e inspirados por el Espíritu Santo para escribir la doctrina de Jesús. Cuando el apóstol Pablo nos dice que: “Toda la Escritura es inspirada por Dios…” (2 Timoteo 3:16) tiene un sentido contextual y uno bíblico, un mensaje para su tiempo y un mensaje para todos los tiempos. Por un lado dijo que todo el Antiguo Testamento es inspirado por Dios, y por el otro, el Espíritu Santo estaba esculpiendo a través de sus escritos un conjunto de textos que con el tiempo pasaron a ser la totalidad de la Palabra de Dios.


La Escritura como la máxima autoridad

     Una vez expuestos los principios fundamentales de este estudio cabe hacerse las siguientes consultas: Si es verdad que Dios se ha manifestado a la humanidad de diversas formas, ¿Qué impide que tenga el mismo trato con nosotros? ¿Por qué Dios no hace lo mismo con los cristianos de todos los tiempos? ¿Qué impide que Dios se revele a mi vida a través de sueños, visiones, profecías o apariciones? Dentro de nuestros círculos pentecostales defendemos a cabalidad la idea que la revelación de Dios es continua y creciente, es decir, Dios se revela a sus hijos de forma exponencial. El gran problema de esto es que la Escritura no sería la única y suficiente revelación de Dios, aunque confesemos lo contrario. Reconocemos que la Escritura nos puede hablar constantemente, a esto nos referimos con que la revelación de Dios es continua a través de la Palabra. Al decir que la revelación es creciente nos referimos al carácter adicional de las manifestaciones personales. Consideramos la mayoría de las revelaciones individuales como inspiradas directamente de Dios, y por lo tanto, incuestionables e infalibles. Como resultado de esto, el grado de examen o prueba que hacemos de una revelación personal es prácticamente nulo. Veamos la diferencia en un cuadro comparativo:


Revelación Constante
• La Palabra de Dios es suficiente para conocer la voluntad de Dios.
• La revelación sobre la voluntad de Dios está completa y sellada en las Escrituras.
• Toda revelación personal debe ser sometida a examen bíblico para reconocer si su procedencia es o no divina.
• Dios habla continuamente sólo a través de las Escrituras

Revelación Creciente
• La Palabra de Dios no es suficiente en algunos casos. En ocasiones, Dios se revela directamente independientemente de las Escrituras.
• Dios sigue revelándose independientemente de las Escrituras. Las revelaciones personales también forman parte de la voluntad de Dios.
• Las revelaciones personales no deben cuestionarse, pues son la viva Palabra de Dios.
• Dios no habla solamente a través de la Escritura, también utiliza otros medios como los sueños, visiones, profecías, etc.


    Como podemos ver existe una clara diferencia entre una revelación constante y una creciente. La distinción más evidente es que la segunda propone la existencia de revelaciones adicionales a la Escritura. Muchos pueden negar que esto suceda. Sin embargo, mientras sostenemos que la Biblia es la única Palabra de Dios inspirada, aseguramos que Dios habla a través de sueños personales, visiones del pastor, parafernalias de los cultos, etc. Sin perjuicio de esto, la consulta es, ¿Por qué no? Si Dios se ha manifestado en la Escritura de las formas que hemos estudiado, ¿Qué impide que tenga el mismo trato con nosotros? La respuesta es: Nada se lo impide, pero Dios ya ha entregado su Palabra. La manifestación de Dios a los hombres está completa: las Sagradas Escrituras. Toda manifestación vigente debe ir en plena conformidad a la totalidad de la Palabra de Dios, no en añadidura. No quiero negar que Dios se haya revelado alguna vez a través de sueños o profecías luego de la Escritura, pero la diferencia es que lo hizo en concordancia plena con su Palabra, no en contraposición ni añadidura.
     Dios ha establecido su Palabra como norma, no como variable. La Escritura es su testimonio fiel y seguro, por lo tanto, cualquier contraposición a su Palabra está penada. La misma Escritura nos enseña que: “…El testimonio de Jehová es fiel…” (Salmos 19:7) y que “…El no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13). Si alguien plantease alguna interpretación de la Escritura o revelación personal que entrara en contradicción con el mensaje global de la Palabra de Dios, de inmediato se asume que no tiene origen en la voluntad divina, sino más bien, en la imaginación de los hombres. Si la Escritura es nuestra máxima y segura autoridad, jamás admitiremos una revelación o manifestación adicional que comprometa o niegue el mensaje de las Escrituras. Para entender esto, tomemos un ejemplo. Hace algún tiempo escuché el testimonio de un hermano que había tenido un sueño. Este trataba de haber sido llevado al cielo a contemplar cómo Dios respondía las peticiones de sus hijos. Puedo parafrasearlo de la siguiente forma:

Cuando dormía Dios me llevó en un sueño a su reino eterno. Me mostró la grandeza de su palacio y cómo escuchaba las plegarias de sus hijos. Logré avistar cómo un hermano clamaba por un asunto, Jesucristo tomaba esa petición y la negociaba con el Padre. Este hermano que pedía no era muy activo en los “caminos del Señor”. Casi nunca venía a la escuela dominical y asistía tarde mal y nunca a los servicios. Dios Padre entregó su veredicto: “Respóndele que siga esperando”. Al poco tiempo, la plegaria de otro hermano subía a su trono. Esta vez se trataba de un hermano que “vive el evangelio”. Siempre en la casa del Señor, alabando su Nombre, en la predicación a la calle, si faltaba todo mundo se preguntaba por él. A este Dios Padre dijo: “Respóndele inmediatamente”. Ve hermano. Dios responde a los hijos que trabajan en su viña.

