sábado, 30 de noviembre de 2013

Un cuestionamiento al poder y eficacia de las tradiciones humanas a la luz de la Palabra de Dios


           Con el fin de desafiar el gobierno de todas aquellas tradiciones y doctrinas humanas que durante tanto tiempo han esclavizado a nuestra iglesia metodista pentecostal es que expongo estas noventa y cinco conclusiones basadas en las Sagradas Escrituras, tomando como referente al reformador Martín Lutero, quien en vista del desmoronamiento que vivenciaba la cristiandad en el Siglo XVI, tomó la iniciativa que hoy tomo por amor a ustedes, mis hermanos en la fe en Cristo, nuestro Salvador: 

    1.     Las Sagradas Escrituras son la única y máxima autoridad que tenemos las criaturas de Dios para conocer su voluntad, sus atributos y todos los misterios concernientes a la Ira Venidera, el Juicio de Dios y la Salvación en Cristo Jesús. Dios ha dado cuenta que sólo en su Palabra hallaremos la verdadera revelación de su testimonio: “Escudriñad las Escrituras… ellas son las que dan testimonio de mi” (Juan 5:39)

   2.   Por tanto, todas las palabras de los hombres, las revelaciones personales, los edictos y visiones de obispos o pastores, las enseñanzas de diáconos y todo aquel que enseñe acerca de la Palabra, la vida cristiana y la comunión de la iglesia, deben someterse al juicio verdadero del Tribunal Justo de la Palabra de Dios. 

3.      Ninguna doctrina, enseñanza o práctica que vaya en contra de la Santa Palabra puede provenir de Dios, ni es de provecho obedecerla o practicarla. Toda forma de enseñanza que esté en contra de algún punto de la Palabra de Dios o intente añadir algo más de lo que está escrito, debe ser desechada (Deuteronomio 12:32). Cualquier espíritu que contradiga a Cristo y a la Escritura no es de Dios.

4.      Es deber de todo cristiano ser fiel a Dios antes que obedecer las tradiciones y costumbres que los hombres imponen como correctas: “…Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29)

5.      La ignorancia de la Palabra de Dios y desobediencia a sus preceptos son la causa directa para la aprobación de doctrinas humanas que carecen de sentido bíblico. Tales doctrinas humanas ensucian nuestra iglesia con tradiciones y costumbres erradas, nos sumergen en la superstición y en la obediencia a preceptos engañosos.

6.      La ignorancia de la Palabra de Dios y la pereza de indagar en sus preceptos nos ha llevado a obedecer enseñanzas humanas alejadas de la verdad: “…en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Marcos 7:7).

7.      Mientras más ignoremos la Palabra de Dios más propensos estamos a malinterpretar sus designios y aprobar enseñanzas y prácticas alejadas de su voluntad. Mientras más propensos estemos a interpretar indebidamente pasajes de la Palabra más probable es que enseñemos algo incorrecto: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento…” (Oseas 4:6).

8.      Ninguna doctrina, enseñanza, profecía, revelación especial o visión, por muy inspirada que parezca, debe aceptarse automática e irreflexivamente. Antes, todo el que la oiga debe examinar su veracidad a la luz de la Palabra: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1).

9.      Debe enseñarse a la iglesia que aquel que somete todas las enseñanzas de los hombres a la luz de la Palabra de Dios, ya sean provenientes del obispo o del hermano más sencillo, será mayormente bendecido que aquel que confirma automáticamente con un “Amén” enseñanzas que pueden ser incorrectas.

10.  Mera doctrina humana es aquella que dice que todas las enseñanzas que provienen del púlpito son dadas o inspiradas por Dios, ya que son palabras de hombres propensos al error. Sólo la Escritura es la Palabra de Dios, no la voz ni palabra de los hombres, sean obispos, diáconos, pastores, predicadores o hermano cualquiera. La Escritura nos dice: “Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tes. 5:21).

11.  Examinar las enseñanzas es el deber de cada cristiano verdadero. Entregarse a las palabras de los hombres, sin mayor fundamento que una fe y sumisión ciega, sin examinar si sus palabras son bíblicas o no, demuestra obediencia a los hombres y no a Cristo. El apóstol claramente defendió: “…Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10).

12.  El creer todas las palabras que salen de púlpitos o figuras de autoridad, sin examinar la verdad de ellas a la luz de la Escritura, sólo puede ser fruto de un alma inmadura o infiel a la Palabra de Dios (Lucas 8:13; Hebreos 5:11-13).

