viernes, 29 de noviembre de 2013

Venid a mí y descansad



Un comentario de Mateo 11:25-30

         Jesús, al hablar con escribas y fariseos, les acusó que invalidaban la Palabra de Dios con la tradición de los hombres (Marcos 7:8-9). Al sujetar la Palabra de Dios a las costumbres humanas que ellos tenían, terminaban invisibilizando la Palabra de Dios y todo lo que Dios quería que entendiesen. Como iglesia tenemos muchas veces el mismo vicio, y no sólo en nuestras congregaciones, sino que en la gran totalidad de la iglesia evangélica. Terminamos invalidando la Palabra de Dios por observar nuestras costumbres. Consideramos que las cargas a las que se refiere el Señor en este pasaje son los problemas surgidos por la falta de salud, la necesidad económica, los trámites difíciles, en fin, asuntos terrenales. Es triste ver como nuestras conversaciones, nuestros sermones, nuestros consejos, nuestros deseos, nuestras interpretaciones, no vayan más allá de los problemas cotidianos. Al parecer no nos basta con que Jesús haya dicho que las demás cosas vendrán por añadidura (Mateo 6:33) o que Dios haya prometido suplir nuestras necesidades (Filipenses 4:19), por lo que tenemos que estar culto tras culto, consejo tras consejo recordando que Dios está a nuestro favor en los problemas de la vida. No obstante, no hay mayor problema para el hombre que su propio pecado. Las desdichas de la vida no tocan ni los talones al problema central de la raza humana: el pecado. Jesús vino a condenar al pecado en la carne (Romanos 8:3); no vino a resolver problemas económicos, de salud o judiciales. Puedes tener toda tu vida problemas de distinta índole, pero estos no le tocarán los talones al problema del pecado. El objetivo de que Jesús viniese a la tierra era resolver este problema. Por lo que entender que la fatiga es producida por las cargas terrenales de los asuntos humanos es desarraigar este pasaje de su principal motivo y ajustarlo a nuestras necesidades.


v.25 - 26
“En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí Padre, porque así te agradó”

            Este pasaje nos indica que Dios ha querido revelar un misterio a los que son como niños, mientras que ha ocultado este mismo a los sabios y a los entendidos. Esto no se refiere a que las personas con un alto nivel académico e intelectual no les sea revelado el misterio, porque hay un conjunto de hombres y mujeres, desde altos lugares de erudición y estudios, que se han convertido a Cristo. El Señor nos habla de revelar un misterio de los niños y de un descanso prometido, y estos temas deben ser entendidos desde la misma Escritura. 1400 años antes que Jesús mencionara estas palabras, el pueblo de Israel estaba a las puertas de la tierra prometida, y temieron por sus vidas al escuchar el testimonio exagerado de 10 de los 12 espías enviados a reconocer la tierra (Números 13:30-32). Al oír que los pueblos que habitaban en esa tierra tenían características invencibles, el pueblo cuestionó la promesa de Dios consultándose: “¿Y por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto?” (Números 14:3). El pueblo estaba alistándose para regresar a Egipto cuando Dios aparece y les dictamina un juicio terrible. Perecerían en el desierto todos los mayores a veinte años, no conociendo la tierra prometida, vagando en aquel desierto durante cuarenta largos años, y serían precisamente los niños los que heredarían esa tierra: “Pero a vuestros niños, de los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis” (Números 14:31). Se esperaba que el pueblo de Israel, habiendo salido desde la esclavitud con grandes maravillas y prodigios, ingresaran y tomaran la tierra que Dios les había prometido, victoriosamente. Pero no, fueron finalmente los niños, los que ellos pensaban que serían por botín de guerra, los que finalmente alcanzarían las promesas.

            Vemos en las palabras del Señor cierto recuerdo de este acontecimiento. Se esperaba que la generación que había salido de Egipto mediante las obras poderosas de Dios alcanzara la promesa de la tierra, sin embargo, fueron finalmente los niños de ellos quienes por la mano de Josué lograron habitar en ella. De los sabios y los entendidos podemos esperar que resuelvan estos misterios, pero no ha sido así, porque Dios ha querido revelar estas cosas a los que son como niños, a los que no se espera que lo resuelvan, porque como dijo el apóstol Pablo: “lo necio de este mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios” (1 Co.1:27). Dios ha querido revelar estas cosas a unos, y no a otros, por el puro afecto de su voluntad, es lo que dijo el Señor: “Sí, Padre, porque así te agradó”. Pero, ¿Qué es aquello que Dios ha querido revelar a unos y esconder a otros?


v.27
“Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.”