   Cualquier lector prudente de la Escritura se dará cuenta de todos los errores bíblicos que presenta este testimonio. Para el que no los ha notado permítame guiarle. Independientemente que la Escritura diga que no hay nadie que al ver a Dios viva para contarlo (Juan 1:18) y que para acceder al trono de Dios se requiere de completa santidad, la moraleja del sueño presenta claras contradicciones al concepto de gracia en la Escritura. El Nuevo Pacto es bastante enfático en decir que no optaremos al favor de Dios a causa de nuestras obras, sino más bien, sólo por su gracia y misericordia. Atentamos contra la misericordia de Dios al asumir que aspectos tan superficiales como asistir al templo o ser un miembro activo en la iglesia, puedan torcer su mano, compadecerse más rápido de nosotros y tener algún tipo de ventaja en relación a un hermano “detenido en el evangelio”. Este sueño también resulta engañoso para comprender cuál es el verdadero servicio a Dios. Poco y nada puede representar el tener un ministerio activo en la iglesia. Podemos ser excelentes predicadores, prodigiosos músicos y activos colaboradores de las actividades de la iglesia, pero nuestro corazón puede estar aún muerto. La Escritura nos habla de un sacrificio vivo delante de Dios (Romanos 12:1), de aborrecer el pecado y amar el bien (Romanos 12:9). Eso es un verdadero servicio a Dios, y este testimonio no nos acerca a tal enfoque.
   
    En muchos casos, las revelaciones personales no presentan discrepancias con la Palabra de Dios, lo que podría hacerlas más engañosas. Es posible que alguien presentase una profecía, sueño o visión que eventualmente burle todo el examen a la luz de la Escritura, a tal punto que no tenga ninguna disconformidad con la Escritura. El problema de esto es que estas revelaciones presentan datos adicionales que según nuestras iglesias pentecostales deben ser puestos al mismo rango que la Palabra de Dios. Sin embargo, el añadir más cosas a lo ya revelado en las Escrituras no se salva de ser una contraposición a la Palabra de Dios. Veamos por qué:


“No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno”
(Deuteronomio 4:2).

“Cuidarás de hacer todo lo que yo te mando; no añadirás a ello, ni de ello quitarás”
(Deuteronomio 12:32).

“Toda palabra de Dios es limpia; El es escudo a los que en él esperan. No añadas a sus palabras, para que no te reprenda, Y seas hallado mentiroso”
(Proverbios 30:5-6).

“Y si alguno quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro”
(Apocalipsis 22:19).


    Lamentablemente la añadidura a la revelación de Dios expuesta en la totalidad de las Escrituras también es un pecado. Dios ha dejado bastante claro, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que agregar más cosas al entendimiento de Dios y de la iglesia está penado. El apóstol Pablo fue enfático en decir: “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe, y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras, de las cuales nacen envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas, disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales” (1 Timoteo 6:3-5). El apóstol repite estas palabras de una forma más sencilla en su primera carta a los Corintios: “…para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros” (1 Corintios 4:6). El principio es claro: aquel que no se conforma a las palabras ya reveladas en el mensaje de las Escrituras, sólo realiza revelaciones por vanidad. Es por esta razón que en muchas de nuestras iglesias pentecostales los hermanos que sostienen revelaciones nuevas son especialmente tratados por la congregación. Tienen una autoridad implícita que lleva a toda la hermandad a brindarles más atención que a la misma Palabra de Dios. De esta investidura divina gozan también los ministros o pastores de nuestras iglesias, los cuales no son blancos de ninguna crítica o examen riguroso de sus enseñanzas, interpretaciones o revelaciones personales debido a la autoridad divina que les dotamos.
   Por todo esto tenemos dos puntos importantes. El primero es que las nuevas revelaciones comprometen en estricto sentido la infalibilidad de las Escrituras. Si la Palabra nos dice que: “La ley de Jehová es perfecta…” (Salmos 19:7) no podemos afirmar que una revelación es correcta si presenta contradicciones con la misma Escritura. Si Dios ha revelado algo en la Escritura, ¿Cómo revelaría algo distinto que contradiga lo que ya ha inspirado? La pregunta que debemos hacer a todo aquel que presente revelaciones nuevas contradictorias con las Sagradas Escrituras es, ¿Quién te reveló tal cosa? ¿Fue acaso el mismo Dios de la Biblia?
   El segundo punto nos advierte del engaño de la revelación novedosa. Aún en el caso extremo que una nueva revelación no presente incongruencias con la Palabra de Dios, la Biblia no es una carta abierta para nuevas manifestaciones. Dios no invita a nuevas doctrinas o conocimientos. Dios llama a conformarse a su Palabra, a no salirse de ella, porque en ella estaremos seguros y hallaremos el suficiente conocimiento acerca de Él y su voluntad. La pregunta que debemos hacer a aquel que sostenga una revelación nueva es, ¿Sabías que el mismo Dios que aseguras te dio esa revelación condena en su Palabra a todo aquel que añada más cosas a su única revelación? ¿Es la Palabra de Dios tu máxima autoridad?
    Todo aquel que diga tener una nueva revelación debe hacerse la pregunta de si la Escritura es la única revelación válida de Dios o no. Si dice que sí entonces debe evaluar su revelación personal a la luz de lo que ha reconocido como su principal autoridad. Si dice que no entonces que no tome el nombre del Dios de la Biblia para confirmar sus blasfemias.
   Otro problema que se desprende de lo antes expuesto es que como pentecostales regularmente asociamos como la Palabra de Dios no sólo lo escrito sino también lo interpretado. Los sermones, predicaciones, aún los comentarios o consejos de ciertos hermanos los elevamos al alto pedestal de la procedencia divina. Esto es más cotidiano de lo que creemos, basta ver cómo en nuestro vocabulario tenemos más que aprendido frases como “El Señor nos decía en la reunión”, “El Señor nos dijo por medio de nuestro pastor”, “El Señor tomó a nuestro hermano y nos aconsejó…”, etc. El problema aquí no es sólo que contemplemos las palabras de los hombres como parte de la Palabra de Dios, sino que también utilicemos el Santísimo Nombre del Señor para avalar, justificar o adjudicar de divino algo que no lo es. Dios mismo ha dicho en sus mandamientos que no debemos tomar su nombre en vano (Éxodo 20:7), más aún si revelamos mensajes contrarios o adicionales a su Palabra. No quiero decir con esto que la hermandad utilice deliberadamente el nombre de Dios para justificar mandatos que saben de antemano que no son divinos. Aunque he conocido casos de hombres sin temor a Dios que premeditadamente han corrompido y manipulado a sus fieles con Biblia en mano, la mayoría de los hermanos son parte de este pensamiento por costumbre o por mera ignorancia. En ninguno de los dos casos estamos libres de culpa, pues es de entender que la Escritura siempre ha estado frente a nosotros y nuestra pereza ha corrompido su estudio.
    La Palabra de Dios es sólo lo que está escrito, no así la interpretación, ya que muchos hombres se han equivocado en sus interpretaciones y Dios no es hombre para que mienta. Si dotamos de inspirada una interpretación que se contrapone con la Palabra de Dios, ¿Dios negaría su propia Palabra? Por supuesto que no. Antes sea examinada toda interpretación, explicación o exhortación de la Escritura ante la misma Escritura. De otra forma, la Escritura cumpliría un rol instrumental antes que primordial. La Palabra de Dios no puede ser el apoyo para nuestras doctrinas humanas y a la vez el único medio que tenemos para el conocimiento pleno de la voluntad de Dios. Sólo hay una manera en que un hombre logre dar con la voz de Dios de manera certera, y esta es leyendo o recitando perfectamente las Escrituras. Todo sermón es una explicación o interpretación más o menos acercada de la Palabra de Dios. Las palabras de los hombres no deben ser consideradas similares o superiores a la Palabra de Dios, pero si deben aproximarse lo más posible a los propósitos divinos instituidos en las Escrituras.
   Por todas estas razones debemos hacernos la consulta primordial ¿Es la Escritura nuestra máxima autoridad? Si así lo fuera nuestro interés primordial estaría en ella antes que en lo novedoso.



