domingo, 24 de noviembre de 2013

Un llamado al evangelismo bíblico

“…Como está escrito: ¡Cuan hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”(Romanos 10:15)



Vivimos en una era cristiana tan particular que la gran mayoría de los que confiesan a Jesús como su Señor ignoran casi por completo su Santa Palabra. Las congregaciones evangélicas se han sumergido en un letargo espiritual tan abismante que muchas veces no tenemos absoluta noción del error que estamos cometiendo. Es curioso que muchos jóvenes cristianos digan que conocen a Dios y a Jesucristo, que tienen una relación con Él, que lo aman y que son sus hijos, si al mismo tiempo no saben donde están los libros de la Biblia. Es extraño que una persona diga tener una relación con Dios si no le conoce. Sabiamente Dios exhorta a través del profeta Isaías: "Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado" (Isaías 29:13). Hoy en día el conocimiento de Dios por medio de la Escritura ha sido desplazado por una ola de poesía, frases cliché, romances curiosos y novelas absurdas. Nuestro conocimiento de Dios muchas veces no excede las frases que aparecen en camisetas cristianas o en estampados de autos. Lo peligroso de esto es que al ignorar la Palabra de Dios, no solamente ignoramos la base de nuestra fe, sino que también nuestra salvación, seguridad y poder para testificar. Jesús dijo: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Lo que da testimonio de Cristo, lo que enseña su redención, el motivo central de nuestra salvación, los propósitos de Dios revelados en su Unigénito, no se encuentran en otro lugar que en las Escrituras, la Palabra de Dios.

De esta forma, el desconocimiento de las Escrituras afecta en absoluto a todos los puntos de la vida y doctrina cristiana, de los cuales el evangelismo no es la excepción. El gran problema es que nos presentamos a la sociedad como portadores del evangelio de Cristo, siendo que al desconocer la Escritura también ignoramos qué es el evangelio. Ante el reemplazo paulatino de la doctrina bíblica por estrategias, ideas y pensamientos humanos, nuestro deber es estar firmes en la fe: “no atendiendo a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad” (Tito 1:14). Ante cualquier tergiversación o manipulación que sufra la verdad nuestro deber es con la Palabra de Dios.

Entonces, ¿Cuál es el evangelio que Cristo nos encomienda a llevar a toda criatura? ¿Qué es el evangelio? ¿Está el evangelismo actual basado en las Escrituras? ¿Cómo podemos cumplir con la “divina comisión” de tal forma de ser consecuentes con las Escrituras? Revisemos estos puntos a la luz de la Palabra de Dios.

1. El evangelio y su dependencia absoluta a la Escritura

Muchos cristianos sostienen que para predicar el evangelio no se necesita un conocimiento exhaustivo de la Palabra de Dios. Para unos el evangelio es independiente de la Biblia, algo que por la experiencia, participación o asistencia frecuente a su congregación se puede pregonar sin un conocimiento profundo en las Escrituras. Para otros, no existe la necesidad que el evangelio sea predicado sólo con la Biblia, el testimonio propio o anécdota personal también haya igual o superior validez a la hora de anunciar a Cristo. Sea cual sea el modelo, para los cristianos de hoy basta con repetir lo que se ha mencionado por generaciones, no apelando al examen de la Biblia, sino a una constante dependencia a la tradición o práctica que la iglesia ejerza. Por lo visto en las generaciones recientes, la Biblia no es suficiente a la hora de predicar el evangelio. Se requiere de una sensibilización previa, una consulta psicológica, en algunas ocasiones un gran escenario con excelentes músicos, etc. La atracción por medios novedosos, que a los oyentes les resulten interesantes, suele ser la tónica del “evangelismo” actual. Al parecer la Escritura ya no es el medio ni el fin. A la hora de anunciar el evangelio, la Palabra de Dios ha sido desplazada por ideas, pensamientos y estrategias humanas.