13.  Por tanto, nadie puede, en ninguna forma, entregarse por entero a las enseñanzas del obispo, pastor, diácono, profesor o hermano alguno, sin antes examinar si sus palabras están de acuerdo con la Palabra de Dios. De otro modo, no existe razón para que un hijo de Dios las apruebe, las obedezca, ni aún piense que son una alternativa favorable.

14.  Aun así, muchos se esfuerzan con sus tradiciones en omitir que examinen las enseñanzas, perturbando a los hijos de Dios diciéndoles: “No cuestiones la voz de Dios (refiriéndose a las palabras del que enseña)” o “Si lees mucho la Biblia te harás un maestro y te creerás pastor”. Su pereza y analfabetismo por la Palabra es tan grande que ni aún merecen que los hijos de Dios les escuchen.

15.  Sin embargo, las tradiciones humanas logran pervertir la enseñanza pura de la Palabra e impiden que la iglesia examine si sus propias costumbres, doctrinas y prácticas son o no bíblicas.

16.  Estas necias tradiciones exponen que el Espíritu Santo les dice a los hombres qué hablar y modela sus palabras, aún sin ser llevados a una meditación profunda y un entendimiento más acabado de la verdad de la Palabra de Dios. Interpretan indebidamente que “…la letra mata, más el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6), y procuran mantener en la ignorancia a muchos hermanos que con humildad y sencillez terminan obedeciendo tal conformismo.

17.  Ridículo es el argumento que exponen nuestras tradiciones humanas al decir: “El Espíritu Santo se contrapone a que se estudie mucho la Palabra de Dios”. Es contradictorio pensar que el Espíritu Santo remplaza el entendimiento, preparación y comprensión de Dios por medio de las Escrituras, si Él mismo las ha inspirado (2 Pedro 1:21).

18.  Cualquiera que, suponiendo estar bajo la inspiración del Espíritu Santo, revela doctrinas adicionales o contrarias a la Palabra de Dios, no sólo comete blasfemia, sino también desobedece al Señor: “Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe…” (1 Timoteo 6:3-4).

19.  Ignorantemente justificamos nuestro descuido ante la preparación en las Escrituras y la predicación bíblica del evangelio con las palabras del mismo Señor: “porque el Espíritu Santo os enseñará a la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:12).

20.  Sin embargo, el Señor mismo sostiene antes de aquel versículo: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir” (v.11).

21.  De lo anterior podemos concluir que el Señor Jesús no impone una regla general, sino una situación particular, en la que el temor por la muerte y el clima de persecución dificultan una debida defensa de la fe. No dio lugar a que esto se aplique a todo momento en que se enseñe de la Palabra y se predique el evangelio.

22.  El Espíritu vivifica la Palabra de Dios (2 Corintios 3:6), pero si desconocemos el contenido de las Escrituras, ¿Qué inspiración entregará?

23. Contraria a nuestra penosa justificación, la Escritura nos dice: “…estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).

24.  Es deber del cristiano genuino y responsable el conocer todas las Escrituras y prepararse ante cualquier situación, en comunión con el Espíritu Santo que inspiró las Escrituras.

25.  Una de las evidencias más sobresalientes de nuestro descuido general por prepararnos en las Escrituras es la improvisación que realizan casi todos los hermanos que salen a predicar el evangelio, bajo el disfraz que Dios les comunica lo que deben decir.

26.  Improvisar el mensaje del evangelio, hablando lo primero que se nos venga a la mente, es un completo insulto al evangelio de Cristo. Mientras las Escrituras nos mandan a prepararnos en el entendimiento de Dios, nuestras tradiciones humanas nos dicen que siquiera pensar en lo que predicaremos es contrario al Espíritu Santo. Nada podría estar más equivocado.

27.  Hay que enseñar a la iglesia que aquel que predica el evangelio debe hacerlo conforme a lo que las Escrituras enseñan, y no a los pensamientos o ideas que nos surjan en el momento. Sólo la Palabra de Dios debe ser predicada, no así nuestros sentimientos o ideas propias sobre Cristo y el evangelio.

28.  Todas las predicaciones y defensas del evangelio que expusieron los apóstoles en el Nuevo Testamento estaban llenas de menciones de la Palabra de Dios (Hch 2:14-42; 7:1-60;8:26-40;13:13-52;17:10-13;). En las predicaciones públicas debemos citar únicamente las Escrituras, nada más.