            El Señor dijo que “Nadie conoce al Hijo sino aquel que el mismo Hijo ha querido revelar”. El misterio que se ha revelado a unos y a otros no, es el Señor Jesucristo. El mismo Señor dijo que la vida eterna es que “te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Jn.17:3). El mismo Señor dijo: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Juan 15:16), y el mismo apóstol Juan enseñó en su primera epístola: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó  nosotros” (1 Juan 4:10). Nadie por tanto puede decir que acudió a Cristo por sus propias fuerzas o por su entendimiento (porque no es de los sabios y los entendidos), sólo podemos conocer a Dios si Él se revela a nosotros primero, como quien resucita a huesos muertos, dispuestos en un valle sin vida: “Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío” (Ezequiel 37:13). Jesús se revela para la vida eterna de aquellos que son como niños, aquellos que no se espera que puedan entender el misterio de la salvación, que puedan conocer a Cristo.


v.28
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”

            A estos el Señor dice: “Venid a mí”. Estos que son como niños, aquellos que no esperan ni se espera que conozcan la salvación, aquellos a los cuales Jesús se les revelará, son llamados por el Señor, y se dice que están trabajados y cargados. Solamente se dice esto de las personas que durante mucho tiempo han cargado con un terrible peso, de tal forma que la fatiga es evidente. Pero, ¿cargado con qué? ¿Cuáles son aquellas cargas de las que el Señor habla? Al referirnos a esto no debemos ignorar que la primera intervención que Dios hace en el corazón de los pecadores, para traerlos a la salvación y la vida eterna, es la convicción de pecado (Juan 16:8). Nadie conoce ni estima al Señor Jesús como Salvador sin antes haber reconocido su pecado y su miseria. ¿Cómo el Señor Jesucristo puede ser tu Salvador si no ves en tu vida nada de lo que pueda salvarte? Es por esto que lo primero que Dios hace para traer a un alma al arrepentimiento es revelarle su verdadero estado. El Señor Jesús dijo que esto era una obra sobrenatural del Espíritu Santo que convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Jn.16:8).

           
El cristiano cargado de John Bunyan
Cuando el Señor mismo nos hace entender que somos pecadores, nos ilumina con su Palabra para reconocer la miseria de nuestra vida sin Dios, para notar la gravedad de nuestros pecados y el inminente juicio que debemos enfrentar. Ese temor a la Ira Venidera, ese sentimiento de saber que eres pecador y que no tienes esperanza, esa desesperación de no poder volver tu rostro a Dios es lo primero que Dios hace para traer a los hijos a la gloria. Cuando somos enfrentados con ese entendimiento que somos pecadores, comenzamos a tratar de extirpar el pecado con nuestras propias fuerzas, y al notar que aunque deseemos desechar las malas obras, caemos continuamente en ellas. ¡Estas son las cargas! Producen esfuerzos porque cuando somos enfrentados con la luz de Dios podemos notar esos pecados. Los pecados que cometemos a diario son como una tras otra bolsa llenas de mugre que son echadas sobre nuestra espalda y cada vez que pecas un peso más se agrega sobre tu cabeza.

            Si sostengo un objeto en las manos y lo dejo caer suceden dos cosas. La primera es que ese objeto cae por su propio peso y la segunda es que la misma tierra atrae ese objeto hacia sí misma por ley de gravedad. Así mismo cuando Dios, en su Soberanía, decide que un pecador no siga viviendo, tal cae al abismo por su propio peso, y no sólo eso, sino que el mismo abismo le atrae hacía sí, por cuanto el infierno es el lugar donde acuden los pecadores para ser castigados, como dice el Señor de los impíos: “A su tiempo su pie resbalará” (Deuteronomio 32:35) y “Ciertamente los has puesto en deslizaderos; En asolamientos los harás caer” (Salmo 73:18).