Las dificultades comienzan cuando se sostiene que esta corriente de pensamientos humanos es la correcta e inevitable forma de predicar o anunciar el evangelio. A diferencia de lo que piensan muchos pastores, evangelistas, predicadores, y cristianos en sí, el evangelio que nos presenta la Biblia, el que anunció y consumó nuestro Señor Jesucristo, el que predicaron y defendieron los apóstoles con su vida, es completamente contrario a lo que hoy es enseñado como el evangelio. El evangelio que Cristo encomendó anunciar a toda criatura no haya otro lugar que en la Escritura. No es algo independiente de ella. De hecho, el evangelio es el mensaje central de la Palabra de Dios. El evangelio sin la Escritura no haya su fundamento, y por ende, pierde su sentido. Sin embargo, estas palabras no son más que un bello discurso sin evidencia bíblica que apoye tal conclusión. Para juzgar aquello vamos a la luz de la Palabra de Dios.

Vemos en las palabras de nuestro Señor Jesucristo una clara, directa y absoluta dependencia a la Escritura. Una de sus declaraciones más elocuentes acerca de su identidad divina la realizó delante de los judíos. Luego de sanar a un paralítico en el estanque de Betesda, Jesús reprende a aquellos que cuestionaban el acto de sanidad por ser realizado en el día de reposo. El Señor Jesús dice lo siguiente: “Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Otro es el que da testimonio acerca de mí, y sé que el testimonio que da de mí es verdadero” (Juan 5:31-32). Jesús introduce de inmediato que el testimonio acerca de él no proviene de sí mismo, sino del Padre, punto que especifica cinco versículos después: “También el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su aspecto” (v. 37). Jesús no solamente concluye que el Padre da testimonio de él, sino que la testificación verdadera de su persona ha sido revelada en las Escrituras. Observemos el versículo 39 y 40: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida”. Jesús les dice, a los hombres más religiosos del planeta, que las Escrituras, aquellas palabras que han memorizado desde niños, aquella ley preservada y observada por generaciones, han hallado su cumplimiento en su persona. Jesús les cuestiona diciendo: Si en las Escrituras logran hallar el consuelo de la vida eterna, y ellas dan testimonio de mí, ¿Por qué no vienen a mí? Todo esto haya su conclusión y golpe final cuando Jesús dice: “Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él” (Juan 5:46). En resumen, nuestro Señor Jesucristo dijo que las Escrituras eran su vivo testimonio, que de Él hablaban las profecías, que Él es el Rey del Reino de Dios, el Mesías prometido, el redentor y salvador del mundo. Jesús concluye que cuando Dios se manifestaba en el Antiguo Testamento, Él se manifestaba.

Jesús apelaba a las Escrituras cuando se le acusaba, de hecho gran parte de sus palabras fueron citas textuales de la Palabra de Dios. Jesús no se revela a sí mismo como una novedad, Él viene a cumplir lo que Él había dicho sobre sí mismo en el Antiguo Testamento. Sabiamente expuso: “No penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Claro ejemplo podemos verlo en Lucas 4:16-21. Cuando Jesús se levanta a leer el libro del profeta Isaías, en la sinagoga, como era su costumbre, manifiesta una aseveración muy interesante. Él dijo: “…Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros” (Lucas 4:21). Con esto Jesús quiso decir: “El ungido de Dios, quien traerá buenas nuevas a los pobres, quien ha sido enviado para sanar a los quebrantados de corazón, pregonar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos, poner en libertad a los oprimidos, quien viene a predicar el año agradable del Señor, de quien hablaba el profeta Isaías, YO SOY”. Jesucristo, al momento de identificarse como Salvador, Mesías e Hijo de Dios, no acude a otra fuente que a la de su vivo testimonio: la Escritura.

Una evidencia bíblica en donde se manifiesta por completo la absoluta relación de las Escrituras con el evangelio de Cristo la hallamos en el evangelio según San Lucas. En el capítulo 24 encontramos a Jesús resucitado saliendo al encuentro de dos caminantes que iban dirección a Emaús. Si avanzamos en la lectura nos encontramos que Jesús hace todo un estudio acerca de sí mismo en la Escritura. Podemos ver esto en el versículo 27: “…comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Vemos esta misma propiedad cuando a los discípulos les es revelada la identidad de Cristo: “…les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; más él desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (v. 32). Jesús nuevamente acude a la fuente de la escritura para revelar su identidad redentora.