¿Cómo reconocer si una visión, profecía, sueño o cualquier otro tipo de manifestación es una directa revelación vigente de Dios?


    Antes de responder esta consulta es necesario fijar las bases o reglas que la misma Palabra nos suministra para examinar las enseñanzas, doctrinas, prácticas o cualquier tipo de revelación fuera de su Palabra. No es de sorprendernos que ya en los tiempos apostólicos hubiera individuos que se contraponían a las enseñanzas prístinas del evangelio. Lo curioso de ellos es que no eran anticristianos ni filósofos que negaban al Dios verdadero, eran maestros pseudocristianos que encubiertamente introducían herejías destructivas. Basta ver el conflicto doctrinal en la iglesia de Galacia, en la cual los judaizantes promovían la inserción del cumplimiento de la ley para la justificación ante Dios. Para ellos, la fe no era un elemento suficiente para alcanzar la justicia de Cristo. Sin lugar a dudas esta enseñanza era mucho más atractiva y acomodada que las enseñanzas que los apóstoles promovían. Los principios culturales y religiosos de la época alzaban las obras como el requisito fundamental para el beneplácito divino. Ante este desalentador panorama, el apóstol Pablo radicalmente expuso: “Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). Ante un mundo deformado por doctrinas que no llevan a ninguna parte, moral religiosa que no justifica a nadie y maestros que utilizan con astucia las artimañas del error, el apóstol va contra la corriente y dice: ¡Agrado a Dios o a los hombres, no hay término medio! Esta es la primera consulta que debemos hacernos cuando se nos expone una revelación externa a la Escritura, ¿Es el agrado de Dios el que anhela mi alma? ¿O es la vanidad de expresar mis emociones y mi intransigente posición?

   En segundo punto, ¿Es aquella revelación tan proveniente de Dios que soportaría un examen profundo a la luz de la Escritura? Si considera que Dios ha hablado en la Antigüedad por medio de las Escrituras, y ahora está hablando por sus ungidos, iluminados o por quien desee dar una revelación externa a las Escrituras, debe examinar sí o sí su revelación a la luz de la Palabra, pues si considera que el mismo Dios de la Biblia le reveló tal cosa, entonces no hallará puntos contradictorios entre la Escritura y su revelación, de otro modo, Dios estaría mintiendo. Cualquiera que presentase una verdadera e infalible revelación de Dios no tendría por qué prohibir o atemorizarse de un examen profundo a la luz de las Escrituras. Sin embargo, muchas revelaciones tienen una especie de seguro contra reflexión incluido. Es común ver como muchos profetas, visionarios y profetas de estos tiempos protegen sus revelaciones diciendo: “Ay del que hable en contra del espíritu”, “Ay del que diga que esta profecía es mentira”, “Ay del que no crea en esta visión”. Estas frases son lo menos que puedo decir, pues más de alguno ha cargado pilas de maldiciones sobre el que cuestione de alguna forma sus revelaciones. Lamentablemente sus tretas dan resultado, logran conferir el sentido incuestionable de la Escritura a sus propias palabras. No obstante, debemos hacernos la misma pregunta que al inicio: ¿Soportaría su revelación un examen objetivo y riguroso a la luz de las Escrituras? Si lo aguanta entonces proviene de Dios. Si lo reprueba, aún en el más mínimo punto, debemos agradar a Dios desechándola. Recordemos: ¡Agrado a Dios o a los hombres, no hay término medio! Ni los profetas del Antiguo Testamento ni siquiera el mismo Señor Jesús se resistían a que examinaran sus palabras. El origen divino de sus palabras era tan seguro que no se atemorizaban si alguien les cuestionaba. Jamás Jesús respondió apelando a la infalibilidad de su Palabra, sino más bien, con excelentes argumentos de inmejorable elocuencia y procedencia, defendía su doctrina y a su vez adoctrinaba. Mientras Jesús dice “Escudriñad las Escrituras…” (Juan 5:39), los profetas de hoy dicen “Dios tenga misericordia de ti si cuestionas esta revelación”. Mientras el profeta Isaías decía: “Inquirid en el libro de Jehová, y leed si faltó alguno de ellos…” (Isaías 34:16), la hermandad protege las visiones de sus ungidos diciendo: “No dudes de la voz del Señor”. Como dice el buen dicho “El que nada hace, nada teme”. Si Dios ha dado una revelación Él mismo llama a examinarla y escudriñar en las Escrituras si está o no de acuerdo con su voluntad ya expresada.
 