            Cuando el Señor nos convence de pecado nos permite notar la enorme contraposición de nuestra vida con la del Hijo de Dios. Al ver en la Palabra que Jesús es “Santo, Inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26) y al mismo tiempo reconocer que nosotros somos todo lo contrario, sucios, llenos de pensamientos pervertidos, injustos, destructivos, amantes de males, desobedientes, vanidosos y viciosos, vemos mejor al Hijo de Dios y nuestra condición a la luz del Juicio Final.

            Las cargas que llevas en tu espalda son la prueba que mereces condenación y castigo, y no mereces lo que piensas merecer: el cielo y sus beneficios. Esas cargas serán la evidencia que te inculpará frente al Tribunal de Cristo y es imposible que las extirpes por tus propios esfuerzos. Ninguna fuerza humana puede quitar las cargas de nuestras espaldas, de otro modo, el Señor no hubiera llamado a descansar si vamos solamente a Él. Tanto el diablo como el mundo diseñan miles de engañosos alivios contra estas cargas de pecado, intentos pasajeros que sirven de anestesia provisoria para no acceder a Cristo. Pero Jesucristo se ha manifestado como el único que puede otorgar descanso, quitando esas cargas de pecado de en medio.

            Esto último manifiesta un dilema importante. Si un juez ocultara la evidencia que inculpa a un criminal para exonerarle de su condena, tal sería injusto y mentiroso. ¿Cómo entonces Dios podrá sacar del camino esas terribles cargas que inculpan al pecador? La respuesta no yace muy lejos de quien nos prometió descanso. ¡Fue Jesucristo quien llevó esas cargas por nosotros! Ya en los Salmos la respuesta avanzaba: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará” (Salmo 55:22). Dios mismo decía a través del profeta: “pusiste sobre mí la carga de tus pecados, me fatigaste con tus maldades” (Isaías 43:24). Jesús fue profetizado por el rey Ezequías de esta forma: “He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz, mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y también cuando se habla del Mesías como el Siervo Sufrido del Señor se dice de Él: “por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos” (Isaías 53:11). Él mismo Jesús que llamó a los trabajados y cargados es el mismo que llevó por ellos sus terribles cargas.

            Si las cargas de pecado que llevábamos en nuestras espaldas eran la prueba que somos pecadores y merecemos toda la Ira de Dios, y Jesús fue quien llevó esas cargas para desaparecerlas y hacernos descansar, la única forma que tuvo Él de sacarlas por completo de los ojos de Dios es soportando Él el castigo merecido por llevar tales cargas. Por lo cual la única manera de asegurar descanso a estos que son como niños es pagar el precio que ellos debían, siendo castigado por Dios como si Él hubiese cometido todos esos pecados. Si a nosotros se nos acredita la Justicia de Cristo por su sacrificio, a Él se le acreditó nuestra miseria en esa cruz, porque: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). La única forma de ser libres de estas cargas y efectivamente descansar, es por lo que hizo Jesucristo al llevar estas cargas y tirarlas en ese sepulcro.


v.29 – 30
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

No obstante, Jesús no libera de las cargas para volver a cargarnos y vivir en la anarquía. Jesús dijo que pondría un yugo sobre los que han descansado del triste peso del pecado, un yugo fácil de llevar y liviano. Este yugo es el servicio que el nacido de nuevo desea hacer por su Señor. La carta a los Romanos dice que somos esclavos de Cristo, sirviendo a la justicia. Este yugo es fácil, no porque el camino hacia la Ciudad Celestial esté exento de dificultades, sino porque el destino al que nos lleva ese bello servicio es al Reino de los Cielos. Los mandatos de Dios no nos son gravosos (1 Juan 5:3). Jesús exige nuestra fidelidad y compromiso de servirle hasta la muerte, combatiendo a muerte contra el pecado y enseñando a los transgresores el camino. El apóstol Pedro dijo que “…como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15).