Otros ejemplos que podemos mencionar son las predicaciones de Pedro (Hechos 2:14-39), Esteban (Hechos 7) y Felipe (Hechos 8:26-40). ¿Cuál es la tónica en estos modelos de predicación? Los apóstoles comenzaban por las Escrituras, y se sostenían de ellas y nada más que ellas. Es la Palabra de Dios el mayor sustento del evangelio.

Si Jesús mismo identificaba su misión redentora con la Palabra de Dios, y con nada más que eso, ¿Por qué debemos recurrir a medios extrabíblicos para anunciar supuestamente el evangelio? Jesús consideraba que la Escritura era suficiente para dar testimonio acerca de Él. El Señor Jesús, al decir “Escudriñad las Escrituras… ellas dan testimonio de mí” nos da a entender que sólo al examinar la Palabra de Dios, e indagar en su Verdad, podemos llegar al conocimiento de Cristo. De otra forma, nuestro conocimiento de Cristo es nulo.


2. ¿Qué es el evangelio?

Muchos sostienen que la palabra evangelio proviene del latín “evangelicum”. Sin embargo, un estudio más profundo nos lleva a la raíz griega “euanguélion”, palabra compuesta de “eu” que significa “bueno” y “ángelos” que significa “mensajero”. En conjunto, la palabra evangelio es traducida como “buen mensaje”, “buena nueva”, “buena noticia”. Esta es la raíz más original de la palabra evangelio. Es también necesario especificar esto, pues muchos entienden que el evangelio es un estilo de vida, un camino o una identidad común entre los evangélicos. El evangelio es la buena noticia.

Ahora, ya entendiendo cuál es el significado etimológico de la palabra evangelio, vamos a la Escritura para entender el sentido de la palabra evangelio. En el evangelio según San Marcos nos encontramos con que el Señor Jesús principia su ministerio de esta forma: “...El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). De esta anunciación podemos analizar el siguiente punto: Jesús se refiere al evangelio como EL EVANGELIO, y no UN EVANGELIO. La singularidad que entrega el Señor al referirse al evangelio nos aproxima a la idea de un solo evangelio, y por tanto, una sola buena noticia. Este punto es referido también por el apóstol Pablo en su epístola a los Gálatas: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. NO QUE HAYA OTRO, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo” (Gálatas 1:6-7). Obsérvese que el apóstol Pablo hace énfasis en que el evangelio de Cristo es único, no tiene replicas ni imitaciones. Jesús presenta el evangelio como LA BUENA NOTICIA, dando a entender que en el mundo no ha habido ni habrá otra buena noticia. Quizás en nuestra vida cotidiana recibimos buenos anuncios, pero estos con el tiempo tienden a esfumarse. No podemos exigir a nuestra naturaleza material y perecedera que nos otorgue buenas noticias perfectas y eternas. Al contrario, un mundo sombrío como el nuestro nos embriaga en ilusiones que al parecer son buenas, pero llegamos siempre a la conclusión que no todo es para siempre. Jesús nos presenta el evangelio como la única buena noticia que el hombre ha escuchado y escuchará. Jamás se presentará mayor buena nueva en la historia de los hombres.


3. ¿De qué trata el evangelio?

Hasta este momento hemos estudiado la relación absoluta entre el evangelio y la Escritura, el significado y el sentido de esta buena nueva, pero, ¿De qué trata este mensaje? Al igual como el testimonio de Cristo, el contenido de este mensaje no se encuentra en otro lugar que en las Escrituras. El evangelio haya su fundamento en la Palabra de Dios. Para entender esto vamos a las palabras del apóstol Pablo.