29.  ¿Acaso son las Escrituras un tesoro tan despreciable, que al predicar su principal mensaje (el evangelio) prefieres echar mano a testimonios e ideas propias? Si la Palabra de Dios es un tesoro para nosotros, no debemos recurrir a otra cosa que mencionar y recitar sus santos pasajes al dar cuenta pública de nuestra fe.

30.  En lugar de lo anterior, desperdiciamos tiempo relatando un sinfín de anécdotas, sentimientos e ideas que se nos vienen a la mente en aquel momento, y no damos lugar a la Palabra de Dios. Aunque el testimonio propio tiene el poder de reforzar la fe, no debe consumir el tiempo que tenemos de exponer a Cristo por medio de la Palabra, ni sustituir la predicación del mensaje bíblico.

31.  Es necesario que cuando salgamos a predicar el evangelio pregonemos únicamente la Palabra de Dios, puesto que son las Escrituras el testimonio de Cristo y son ellas el único vehículo que toma el Espíritu Santo para revelarse a los hombres. Ninguna palabra humana, cántico o testimonio, por muy emotivos que fuesen, tienen el poder de convencer a un alma de pecado. Es sólo el Espíritu Santo el que realiza tal obra por medio de la Palabra (1 Pedro 1:22-23).

32.  Por tanto, anunciar el evangelio sin tener un entendimiento exhaustivo de las Escrituras es hablar de algo que no sabemos. No conocemos a Dios por medio de la asistencia al culto; lo conocemos únicamente por medio de su Palabra: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

33.  Es necesario que la iglesia salga a predicar el evangelio conociendo primeramente su mensaje, ya que en la gran mayoría de las predicaciones, nos dedicamos a relatar un sinfín de experiencias, conclusiones particulares e indebidas de la Palabra, testimonios propios o ajenos, en fin, perdemos el tiempo en enseñanzas repetitivas que no hayan sentido a la luz de la Palabra.

34.  Es necesario que prediquemos sobre la Ira de Dios hacia el pecador (Ro.1:18; 2:5) y su llamado al arrepentimiento (Mr.1:14-15; Lc.13:1-5), exponer sobre el inmenso juicio de Dios sobre la maldad de los hombres para resaltar la inmensa misericordia de su amor al darse asimismo por nosotros (Ro.3:21-26). Estos puntos elementales pocas veces son mencionados. La mayoría de las veces son reemplazados por ideas nuestras, las cuales no son el evangelio de Cristo.

35.  Aquel que predica verdaderamente el evangelio hablará continuamente sólo de pasajes de la Palabra de Dios. Memorizar y citar las Escrituras no son una opción o estilo de predicación, sino la verdadera y única exposición que tenemos del evangelio en el Nuevo Testamento, y la única que tiene poder para rescatar almas perdidas. Cualquiera que niegue esto no cree ni confía verdaderamente en el poder regenerador del Espíritu Santo a través de la Palabra.

36.  La iglesia debe alejarse de la ignorancia y la pereza, y debe correr desesperadamente al estudio y entendimiento de las Escrituras. No es suficiente con lo expuesto en la escuela dominical o en reuniones. Escudriñar y reflexionar continuamente en la Palabra Santa es la evidencia genuina de un hijo de Dios (Sal.119:1-2,9-16,47-48).

37.  Cualquiera que sostenga que el evangelio se puede predicar de diversas formas, alterando su mensaje esencial, aunque sea en un mínimo punto, para que resulte más atractivo a los oídos de los hombres, corre el peligro de ser llamado anatema (Gálatas 1:8-9).

38.  El evangelio debe ser predicado en su forma más pura, limpiándolo de costumbres y tradiciones necias que obstaculizan una anunciación apropiada de acuerdo a las Escrituras. Para ello es necesario que la iglesia se prepare en conocer y meditar las Escrituras lo suficiente antes de salir a predicar, y prepararse en comunión con el Espíritu Santo para entregar un mensaje lo más aproximado a las preciosas verdades bíblicas.

39.  Las tradiciones humanas nos han llevado a blasfemar el nombre de Dios innumerables veces al decir: “Hermano, el Señor me dijo esto”, “Hermano, el Señor te dice que”, “No lo estoy mandando yo, el Señor lo está mandando”, “El Señor te manda a hacer esto”, en fin, frases características de nuestra vida de iglesia, pero absolutamente irreverentes con el nombre Santo de Dios.