   Examinar las revelaciones es tarea de cada cristiano, de hecho, si cada uno pasara tanto tiempo leyendo las Escrituras como el que pasa en las redes sociales o en la televisión, menos probable sería que fuésemos engañados o manipulados con falsas revelaciones. Las Escrituras jamás enseñan que aceptemos de manera irreflexiva todo lo que se nos dice. Si fuese así nuestra fe sería un mar de doctrinas diversas sin norte alguno. Para ahorrarnos el gran carnaval de revelaciones novedosas, la Escritura es sabia en decirnos: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). El apóstol Juan fue bastante claro en decir: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). En los Hechos de los Apóstoles tenemos un ejemplo claro del examen bíblico ante cualquier doctrina. Pablo y Silas, en su segundo viaje misionero, antes de ir a Atenas son enviados a Berea, una localidad judía. A su llegada entraron en la sinagoga, y se admiraron de lo siguiente: “Y estos (los judíos) eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Nótese que la actitud de estos judíos no sólo es humilde, al escuchar y recibir la palabra con toda solicitud, sino que es considerada diligente, es decir, cuidadosa y prudente de no aceptar algo que vaya en contra de la Palabra de Dios. Las Escrituras nos llaman a un examen riguroso, prudente, objetivo y fiel a la misma Palabra.
    Como pentecostales somos sumamente celosos de la revelación que los miembros de nuestra iglesia sostienen, pero a la vez somos tremendamente críticos respecto a otras denominaciones o sectas, a las cuales tratamos de “equivocados”, “letrados” o “turbados”. Aunque esto sea así, no debemos investir de inmunidad a nuestras congregaciones, sino al contrario, debemos ser igualmente críticos, a fin que examinemos todo a la luz de la Palabra, no sólo lo que nos conviene criticar. Un ejemplo de esta actitud de clasificar otras revelaciones en el cajón de “no divinas” y apilar sólo las nuestras como “dadas del Señor”, es nuestra posición frente a sectas como “la iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días” (mormones) y los “testigos de Jehová”. Para los primeros, su doctrina es la infalible Palabra de Dios, revelada a su profeta particular José Smith en una “gloriosa visión”. Para los segundos, su enseñanza es la verdadera Palabra de Dios, reformada de las traducciones originales, y llevada a la perfecta traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras, por visiones personales. Como pentecostales sostenemos que nuestras revelaciones son de Dios porque están inspiradas en el Espíritu Santo. Ambas sectas consideran algo similar. Para nosotros, ellos están engañados por el diablo. Ellos piensan lo mismo de nosotros. Ellos sostienen que su revelación viene verdaderamente de parte de Dios, y nosotros ¡También! Si alguno consultase a un hermano al azar en alguna de nuestras congregaciones ¿Cómo distingo si la revelación dada a nuestro pastor es real y la que sostienen los testigos de Jehová está equivocada? La respuesta que cualquiera de nuestros hermanos pentecostales sostendría es que “uno puede reconocer cuando algo es de Dios o no, para eso Él nos dio un paladar espiritual”. Lo curioso es que similar respuesta la hallaremos en casi todas las sectas del mundo. ¿Cuál es la real diferencia entre nosotros y ellos? Sin lugar a dudas, ambas críticas carecen de fundamento objetivo. Es el gran problema de calificar a las revelaciones de divinas sólo porque creo o siento que es así.
    La primera y última palabra es de Dios, y esta se halla en su sagrada Palabra. Es a lo que menos recurrimos los pentecostales ante la oleada de nuevas revelaciones. Antes de ser reflexivos, somos altamente conformistas. Uno de los grandes problemas que hubo en la Edad Media era que la interpretación de las Escrituras dependía en estricto sentido del Magisterio de la Iglesia Católica Romana. La luz de la interpretación era la tradición eclesial, no la Escritura misma. Lutero, Calvino, Cranmer, Zwinglio y otros reformadores lucharon hasta la muerte por invertir tal método exegético proponiendo el principio “Scriptura Sacra sui ipsius interpres”, las Sagradas Escrituras se interpretan a sí mismas, la luz de la Palabra está en la misma Palabra y por esta misma Palabra deben ser juzgadas todas las enseñanzas de los hombres. No obstante, aún sintiéndonos herederos de la reforma protestante, hacemos exactamente lo mismo que el catolicismo romano. Nos esmeramos en buscar pasajes que apoyen nuestras revelaciones personales, descartando los que las atentan y callamos dictatorial e intransigentemente al que examina su validez a la luz de la Palabra. Nuestra regla es que la Escritura se acomode a nuestras experiencias, y no que nuestras actitudes sean amoldadas por la Palabra. Hacemos de nuestras revelaciones un ministerio intocable e incuestionable, y aún así, seguimos afirmando que la Biblia es nuestra máxima autoridad.