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

Estas palabras nos llevan nuevamente a la correspondencia entre la Palabra de Dios y la fe. El apóstol Pablo concluye esto luego de anunciar: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (v.14). El apóstol nos propone que sin el conocimiento del mensaje real la fe carece de sentido. No podemos esperar creer en Dios y en Jesucristo sin que la Palabra de Dios sea expuesta. A la luz de estas palabras, la salvación es imposible sin la Palabra de Dios. La fe proviene de oír la Palabra de Dios. Por tanto, es de esperar, que el evangelio exponga en absoluto las Escrituras.

¿Cuál es el mensaje del evangelio? Regularmente definimos el evangelio como: “Cristo sana, salva y perdona”, pero la consulta es ¿De qué nos sana, nos salva y nos perdona? El evangelismo de hoy carece de un punto esencial: llevar el conocimiento acerca de quién es Dios y qué somos los hombres ante Dios. Antes de predicar un evangelio muerto, sin poder, es decir, sin la Escritura, permítanme darles una alternativa bíblica, de cómo exponer los puntos principales del mensaje de las Escrituras:


La condición del hombre

Si realmente deseamos predicar el evangelio bíblicamente no podemos evadir este punto. No podemos dar a entender que el hombre necesita vida sin antes exponer que está muerto. No podemos asumir que el hombre necesita ser redimido sin dejar en claro, con la Palabra de Dios, que está preso o privado de libertad. De este tema trata este punto: la condición del hombre. Muy pocas veces se profundiza en el evangelismo actual acerca de la realidad del hombre a la luz de las Escrituras. La gran mayoría sólo propone que “todos somos pecadores”, pero no existe una profundización de esta conclusión. A pesar que la naturaleza pecaminosa del hombre es un tema propuesto por las Escrituras, este punto ha sido reducido a simples frases que no son desarrolladas a la luz de la Palabra de Dios, más bien es sólo una introducción de un método evangelístico humano.

A diferencia de lo que proponen los evangelistas de hoy, la condición del hombre es un tema de gran relevancia en el evangelismo bíblico. Veamos cuál es la condición del hombre a la luz de las Escrituras:

Si vamos a las palabras del apóstol Pablo nos encontramos con lo siguiente: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). ¿Qué es lo que el apóstol nos declara? El pecado trae consigo la muerte, y la muerte es extendida a toda la humanidad por cuanto todos hemos pecado. Para las Escrituras, la pecaminosidad no es una práctica, sino una condición, una naturaleza degradante y depravada. En las Escrituras, el hombre no solamente hace pecado, sino que está muerto por causa de aquel pecado. La muerte espiritual es una condición nefasta para la naturaleza humana.

Esta naturaleza pecaminosa, y por consiguiente, muerte espiritual, se traduce en una vida entera sumergida en el pecado. El hombre nace, vive y muere en sus delitos. Vemos este principio en el Salmo de arrepentimiento: “He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre” (Salmo 51:5). La realidad no suele ser diferente durante nuestra vida. En Efesios 2 nos encontramos con la siguiente disposición: “en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo…” (Efesios 2:2). Antes de la regeneración, la persona anda y practica el pecado como un estilo de vida. No vive de acuerdo a la voluntad de Dios, sino según la corriente de un mundo caído, hostil hacia Dios y desobediente a su voluntad. Incluso, el mismo versículo 2 nos propone que, antes de la conversión, la persona no sólo anda según la corriente de una humanidad caída y moralmente corrupta delante de Dios, sino también conforme a la voluntad del diablo: “…conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (v.2). El versículo siguiente nos propone algo aún más desolador: “entre los cuales también nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (v.3). De aquí se desprende algo esencial que debemos entender. La naturaleza humana obedece a su propia carnalidad, a sus deseos, pensamientos, en fin, no lleva a otro destino que el pecado. Antes de la regeneración, la persona está bajo la ira de Dios: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). La ira de Dios no solamente se dirige a los hombres por causa de lo que hacen sino por lo que “son”. De esta manera, entendemos el punto anterior: El hombre hace y es pecado.

Es importante también distinguir que el hombre es pecador porque ha quebrantado la Ley de Dios: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Santiago 2:10). El hombre es malo, no a comparación de otros hombres, sino a comparación de un Dios Justo. Todos los hombres estamos reprobados delante de Dios, y por consiguiente todos somos malvados.