40.  Dios está en contra de aquellos que utilizan su Santo Nombre para declarar, enseñar o mandar cosas que Él no ha dicho: “Dice Jehová: He aquí yo estoy contra los profetas que endulzan sus lenguas y dicen: El ha dicho… y yo no los envié ni les mandé…” (Jeremías 23:31-32; Ezequiel 13:2-3)

41.  Dios está en contra de que se utilice su nombre para avalar sueños o visiones que sólo nacen de la imaginación y vanidad de los hombres: “He aquí, dice Jehová, yo estoy contra los que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y hacen errar a mi pueblo con sus mentiras y con sus lisonjas…” (Jeremías 23:32)

42.  Hay que enseñar a la iglesia que las visiones, profecías sueños o mandatos audibles que cualquier hermano pudiera sentir, ya sea íntimamente o producto del emocionalismo o escándalo de alguno de nuestros cultos, no debe aceptarse a la ligera. El enemigo también puede engañarnos (Juan 8:44). Es mejor obedecer sólo a la Escritura y ahorrarnos la vanidad de nuestras revelaciones aparentemente divinas (Isaías 8:20; 1 Co.4:6).

43.  Edúquense urgentemente en la Palabra aquellos que entienden que la libertad en el Espíritu es dar rienda suelta al desorden, el griterío y las emociones, o que piensan que por gritos, movimientos, llantos o cualquier otra manifestación emocional Dios confirmó el culto.

   44.  Nuestras tradiciones nos han convencido que la Palabra de Dios es el trozo de lo leído de la Escritura más la explicación o sermón del que ha tomado la enseñanza. Sin embargo, sólo la Escritura es la Palabra de Dios; el sermón, interpretación o explicación del que enseña debe ser sometido a un examen profundo a la luz de la Escritura (1 Tes.5:21). Sólo Dios merece completa credibilidad, ninguna voz humana debe gozar de tal beneficio.

    45.  La labor de escudriñar las Escrituras para revisar y comprobar cuán verdaderas son las enseñanzas, es descrita por Dios como una actitud responsable con su Palabra: “…entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:10-11).

46.  Ante cualquier problemática de la iglesia, la primera y última fuente de consulta es la Palabra de Dios. El obispo, pastor o predicador pueden orientar nuestras miradas hacia las resoluciones bíblicas, pero no imponer sus palabras sin fundamento bíblico alguno, puesto que en la iglesia de Cristo obedecemos a la Palabra de Dios y no a los antojos de hombres que desean manifestar su poder y vanidad.

47.  Si el obispo, pastor, predicador, profesor, o sea quien sea, enseña algo que no vaya en contra de ningún punto de la Palabra de Dios ni intente añadir más cosas a la vida cristiana que las que están escritas, nuestro deber es escucharle y hacer conforme a lo que ha descubierto en la Palabra de Dios.

48.  Si el obispo, pastor, predicador, profesor, o sea quien sea, enseña algo que va en contra de lo que la Palabra de Dios expone, ya sea por error o engaño, la iglesia debe reprenderle y llamarle a corregir su error (Gálatas 2:11-14, 6:1). De otra forma, no es deber del cristiano seguir algo que Dios no ha mandado expresamente en su Palabra (1 Pedro 4:11).

49.  Dios no es hombre para que mienta (Núm.23:19) y no puede negarse a sí mismo (2 Tim.2:13). Enseñar o aceptar algo que va en contra de la Palabra de Dios diciendo que Él lo ha inspirado es una absoluta y completa blasfemia.

50.  Nuestras tradiciones humanas nos han convencido que debemos someternos ciegamente a las autoridades de la iglesia, revistiéndolas de inmunidad ante el cuestionamiento bíblico. Siguiendo los pobres rudimentos de la tradición, hemos llegado a conclusiones alejadas de la verdad como: “Cuestionar al obispo, pastor o predicador, es cuestionar a Dios”.

51.  ¿Con qué autoridad nuestras tradiciones nos enseñan que no debemos reflexionar sobre la vida y enseñanza de nuestras autoridades eclesiales si los mismos profetas y aún nuestro Señor Jesús animaban a sus discípulos y oyentes a comprobar si sus palabras iban o no acorde a la Palabra de Dios (Isaías 34:16; Juan 5:39,46,47; 7:17)? Las Escrituras dicen, respecto a los pastores, que debemos “considerad cuál haya sido el resultado de su conducta” (Hebreos 13:7).

52.  Nadie está inmune al libre cuestionamiento basado en la Palabra sobre las doctrinas y prácticas enseñadas. Ninguna autoridad de la iglesia goza de excepción a la regla de probar si los espíritus son de Dios, ni aun la que consideremos más inspirada y llena del conocimiento de Dios.