   Muchos apelan al cumplimiento de sus profecías como la prueba suficiente de ser dadas de Dios. Esto es poco válido a la hora de calificar una nueva revelación como divina. En primer lugar, no todas las profecías que tienen un cumplimiento real deben ser calificadas como divinas. El diablo también puede engañarnos. Recordemos que aunque sabe que ha sido vencido en la cruz, lucha contra Cristo, su Verdad y sus redimidos. Puede también engañar de tal forma que revele a los oídos de las personas falsas revelaciones e impulse que se cumplan al pie de la letra, engañando con inmejorable astucia. Ejemplos de ello son las profecías que apuntan a desastres naturales en juicio a las naciones. Para el terremoto que azotó nuestra nación el 27 de Febrero de 2010, muchos se adjudicaron profecías que apuntaban a la catástrofe. No obstante, aunque esas profecías tuvieron cumplimiento real, no presentaban concordancia con las Escrituras. Asumían que la tragedia era el medio por el cual Dios estaba castigando a la nación con el fin que se volvieran de su pecado. Otros sostenían que fue una alarma a la iglesia cristiana chilena de que no estaban haciendo las cosas bien. Lamentablemente ninguna de estas profecías es expresamente bíblica, antes se sostienen de la revelación propia y huyen del examen escritural como quien arranca de un gran incendio. Dios ha dejado en claro que en el Nuevo Pacto el miedo y el terror no será el medio para llamar a los hombres al arrepentimiento. Todos deben tener más que claro que la desesperación y el terror por los terremotos genera una fe temporal, una especie de escape psicológico, pero difícilmente una fe genuina y verdadera. En ningún lugar del Nuevo Testamento se relata que Dios haya utilizado las tragedias ambientales para convencer a los pecadores de su maldad. Antes Jesús dice que es el Espíritu Santo quien convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8), no así los terremotos. Tenemos aquel otro argumento que dice que Dios utilizó los terremotos para alarmar a la iglesia cristiana de cómo nos hemos descarriado de la doctrina verdadera. Sin embargo, ¿Por qué razón todo Chile pagó el terrible precio de nuestro desvío? Como podemos ver, el sólo hecho que una profecía se cumpla no es garantía que provenga de los labios de Dios.
   
     No todas las revelaciones son correctas, es lo primero que debemos admitir. La pregunta es, ¿Por qué la nuestra es correcta? Si sólo está basada en nuestra palabra nuestro argumento es irrisorio. ¿Estaríamos dispuestos a enfrentar nuestra nueva revelación con toda la Escritura? ¿Es contraria a ella? ¿Intenta agregar más cosas? Cuando se presenta una revelación nueva nuestra actitud es aceptarla como dada de Dios, no cuestionarla y obedecerla. Lo que enseña la Palabra es todo lo contrario. No debemos obedecer algo que no tenemos suficiente certeza que sea dado de Dios, ni tampoco acatar palabras de hombres con el mismo ímpetu como si lo mandase el mismo Señor. Una vez revisada la Escritura y gran parte de sus divinos principios, no me cabe en mi pequeño entendimiento cómo tantas congregaciones se entregan sin impedimento alguno a las revelaciones novedosas. Si alguien se levanta en la iglesia y dice: “El Señor está mandando lo siguiente”, le adjudicamos la misma autoridad y procedencia divina que tienen los profetas Isaías, Jeremías o Ezequiel. Mientras la Escritura nos dice: “No creáis a todo espíritu” nuestra actitud ante una nueva revelación que creemos correcta es “Obedece al Señor”. Mientras la Palabra Santa nos llama a “Examinarlo todo” nuestros líderes nos enseñan que no debemos cuestionar sus palabras. Replicamos como un papagayo que somos hombres de poca fe al no creer lo que “El Espíritu reveló a la iglesia”. Sin embargo, la fe no es lo mismo que la superstición. Más aún, cuando alguien cuestiona las revelaciones se les tilda de “enfermos”, “endemoniados”, “incrédulos”, “blasfemos”, en fin, toda la caja de apelativos disponibles para el que no sigue nuestra propia corriente. Nada puede ser peor que la verdad sea tratada como herejía y el examen saludable que manda la Palabra como incredulidad y blasfemia. Si en la Edad Media existía la Santa Inquisición hoy en día existe el fanatismo pentecostal, ese del que todos hemos participado alguna vez por desconocimiento o hábito, aquel que recurrimos cuando no tenemos argumentos bíblicos para defender una revelación indefendible, aquel por el cual oramos y lloramos delante de Dios por aquel que “ha sido entregado al error” mientras nosotros no podemos estar más perdidos.