Otro punto importante es reconocer que por esencia hacemos lo que nuestra naturaleza caída demanda, siendo absolutamente responsables de nuestro pecado. La Escritura enseña que los hombres caídos: “…andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:18). El hombre no es una víctima de la ignorancia. El apóstol fue enfático en proponer que la causa es la “dureza de su corazón”, lo que nos aproxima en gran forma a la culpabilidad del hombre. Como dice Paul Washer en su estudio “La verdad sobre el hombre”: “La ignorancia del hombre es autoimpuesta y voluntaria. Él es hostil hacia Dios, y no quiere conocerlo ni aun conocer su voluntad. El hombre es ignorante de las cosas espirituales porque cierra los ojos y rehúsa mirar a Dios. Él se tapa los oídos y rehúsa escuchar” (La verdad del hombre, pág. 24). Otro punto importante que nos revela la misma epístola es la nula percepción de la humanidad caída por su pecado. El versículo 19 nos orienta en esto: “los cuales, después que perdieron toda sensibilidad se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (v.19). Antes de la regeneración, el hombre está sometido a tal muerte espiritual que pierde todo discernimiento sobre la verdad y virtud espiritual, lo que lo hace entregarse voluntariamente al pecado. Esta triste condición conlleva la más terrible consecuencia: estar apartado y excomulgado de la presencia de un Dios justo: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Un Dios Justo ama la justicia y aborrece la injusticia, el pecado. Es de entender que el hombre, por ser pecador, no puede estar presente frente a un Dios que ama la justicia. Merece la justa retribución por su delito: “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). No podemos ignorar una verdad bíblica como la expuesta por el profeta Ezequiel: “He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:4).


Doctrina de la inhabilidad moral

Estar inhabilitado moralmente no es otra cosa que no poder hacer lo bueno. La doctrina de la inhabilidad moral ha sido tergiversada durante las distintas eras cristianas. Las Escrituras nos revelan que el hombre ha sido completamente inhabilitado por causa de su pecado: “Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos” (Romanos 1:24). Sin embargo, el evangelismo actual propone que el hombre no es totalmente malo, sino que puede, “en el fondo de su corazón”, buscar a Dios. Esta doctrina es completamente contraria a la Escritura. Veamos lo que dice la Biblia acerca de la Inhabilidad del hombre.

El salmista dice: “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, Para ver si había algún entendido, Que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Salmos 14:2-3). ¿Existe algún ser humano que haga lo bueno? La respuesta de las Escrituras es NINGUNO. Quizás hay ciertas cosas, dentro de nuestra naturaleza humana, que nos parezcan correctas o dignas de exaltación. No obstante, a la luz de la Palabra de Dios, no existe obra buena hecha por hombres malos: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia…” (Isaías 64:6). ¿Cómo son delante de Dios las obras dignas de admiración que los hombres exaltan? Trapos inmundos. Jesús ante la necia conducta de los judíos de justificarse a sí mismos por medio de las obras dijo: “Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos delante de los hombres; mas Dios conoce vuestros corazones; porque lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15). ¿Cómo es para Dios lo que los hombres tienen por sublime? Una abominación.

Jesucristo nos enseña en Mateo 7 que la verdadera naturaleza o carácter de un hombre no se revela por lo que confiesa, sino por lo que hace: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos” (Mateo 7:16-17). ¿Se puede esperar que el hombre niegue su naturaleza corrupta y dé un fruto puro y santo? Un rotundo NO. Una naturaleza corrupta sólo puede generar obras corruptas, de otro modo sería ilógico, tal como lo plantea Jesús: “No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos” (v. 18). Por lo visto, las palabras del Señor nos aproximan a la estrecha relación que existe entre el corazón y naturaleza del hombre con sus palabras y obras. El hombre habla y actúa de acuerdo a su naturaleza. Si no es nacido de nuevo, el hombre sólo dará frutos corruptos, pues obedecerá a una esencia depravada. Al contrario, para el regenerado, las obras son buenas porque Cristo vive en él: “…y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí…” (Gálatas 2:20). Inmejorable relación Jesús nos entrega: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas” (Mateo 12:35). Por tanto debemos entender que las Escrituras nos revelan, no sólo que el hombre está muerto, sino que NO PUEDE hacer nada en pos de nacer a la vida, de ser redimido, de ser salvado.