53.  Mera doctrina humana es aquel menudo pretexto de “dejarle todo al Señor”, lo cual, en la práctica, no es más que un llamado a la indiferencia, silencio y permiso para que el abuso, el error y el engaño triunfen: “El cómplice del ladrón aborrece su propia alma; Pues oye la imprecación y no dice nada” (Proverbios 29:24).

54.  Mientras los apóstoles defendían la fe del abuso y herejía de falsos profetas, nuestras tradiciones nos convencen de quedarnos inertes mientras la verdad de Dios es blasfemada. Cuando te halles frente al Tribunal de Cristo, ¿Darás cuenta por tu silencio? ¿Piensas que Dios no te juzgará por tu indiferencia, sabiendo las cosas que estaban mal y no haber hecho  nada?

55.  No debemos tratar a la autoridad de la iglesia como receptores de una unción especial. En el Nuevo Pacto, todos los cristianos estamos bajo la misma unción del Espíritu Santo (1 Juan 2:20). Las Escrituras no revelan que exista una unción especial para el ministro o pastor de la iglesia.

56.  Por tanto, apelativos como “ungido del Señor”, “ángel de la iglesia” o “profeta del pueblo” es mejor ahorrarlos al momento de referirnos a los pastores, ya que muchas veces caemos en idolatría y no reflexionamos debidamente sus enseñanzas o decisiones a la luz de la Palabra, sino más bien irreflexivamente las alzamos como dadas directamente de Dios.

57.  La fe no consiste en aceptar automáticamente todas las enseñanzas, ya sea del obispo o del profesor de escuela dominical. La reflexión y el examen a la luz de la Escritura es una actitud responsable del que verdaderamente desea agradar a Dios. Aceptar las palabras de los hombres como dadas de Dios, sin examinarlas, no es fe, sino más bien superstición. 

58.  Debe enseñarse a la iglesia que el verdadero servicio a Dios es vivir una vida de santidad: “Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).

59.  Nuestras tradiciones nos han impuesto que el único índice confiable para avalar si un hermano sirve o no al Señor es si asiste con frecuencia al templo o si participa activamente de las actividades de la iglesia.

60.  No obstante, la Palabra de Dios nos dice que el servicio a Dios es un fruto de la gracia de Dios operada en el pecador. Si servir a Dios sólo consistiera en asistir al templo, ¿Cuán pequeño o básico es nuestro servicio de durar sólo las dos horas de un culto? ¡Absurda y menuda idea!

61.  La verdadera lucha del cristiano no es si se levanta para ir a la escuela dominical, o si asiste o no al punto de predicación, es más bien, si combate a muerte contra su propio pecado, lo cual no está condicionado a horario de culto alguno (Ef.6:17-18).

62.  ¿De qué le sirve al hombre asistir toda la vida al templo si su corazón permanece muerto en delitos y pecados y su mente ignora la Palabra de Dios casi por completo? ¿Acaso el Señor tolerará sus obras como verdaderas y le dejará entrar en el Reino de los Cielos porque según nosotros “sirvió” al Señor?

63.  Antes que la necedad enseñada por nuestras tradiciones, apártese el hombre de su pecado e implore perdón a Dios, en arrepentimiento verdadero y súplica del espíritu, con la mirada puesta en el único y verdadero Señor Jesucristo. Aquel que reduce la consagración y la santidad sólo a la mera asistencia al templo, vivirá una vida cristiana igualmente de reducida e intermitente.

   64.  Aquel que entiende el servicio a Dios como una batalla continua contra su pecado, vivirá una vida cristiana y una relación con Dios tan continua como su lucha y perseverancia. No podemos tener una estrecha relación con Dios si no hacemos morir, por el Espíritu, las obras de la carne (Ro.8:13).

  65.  Por tanto, los caminos del Señor no son la asistencia frecuente al templo o la participación activa en las diligencias que la organización de la iglesia decida, es más bien, un sacrificio vivo, santo y agradable delante de Dios que no tiene término ni está condicionado a culto alguno.

66.  La nueva vida en Cristo no se refleja en una asistencia casi perfecta a los cultos, sino en el abandono radical y creciente del pecado (Mt.7:24; Ro.6:1-2). Muchas veces la participación activa en cultos, ensayos, reuniones, escuela dominical, visitas, o cualquier otra cosa que hayamos creado, son sólo el disfraz de una vida de pecado en un traje de iglesia.