    ¿Cómo saber si una nueva revelación viene o no de Dios? Una pregunta similar respondió el profeta Isaías: “Y si os dijeren: Preguntad a los encantadores y a los adivinos, que susurran hablando, responded: ¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?” (Isaías 8:19). Uno de los pecados más frecuentes del pueblo de Israel era la idolatría. Fácilmente recaían en adorar otros dioses y seguir otro tipo de revelaciones. Una de ellas eran los adivinos, de hecho, Saúl, el primer rey de Israel, consultó a una adivina ubicada en Endor. A pesar que la ley de Dios condenaba expresamente a los que tenían espíritu de adivinación (Levítico 20:27), el recurrir a estas personas era el gran opio del pueblo. El profeta Isaías dijo que ante el llamado a ir a los adivinos la respuesta del pueblo es “¿No consultará el pueblo a su Dios? ¿Consultará a los muertos por los vivos?”. Teniendo a Dios mismo, ¿por qué acudir a adivinos y encantadores? Ante la consulta a quién acudiremos, el profeta prosigue diciendo: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Recurran primero a lo escrito dice el profeta. ¿No es allí donde primero debemos acudir? Asimismo, ¿Cómo podemos decirnos pueblo de Dios si al mismo tiempo tomamos cualquier cosa como revelación de Dios? ¿Acaso el pueblo no consulta a su Dios primeramente antes de creer cualquier cosa? ¿No recurriremos primero a la Palabra? Lamentablemente, la Escritura es a lo último que nos acogemos. Cuantos recurren a sus pastores para que resuelvan sus dudas y estos como verdaderos encantadores hablan de miles de revelaciones menos de la Palabra de Dios. ¿No debemos invertir las cosas? ¿No debe ser la Palabra nuestra prioridad? ¿No está en primer lugar en nuestra lista de resolución de consultas? Como pueblo enseñamos como doctrinas mandamientos de hombres, y aún así nos hacemos llamar pueblo de Dios.

    Ahora, no puedo negar de forma absoluta y certera que Dios no se revele en estos tiempos. La diferencia de estos tiempos con los tiempos bíblicos, o de nosotros y los hombres que Dios eligió para revelarse y escribir la Escritura o servir sus experiencias para nuestra enseñanza, es que la Palabra de Dios está completa y Dios ocupa sólo su Palabra para hablarnos a nosotros. Jesús insistió en grande manera en que a todos no es dada su Palabra, sólo a quienes les es permitido por gracia (Mateo 11:25-27; 13:11; Marcos 4:11-12; Lucas 8:10). Bíblicamente, el evangelio es revelado únicamente a aquellos que Dios ha decidido que oigan y entiendan. Obviamente se trata de una revelación especial; la diferencia radica con las nuevas manifestaciones en que la revelación está completa, todo lo referente al juicio y la salvación ya está decretado, no hay que agregar nada más. Es la gran diferencia con las nuevas revelaciones, las cuales no intentan acercarse al mensaje puro de las Escrituras, sino más bien alzarse como la Palabra infalible de Dios. Distinto de aquellas experiencias de hombre piadosos cuyos labios están llenos del lenguaje de la Palabra, pues sus vidas han sido transformadas por esta misma, los cuales, sin la intención de envanecerse ni que sus anécdotas sean tratadas como divinas, logran dar con el significado certero de algún pasaje o de la Escritura misma. Hablo de aquellos que dicen: “Estuve tratando de entender toda la noche el capítulo 8 de Romanos; ore y ore, y mientras caminaba por la calle algo sucedió que abrió mis ojos y logré comprenderlo. Comparé toda la Palabra Santa con lo que logré entender y no hallé contradicción. De seguro Dios en su misericordia escogió revelármelo”. No sé si el lector se ha dado cuenta pero las revelaciones adicionales o externas a la Escritura carecen de lo anterior. Aquellos que realmente han sido enseñados por Dios no tienen mayor autoridad que la Palabra, meditan en ella de día y de noche (Salmo 1:2), y si encuentran alguna explicación más acercada a la Verdad de la Escritura son lo suficientemente humildes para descartar su interpretación propia. Las nuevas revelaciones siempre incluyen aquel seguro autoimpuesto de ser incuestionables reveladas directamente de Dios, no dan lugar al error. Frases como “Así dice el Señor” o “El Espíritu me llevó en sueños o en visión” son el sello que les garantiza credibilidad y vigencia prolongada, pero a la luz de las Sagradas Escrituras son palabras de hombres vanidosos que, deseosos de llamar la atención, utilizan el lenguaje de la Palabra de Dios para fines deshonestos.


Conclusión: La seguridad de la Palabra de Dios

    Si existe una época en particular en el que las revelaciones novedosas y personales hayan cobrado una exacerbada participación es esta. Lejos del verdadero fundamento apostólico, las iglesias pentecostales nos encontramos a la deriva de revelación tras revelación. Como un barco en medio de una tormenta parece que no hallaremos puerto seguro. Sin embargo, ante el embravecido oleaje de revelaciones humanas, Dios tiene un destino y guía seguros. La Escritura es el testimonio fiel de nuestro Dios.


“Bendito sea Jehová que ha dado paz a su pueblo Israel, conforme a todo lo que él había dicho; ninguna palabra de todas sus promesas que expresó por Moisés su siervo, ha faltado”
(1 Reyes 8:56).

“Las obras de sus manos son verdad y juicio; Fieles son todos sus mandamientos”
(Salmo 111:7).

“Porque yo Jehová hablaré, y se cumplirá la palabra que yo hablé; no se tardará más, sino que en vuestros días, oh casa rebelde, hablaré palabra y la cumpliré, dice Jehová el Señor”
(Ezequiel 12:25).

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”
(Lucas 21:33).