El libre albedrío y la decisión humana

Según nuestra teología, Dios nos otorga un libre albedrío o voluntad para escogerle o no. Al parecer este es el punto en el que se sostiene en gran forma la doctrina del decisionismo. Según nuestras doctrinas: “Dios no puede hacer nada contigo mientras tú no se lo permitas”. Hemos vivido bajo este pensamiento humanista durante décadas y aún no nos hemos percibido de su error. Mientras asumimos que Dios es soberano en el acto de salvar, pensamos que nuestras decisiones, o nuestra voluntad, nos llevan hacia él. Este es el gran problema de aquella teología: el hecho que el hombre tenga una libre voluntad no significa que esta sea buena. El hombre siempre elegirá “libremente” estar en oposición a Dios y su voluntad. No puede negar su naturaleza. La regeneración proviene de Dios. No viene por la iniciativa humana. El libre albedrío siempre nos llevará al mismo lugar: el pecado. Por tanto, el libre albedrío, por pertenecer a una naturaleza caída, obedecerá de igual forma a aquella esencia. De hecho, el gran desmoronamiento que ha generado la teología humanista en la iglesia es el pensamiento que en lo profundo del hombre hay bondad, a tal punto que su elección por Dios despierta lo “espiritual” en él. Piense un instante, si el hombre tuviese una esencia justa y pura, entonces amaría a Dios, y por tanto viviría de acuerdo a sus estatutos y mandamientos. Siguiendo este razonamiento, el hombre no tendría necesidad de un salvador y redentor, y por lo tanto, la venida de Cristo sería en vano.

Para entender más este el punto anterior veamos Ezequiel 37: “La mano de Jehová vino sobre mí, y me llevó en el Espíritu de Jehová, y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. Y me hizo pasar cerca de ellos por todo en derredor; y he aquí que eran muchísimos sobre la faz del campo, y por cierto secos en gran manera. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y dije: Señor Jehová, tú lo sabes. Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: Huesos secos, oíd palabra de Jehová. Así ha dicho Jehová el Señor a estos huesos: He aquí, yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. Y pondré tendones sobre vosotros, y haré subir sobre vosotros carne, y os cubriré de piel, y pondré en vosotros espíritu, y viviréis; y sabréis que yo soy Jehová. Profeticé, pues, como me fue mandado; y hubo un ruido mientras yo profetizaba, y he aquí un temblor; y los huesos se juntaron cada hueso con su hueso. Y miré, y he aquí tendones sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; pero no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo” (Ezequiel 37:1-10). Debemos reconocer lo siguiente en el pasaje. No existe absolutamente nada, humanamente posible, que permitía a Ezequiel dar vida a los huesos secos que contemplaba. No existe nada, humanamente accesible, que permita a aquellos huesos volver a la vida desde el polvo. Los hombres viven como estos huesos secos, sin tener absoluta posibilidad de nacer a la vida. Para Ezequiel en este pasaje, no existe nada que él pueda hacer para volverlos a la vida. Es Dios, quien decide formar este ejército de los esqueletos. Asimismo Dios decide poner su Espíritu en quien Él desee para que este nazca a la vida, en Cristo Jesús. Por tanto, Dios es y sigue siendo soberano en la obra de redención.