67.  ¡Cuán perdidos están aquellos que dicen: “Mientras esté en los caminos del Señor (refiriéndose a asistir a la iglesia) está todo bien”! El Señor dice: “No, antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3).

68.  El congregarse es un deber del cristiano verdadero, ya que siente un ardor por compartir y adorar en armonía con los demás santos (Salmo 133:1). Sin embargo, nuestras tradiciones nos han persuadido de que esta labor es el único y suficiente servicio a Dios.

69.  Si esto no es así, ¿Por qué muchos hermanos al dejar de asistir al templo comienzan a adentrarse en el mundo? ¿Es el templo y sus actividades lo que los sujetaba del pecado? ¿Por qué abandonan la oración y lectura de la Palabra (si es que la tenían) y se entregan a los placeres de esta tierra si su fe está basada en Cristo y no en las actividades de la iglesia?

70.  ¿Es Cristo o la iglesia su Salvación? Si Cristo es verdaderamente su Salvador no permitirá el extravío de ninguno de sus hijos: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:27-28).

71.  Concedemos tanta importancia al culto que para muchos es el único momento en que oran y leen la Biblia. Gran mayoría de los hermanos no estudia la Escritura en sus hogares ya que piensan que con lo enseñado en la iglesia es suficiente o es tarea que compete sólo a la autoridad. ¿Y así hablamos de Dios, sin siquiera conocerlo?

72.  Aquel que ha participado por años de cultos y actividades de la iglesia y a la vez ignora gran parte de la Palabra de Dios y persevera en los mismos pecados, no ha conocido aún a Dios a pesar de todo su historial de asistencia.

73. ¿Cómo puede considerarse alguien un hijo de Dios si no tiene idea dónde están los libros de la Biblia? ¿Quién puede considerarse hijo de alguien si no tiene idea quién es? El conocimiento de Dios sólo proviene de su Palabra, no puede ser remplazado por una frecuente asistencia a la iglesia.

74.  Dios no nos convierte para entender por qué asistimos al templo o participamos de alabanzas y actividades eclesiásticas. Su poder sobrenatural y regenerador tiene el fin de poner en el hombre un corazón y un espíritu nuevo que cumpla los mandatos de Dios (Ezequiel 36:26-27).

75.  Aquel que reduce el conocimiento de Dios sólo a lo escuchado en el culto, conocerá de Dios poco y nada, si es que verdadera y debidamente se expone su Palabra, sin contradicción con ella ni con la intención de añadir más cosas.

76.  Hay que enseñar a la iglesia que no se debe dar ofrendas con la intención de ser bendecido o multiplicado. La Escritura enseña claramente: "Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, NI POR NECESIDAD..." (2 Corintios 9:7).

77.  Aquel que enseña que por causa de dar ofrenda fue bendecido compromete la gracia de Dios. Todas las bendiciones de Dios son dadas por gracia y misericordia, y no el efecto del dinero que llevamos al ofrendero. Ningún testimonio o experiencia debe ser utilizado para sensibilizar a la hermandad para que ofrende, pues esto no es más que manipulación.

78.  Las ofrendas y los aportes voluntarios no son un canal de bendiciones materiales, menos espirituales. La muerte es el destino seguro de aquellos que piensan que con el dinero pueden comprar o torcer la mano de Dios (Hechos 8:18-20). Ofrendar no es invertir, es dar sin pensar en retribuciones. Dios no negocia con ofrendas.

79.  Ignorancia absoluta de la Palabra tienen aquellos que dicen: “El Señor le está pidiendo que colabore con su obra”. ¿Qué dice Dios en las Escrituras? “Si yo tuviese hambre, no te lo diría a ti; Porque mío es el mundo y su plenitud” (Salmo 50:12).

80.  Es deber de la iglesia sostener a sus ministros (1 Cor.9:14), con un corazón agradecido, sin presión ni promesa de retribución alguna en la mente (2 Cor.9:7). Obedeciendo solamente a la Palabra y confiando en su Poder, sin tener que poner en práctica incentivos emocionales ni represivos, Dios promete que bendecirá grandemente tal ministerio (Josué 1:8).

81.  La desconfianza y desobediencia a la Palabra de Dios nos ha llevado a crear otros medios que supuestamente son válidos para el ingreso de dinero en la iglesia, tales como ventas de alimentos, rifas, discos de música, inversiones, entre otros.

82.  La Escritura nos revela que los primeros cristianos “…tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2:44-45). Sólo las dadivas voluntarias, las ofrendas y el compartimiento de los bienes son las vías de sostenimiento económico que la iglesia debe tener.