     El testimonio de Dios es fiel, ha dado su Palabra y la cumplirá. Es la Escritura la palabra profética más segura (2 Pedro 1:19), la luz que alumbra en un sendero oscuro y la norma absoluta ante una era cristiana que dice luchar contra el relativismo pero considera todas sus revelaciones como correctas sólo por la mera opinión. Deténgase a pensar un instante y reflexione: ¿Qué entregaría más certeza a nuestra vida? ¿Una revelación creciente que varía a cada segundo? ¿O una Palabra inmutable, característica de un Dios fiel a sus mandatos? ¿Te sentirás seguro frente a una oleada de revelaciones distintas y contrapuestas entre sí? ¿O te ampararás mejor en una Palabra acabada, inalterable y sin contradicción? Es cierto que Dios se ha revelado a los hombres y mujeres de la Escritura a través de sueños, visiones, profecías, apariciones o diálogos directos, pero no por ello vamos a generalizar estos eventos suponiendo que ocurren repetitivamente de la misma forma en la historia de la humanidad. Debemos tener cuidado cuando interpretamos estos eventos en sentido normativo, es decir, haciendo de ellos una regla común para cada cristiano. En muchas de nuestras iglesias pentecostales se considera que la comunicación audible con Dios, hablar en lenguas, tener sueños proféticos o presenciar apariciones espirituales comprueban una verdadera conversión. Ninguna idea podría estar más alejada de la Palabra. En muchas de nuestras congregaciones el testimonio personal y las anécdotas de revelación suelen consumir nuestro evangelismo, discipulado y vida como iglesia. Donde la Escritura debiese ser el centro y sustento suficiente, nuestras revelaciones han usurpado su lugar.

    Si la Escritura es la revelación suficiente que Dios ha dado, ¿Por qué sustituirla parcial o totalmente con otras revelaciones? ¿Por qué añadir más cosas? No logro entender por qué razón recurrimos a cuentos de hadas cuando la Palabra de Dios es un tesoro tan grande. ¿Acaso acabaremos de entender los misterios de Dios a tal punto de prestar atención a cosas nuevas? Para muchos la Escritura es una de las tantas formas por las que Dios se revela, sin embargo, la misma Palabra enseña que Dios está en contra de este pensamiento. No nos basta con su Palabra, preferimos lo sublime y eminente delante de nuestros ojos. Una persona puesta en pie alardeando de recibir revelación es mucho más atractiva que un joven estudiando la Biblia en su escritorio. La parafernalia y el éxtasis no divino es la mejor prueba de ello. Lo asombroso y prodigiosamente novedoso llama nuestra atención como una juguetería a un niño. Sin embargo, jamás hemos prestado suficiente atención a la mayor de las revelaciones de Dios: Jesucristo. No apreciamos de igual forma el milagro de Dios en el hombre. ¿Qué mayor milagro puede haber que este? Para crear un corazón nuevo y dispuesto a amar a Dios y aborrecer el pecado es necesario más poder que el necesario para crear el Universo. Dios creó todas las cosas de la nada, pero en la conversión debe crear un hombre nuevo desde el mismo pecado. Ciertamente el poder de Dios se manifiesta más en un hombre que ha cambiado radicalmente para y por su gloria, que en una iglesia con cientos de hombres teniendo revelaciones a una voz. Ahora tenemos un Nuevo Pacto, cuya mayor revelación es Jesucristo. En Él hayamos salvación, en la Escritura su testimonio, y a través de la fe y el arrepentimiento la evidencia de su obra en nuestros corazones, y cómo Él se ha revelado a nosotros para una nueva vida en Él.


Jeremías 23

Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová… Porque ¿quién estuvo en el secreto de Jehová, y vio, y oyó su palabra? ¿Quién estuvo atento a su palabra, y la oyó?... No envié yo aquellos profetas, pero ellos corrían; yo no les hablé, mas ellos profetizaban. Pero si ellos hubieran estado en mi secreto, habrían hecho oír mis palabras a mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino, y de la maldad de sus obras.
Vers. 16,18,21,22

Yo he oído lo que aquellos profetas dijeron, profetizando mentira en mi nombre, diciendo: Soñé, soñé. ¿Hasta cuándo estará esto en el corazón de los profetas que profetizan mentira, y que profetizan el engaño de su corazón? El profeta que tuviere un sueño, cuente el sueño; y aquel a quien fuere mi palabra, cuente mi palabra verdadera. ¿Qué tiene que ver la paja con el trigo? dice Jehová. ¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra? Por tanto, he aquí que yo estoy contra los profetas, dice Jehová, que hurtan mis palabras cada uno de su más cercano. Dice Jehová: He aquí que yo estoy contra los profetas que endulzan sus lenguas y dicen: El ha dicho. He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas, y yo no los envié ni les mandé; y ningún provecho hicieron a este pueblo, dice Jehová… Y cuando te preguntare este pueblo, o el profeta, o el sacerdote, diciendo: ¿Cuál es la profecía de Jehová? les dirás: Esta es la profecía: Os dejaré, ha dicho Jehová.
Vers. 25,26,28,29,33


Que Dios nos revele su Verdad.

8 comentarios:

  1. Importante comentario es el que han vertido sobre los sueños y revelaciones, mas creo que escapan en algo que el apostol pablo dejo enseñado para poder discernir cuando algo viene de Dios o no y esta es la labor de la palabra del Señor que como una espada se levanta para destruir la obra de satanas. Expresar como concluyen el estudio que la revelacion es solo la biblia es expresar que ella pierde este vinculo que nos permite discernir frente a los hombres, si esto fuese asi como uds señalan entonces no tendriamos tantas y variadas interpretaciones biblicas (las cuales no han venido solamente del pentecostalismo) tendriamos una sola vision. Por ello creo que el estudio sincero de la palabra del Señor en oracion nos permite encontrar las verdades y enfrentarnos a los falsos profetas y falsas doctrinas, pero no es posible determinar que no hay opcion a los sueños y visiones olvidando lo escrito en Joel cap 2. Escrito esta tambien que si aun un angel viniera entregando un evangelio diferente al que hemos recibido sea anatema y que cualquiera que negare que la deidad de nuestro Señor Jesus entonces tiene el espiritu del anticristo, por tanto considero hermanos que estas herramientas se suman a la mencionadas en el estudio pero que de ninguna manera encontramos que no sea posible una vision o un sueño para afirmar nuestra fe, mas como ya lo mencione estas visiones y estos sueños DEBEN estar en consonancia con lo que expresa la santa palabra de nuestro Dios.