La redención y justificación de Cristo

Con seguridad la consulta que debemos hacernos hasta este momento es la misma que refirieron los apóstoles al Maestro: “… ¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Mateo 19:25). Es de completa necesidad que el oyente del evangelio se haga esta consulta, pues si ha comprendido que está muerto, con la Palabra de Dios, podrá comprender que necesita vida. Jesús ante esa consulta dijo: “Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:26). ¡Este es el evangelio! Dios, a través de su Hijo ha hecho posible, lo que era imposible para el hombre. Jesús pagó la muerte que debía la humanidad por su pecado. Dios quebrantó a su Hijo Unigénito por el rescate de una humanidad muerta en sí misma: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:24-26). Dios satisface su justicia en su Hijo. A través del sacrificio perfecto en la cruz, Dios lleva ahora la justificación por medio de la fe en Cristo Jesús. Dios descargó su ira en su Hijo Jesucristo, la ira contra el pecado que todos debíamos, y quebrantó a quien ama y tiene complacencia para librarnos de su propia ira: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gálatas 3:13-14). ¿Por qué el hombre es justificado? ¿En qué dirección debe ir la fe? Una de las grandes diferencias que tiene el cristianismo con otras religiones es que la fe no haya su razón en cuanta posee el fiel, sino en quien la posee. Los cristianos genuinos depositamos nuestra fe no en nosotros, sino que en Dios, y en quien hizo el sacrificio perfecto: Cristo. Somos salvos por los méritos de Cristo, no por los nuestros. De hecho, así lo confirmó el apóstol Pablo: “sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado” (Gálatas 2:16). La dirección que adoptamos para nuestra fe se basa en Jesús. Él hizo la obra perfecta. Nuestras buenas obras son la evidencia que Cristo ha operado en nuestra vida, pero no significan nada para la justificación. Dios justifica por medio de la fe en Cristo, puesto que fue su Unigénito quien vivió acorde a la Ley, en forma perfecta, siguiendo la norma de su Padre: ser perfecto. Por lo tanto, Dios justifica no porque tengamos fe únicamente, sino mediante la fe en su Hijo Jesús. Asimismo quien dijo: “…todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34) también dijo: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

4. La obra del Espíritu Santo

A la hora de identificar el evangelio de las Escrituras no podemos negar la obra de quién revelará la Palabra de Dios: el Espíritu Santo. Por muy razonable que resulte la gravedad del pecado en nuestras vidas, no podemos entender su real impacto sin el Espíritu Santo. Jesús dijo que este: “…convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8). Dios, a través de su Santo Espíritu, es quien trae a sus hijos, los disciplina y los mantiene hasta el fin. No podemos faltar a la idea que es Dios mismo quien abre los corazones de los hombres. Así ocurrió con Lidia, en el libro de los Hechos: “Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14). Podemos ver en el Nuevo Testamento que todos los salvados eran llevados al arrepentimiento por una obra del Espíritu Santo, pero ninguno de ellos sin la Escritura de por medio. Si entendemos que: “…nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21), también debemos comprender que la obra del Espíritu Santo vendrá a través de lo que Él ya ha revelado. De esta forma, por más que nos esforcemos por llevar la Palabra Santa a las personas, la palabra final la tiene Dios. Él fue el que nos eligió a nosotros, por medio del Espíritu Santo: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha” (Efesios 1:4), por tanto, no hay razón para jactarse de una predicación saturada de la Escritura. La tarea es llevar el evangelio, y ante esta comisión debemos ser dedicados por completo, pero es Dios, quien a través de su Santo Espíritu hace la obra, cuando Él lo desee. Por tanto, no se trata de sensibilizar a las personas hacia una decisión, sino que llevar la Palabra Santa de Dios a los oyentes, para que el Espíritu Santo lleve al arrepentimiento al pecador.

5. La ausencia de la “oración del pecador” en las Escrituras y en el cristianismo histórico

El evangelio que hoy se predica está sumamente distante del evangelio que predicó Cristo, los apóstoles y la iglesia primitiva. De hecho, el rescate de la doctrina cristiana, a través de los reformadores, jamás impulsó o convivió con lo que hoy practicamos. Antes del siglo XX, la llamada “oración del pecador” o la “invitación a Jesús” jamás se había escuchado en la historia de la iglesia. No encontramos atisbo de ella en las Escrituras, ni tampoco en la teología de los reformadores que fundaron la iglesia protestante y/o evangélica. Al parecer “la oración del pecador” y sus agregados son relativamente contemporáneos en la historia de la iglesia. No tenemos evidencia bíblica ni histórica para afirmar lo contrario.