83.  Nuestras congregaciones no deben ser tan numerosas, ya que si lo son, el consejo y cercanía de un pastor, el conocimiento mutuo entre los hermanos en la fe (Hechos 2:42), y el sostén económico que debe haber entre hermanos (v.46-47) se dificulta en grande manera y a la vez se obedece a un sistema humano alejado de la Palabra de Dios.

84.  Cuando el pastor, ministro, organización y hermandad de una iglesia no logran reconocer quién entra o sale de su congregación a causa de la multitud, la iglesia puede reconocerse como numerosa, y no es de provecho que así sea. Toda iglesia que exceda tal número debe dividirse en iglesias más pequeñas con pastores que obedezcan la Palabra de todo corazón, en favor del crecimiento en la Palabra de Dios y el mutuo sostén de la iglesia.

85.  La Palabra nos habla que los cristianos deben sostenerse unos a otros (Ef.4:2), compartir sus bienes (Hch.2:46-47) y soportarse mutuamente (Col.3-13). Es absolutamente injusto, irracional y alejado de las verdades bíblicas el que haya hermanos pobres y acaudalados en una misma congregación, y que la mayoría de las ofrendas vaya en pos de asuntos que no sean el sustento económico de los hermanos.

86.  Un solo obispo, pastor o líder para una iglesia numerosa, y una organización que recibe todas las ofrendas y las distribuye sin conocimiento de la necesidad de cada uno de sus miembros, son parte de un mismo sistema antibíblico y ciego. Su visión sobre las necesidades espirituales y materiales de los hermanos en la fe se pierden debido a la gran masa.

87.  La Palabra de Dios nos advierte de lo anterior: “... ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, más no apacentáis las ovejas. No fortalecéis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volviste al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y violencia” (Ezequiel 34:2-4).

88.  Abandone la autoridad de la iglesia las enseñanzas de éxito y prosperidad terrenal que tanto ayudan para atraer oyentes carnales, y enseñen únicamente arrepentimiento de pecados y conversión verdadera. No gasten tiempo en construir más templos, mejor asegúrense si sus congregaciones han abandonado su pecado realmente. No den por sentado que aquel que asiste a la iglesia verdaderamente se ha arrepentido.

89.  Dios está en contra de aquellos que anestesian a las almas pecadoras invocando falsas seguridades, no llamando al arrepentimiento ni descubriendo, a través de la  Palabra, el negro tinte de nuestro pecado: “Dicen atrevidamente a los que me irritan: Jehová dijo: Paz tendréis; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón, dicen: No vendrá mal sobre vosotros” (Jeremías 23:17).

90.  Antes de afanarnos por construir más templos (cosa que Dios no manda en su Palabra), juntando enormes sumas de dinero, contrayendo deudas y lazo que toda la iglesia debe cargar, mejor nos es ocupar ese dinero en la ayuda del hermano desvalido, agraviado y enfermo, los cuales, muchas veces, dan todo lo que tienen, siendo ellos quienes debiesen recibir tales ofrendas.

91.  Huya la iglesia de las falsas enseñanzas que incitan a la codicia terrenal, como el anhelo de nuevas posesiones materiales, el alcance de comodidad y satisfacción terrenal o la obsesión por realizar sueños propios. La Escritura dice que no buscamos esta vida, sino la porvenir (Hebreos 13:14).

92.  Tales predicadores o supuestos hombres de Dios que sólo incitan a la codicia y el anhelo de ganancias y éxito terrenales, deben abandonar tales falsas enseñanzas y ceder el lugar a hombres que Dios ha rescatado para predicar la Verdad sobre el pecado y la Salvación de Cristo. Si no lo hacen y perseveran en su error, Dios dice en su Palabra: “Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 Pedro 2:1-3).

93.  Denuncie la iglesia a predicadores que utilizan o prestan el púlpito como estrado político, llaman a codiciar nuevas posesiones como estudios, trabajo o vehículos nuevos con palabras alentadoras y engañosas, lloran fingidamente en el altar contando historias de ningún provecho o pierden el tiempo con enseñanzas y revelaciones que tuercen las Escrituras a su antojo (Judas 3-4).

94.  Por mucho tiempo hemos mantenido una a una estas tradiciones y costumbres que no hayan lugar en la Palabra de Dios las cuales sólo son fruto de nuestro entendimiento e imaginación. Todos en la iglesia debemos ir en arrepentimiento a Dios por haber creído, conservado y seguido estas tradiciones que nos sumergen en la ignorancia de la Palabra, el conformismo, la blasfemia y el pecado.