    Dios les bendiga y sigan siendo de provecho para el cuerpo de Cristo

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    1. Asi es , yo tengo sueños premonitorios y viciones y todo esta basado sobre la escritura ,claro que hay que tener cuidado ,porque no totas las visiones pueden venir de parte de Dios

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  2. yo tuve una vision de una amiga embarazada en el patio de mi casa fue un chispazo pero rapidicimo no se que significa solo se que ella estaba feliz.

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  3. Que maravilloso es saber que DIOS nos hable, y cuando nos da visiones temibles, una siente miedo, temor de la voluntad de DIOS.En cuanto a los falsos profetas, ya el Apóstol Pablo nos escribió advirtiendo sobre los lobos rapaces y a mi pesar en sueños y visiones veo a perros, perras, cachoros, lobos, yeguas, mulas, toros que me asechan , hasta tuve que ir a un psiquiatra para recibir tratamiento, lo hago el psiquiatra me dice que pasará , pero cada vez sueño con esas bestias, pero oro a DIOS en los sueños y el me ayuda a correrlos de mis sueños.ya me estoy acostumbrando a tener que reprender en los sueños.

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    1. A mi también me han pasado cosas donde he tenido que reprender. Y sueños donde angeles como un ser humano montados a caballo me dijeron que yo ya estaba sana.

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  4. Buenas noches hermanos permítanme participar de sus comentarios acerca de las visiones y revelaciones dadas por Dios a los hombres, como reprensión o motivación para seguir adelante.
    Hace algún tiempo me veía en sueños en un lugar desconocido, era un pequeño valle rodeado por dos cordilleras llenas de palmeras, allí en el medio de ellas se encontraba una pequeña casita de color verde esmeralda, donde supuestamente yo vivía con mi madre, al salir al corredor pude observar que el cielo se revolcaba sobre sí mismo como hombre que padece de fuertes cólicos, él cielo tenía muchos colores como si una guerra devastadora se estuviera llevando a cabo dentro de su interior, de pronto mire hacia una de las pequeñas cordilleras y pude ver a un hombre de una estatura increíble con botas de cuero hasta la rodilla, casaca guerrera, un manto de color purpura sobre sus hombres, el cual me miraba con desagrado, al verlo que me observaba le dije: yo sé quién eres tú y me merezco todo aquello que quieras hacerme, pero por favor ten piedad de aquellos que claman a ti, de pronto apareció una gran iglesia, y él era tan alto que siendo la iglesia de gran altura esta apenas daba a la altura de sus tobillos, esta iglesia tenía tres torres una grande al centro, y a la derecha como a la izquierda sus dos torres eran de la misma altura pero menor que la mayor, la iglesia era pintada de negro, sus puertas y sus paredes de negro, una pequeña cenefa rodeaba los extremos de sus puertas así como de sus paredes y sus torres, de pronto salió fuego de la puerta mayor y seguidamente salió fuego de sus puertas laterales y formaron un gran rio que se propago hacia todos los extremos de la tierra, y yo en medio de aquel pequeño valle contemplaba como todo era destruido, de pronto el fuego comenzó a rodearme, entonces le dije a aquel hombre: mira señor bien haces según tu justicia, pero el fuero me rodeo sin causarme daño y pude ver como una barca de fuego, con una enramada de fuego en su interior, con hombres de fuego que eran visibles para mí, se acercaban hacia donde el barón se encontraba.
    De pronto pude escuchar como un cantico de aquellos hombres que se hacía más audible a cada momento, las palmas que tendrían que estar derretidas por el fuego batían sus grandes hojas y aplaudían cada que los hombres en el interior de la barca salmodiaban al barón de la espada y decían cosas incomprensibles, pero se podía escuchar en lengua castellana que decían: santo, santo, santo. Y su melodía era contagiosa y agradable y todo se podía ver y escuchar, aunque no todo se podía entender, poco después, el señor me llevo a panamá, y allí por cosas que él solo conoce, fui llevado a un lugar que se llama nueva vida como invitado, allí conocí el pequeño valle, las pequeñas cordilleras, no estaban las palmeras ni la iglesia en la parte alta, pero allí en medio de ese pequeño vallecito, si existe una pequeña iglesia de color esmeralda, es una iglesia cristiana que en ese tiempo era dirigida por el pastor VICTOR Manuel Rivas de la iglesia Osana de Panamá. Pero también quiero aclararles que conocí por gracia de Dios, la iglesia de color negro con sus torres, solo que esta no queda en el valle anterior sino en ciudad de Panamá, tampoco estaba pintada de negro, ni sus cenefas eran blancas pero si está anclada sobre una roca, como la iglesia de la visión y esta es la iglesia Osana.
    A mí me fue dado su interpretación, pero deseo que sean ustedes quienes busquen la verdad de la visión. Que Dios los bendiga
    Hasta pronto
    v.c

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    1. Yo también he tenido sueños. Dios existe, dios es grande, dios nos habla por medio de sueños. Solo que a la hora de contarlos tenemos que contar solo lo que vimos no exagerar ni aumentarle ni un poquito de nada. Porque dios no le gusta la mentira mucho menos que utilicen su nombre para mentir.

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  5. Dios sigue hablando hoy, porque él sigue siendo el mismo!

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