¿Cómo puedo acudir al Señor entonces para librarme de mi carga? Simplemente acude a Él. Él no dijo “Ven con tu alma a cuentas conmigo”, “Trae una ofrenda” o “Trae una buena obra”. Él solamente dice “Venid a mí”. Pero, ¿Y si no soy convencido de pecado, si no soy de los pequeños que Dios ha querido revelar su evangelio? La Palabra no solamente habla de la Soberanía de Dios sino también de tu responsabilidad ante Él, darás una cuenta por tus obras, y serás juzgado por ellas, Dios no será juzgado por lo que te hizo o no sentir. No obstante, es imposible que sientas aunque sea una mínima atracción por venir a Jesús sin que el Padre no te atrajere: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre no le trajere”. Tu persistencia en confiar en que Cristo pueda quitar tus cargas hoy, a pesar de todos los fracasos que has tenido, es imposible que venga de ti. La semilla de la Palabra comienza a hacer efecto, pero no dejes que el diablo te deje en las buenas intenciones, acude a Él pronto que el Juicio viene. Tan sólo acude a Él, no con grandes oraciones ni grandes excusas, un solo “Señor, se propicio a mí, pecador” o “Sálvame, perdóname, te necesito” es más que suficiente, porque no es la calidad de tu arrepentimiento lo que quitará tus cargas, sino que Jesús las llevó por ti. Pero acude pronto, antes que la Puerta de la Misericordia sea cerrada.

Sólo es posible hallar descanso para nuestras almas cuando aprendemos de la mansedumbre y humildad de corazón del Señor, como un niño mira e imita a su padre. Acude a Él hermano. Salvará tu vida. ¿Estás agotado del pecado que llevas en tu espalda? Sólo por lo que hizo Jesús podrás tener descanso. Su yugo es fácil, su carga es liviana. Tan sólo responde “heme aquí, sálvame”, porque Él te dice: “Venid a mí”.

3 comentarios:

  1. Es tan hermoso leer esto, está ante mis ojos pero aún no puedo hallar descanso para mi alma, cuando creo haber sido transformada viene el recuerdo de mi pecado y caigo más bajo de lo que era... ¿es que acaso estoy destinada a perdición? anhelo descansar en Dios... por favor ayúdeme no quiero morir eternamente

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  2. Estimada, la única manera que halle verdadero descanso es entregando su vida a Jesucristo. Si el Señor dijo que acudiendo a Él hallaremos el descanso necesario para nuestra alma, ¿acaso Él ha faltado a su Palabra? Nada de lo que Dios ha dicho merece ser desconfiado, porque Él siempre ha cumplido sus promesas. Piense, tiene dos formas de vivir, una es entregarse a Cristo y poner toda su esperanza en el poder que puede transformar su vida, o vivir alejada totalmente de Dios y apartarse para siempre de su Verdad. Si no puede concebir el vivir de una forma ajena a Dios es porque Él ha despertado algo en usted que le hace ver de manera hermosa el evangelio y a Jesucristo.

    Si quiere venir a Cristo confíe en que Él mismo dijo que todo el que viene a Él no le echa fuera. Si se mira a sí misma sólo encontrará tinieblas, pero si mira únicamente a Aquel que se entregó en una cruz y soportó el castigo y repudio divino que nosotros merecíamos hallará vida y paz. El descanso para su alma está sólo en mirar a Cristo por fe.

    No se frustre su corazón, persevere en conocerle. ¿Cuánto tiempo una viuda estuvo exigiendo justicia a un juez injusto? ¿Cuánto tiempo debe pedir un hijo un pedazo de pan sabiendo que su padre no le dará un escorpion?

    Nuestras ideas sobre nuestra predestinación y destino eterno muchas veces son sólo especulaciones, pero ¿qué sucedería si Cristo mismo le dijese a una persona que no fue elegida? Pues en los evangelios se relata la historia de una mujer cananea que inicialmente fue desechada por Jesús al punto de ser comparada con perrillas (Mt.15:21-28). ¿Quién podría resistir la desesperanza de saber que Cristo mismo nos diría que no somos elegidos? Pero esta mujer perseveró y el Señor alabó su fe. Persevere en oración, pida a Dios que le revele a su Hijo Jesucristo. Él es Poderoso para salvar. No tenga temor, Dios compró nuestro descanso eterno cargando sobre su Hijo el pecado de nuestros corazones.

    Dios le bendiga y le conduzca.

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