95.  Huya la iglesia del pecado y del mundo, estudie y medite la Palabra con todas sus fuerzas y no se conforme a lo enseñado en los cultos. Examine con esmero sus costumbres y constantes tradiciones y pruebe si son de Dios a la luz de la Palabra, no a la sombra de las palabras de hombres que muchas veces se contradicen a sí mismos.

6 comentarios:

  1. Hno Reformador: estas mas solo que Lutero en esto, pero se muy bien que Dios te ampara. No se hasta que punto la gente no se da cuenta de esto, o prefiere no darse por enterado para no tener problemas, o por no huir de un sistema eclesial corrupto. Creo que estas cosas ya son las que aman los hnos. de algunas congregaciones, y ahi esta su paga. Yo saldria de ese lugar, porque la gente no quiere ver, y ese es el peor ciego. Ellos no necesitan a alguien que les diga la verdad, porque en su intimidad la conocen, pero la han despreciado, porque en ese sistema de vanidad y falsa gloria, ellos de cuando en cuando, tambirn tienen parte, y eso les agrada en lo intimo. No es que no se den cuenta, es que les gusta, o transan todo eso malo , por cosas que les satisfacen.
    Que Dios te bendiga

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  2. Estimado Hermano...

    Gracias doy a Dios por sus palabras, toda opinión es relevante y créame que mi opinión no está muy lejos de la suya. Concuerdo perfectamente con usted cuando dice que la verdadera razón por la que no se reforma tal sistema es el amor propio que le tienen al tal. Sin embargo, mi deber es hacer entender a los que más pueda.

    Muchos saludos
    Que Dios le bendiga

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  3. Hola mi Hno. Créeme que no estás solo, y ya es hora de una nueva reforma dentro del mundo evangélico, el evangelio se convirtió en todo menos en el camino que nos revelo Ntro. Señor Jesús, Dios te bendiga, animo, estoy contigo y sé que muchos lo están. Dios te bendiga.

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  4. Que bueno que hayas notado todos los problemas que los afligen. Pero dejame decirte que ya hay una religión que cumple todos los requisitos que enumeras. Si realmente eres sincero de corazón te animo a buscarla. Esta es su pagina web www.jw.org
    Espero que con la misma sinceridad de los cristianos de berea busques la verdad y la encuentres.

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  5. Dios te bendiga. con mucha tristeza debo decirte que yo hace algun tiempo que me di cuenta, que todo el pentecostalismo, basicamente se trata de tradiciones y fanatismo, con esto no quiero decir que los pentecostales no sean cristianos, sino que ami me parece que desde sus inicios fue fundamentado en el error. Error que a traves del tiempo se ha ido agudisando, donde ya para este tiempo yo hayo que es imposible una real reforma, sin quitar que todo esfuerzo que se haga traera veneficios por lo menos a. algunos hermanos.las cosas que tu expresas no son cuestiones locales sino que se extienden en todas partes donde hay pentecostales. Esos errores que tu mencionas fueron reforzados sobre la base de no estimular a lo hermanos a estudiar, y diciendole que la teologia es del diablo, fundamentando todo sobre sueños y revelaciones y haciendoles creer a personas muy ignontes que no habia nesecidad de estudios ni de teologia porque el espiritu santo les revelaria todo asunto de la palabra de Dios, hasta el extremo que aun todabia si algun hermano va a estudiar se considera que esta descarriado, asi poco a poco se le hizo un altar a la ignorancia.
    Claro para poder hacer esto fue usando textos de la biblia mal aplicados.Por otra parte dejame decirte que la mayoria de las practicas antibiblicas que practica el moviminto pentecostal esta entrando a otras iglesias que no eran de tradicion pentecostal y sobre esa base estan aglutinando poco a poco a muchisimas denominaciones cristianas y a muchas sectas como los adventistas y testigos de Jehova. Mirare tu correo pa ver como me comunico contigo a traves de el. Dios te bendiga, y continua en tu lucha que por lo menos unos pocos seran ayudados.

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  6. Estive a ver e ler algumas coisas, não li muito, porque espero voltar mais algumas vezes, mas deu para ver a sua dedicação e sempre a prendemos ao ler blogs como o seu.
    Natal é mais verdadeiramente Natal quando nós celebramos dando a luz do amor àqueles que necessitam mais. Feliz Natal para si e para todos os seus.
    São os votos do Peregrino E Servo.
    Abraço.

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