En primer lugar, no encontramos ningún pasaje en los evangelios en los que Jesús haya dicho: “¡Que levante la mano quien me quiere invitar a entrar en su corazón! Veo un mano levantada” o “Todo el que quiera ser salvo, repita esta oración conmigo”. Antes de escuchar tales palabras, el Señor Jesús principia su ministerio de esta forma: “…El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). La insistencia por el arrepentimiento es acentuada en cada uno de los evangelios: “…Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). El arrepentimiento debe ser constante en la vida del cristiano. No podemos asumir que hemos nacido de nuevo cuando en nuestra vida no hay arrepentimiento. Debemos negarnos a nosotros mismos, vivir postrados delante de la cruz. Dios, como un Padre Bueno, no descuida a sus hijos. Los mantiene hasta el fin, y por ello, pone su Espíritu Santo para que reconozcan el pecado que hay en su vida. El arrepentimiento del pecado no alcanza su éxtasis en la oración del pecador, como muchos piensan. El arrepentimiento es continuo y creciente en la vida del hijo de Dios. La obra que Cristo comenzó en la vida del hombre la terminará. La percepción por el pecado crece, y de la mano el arrepentimiento, hasta alcanzar la estatura de Cristo, el varón perfecto.

En segundo lugar, no encontramos pasaje en la Escritura en que se declare que la decisión del hombre puede salvarle. La doctrina del decisionismo niega la doctrina de la justificación por medio de la fe en Cristo Jesús, reemplazándola por la fe en la sinceridad y certeza de mi oración. Antes, la Escritura no se contradice a sí misma, sino que habla un solo mensaje: Dios abre el corazón de los hombres, para que estos sean regenerados.

A través del nuevo nacimiento, el viejo hombre, que ha nacido contrario a Dios en todas sus dimensiones, es milagrosamente transformado en una “nueva criatura”, a tal punto que, inexplicablemente, comienza a vivir de acuerdo a los estatutos de Dios. Entendemos otro significado más para aquel pasaje que dice: “…Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible” (Mateo 19:26), es decir, lo que es imposible para el hombre, obedecer los mandamientos de Dios y aborrecer el pecado, Dios, a través de su obra regeneradora, lo hace posible.

Muchos defienden la doctrina del decisionismo o “invitación evangélica”, citando versículos del Nuevo Testamento como Romanos 10:9-10: “que si confesare con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación”. Sin embargo, estas palabras no evocan en ninguna forma la oración del pecador. Si el corazón es el centro de las intenciones, el intelecto, las emociones y la voluntad, es absurdo creer que una persona ha creído con el corazón en Cristo y esto no tenga un efecto radical sobre el resto de su vida. El apóstol Pablo habló durante toda la epístola a los Romanos que la salvación es por fe, no por una invitación evangelística. El “creer en tu corazón” ha sido desplazado por “¿Te gustaría pedirle que entre en tu corazón?”. Es de entender que si alguien ha sido convertido por Dios, este confesará a Cristo en palabra y obra. Esto no significa lo mismo que enseñamos nosotros sobre la conversión por decisión. Hemos reducido la maravilla del evangelio a un simple método de cinco pasos. Recordemos que la confesión es una evidencia de la salvación, no un mérito para ello, de otra forma, ¿Cómo podemos entender lo siguiente?:

En tercer lugar, jamás la Escritura enseña que debemos realizar las preguntas que preceden a la oración. Las consultas como, ¿Quieres ir al cielo? ¿Sabes que eres un pecador?, no suelen significar nada. Todas las personas quieren ir al cielo, la diferencia es que no quieren que esté Dios allí. Esta es la diferencia que proponen las Escrituras:

Pregunta de los hombres: ¿Quieres hacer una oración para que Cristo entre en tu corazón?

Verdadera consulta consecuente con la regeneración: Mientras me haz escuchado anunciar el evangelio, ¿Ha obrado Dios en tu vida de tal manera que el pecado que antes tanto amabas ahora odias?

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